martes, 23 de agosto de 2016

PERO SOY DE MÁRMOL

El poema intitulado, Pero soy de mármol, del libro Mal de lujo (1998), para la sección, Poema semanal, del blog Ancile.



Pero soy de mármol, Francisco Acuyo





PERO SOY DE MÁRMOL





«Hablar entre las muchas soledades»
LOPE DE VEGA: «Soneto LXI»




UN rostro apenas conocido, un beso
tocado por la luz.
Pero soy de mármol. Carne viva
después de haber besado.

Total como la piedra,
como la imagen con su fruto para
mirar la vida sin el hueso ni
la carne ni la herida.

Para el tacto el paisaje
gira el torso al relieve de su sombra,
justamente en la brisa.

Brisa sobre las manos no tocadas,
expuestas solamente
desde etéreas cumbres contra el viento,
sobre lúbricos hombros que resisten
o se aroman
dulcemente, hasta el seno descubierto, con la imprudencia
de los labios.

Vive junto a tu vientre
puro, como la voz de quien soñó
y allí despierta.
De nácar la espiral del sueño suena.
Son fugaces
cadencias que modulan de la mar
sobre cualquier silencio.
Confirmadas se elevan por los labios
de una fábula.



Francisco Acuyo, de  Mal de lujo (1998)





Pero soy de mármol, Francisco Acuyo

sábado, 20 de agosto de 2016

DEL NIHILISMO Y EL HORROR A LA MUERTE EN LA ILUSIÓN DEL EGO COMO VANO ELEMENTO DE PERPETUIDAD

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos, a colación de temática a propósito de la temática del alma, la entrada titulada: Del nihilismo y el horror a la muerte en la ilusión del ego como vano elemento de perpetuidad.



Del nihilismo y el horror a la muerte en la ilusión del ego como vano elemento de perpetuidad. Francisco Acuyo







DEL NIHILISMO Y EL HORROR A LA MUERTE
EN LA ILUSIÓN DEL EGO COMO VANO
 ELEMENTO DE PERPETUIDAD




Del nihilismo y el horror a la muerte en la ilusión del ego como vano elemento de perpetuidad. Francisco Acuyo


QUE el constructo del ego, ante la transitoriedad e inevitable sufrimiento en la vida, y el vehemente y vano empeño de su duración e incluso la ilusión de su inextinguible potencia,  sea uno de los elementos más evidentes de la visión nihilista del mundo (con las consecuentes reacciones pesimistas ante la tozuda realidad de lo efímero de aquél –del yo, trazado a hierro y fuego por nuestro pensamiento), así también sea añadido el temor -horror vacui- hacia la muerte, que se alza como el primordial impedimento de aquella realización o deseo de duración estéril e ilusorio de la perpetuidad del ego.
Del nihilismo y el horror a la muerte en la ilusión del ego como vano elemento de perpetuidad. Francisco Acuyo                Si hacemos una reflexión sobre la cuestión de la angustia vital ante la aparente sordidez de la muerte, y si atendemos a las culturas ancestrales de la humanidad al respecto, no deja de causarnos extrañeza el hecho de aquellas culturas primitivas reflejaran mucho más terror a los muertos que a la muerte en sí, como acontecimiento personal. La creencia en el alma, en el espíritu, en la vida más allá… diríase que en cierto modo protegía contra el hecho inevitable de nuestra extinción. Mas al andar el tiempo, la titubeante descreencia al inicio de las primeras civilizaciones hacia el más allá, diríase pretender convertirse en una protección ante aquel horror de otro mundo más allá de los trajines cotidianos y el crecimiento de nuestro ego. Acaso, como inicial consecuencia de la pérdida del temor al mundo de los muertos, advino el horror a la desaparición propia. Pero, ¿qué tememos de algo que en modo alguno conocemos? A lo más que llegamos es a la observancia de la muerte del otro. En modo alguno entendemos qué es la muerte personal. Entonces, ¿de qué tenemos temor? Mucho se ha dicho entorno a esto, poco o nada sabemos al respecto. El miedo deviene, tal vez, como
temor a la pérdida de lo que sí sabemos que tenemos y que inevitablemente será irrecuperable (bienes, personas amadas, nuestro propio acervo personal expreso en cultura, expectativas de crecimiento personal, de proyectos de la más diversa índole…).
                El positivismo materialista hubo de resultar el golpe de gracia a cualquier tipo de creencia más allá de los límites de la materia. Los nihilismos camparon por sus respetos y el miedo a la muerte acabó por situarse como algo irracional. Si el alma ha muerto (como Dios mismo), la conciencia, como epifenómeno material biológico del cerebro cierra cualquier atisbo de entendimiento de aquella, evidenciando un claro desconocimiento de lo que conciencia sea  y la pérdida de esta qué puede significar. Hasta el momento no he hecho más que describir de manera muy general y apresurada el hecho incontestable de nuestra ignorancia ante, no sólo el misterio de la conciencia, también de la decadente realidad –insoportable para muchos- de nuestras sociedades modernas. Aquel sentimos y notamos que somos inmortales de la ética de Spinoza[1], no es más que una ilusión sin fundamento. No hay alma, no hay espíritu inmortales, luego todo es un producto de mentes supersticiosas y primitivas, o, de calenturientos pensamientos moldeados por religiones y, por tanto, sin fundamento científico. Sin embargo, el anhelo de la inmortalidad es el deseo entre los deseos, el anhelo metafísico por excelencia[2].
Del nihilismo y el horror a la muerte en la ilusión del ego como vano elemento de perpetuidad. Francisco Acuyo                El hombre, ser racional, que ha desarrollado el lenguaje, con conciencia (aunque no alcance a entender muy bien qué significa), capaz de desarrollar un elenco simbólico de riquísimo y profundo significado, de imaginar una ética y una justicia y que aspira a la inmortalidad, no obstante, rechaza cualquier atisbo de realidad al alma y al espíritu como soportes de dicha inmortalidad, aun a sabiendas de que el soporte material ha de sucumbir. Sin embargo, hasta la muerte física es difícil de aceptar, ya de desde Demócrito, Hipócrates, trataban de delimitar, pues, sus signos, si es que en [3] Mas, en realidad, ¿qué sabemos de la muerte[4], al margen de los difusos, muchas veces ininteligibles signos biológicos[5]? Al albur de lo que desde la óptica jurídico-forense cabe deducirse, la ausencia de la conciencia es acaso el más valorado signo, en tanto que el cese de la actividad cerebral[6], es el que inviste moral y legalmente de indignidad a una vida sin aquella, partiendo de la base de que la conciencia es un epifenómeno material del cerebro.
verdad son confusos y engañosos.
                En cualquier caso, los avances tecnológicos y médicos de la actualidad nos han llevado a justificar por la vía de la ciencia la posibilidad de dar pábulo a nuestro anhelo ancestral de inmortalidad,[7] todo lo cual viene a advertirnos que en modo alguno está superada la cuestión de esa ¿irracional? aspiración a ser para siempre. En próximos post daremos cuenta de estos y otros asuntos relacionados.


Francisco Acuyo




[1] Spinoza, B.: Ética, Alianza editorial, Madrid, 1997.
[2] Jankélévitch, V.: La muerte, Pre-Textos, Valencia, 2002.
[3] Bossi, L.: Historia Natural del alma, La balsa de la medusa, Madrid, 2008, p. 406.
[4] De gran interés al respecto sería, Bichat, M.F.X.: Recherches physiologiques sur la vie et la mort, Garnier Flammarion, Paris, 1994. En realidad es desde esta indagación cuando la muerte se relativiza (Foucault, M.: El nacimiento de la clínica: una arquelogía de la mirada médica, Siglo XXI, Madrid, 1999), en tanto que aquella es una sucesión de muertes que llevan al definitivo instante del fallecimiento.
[5] Sería de mucho interés acceder a los signos de muerte medico legales a lo largo de los últimos años y su incidencia en la controvertida ley de la eutanasia y hasta dónde podemos apreciar que exista vida. El cese de actividad cerebral, aun cuando los otros órganos funcionan normalmente, es la prueba, dícese, de una vida indigna, por lo que estará justificada la muerte del individuo. Vemos que la supuesta ausencia conciencia, si es que es hija indiscutible del cerebro, es la que marca la diferencia en la actualidad. Cuestión que atañe tanto a la ética como a la ley que trata de amparar la vida como el bien más preciado.
[6] Véase también, Bossi, L.: pgs.418-426.


jueves, 18 de agosto de 2016

SOLSTICIO

Para la sección, Poema semanal, del blog Ancile, traemos hoy el conjunto de versos titulado, Solsticio, del libro, Mal de lujo (1998). 



Solsticio, Mal de lujo, Francisco Acuyo


SOLSTICIO




«El gran bosque
es nuestro templo....»

Rubén Darío: «Primaveral»




BAJO el roble, también se aploma la sombra enorme,
entre brotes tupidos y un equilibrio grácil.
Bajo el roble también
se abrazan nobles intenciones como la pausa,
como el rayo de luz
sobre las hojas neutras,
y entre sus galerías
los tigres de la mar
dorados como el trigo.

Mas la boscosa cumbre en siderales
labios por siempre en luces se desvela.
Casi humano, no irisa lo que lleva
                            aquél,
mas su pálpito inmenso por el mundo.
Y sólo en el silencio de los árboles
la luz, algunas veces, entre
tupidas ramas, tu alma me recuerda.




Francisco Acuyo, Mal de lujo, 1998.





Solsticio, Mal de lujo, Francisco Acuyo

martes, 16 de agosto de 2016

LA SIERRA, DE PASTOR AGUIAR

Traemos para la sección, Narrativa, del blog Ancile, el magnífico e inquietante relato del escritor y entrañable amigo Pastor Aguiar, titulado, La sierra. Disfrútenlo.



La sierra, Pastor Aguiar




LA SIERRA


La sierra, Pastor Aguiar


Era una sierra de abrir cráneos, de esas que oscilan a enormes velocidades.
Lo supe de inmediato porque yo fui médico forense y tuve que asistir a innumerables necropsias. Algunas veces había manipulado la sierra imaginándola gato tembloroso a punto de escapar, olido el polvo caliente de los huesos.
Ahora estaban apretando una sierra como aquellas contra mi pecho. No sabían que sólo corta en lo firme; pero el terror de todas formas, la insoportable sensación de que me masticaban la piel, de que en un rato, si erosionaba lo suficiente, podía llegar al esternón y entonces sí, el baúl abierto llenándose de sangre, los pulmones implotando, el corazón caballo en epilepsia.
Más horrible aún no poder moverme, ni gritar; de seguro hubiera dado un grito terremótico hasta borrarlos del mapa.
No eran ataduras físicas, al menos no imaginaba cuerdas en las muñecas ni otra cosa que el pecho, pecho y sensaciones de dos o tres sujetos empeñados en desmenuzarme.
Por qué no usaban un cuchillo, por qué no me degollaban para después terminar su tarea tranquilamente.
El sentido de la visión no estuvo en mis cálculos, no había otro entorno que el pecho, oleaje encasquillado, y el miedo como una hormona viva.
Pensé que alguien llegaría en mi auxilio, quizás el equipo de levantamiento de pesas del preuniversitario, Mejías, Brutau; o los vecinos de lucha libre, separados por la calle 184, tan amigos.
Pero por dónde iban a llegar a un sitio sin coordenadas, al magma sin contornos de mi cerebro.
Hubo un momento en que supuse la playita cercana al comedor de la escuela, las muchachas de gimnasia moderna con sus bikinis de adivina lo que escondo. Si lograba visualizarlas,
La sierra, Pastor Aguiar
saber el nombre de cada nalgatorio, ya no sierra, no yo abierto como una res de sombras.
Sin embargo no había antes ni después. Siempre la hoja mordedura con sus tres mil oscilaciones por segundo, un segundo interminable.
Sabía de antemano que no iba a morirme. Iba a ser como la vez del naufragio en la laguna de Asiento Viejo y el cocodrilo tragándome, o la otra de la caída al vacío, ciudad tras ciudad incrustada en la pared de rocas y yo cayendo algodonoso, voceando pájaros sin alas, ajeno a los arribas y los abajos.
Lo peor era no morirse, porque de seguro estaba en el infierno, y cuáles atrocidades tendría que pagar.
Y qué tal si olvidaba la sierra humeante. Qué tal a caballo rumbo al río, al galope entre los cañaverales aprovechando que nadie podía verme y correr con el chisme a mi madre.
Lo intenté, sin embargo el caballo estaba tieso con el bozal que yo mismo había olvidado quitarle, asfixiado por culpa mía, y los buitres sacándole los ojos.
De repente localicé mi cabeza e intenté zarandearla. Al inicio era una montaña, pero fui dándole impulso a uno y otro lado, sintiéndome la boca abierta, el grito en el gatillo. Me costaba mucho pero no cesaba en el intento y la inercia fue acumulándose hasta que se disparó el alarido asolador, ráfaga continua, yo en la cama bañado de sudor y mi mujer con el José, José, qué te pasa; vírate de lado para que no sueñes.



Pastor Aguiar
Octubre 28-12





La sierra, Pastor Aguiar




sábado, 13 de agosto de 2016

JUSTAMENTE

El poema titulado, Justamente, del libro, Mal de lujo (1998) para la sección, Poema semanal del blog Ancile.




Justamente, Francisco Acuyo
Mark Ryden




JUSTAMENTE





«Su involuntario temple a este momento»

Jorge Guillén: «Acorde»





TRISTEZA. Un sordo centelleo.
El aire justamente siendo pájaro.

A través de las nubes
el labio resiste en el vocablo
con una clave adolescente.

Oscurece un latido de la luz
bajo la breve imagen,
esa luz
que no perturba, que se esboza al mundo
desde el pulso, en la vida si se alumbra
hasta enredarse en sombras de violeta,
casi como las trenzas
que vieron derramarse.
un corazón sin nombre en la pureza.






Francisco Acuyo, Mal de lujo, 1998





Justamente, Francisco Acuyo

miércoles, 10 de agosto de 2016

EL LIBRE ALBEDRÍO Y LA CONCIENCIA DEL SER

Bajo el título de, El libre albedrío y la conciencia del ser, traemos una nueva entrada para la sección, Pensamiento, del  blog Ancile, siguiendo las reflexiones de anteriores entradas en torno a la idea del alma.


El libre albedrío y la conciencia del ser, Francisco Acuyo



EL LIBRE ALBEDRÍO Y LA CONCIENCIA DEL SER



El libre albedrío y la conciencia del ser, Francisco Acuyo

.
 EN verdad que, ante los evidentes condicionamientos (sociales, culturales, religiosos, incluso científicos) del ser humano, no es extraño que la conciencia desde la cual podemos elegir libremente es ciertamente algo raro. Esta cuestión sí que nos parece relevante a la hora de establecer la posibilidad del libre albedrío (junto a la relación y naturaleza de la propia conciencia y de su sustrato material, que es el cerebro, como estructura dinámica, compleja e indeterminista),[1] y que tiene una muy estrecha relación con los procesos creativos, si es que en verdad logra deshacerse de los vínculos personales y condicionados que viene a conformar el rudimento de la conciencia y que, en definitiva, denominamos ego. Resultaría interesante discernir entre aquellos factores condicionantes anteriormente mencionados (sociales, culturales…) y el mundo de la consciencia no local (subjetiva) que abarca los arquetipos y su influencia –o no- en la conformación del yo individual.
El libre albedrío y la conciencia del ser, Francisco Acuyo                Parece improbable (no solo por los condicionamientos fisiológicos del propio cerebro[2]), sobre todo por lo que impide actuar libremente en virtud de lo aprehendido en la memoria de lo cultural, social, religioso…. que nuestra conducta sea realmente libre, y es que todo este acervo condicionador es lo que construye el ego, pero, ¿hay algo más allá de estos condicionamientos que pueda ser denominado como consciencia? Advertimos en primer lugar que, para quienes les hablan, los procesos inconscientes forman parte de la conciencia como totalidad integrante e  integradora del mundo de la mente; mas, ¿qué papel juegan aquellos universales arquetípicos (simbólicos) en el devenir de las entidades conscientes? Todo parece indicar que para acceder a una compresión de aquellos hemos de estar resueltos a ir más allá del significado conceptual, lógico lingüístico, hemosSoy un mentiroso) al respecto de la necesidad de un metalenguaje para su entendimiento, en tanto que la separación de esta, de su autorrefencia del exterior, no es más que una mera ilusión, acaso como la escisión sujeto y objeto de la misma consciencia.
El libre albedrío y la conciencia del ser, Francisco Acuyo                La construcción del ego se impulsa en la vida en pos de su durabilidad condicionada, pero la conciencia del ser nos lleva (muchas veces a través de arquetipos como el Tánatos, la muerte) a la [3]. Pero nos parece esta una visión incompleta del movimiento de nuestra conciencia, pues en modo alguno explica los procesos creativos que en modo alguno pueden enseñarse (acaso pueden ejemplarizarse), puesto que aparecen dominios en los que la conciencia requiere –crear- nuevos contextos para su desarrollo, véanse las matemáticas y la poesía, como singulares paradigmas de lo que hablamos. Son campos que regidos por la razón (o la afección insatisfecha con la realidad convencional) se percatan de las limitaciones del ego, que son las que en verdad constriñen la libertad, capital para cualquier ejercicio de creatividad que es, en definitiva, la conciencia del ser. Añadiré tan solo un rasgo altamente definitorio de la imposibilidad del libre albedrío visto desde una óptica enteramente  positivo materialista, la cual aboga por la existencia única de la materia (sin saberse muy bien que es esta) y el fruto de nuestras sensaciones (y la razón positiva) como vía única para entender la realidad de nosotros diferenciados radicalmente del mundo, siendo el ego –consciente- el constructo único de entendimiento, rasgo, decía, que conlleva a la visión nihilista y pesimista del ser humano en el universo y el horror a la muerte.
                En próximas entradas haremos humildes pero oportunas reflexiones al respecto de unas cuestiones que a nadie le son (o deberían ser) indiferentes.






Francisco Acuyo
               




[1] Ancile: Del alma y su necesaria acta de defunción, y la imprescindible negación del libre albedrío: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2016/08/del-alma-y-su-necesaria-acta-de.html
[2] Ibidem, ver la referencia a dichos procesos para el condicionamiento de la conciencia.
[3] Una de las leyes fundamentales del conductismo está precisamente basada en esta idea de nuestro pensamiento.


El libre albedrío y la conciencia del ser, Francisco Acuyo






domingo, 7 de agosto de 2016

LA PUERTA, DE PASTOR AGUIAR

Para la sección, Narrativa, del blog Ancile, traemos el relato sugerente e inquietante titulado, La puerta, de nuestro querido amigo y portentoso narrador Pastor Aguiar.


La puerta, Pastor Aguiar
De Logan Zillmer




LA PUERTA





La puerta, Pastor Aguiar
De Flora Borsi




Apenas un paso y allí la puerta.
Era una puerta estrecha y alta; mejor diría el marco, porque de tener hoja debía haber estado pegada por fuera, completamente invisible.
De todas formas no tuve otro remedio que entrar; o salir, ya que desde el punto en que me descubrí de pronto, no había manera de adherirse a referencia alguna.
Fue así, como un volver de la anestesia y verse de pie, hacia la puerta, ensayando un paso que para mí era el primero.
Palpé la vertical izquierda del marco, pero ya no buscaba enterarme de la existencia de una hoja giratoria; mi instinto quería percibir la solidez de la madera, y quizás un olor a pino en los dedos más tarde.
Pasaba tan justo que decidí ladearme ligeramente, no fuera a engancharme la camisa recién estrenada (se me ocurre ahora este detalle), imagina si me ven el roto y les da por pensar que acababa de llegar de una bronca.
Según escurría mi cuerpo al otro lado, iba visualizando gente de etiqueta con maletines de cuero de ornitomos, carmelita oscuro, sin excepción, y las agarraderas aseguradas a las muñecas con esposas, las mismas que usa la policía.
Cuando acababa de atravesar el marco tuve un arranque de pánico: Yo no llevaba maletín, ni lograba verme los zapatos; quién sabe si todavía calzaba aquellos vaquetetumbo sin curtir que había heredado de mi padre.
Ya no tenía otro remedio, acababa de pasar y lancé un golpe de vista a la redonda… ¡Ah!, créete que había “redonda” alguna; no vi otra cosa que un espacio alérgico a cualquier geometría, y supe que era el mismo lugar del que había partido: De regreso a la entrada, ¿Cómo era posible?
Me detuve para sacar conclusiones, porque de ser así, debía haber imaginado mi paso
La puerta, Pastor Aguiar
por la puerta antes de ejecutar la acción.
Al rato concluí eso, que no había llevado a cabo la acción. Ahora sí no iba a escabullírseme la realidad.
Me di par de galletazos en el rostro, me toqué los bolsillos laterales del pantalón al que no alcanzaban mis ojos, y me sentí dispuesto a, finalmente, ubicarme al otro lado.
Mi sensación de seguridad se había hecho inquebrantable, cuando una bandada de golondrinas me rozó la nariz dejando un olor a fulminante; qué raro, como si hubieran sido disparadas.
A nadie le iba a contar aquello, qué necesidad de andar contando cosas ni ocho cuartos, además de la risita incrédula y del estarás medio chiflado con lo de la tesis sobre la tosferina como causa de suicidio en los canarios.
Al fin todo estaría claro en cinco segundos, sí, no me apuraría por lo de la camisa; y por si el otro lado andaba lento…que ten cuidado no haya sido eso lo que sucedió la primera vez: el apuro, el no dejar que las realidades maduren.
Esta vez fue un poco más simple, pues ya sabía lo del ladeo y lo del espacio jíbaro, por decirlo de una manera racional.
Ah, no dije que había cerrado los ojos en el último instante: manía propia de sorprenderme con la verificación de lo previsto;  mejor dicho, terapia de autoestima.
Ya iba a mirar, pero vacilé con la idea de un “otro lado” que no sería suficiente por el hecho de ser espacio. No había otra opción que ponerle cosas, dijera muebles en la sala de abuela y el ronquido de abuelo llegando desde el cuarto contiguo, porque era la hora de reposar el mediodía, y tú verás que cuando se despierte me grita “¡Pepito, ve a amarrar los terneros!”
Si no fuera la sala de mis abuelos, iba a ser yo mismo acelerando la yegua para que volara sobre el arroyo de los Pérez, y caer igualito a los aviones, la yegua y yo rodando barranca atrás hasta el agua cundida de pirañas; pero si en mi país no existen las pirañas. ¡Cada cosa que se le ocurre a uno!
Con la misma rapidez que te lo digo abrí los ojos en la mitad de la risa, y de nuevo el marco frente a mí, y no más salidas ni entradas que el “allí”, el marco cazándome, ahora como un animal peligroso.
Sin embargo, si había un detrás de mí, se estaba encogiendo, apretándome contra un nuevo intento de cruzar la puerta.
Quién me iba a asegurar que no sería un disco rayado en lo adelante, eternamente saliendo hacia la entrada, la mismicidad misma encasquillada en siempre el marco, siempre yo.
¿Y qué tal si cerraba los ojos otra vez? Porque aquel momento cuando los había cerrado fue el mejor, con mis abuelos y el “ven acá Pepito, prueba este turrón de maní”, o “cómete la guayaba antes de que venga Clarita la pedigüeña y te la quite de las manos”.
Eso iba a hacer, apretar los párpados definitivamente para mis abuelos por los siglos de los siglos, para los abuelos de mis abuelos, sin puertas que pasar, niño de era en era, y amén.




Glosario:
Vaquetetumbo: Zapatos rústicos de cuero.

Pastor Aguiar
Enero 1-12




La puerta, Pastor Aguiar




viernes, 5 de agosto de 2016

HÁBITO DE OLVIDO

Dentro de la sección, Poema semanal, del blog Ancile, traemos la composición titulada, Hábito de olvido, del libro, Mal de lujo, 1998.


Hábito de olvido, Francisco Acuyo


 HÁBITO DE OLVIDO




«Allá , allá lejos;
donde habite el olvido»

Luis Cernuda: «Donde habite el olvido»




PORQUE desnuda viste sin la luz,
porque el sueño será lo mismo
que olvido, ya latente sin el tiempo.

Tristeza, como un cuerpo
que pertoca
entonces sin sonido, las razones
desde el sabio mensaje
que abisma tiempo en infi nito.
Detrás, la imagen, el original
que muestra con su cuerpo de sospecha.

Al coro de tu voz
la brisa primigenia,
donde no juega el fuego
su estratagema en lenguas que deleitan.

Los siglos se levantan casi a filo
de navaja,
mas brota siempre tras la tierra joven
la zarza con su luz, la luz
gozosa de sus muslos sobre el nácar
que triangula
en un temblor de pájaros la sombra.

Celestes manos intangibles,
está el mundo a través de vuestro pulso
situado, pero nunca nos alcanzan.






Francisco Acuyo, de Mal de lujo, 1998






Hábito de olvido, Francisco Acuyo

jueves, 4 de agosto de 2016

MARIO CAMPAÑA, BAJO LA LÍNEA DE FLOTACIÓN

Traemos para la sección, Editoriales amigas, del blog Ancile, el libro del escritor ecuatoriano Mario Campaña (Guayaquil, 1959) titulado Bajo la línea de flotación, número 2 de la colección, Los abisos de point, de la editorial Point de lunettes, de la que no nos cansamos de decir que es una de las editoriales españolas que mejor cuidan sus publicaciones, así, este título, como los otros anteriormente ofrecidos en estas páginas (Carlos Germna Belli y su Entre cielo y suelo, primer título de esta colección y Eduardo Chirinos, con su Harmonices mundi, número 3 de la misma colección), sigue las mismas directrices de exquisitez editorial este título, también dedicado a la literatura hispanoamericana, ofreciendo junto a la versión en rústica, otra edición especial en rama para suscriptores, cuya delicada confección hará las delicias del bibliófilo. Traemos uno de los relatos que componen, Bajo la línea de flotación, como representación mínima del magnífico conjunto que integra dicho título y en el que verán desfilar muy diverso relatos en los que constatar lo cotidiano de la vida con sus miserias y alegrías, y todo bajo la previsión atenta de quienes han vigilado la edición con tanta atención y delicadeza, me refiero a Inmaculada Lergo y Manuel García, gracias a los cuales disponen de una edición tan cuidada y que desde aquí vivamente recomiendo. 




Mario Campaña, bajo la línea de flotación, Ancile






MARIO CAMPAÑA, BAJO LA LÍNEA DE FLOTACIÓN





Mario Campaña, bajo la línea de flotación, Ancile



  EL PÁJARO BRUJO





También yo quise cazar pájaros; de la época en que lo intenté en la granja de los abuelos -unos seis meses; los más largos y felices de mi vida- he guardado nu­merosos recuerdos, todos reconfortantes, dignos de ser revividos, y uno turbador, una cifra desconocida, que ha suscitado en mí numerosas e incontestadas pregun­tas, que ha prevalecido sordamente sobre los demás durante demasiados años y que sólo hoy me siento capaz de contar. Nosotros, los Rubio, los nietos de “el señor Rubio”, éramos cinco, a veces nueve, y salíamos “a pajarear”. A mis primos Sofía y Javier, a mis herma­nos Josefina y Miguel, y a mí, se unían otros primos, Eduardo y Wilson, que venían de San Carlos, y, raras veces, Fernando y Manuel, de Guayaquil. Sin acordarlo previamente, partíamos después de un día de lluvia.
En aquellos días nos sentíamos distintos, como alum­brados, llamados por algo que, sin palabras, nos prome­tía sorpresas resplandecientes. Nos gustaba el agua recién caída y toda su invención; el agua de los charcos improvisados que fundaba en los caminos mínimas ciu­dades transparentes de gusarapos y hojas bamboleantes; el agua que corría en las zanjas desbordadas; el agua fresca, hinchada, de los esteros, extendida sobre los arro­zales en un gran oleaje. Sobre todo nos gustaba el aroma y el color que dejaba la lluvia, el aire purpúreo de mati­ces ocres, verdes y azules; una luminosidad imposible de describir: la húmeda luz del trópico.
El agua y la luz, digo, nos sacaban de casa. Estába­mos convencidos, con ese convencimiento sin argu­mentos de los niños, de que la lluvia actuaba de modo encantatorio con la tierra, los árboles y todos los seres; que tenía un efecto transformador sobre la realidad entera: la hacía crecer, la perfumaba, convir­tiendo nuestra rústica granja familiar en un territorio hechizado.
Pequeños catadores de milagros, después de un día de lluvia salíamos a descubrirlo todo otra vez, a veri­ficar lo ocurrido. Como una tribu nómada, trazábamos siempre el mismo trayecto, con las mismas visitas y ri­tuales. Pertrechados con un machete y hondas fabri­cadas la vísperas con ramitas cortas de los árboles, enfilábamos por la manga de los cañaverales, que era el camino oficial y por tanto el menos utilizado, pero para nosotros el mejor, intransigentes ritualistas nece­sitados de un instante inicial solemne. Dejábamos la casa y el jardín, que mi abuela llamaba “el Placer”, y al llegar al paso vecinal girábamos a la izquierda y nos enrumbábamos por esa arboleda de robles y ciruelos, íbamos a “pajarear”, a cazar pájaros. No creáis que nos gustaba escucharlos o atisbarlos; al contrario: soñába­mos con reducirlos, acabar con su algarabía y su milagro, convertirlos en presa de nuestro arrebato. Aún los sigo viendo como los veía cuando era un niño: como seres sólo aparentemente ingenuos pero en realidad concen­trados, enigmáticos portadores de nociones oscuras, acopiadas en su mundo de viajes por parajes y cielos desconocidos, seres acerca de los cuales es mejor tener un conocimiento más o menos preciso si uno no quiere ser desagradablemente sorprendido. Demasiado move­dizos, demasiado reales para arrastrarnos en sus vuelos, nos gustaban pero no nos hipnotizaban. Como los hu­manos, para nosotros los pájaros no eran ni buenos ni bellos, ni malos ni feos, y más valía vigilarlos. Como los humanos, necesitan de un sortilegio: algunos pueden ser mirados y hasta reverenciados, pues en su aérea aventura pueden llegar a dejarnos algún fulgurante saber; otros merecen ser cazados o encerrados; y de unos cuantos, irreductibles y maléficos, es mejor huir.
Mi hermano Miguel, que era el mayor, probaba pri­mero, con su honda; tenía buena puntería pero le fal­taba intuición; Javier, crecido en la granja, lo sabía todo sobre los pájaros pero era dubitativo y lento. Eduardo, a menudo contento y decidido, de mano firme, era el mejor, certero. Todos hacían faenas dig­nas, aunque a veces la distancia y el plumaje provoca­ban que la munición rebotara en el ala y el pájaro volara, advertido de un banal peligro; pero yo ni si­quiera era capaz de suscitar esa inquietud; el escaso impulso de mi honda echaba a perder mis ilusiones.
Al final, abandonábamos la manga con las manos va­cías, pero eso no nos desalentaba. A la altura de la casa de don Quimí volvíamos al perímetro de la granja. Renunciábamos a los pájaros por su excesiva ambi­güedad, por su ser siniestro y a la vez angelical, que impedía la emergencia en nosotros de sentimientos más definidos. Cambiábamos el cielo tan claro del ca­mino por el misterioso verdor de la finca, una frondo­sidad exacerbada por la lluvia que convertía lo frío y oscuro del bosque en una áurea y cálida penumbra. En realidad, estábamos en busca del horror. Porque en cuanto pisábamos el territorio de la granja brotaba en nosotros un temor extrañamente deseado, acuciante y maligno. Tratábamos de encontrar al único ser temible del que teníamos noticia en esas tierras, de ratificar su existencia, de probarnos por un instante que podíamos detenernos delante de él como ante un destino supe­rior que nosotros, gracias a la fuerza de la obediencia, conseguiríamos evitar. Nos excitaba la idea de ejercer la libertad de alejarnos de él en silencio, con el pecho turbado por palpitaciones primitivas. Aquel horror aparecía impertérrito ante nosotros en el momento menos esperado, a poca distancia, en algún árbol bajo. Lo veíamos grande, suntuoso, fúnebre, de plumaje ver­diazul y una cola singularmente alargada. Parecía un búho o una lechuza, pero se distinguía de ellos por su tamaño y su sensualidad, por su lúgubre lujuria.
Estaba siempre solo, impenetrable, silencioso. Nunca lo vimos cantando, pero sabíamos, porque a veces lo escuchábamos en la noche, que un lamento vago, si­niestro, salía de su pico mórbido. Le llamaban “pájaro brujo” o “pájaro culebrero”, apelativos ganados, según los abuelos, por sus capacidades para provocar sucesos extraños y por alimentarse de serpientes. Lo buscába­mos sin palabras y lo encontrábamos de manera sú­bita; lo mirábamos azorados, lo merodeábamos, y con declaraciones confusas poníamos fin a nuestro febril vagabundeo: teníamos terminantes instrucciones de alejarnos de inmediato de aquel animal maligno, de nunca intentar nada contra ese ser tal vez venido de algún lugar tenebroso, si no queríamos ser castigados por la desgracia. Era como si estuviera probado que desafiar la mala suerte es no sólo temerario sino tam­bién una locura por demás inútil, como si no desafiarla no fuera vanidad, la de quien se siente elegido para la salvación y para obtenerla sólo tuviera que abstenerse. Sea como sea, ninguno de nosotros se atrevió nunca a desobedecer ese conminatorio consejo.
Pero una tarde en que habíamos regresado de nuestro vagabundeo pospluvial, me quedé solo en el jardín de­lantero, en el Placer. Mis hermanos y mis primos se habían ido a buscar agua al pueblo o a recoger agua­cates, o mangos, o limones, o a la cabaña. En todo caso, se habrían ido a un lugar cercano, no como ahora, que todos están lejos. No sé por qué coincidencia no estaban ni mis abuelos ni mis tíos. Me había quedado, digo, solo en el Placer. Como tantas veces, había vuelto sin gloria y era consciente de ello. Eran las cuatro o cinco de la tarde. La casa familiar estaba en silencio. No tuve tiempo de pensar en esa circunstancia inusi­tada, incomprensible, pues de repente, a cuatro metros de la casa, acurrucado en el agujero de un árbol seco de papaya, vi al pájaro brujo. Me quedé perplejo. No sólo porque nunca se había atrevido a acercase tanto y yo estaba solo y la casa semejaba un paraje abando­nado, sino porque era inconcebible que aquel animal maléfico tuviera un hogar, un nido, un cómodo agujero justo en nuestro jardín, en el reino de mi abuela, de­lante del ventanal de la sala. Sentí pánico. ¿Iba a ser ata­cado? Giré la cabeza a un lado y otro rastreando lo que pudiera protegerme. Junto a la mesa de herramientas estaba la escopeta, que alguno de mis tíos habría olvi­dado guardar después de aceitarla. Era la primera vez que estaba tan a mi alcance, sin que nadie pudiera im­pedirme su uso. Todo era inédito aquella tarde.
Mirando al pájaro brujo, la empuñé con decisión. En ese instante no pensé en el mal que representaba aquel ser horroroso sino en el estigma que ya pesaba sobre mí, en la oportunidad que se me presentaba de limpiar de una vez por todas las huellas de mi timidez y mi torpeza salvando a la familia de una presencia que pre­sagiaba hechos funestos. La escopeta era un trasto que debía ser cargado después de cada disparo. Yo era capaz de hacerlo: lo aprendí mirando a mi abuelo y a mis tíos. Cogí la batuca, la pólvora y las municiones, cuyo sitio de almacenaje conocía muy bien, y la cargué. Casi temblaba, pero conseguí hacerlo del modo rít­mico y seguro con que lo hacían mis tíos. Me acerqué con sigilo al árbol de papaya. Allí seguía el pájaro brujo. Soberano, hierático, o más bien arrogante, per­mitió que me colocara en una absurda proximidad. Seguí dando pasitos, semi inclinado, como si me es­condiera de algo; alumbrado por una tarde despejada, avanzaba sin apartar la vista de aquel animal cuya in­sultante indiferencia me confundía. Puse el cañón de la escopeta a dos metros de su rostro concentrado. Sé que me invadió una embriagadora sensación de irrea­lidad: ningún blanco si es real, si merece ser alcanzado, puede estar tan estúpidamente cerca. Al final, creo que cerré los ojos.
El estruendo reventó en mi cabeza. Imaginé el aire lleno de un humo vagaroso y oí un escándalo de grazni­dos que no podían pertenecer a la realidad. Cuando abrí los ojos vi una leve cortina azul flotando en el aire. De­trás, mortecino, estaba el pájaro maligno. Era como si no se hubiera movido de aquel agujero seco del papayo que presidía asombrosamente el jardín de mi abuela. Con su figura inmóvil, borrosa, un poco triste, me mi­raba de un modo fijo, con un rancio aire de eternidad.





Mario Campaña






Mario Campaña, bajo la línea de flotación, Ancile

miércoles, 3 de agosto de 2016

CARLOS GERMÁN BELLI, ENTRE CIELO Y SUELO

Para la sección, Editoriales amigas, el blog Ancile trae en esta ocasión al gran poeta peruano Carlos Germán Belli (Lima 1927), con motivo de la publicación de su libro, Entre cielo y suelo, editado tan bellamente como acostumbra la editorial Point de lunettes, de Sevilla, en su colección, Los abisos de point, número 1,  que, junto a su edición en rústica, ofrece una tirada limitada en edición especial en rama para suscriptores, y con el que se inaugura dicha colección, dedicada a la literatura hispanoamericana y que cuida con gran dedicación Inmaculada Lergo. El diseño corre a cargo de Mª Jesús Casermeiro, quien, con mano maestra custodia y preserva los diseños de la editorial -e impecablemente impreso por Entorno gráfico Ediciones-. Traemos para la ocasión unos pocos poemas (tres de ellos: A mi madre farmacéutica, A la memoria de mi hija mariella y Alma y Orión, como mínima muestra de tan hermoso conjunto y) de dicha selecta publicación, y todo con el fin de recomendarles la adquisición de este libro imprescindible en el que desfilan inseparables la belleza poética y el impulso vital, siempre tan enérgico, que caracteriza a poeta tan singular.


Carlos Germán Belli, entre cielo y suelo, Ancile


CARLOS GERMÁN BELLI, 

ENTRE CIELO Y SUELO



Carlos Germán Belli, entre cielo y suelo, Ancile







A MI MADRE FARMACÉUTICA






Suprema descendiente, oh madre mía,
eres de los mayores alquimistas,
porque temprano fuiste farmacéutica,
que así la vida humana prolongaste
en virtud de tu ciencia en ti divina,
y en fin menos dolor y más salud,
por donde tú anduviste
de continente a otro continente
preparando tu gran farmacopea
como para escudar
con un medicamento al mundo entero.

Dotada con el don de la sapiencia,
con el cual tu existir iluminaste
de la cuna a la tumba día a día,
colocándolo en el central paraje
de la galaxia en donde radicabas,
que la tornaste en clara estrella fija,
y por cierto también
pensaste en los queridos seres tuyos,
a quienes elevaste con tus luces,
desde el terrenal suelo
hasta el cielo a la mano por ti solo.

El amor filial todopoderoso
y el materno dechado similar
allí entre tantas perfecciones tuyas,
que por tu madre fuiste cumbre humana,
y por mi padre igual, tu amado esposo,
y tus hijos, tus seres entrañables,
pues gracias a ti todos
disfrutamos el sumo sentimiento,
palpitante en los átomos de uno,
y por ello pasamos
como bajo un escudo por el mundo.

Canción, sin duda alguna,
por mi madre te encuentras aquí ahora,
y por ti ella renace
con sus mil atributos plenamente,
y yo y tú y ella juntos
por siempre en este espacio terrenal.









A LA MEMORIA DE MI HIJA MARIELLA




Eres el sol que en nuestra casa brilla
en tu perpetuo estado terrenal,
bella e inteligente tú no más,
con la beldad de tu semblante único
y esas tus mientes que entran en el mundo,
que tu faz y tu mente soberanas
son entre cielo y suelo,
porque estos dones nunca se presentan
juntos ante la vista general
tal si fuera muchísimo
fulgor para los ojos del humano,
ue mente acá y beldad allá por siempre.

Cultivas el amor de Eva y Adán,
y por igual el de hija y el de madre,
he aquí tu corazón latiendo ahora
en uno y otro punto cardinal,
como probando de que es infinita
esta visible fuerza del espíritu,
que a cada cual nos une,
y acompañados por la vida vamos,

exactamente como tú, Mariella,
tal madre, hija y esposa
no obstante tu edad terrenal no larga,
¡ejemplo de amor dejas tras de sí!

Estás en la memoria de los tuyos
como recuerdo fiel que no se borra,
sin duda lo mejor de ti por cierto
seso y beldad allí muy juntamente
hasta ser una sola cosa siempre
bajo el estado del variado amor,
que estas palabras mías
están demás del todo ahora aquí,
porque entre cielo y suelo terrenales
tus dones palpitando,
como en el grato ayer cuando tú estabas,
hoy igual y también mañana. Amén.

Canción, he aquí por fin
beldad y mientes juntas bajo el cielo,
indivisiblemente,
por primera vez en el vasto mundo,
 ambos lustres brillando
al unísono por doquier ahora.



EL ALMA Y ORIÓN





En la edad prolongada al fin se yergue
 todo un largo camino de palabras
 desde el terrenal mundo acá creado
a los astros de la celeste bóveda,
que lo uno y lo otro conectados quedan
 por vez primera y por siempre ya,
en el sumo universo,
justo como la palma de la mano
para estrecharla qué efusivamente
mañana, tarde, noche,
lo cual en buen romance significa
que esta alma oriunda de la baja Tierra
con alto Orión es una sola cosa.

Pero en honor a la verdad confieso
que las palabras en la mente yacen
y ni un instante salen hacia el cielo,
en pos del reino sideral ignoto,
que son un pensamiento inamovible,
encaminado a las alturas máximas,
paradójicamente
no en la grey toda, sino en solo uno,
y además solitario para siempre,
que en vigilia y en sueño
con uña y dientes piensa muy fielmente
en esa Vía Láctea nunca oscura,
como el Edén de la infinita vida.

Pues sea como fuere el ir a Orión,
acá y allá lo unimos con palabras
que directas van a posarse raudas
en cada astro en el firmamento fijo,
en donde proliferan cien mil veces,
tal una y otra constelación clara,
y el reino interior próximo
ya no está codo a codo nunca más,
y en cambio todo el éter infinito
en primer plano acá,
que justamente allí empieza la vida
después del auroral materno claustro,
y astro a astro enseguida escudriñarlos.





Carlos Germán Belli, de Entre cielo y suelo







Carlos Germán Belli, entre cielo y suelo, Ancile