martes, 26 de mayo de 2015

LA LUZ DONDE REPOSO

Para la sección Poema semanal, del blog Ancile, traemos el poema titulado, La luz donde reposo, del libro, Vegetal contra mosaico, 1991.


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La luz donde reposo, Francisco Acuyo, Ancile





LA LUZ DONDE REPOSO




La luz donde reposo, Francisco Acuyo, Ancile


LA luz donde reposo,
hombre perfecto y sabio:
No mires. No es agravio,
si para el iris gozo:
Contempla la rareza
desterrada en el labio
que cierta nos expresa,
hombre perfecto y sabio.


*


ALTO debe mirar
espumas de la mar:
Virtud en las estrellas,
que al verlas fueron bellas.
El marino por ellas
traza estela al mirar,
y espumas de la mar.


*


LO natural de la vida
desde la urdimbre sutil,
donde el agua casi observa
astuta todo el ardid.

Ama más que sueña, si ama
cuando sueña sin sentir
que el sueño sólo refleja,
el principio desde el fin.

Cansado mira el espejo
donde se piensa ¿morir?
El vidrio siempre tan frío,
la imagen siempre febril.





Francisco Acuyo, Vegetal contra mosaico, 1991







La luz donde reposo, Francisco Acuyo, Ancile


sábado, 23 de mayo de 2015

¿PLASTICIDAD DEL CEREBRO, O MATERIALIDAD DE LA CONCIENCIA? ¿CEREBRUM EX MACHINA?

Proseguimos con la exposición intitulada De la resiliencia, esta vez bajo el título ¿Plasticidad del cerebro, o materialidad de la conciencia? ¿Cerebrum ex machina?, para la sección De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile.



¿Plasticidad del cerebro, o materialidad de la conciencia? ¿Cerebrum ex machina?, Francisco Acuyo




¿PLASTICIDAD DEL CEREBRO, 
O MATERIALIDAD 
DE LA CONCIENCIA? 
¿CEREBRUM EX MACHINA?




¿Plasticidad del cerebro, o materialidad de la conciencia? ¿Cerebrum ex machina?, Francisco Acuyo



            Según algunas y muy interesantes investigaciones relacionadas con la morfología y funcionamiento del cerebro, este órgano capital para nuestro reconocimiento y comprensión del mundo (y de nosotros mismos) es capaz de cambiar su estructura y funcionalidad a través de la actividad del pensamiento,[1] característica que se ha reconocido como genuina se ha denominado como neuroplasticidad. Ahora bien, paradójicamente, junto a esa elasticidad morfológica singular, es susceptible, observada también a la luz de ciertos desordenes psicológicos y de conducta (angustia, fobias, ansiedad, depresión…..), una contradictoria rigidez que puede estar anclada, ora en severas costumbres de origen más o menos dispar, ora en traumas de diversa índole, ora en problemas congénitos, etc… parecen estar avaladas por ciertas singularidades neuroquímicas experimentalmente detectables y que han sido descritas en las diferentes taxonomías de enfermedades mentales. Acaso
¿Plasticidad del cerebro, o materialidad de la conciencia? ¿Cerebrum ex machina?, Francisco Acuyo
esta esclerotización ha sido, sino el exponente más importante, acaso sí el más significativo para la elaboración del designado como localismo[2] en buena parte de la comunidad científica de los estudios de neurociencia, visión, sin duda, heredada del más tradicional mecanicismo galileano y positivista,[3] que acabó adoptando y desarrollando Descartes, óptica que acabaría extendiéndose también, no sin establecer serias contradicciones, en el ámbito de la contemplación y entendimiento de la función y dinámica de los sentidos (hoy totalmente cuestionada, por ejemplo, a través del estudio y observación de fenómenos como la sinestesia).[4] Hasta la instrucción y desarrollo de Paul Bach-y- Rita,[5] en el dominio de la disciplina neurocientífica, no se había proporcionado  una visión coherente e integradora de los sentidos, a tenor de la cual puedo inferirse del sistema sensorial y perceptivo, la influencia dinámica y promotora en el cerebro para su reorganización, si esta fuese en un momento concreto necesaria.
            La polisensorialidad[6] hace mucho más compresibles fenómenos como la sinestesia, de la que (al margen de su sintomatología médica en determinadas enfermedades) se puede inferir que nuestro cerebro y sistema neurológico es una organización y estructura abierta, activa enérgica y dinamizadora que nos ayuda a percibir y a asimilar el mundo vívidamente.
            Ahora bien, ¿es esta visión también deudora, al fin y al cabo, de la concepción plenamente materialista? ¿Es la prueba decisiva de que la conciencia (junto a las aprehensiones de angustia, ansiedad, depresión…) es un fenómeno estrictamente biológico y, por tanto, material?
Así las cosas ¿todas aquellas potenciales perturbaciones (como la angustia, ansiedad), tienen un origen estrictamente material, en tanto que sus propiedades causales tienen origen (y son reductibles) a la materia?
La ciencia actual así lo afirma: la conciencia, la mente y, por supuesto, la vida, son epifenómenos (fenómenos secundarios) de la materia. Tales afirmaciones no dejan de ser, a nuestro juicio, cuando no incompletas, en bastantes casos aventuradas. Sin embargo, hay abundante literatura (filosófica, religiosa y también científica…) que cuestiona en parte o en su totalidad sus fundamentos, sobre todo porque no acaba de explicar totalmente la aparición (y significado, si lo tuviese) de la vida y, menos aún, de la conciencia.[7]  ¿Acaso no debieran debatirse estas cuestiones desde una óptica más amplia (recuérdense algunas aproximaciones de Jung a este respecto) donde la conciencia (per se), al margen de la materia, pueda tener una relevante primacía?
Los problemas (mentales y físicos)  derivados de la ansiedad y la depresión, según la medicina alopática convencional, tiene origen orgánico, mas, ¿cuál sería la situación de la mente o la
¿Plasticidad del cerebro, o materialidad de la conciencia? ¿Cerebrum ex machina?, Francisco Acuyo
conciencia en estos casos? ¿Son meros epifenómenos de la materia? ¿O, estamos ante un dualismo científicamente insostenible?
Surge también otra interrogante que no es menos digna de mención: ¿si la conciencia deviene como epifenómeno de la materia (del cerebro), cómo es que causalmente actúa sobre la materia? Avisábamos anteriormente de los fenómenos de somatización (aunque puedan apuntarse otros manifiestos en innumerables experimentos, los cuales ofrecen, cómo la percepción y la conciencia hacen que el centro orgánico neurocerebral cambie y se modifique biológica y o morfológicamente, es decir afectando a la misma materia que la conforma. ¿Hay pues, por tanto, contradicciones en la argumentación netamente materialista en el estudio y explicación de las denominadas perturbaciones  mentales?[8] ¿No será momento para referir con rigor si estamos ante enfermedades –malfuncionamiento orgánico que responde al diagnóstico y tratamiento mecánico de la medicina alopática- o ante dolencias –la impresión personal, que se concluye y apercibe por la conciencia, de que algo no funciona correctamente- en relación a la angustia y sus derivados? ¿Mas, porque la ciencia puede dar solución a ciertas enfermedades y casi nunca a las dolencias?  Trataremos de dar respuestas, si fuere posible, a este ingente desfile de interrogantes en la siguiente entrega.



Francisco Acuyo





[1] Doige, N.: El cerebro se cambia a sí mismo, Aguilar, Madrid, 2008, p. 15.
[2] Genéticamente determinada, según los partidarios de esta hipótesis.
[3] Wiliam Harvey (1578-1657), se dice que fue el padre de la biología mecanicista.
[4]  Acuyo, F.: Fisiología del espejismo…
[5] Naure, 1969, artículo en el que establece la posibilidad de que personas ciegas de nacimiento puedan recuperar la vista.
[6] Sinestesia: definición.
[7] Véase por ejemplo, lo que bien pudiere ser un nuevo paradigma en este ámbito, como el que defendió Roger Penrouse, La nueva mente del emperador, Mondadori,…
[8] Campbell, D. T. (1974) Downward Causation. En Ayala, F. J. & Dobzhansky, T. (eds.) Hierarchically Organised Biological Systems. Studies in the Philosophy of Biology, Berkeley, Los Angeles: University of California Press, 179-18 .





¿Plasticidad del cerebro, o materialidad de la conciencia? ¿Cerebrum ex machina?, Francisco Acuyo

jueves, 21 de mayo de 2015

ADVENIMIENTO Y OTROS POEMAS

Para la sección Poema semanal del blog Ancile, los poemas Advenimiento y Devenir, del libro Vegetal contra mosaico, 1991.


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Advenimiento, Francisco Acuyo, Ancile






ADVENIMIENTO



Advenimiento, Francisco Acuyo, Ancile





COMO el sol, el hombre astuto:
Del árbol los gustadores;
para uno fueron las flores,
para el otro queda el fruto.


*



Para Rosa y...



PERCIBE de la corola
azuladas transparencias,
rizos del agua sonora
al través que el cáliz tensa.
Rosa, ¡Qué cándida esencia!
Otra entraña si otra rosa
sobre la flor es perfecta,
ángel que tu seno anuncia:
Y tú preguntas, preguntas...




DEVENIR





PASTOR de estrellas conduces
inmenso espejo conjunto,
la imagen de miles luces
al redil de un solo punto.

*

ERA toda luz transcurso
donde contemplar la vida,
y en un punto sostenida,
sigue la sombra su curso.

*

OBSERVA en el movimiento
el agua donde el semblante
imagen hizo el momento,
y eterno espejo el instante.





Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico, 1991




Advenimiento, Francisco Acuyo, Ancile

martes, 19 de mayo de 2015

MENTE Y MATERIA EN EL FENÓMENO DE LA ANGUSTIA: SOBRE SUS TRATAMIENTO, TERCERA ENTREGA DE "DE LA RESILIENCIA"

Ofrecemos la tercera entrega de del trabajo generalmente titulado De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, esta vez bajo el título de Mente o materia en el fenómeno de la angustia. Sobre su tratamiento, para la sección del blog Ancile, De  juicios paradojas y apotegmas


Mente y materia en el fenómeno de la angustia: sobre su tratamiento, Francisco Acuyo





MENTE Y MATERIA EN EL FENÓMENO DE LA ANGUSTIA:
SOBRE SUS TRATAMIENTO




Mente y materia en el fenómeno de la angustia: sobre su tratamiento, Francisco Acuyo




            ¿Está la mente, según el utilitarismo materialista, indiscutiblemente encarnada (o materializada), como describe convencido Aristóteles?, y, ¿por qué no, precisamente al contrario, estará la materia encarnada en virtud de la acción de la mente? En relación a la angustia (o la ansiedad), no sería una mala conjetura aventurarse, como lo hizo Epicteto, preguntándonos ¿hasta qué punto no son las cosas las que perturban, sino la visión –mental- que se tiene de ellas?
            No nos parece baladí la hipótesis (verificada en tantas ocasiones) de que la angustia proviene del deseo (frustrado o insatisfecho, acaso nunca del todo alcanzable), mas también por las exigencias –no siempre alcanzables- sociales (culturales, ideológicas…) muchas veces impuestas sobre el individuo; se pueden aducir o añadir otros muchos y variados casos por los que puede devenir la angustia, y cada uno de ellos con su particular interés analítico e indagatorio, pero, lo que nosotros queremos debatir en este apartado, será una cuestión distinta (que no distante) de las relaciones entre mente y materia, y que no pueden soslayarse en el ámbito de lo expuesto con anterioridad en relación al supuesto problema de la angustia y de la ansiedad, a saber: ¿de qué manera afecta este acervo inmaterial que conforma el complejo y enigmático entramado que es la conciencia, sobre la base fisiológica donde situamos la oficina de gestión de nuestra vida psíquica, es decir el cerebro, y, acaso también a otros distritos orgánicos de nuestro cuerpo?[1]
Mente y materia en el fenómeno de la angustia: sobre su tratamiento, Francisco Acuyo
            Hoy día parece preponderar en la medicina moderna el juicio de que cualquier afección mental proviene de una deficiencia o malfuncionamiento biológico (material), desordenes químicos en neurotransmisores, malformaciones, genética, traumatismos, etc…  posición  que, ya decíamos,  viene muy apropósito con los intereses médico-farmacológicos preponderantes y manifiestos en la psicofarmacología cosmética de la actualidad. La angustia y la ansiedad como vía de autoconocimiento y realización personal es, sin duda, una manera desagradable de conculcar más que una ley primordial en nuestros días, cual es la de poner en tela de juicio el dogma del derecho a la felicidad (así consta en tratados de primer orden jurídico en países como EEUU, nada menos que en su Constitución), y cuya obtención está justificada a cualquier precio (nada barato, a juzgar por el gasto que llevan a cabo los Estados y los individuos en medicación y otros tratamientos, aunque en verdad siempre resultará más barato que hacer las transformaciones sociales y de igualdad pertinentes para la realización del individuo.
            Se diría que algunas advertencias, como la de William James[2], en relación a que el origen del temor y la angustia en numerosos casos puede provenir de la soledad, acaso traumáticamente experimentada ya en la infancia, y que la denominada cormobilidad ansiedad-depresión puede provenir de echar en falta, por ejemplo, a una persona amada,[3] o a otras causas[4] no tan bien conocidas por intereses inconfesables.
            Los estudios de genética en este campo se suman, ya lo anunciábamos al principio de esta entrega, otra de las vertientes más fuertes del estudio de la angustia desde una óptica biológico materialista, sin tener en consideración un momento siquiera, que estas marcas genéticas muy bien pueden provenir a la exposición a temores varios durante siglos y que pueden responder de manera atávica a través de generaciones de individuos.
            Es claro que, tanto la genética como la neurociencia, se sienten cómodas en la explicación material de todos estos problemas a tenor de que la estructura del soporte de nuestra mente (el cerebro) es mecánico y, por tanto, inamovible pues, no cambia. Se ofrece esta opinión (doxa que no episteme, que pueda verificarla) pues, a la luz de no pocas investigaciones y estudios, de que se trata de un error bastante grueso. Tampoco parece tener la importancia debida el proceso evolutivo cultural y tecnológico que hoy día supera dichos procesos biológicos naturales, donde la competencia desmedida y brutal de nuestras sociedades hace verdaderos estragos en los individuos. Y qué decir de la educación para la aceptación y resiliencia como (si fuese nueva) vía de curación, o, al menos de alivio. Así pues, ¿qué le debe la realidad de la angustia (la ansiedad y la depresión) en su tratamiento al materialismo biológico y la industria farmacológica? Probablemente su fracaso.



Francisco Acuyo




[1] Son los denominados procesos de somatización, en los que, en tantos casos no sabríamos que fue primero, si el huevo o la gallina.
[2] James, W.: Principios de psicología, 1890.
[3] Freud, S.: Inhibición y síntoma, 1926.
[4] Rank, O.: El trauma del nacimiento, Paidós, 1987.





Mente y materia en el fenómeno de la angustia: sobre su tratamiento, Francisco Acuyo

sábado, 16 de mayo de 2015

ÁGORA

Para la sección Poema semanal, del blog Ancile, traemos los poemas bajo el título, Ágora, del libro Vegetal contra mosaico, 1991.


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Ágora, Francisco Acuyo, Ancile.





ÁGORA





Ágora, Francisco Acuyo, Ancile.


EL agua de juncos
conduce el cristal.
El agua conduce
azul el lugar.


*


CONOCER el mundo
sin salir de casa.
Cuando el ser regresa
la vida se acaba
y el aire que orea
en la tierra calla.
Cuando el ser regresa.
Sin salir de casa
nos alienta el aire,
y la tierra ampara.


*


LA tarde al viento.
El silbo sobre el ascua.
Arde el invierno.



Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico, 1991






Ágora, Francisco Acuyo, Ancile.



jueves, 14 de mayo de 2015

LIBERTAD, COMPROMISO Y ANGUSTIA, SEGUNDA ENTRADA DE "DE LA RESILIENCIA"

Ofrecemos la segunda entrada de De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, para la sección de De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, esta vez bajo el título de Libertad, compromiso y angustia.



Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo



LIBERTAD, COMPROMISO Y ANGUSTIA



Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo


            NO parecería ningún disparate discurrir cierta argumentación sobre la temática de la angustia para alcanzar la conclusión sensata de que esta (y la ansiedad) deviene(n) en muchas ocasiones del mismo hecho existencial, más bien al contrario, parece del todo muy razonable al albur de una observación atenta a nuestra naturaleza que, en modo alguno, puede ni debe estar ajena al trasegado devenir de nuestra existencia (personal y consecuentemente social). En cualquier caso también puede estimarse que el hecho –a nuestro juicio- del dolor y el sufrimiento[1] (manifiesto en angustia, ansiedad, depresión…) en el mundo (¿moderno?) no se quiere aceptar, evitándolo a cualquier precio (con medicación, con terapias, con alcohol, con consumo…) sobre todo en una sociedad cuya primordial exigencia es ser feliz a cualquier coste (y aunque esta felicidad sea falsa o impostada como en tantas y tantas ocasiones somos inopinados testigos). La búsqueda de la felicidad va muy unida en la sociedad (¿actual?) a la obtención del placer, teniendo como algo profundamente anómalo (investido del rasgo de enfermedad) cualquier atisbo o manifestación o sintomatología que pueda ponerlo en cuestión, como es el caso de la angustia, que debe ser erradicada de nuestras vidas, sin calcular las potenciales y muy negativas consecuencias de ello.
            Así pues, la angustia, la ansiedad, el miedo… es necesariamente un estigma que se grabará a hierro y fuego (como decimos, incluso como enfermedad mental) y que llega a estimarse, además, como una flagrante muestra de debilidad del individuo en el entorno convencional de la sociedad (¿del progreso?). Se diría que existen sólo dos maneras de evaluar esta supuesta problemática, y siempre a la luz del dualismo antropológico anteriormente enunciado; por una lado: proviene del mal funcionamiento de la incuestionable realidad de nuestros cuerpos, que se encuentran totalmente diferenciados de nuestras mentes (anomalías neuroquímicas, genéticas…); por otro, al que se llega a
Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo
través de la contemplación inevitable de nuestro deterioro y extinción, lo cual ha de producir en nuestro espíritu (mente), diferenciado de nuestro cuerpo, la inevitable angustia y ansiedad, que ha de manifestarse, ineludiblemente, de manera psicológica.
En esta lucha sin cuartel  contra la angustia (y –o- la ansiedad) nos olvidamos de que estas inquietudes son las que acaso nos hacen más humanos (y las que, como adelantábamos líneas atrás, posibilitan la capacidad de superarnos y evolucionar hacia un estado de conciencia superior), además de que, en muchos momentos, nos hablan de que algo dentro (y puede que también fuera de nosotros mismos) no funciona como debiera, siendo esta la primera fase para una solución a esa anomalía correcta y duradera. El supuesto exterminio de estas respuestas naturales del espíritu (mediante la medicación o las terapias conductuales cognitivas o de cualquiera otra especie que no evalúe el factor natural de las mismas –no incapacitante-) puede que esté poniendo en peligro la capacidad para evolucionar, crecer e incluso ser creativos ante las adversidades, que sin duda llegan y llegarán a nuestras vidas de muy diferentes maneras.
            Los existencialismos del siglo XX (hablábamos del insigne antecedente de esta corriente, Soren Kierkegaard, al que deben unírsele con posterioridad Jaspers, Sartre, Camus, Heidegger…),[2] y que ya centraban como fuente primordial de sus inquietudes filosóficas existenciales, en la angustia, la libertad, el compromiso… y observaban como consecuencia normal de la libre elección en nuestras complejas vidas, un grado de angustia inevitable que había de caracterizar singularmente al hombre (no solo moderno).  Sería interesante cotejar información sobre cuáles, no solo de los pacientes aquejados de estas supuestas dolencias ansioso depresivas, también terapeutas (psicólogos, médicos psiquiatras…), estarían dispuestos a llevar a cabo un análisis etiológico (diagnóstico) y un tratamiento adecuado en virtud de las propuestas de reconocimiento de la angustia como algo ínsito en el devenir existencial de los seres humanos.
            Hoy, quizá como nunca anteriormente, la controversia en relación al origen  diagnóstico,  tratamiento y supuesta curación de la angustia –o la ansiedad-) ha existido un debate tan intenso y controvertido, aunque fundamentado sobre una vieja porfía filosófico-científica como es de la tan llevada y traída dualidad mente y cuerpo, a saber, en las dos corrientes más extremadas en la actualidad: la visión mecánico biológica que dice que el origen de cualquier anomalía mental es de origen material (biológico), intentando bajo esta apreciación superar epistemológicamente el dualismo mente cuerpo, en tanto que todo el origen y solución está en la materia  -biológica-, acaso sin darse cuenta que en cuanto que hay un reconocimiento de la perturbación mental están alimentado el dualismo que quieren superar; por otro lado la vertiente conductivo cognitiva,  que pone énfasis en la conducta y los procesos de conocimiento y reconocimiento anómalos de lo que rodea, siente y padece la persona ansiosa como origen de su mal y de los cambios somáticos (corporales) que pueda producirse en ella, quedando en el aire también de manera evidente una solución al mencionado dualismo.
            Más adelante haremos una aproximación más minuciosa del asunto del dualismo entorno al fenómeno de la angustia (ansiedad), pero, en este punto de nuestra reflexión nos parece que acaso se olvida otro factor, a nuestro juicio esencial, cual es el cultural (sociológico, ideológico y político) –que nos parece incidir en esta problemática especialmente, y que ha alcanzado hasta la misma terminología (como venimos advirtiendo, son términos de cuño reciente, y nos referimos tanto al de
Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo
la ansiedad, como a su correlativo enunciado con el término archiconocido de depresión). Esto nos evoca, entre otras muchas ideas y fundamentos, las nociones foucaultianas de la multiplicidad de poderes que influyen en la sociedad en la, desde luego, incluía el propio psicoanálisis. Mas si hemos traído a colación a Foucault, no estaría mal plantearse hasta qué punto no estaría mal sugerir al menos, si el fenómeno moderno de la ansiedad no responde, en muchos aspectos, a su Historia de la locura[3], si es que esta, la locura (refelja acaso también en la ansiedad) es una experiencia límite en estrecha vinculación con lo irracional, y planteada como si el diálogo entre la locura (la ansiedad, la angustia…) y la razón no fuese posible.
            Filosofía y ciencia (médica y biológica) no siempre se muestran en dócil convivencia, más bien al contrario, hoy lo sabemos muy claramente. Pero esto tampoco es nuevo. Aristóteles ya advertía con meridiana claridad que todos y cada uno de los fenómenos del espíritu obedecen estrictamente a sus componentes moleculares. En términos muy similares se expresaba Hipócrates.
Que la industria psicofarmacológica tenga intereses en alentar la visión materialista (o fisiológica) del supuesto problema de la angustia o ansiedad, no es algo que deba extrañarnos por obvias razones económicas, aunque eso suponga ignorar el hecho ontológico del sufrimiento en el devenir existencial del ser humano, y esto también es así aún en una estricta óptica psicológica, en tanto que aquellos (la angustia, la ansiedad, la depresión…) en muchos casos se entienden como un modo de protección de nuestra mente para su propia autodefensa, no llegando a entender que el dolor manifiesto en la angustia -o la ansiedad- no solo son inevitables, sino aún necesarios para mantener un grado de alerta o vigilancia, con el fin de caer en la cuenta de nuestras frágiles esperanzas y casi siempre breves alegrías,[4] mas también para la liberación de nuestros condicionamientos existenciales, necesaria entre otras muchas cosas, para hacer transparente el fenómeno de la verdad en la belleza[5], así como la necesidad de trascendernos, si queremos  realmente, no solo evolucionar, sino cambiar rigurosamente, por el bien nuestro –individual- y sobre todo por el de la humanidad misma, que en verdad no puede separarse de cada uno de aquellos que, al fin y a la postre, la conforman.



                                                                                                  Francisco Acuyo





[1] El concepto de sufrimiento, tal y como lo entienden algunas culturas orientales, sobre todo budistas,  acaso sea aún más oportuno y rico que el de angustia, no digamos ansiedad, de todas formas, redundamos sobre los conceptos occidentales de angustia y ansiedad, por ser sobre ellos sobre los que ahora debatimos.
[2] Esta visión de la angustia no es ni mucho menos privativa de las corrientes de pensamiento existenciales del siglo XX, en donde las sensaciones, las emociones y pensamientos de angustia están implícitos en el ser humano de forma totalmente natural, uno de los  casos más célebres es el de Blaise Pascal.
[3] Foucault, M.: Historia de la locura, Fondo de Cultura Económica, México, 2010.
[4] Acuyo, F.: Elogio de la decepción, Jizo ediciones, Granada, 2013, p. 76
[5] Ibidem, p. 77.



Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo

domingo, 10 de mayo de 2015

DE LA RESILIENCIA, O "EL QUE NO SE CONSUELA ES PORQUE NO QUIERE". ANSIEDAD Y ANGUSTIA

En varias entregas ofrecemos para la sección de "De juicios, paradojas y apotegmas" del blog Ancile, el trabajo que lleva por título, De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, ansiedad y angustia.



De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, Francisco Acuyo





DE LA RESILIENCIA,
O EL QUE NO SE CONSUELA ES PORQUE NO QUIERE





De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, Francisco Acuyo





ANSIEDAD Y ANGUSTIA



De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, Francisco Acuyo





ENTRE las muy usadas –hasta la extenuación lingüística- y harto gastadas, e incluso raídas y ajadas (y, no obstante, muy singulares) terminologías de la psicología (y psiquiatría) moderna(s), sin duda cabe señalar especialmente el vocablo traído y adaptado para la ocasión como tecnicismo (o jerga) cual es el de resiliencia: (re) intensidad o reiteración que, en conjunto indica cualidad (ia) del que vuelve, como agente (nt) a saltar o salir –re- (salire) y quedar como estaba, a güisa de elástico que una vez estirado regresa como si tal cosa a su condición inicial. Lo más curioso es que este término obtiene su primera acepción original derivada de las ciencias ecológicas, allá por 1973, como la capacidad de recuperación y o regeneración de un ecosistema después de haber sido perturbado[1].
            La adaptación de este término al ámbito de las ciencias de la psicología y la medicina (psiquiatría) ha tenido un éxito incuestionable, barajándose definiciones en este dominio disciplinar extraordinariamente numerosas que datan, muy generalmente desde los años noventa hasta la fecha,[2] para denominar la capacidad para sobreponerse (entereza) de la persona frente a potenciales o efectivas adversidades. Esta actitud (¿o aptitud?) o competencia o disposición o suficiencia del sujeto para sobreponerse a momentos de infortunio, calamidad o contratiempos se ha impuesto como clave más que definitoria (lingüística) de significación (de signo), para ofrecerse con un carácter simbólico en muchos casos (casi mítico) que puede inferirse de su uso y descripción por parte de no pocos profesionales de la terapia (psicoterapia), y recogido, con mistificación unas veces, con resignación en otras por el propio paciente, para ser repetido como un mantra reconfortante para sus penurias emocionales, existenciales o sus afecciones neuroquímicas, según sea la vertiente mediante la que se
De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, Francisco Acuyo
accede a su problemática: conductivo cognitiva, psicofarmacológica o bioquímica, humanista, de orientación sistémica…
            No es nuestra intención emitir juicios en relación a ningún tipo de afrontación o afrontamiento terapéutico en relación a los diferentes tipos de perturbaciones para los que se crearon en su momento, tampoco pretendemos elaborar elementos de discusión lingüística entorno al uso (y abuso) de determinados términos, sí como admonición para incautos navegantes que rápidamente pueden quedar fascinados por su insistencia y repetición, como si con su reiteración  se obtuviesen los misteriosos efluvios de la magia empática o parasimpática que todo lo afecta y contagia prodigiosamente. De hecho, no deja de resultar curioso que vocablos como ansiedad, véase que su derivación latina anxietas, anxietatis, proviene del adjetivo latino anxius (angustia) y que tiene una fuerte relación con el verbo angere (estrechar u oprimir), y que parecen de ordinario tan viejos como el mundo en la actualidad, cuando su empleo en los dominios a los que venimos refiriendo son de muy reciente cuño (y que no solo la psiquiatría y la psicología han tenido que ver con su uso reiterado, sobre todo la industria farmacéutica, lo veremos más adelante).
            Acaso pocos han querido reparar en la naturaleza no solo terminológica de estos vocablos, también en su origen y derivación filosófico-ideológica de los mismos. El padre del psicoanálisis (Freud) maneja el concepto de angustia (alma mater de la expresión ansiedad en términos bastantes enigmáticos (un enigma cuya solución arroja una intensa luz sobre nuestra vida mental).[3]
            El término angustia (angustus, estrecho, angosto) que, singularmente, se emparenta en ocasiones a situaciones de estrés (del inglés stress y este del latín (strictus, participio de stringere, atar, ceñir con fuerza –de astringir-), adquiere una especial y profunda significación en los existencialismos filosóficos (ningún gran inquisidor tienen preparadas torturas tan terribles como la angustia),[4] y que por una evolución (interesada) de su uso parece haber sido desplazada por el término de ansiedad. No vamos a entrar en un debate sobre la idoneidad lingüística, pero si es conveniente conocer la procedencia de unos y otros vocablos, sobre todo por la incidencia en la realidad psicológica y social que cabe deducirse de ellos.
            Veremos desfilar los conceptos de ansiedad,  angustia, temor ( miedo), depresión… a la hora de buscar remedios terapéuticos divididos entre la óptica conductivo cognitiva y afines y la visión psicofarmacológica, al pairo en realidad de una vieja controversia que no acaba en la actualidad por dilucidarse de manera definitiva: el dualismo racionalismo antropológico que distingue la mente y el cuerpo. La res extensa y la res cogitans cartesiana, no parecen, a día de hoy, claramente superadas; el
De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, Francisco Acuyo
sujeto y el objeto son ámbitos rigurosamente diferenciados, cuestión que habrá de afectar a la metodología concepción, descripción y taxonomía de los problemas como la angustia, la ansiedad, el miedo, la depresión… Así, desde una óptica filosófico antropológica la ansiedad es cosa que deviene como un mero problema mental de índole lógica o racional, en tanto que  la ansiedad deviene de un pensamiento o cognición defectuoso, Epicteto (y Platón) ya lo advertía cuando relataba que no era el temor a la cosa en sí (objeto) lo que perturba, sino la aprehensión subjetiva (mental) que se tiene de aquél. Por el contrario,  para Hipócrates (y Aristóteles) la causa de la perturbación ansiosa o de angustia era estrictamente biológica, como vemos la controversia de la dualidad mente-cuerpo no es nueva en modo alguna, pudiendo añadir las presiones psicosociales y culturales de la modernidad.
En cualquier caso conviene recordar que el sufrimiento en la vida de cada cual es una realidad ineludible que no, en las sociedades del bienestar se está dispuesto a reconocer, así lo demuestra la creciente industria farmacológica para el tratamiento de los supuestos trastornos de ansiedad y angustia que, en o pocos casos no hacen sino formar parte del devenir natural de nuestra existencia, así como los más diversos tratamientos o terapias psicológicas que, diríase quieren erradicar cual asomo de aquel inevitable sufrimiento existencial y, he aquí que, alcanzar el mundo mágico de la nunca suficientemente ponderada resiliencia, siempre aludida y conexa a esta o aquella terapia, puede no ser más que un intento, por cierto, no menos artificial que el psicofarmacológico para evitar lo inevitable cual es el experimento vital de la angustia (o la ansiedad) en el tránsito existencial, en virtud de los cual es innegable el crecimiento interior de la persona que no precisa, por otra parte, de ninguna acepción forzada por los artificios y los simulacros de lo más miserable de la ciencia, cuales son los intereses económicos, políticos e ideológicos que, por desgracia, muchas veces la informan y conforman tan nefandamente.
            Acaso tampoco se quiere caer en la cuenta de que muchas maneras de sufrimiento del individuo suponen una deuda con la libertad y con el compromiso con los otros, pero de este asunto hablaremos en la continuación de estas siempre humildísimas reflexiones al respecto.



Francisco Acuyo






[1] Parece que fue el ecólogo y entomólogo forestal Crawford Stanley Holling, véase Resilience and stability of ecological systems. Annual Review of Ecology and Systematics.
[2] He aquí algunas definiciones: La resiliencia se ha caracterizado como un conjunto de procesos sociales e intra-psíquicos que posibilitan tener una vida «sana» en un medio insano. Estos procesos se realizan a través del tiempo, dando afortunadas combinaciones entre los atributos del niño y su ambiente social y cultural, Rutter (1992); Habilidad para resurgir de la adversidad, adaptarse, recuperarse y acceder a una vida significativa y productiva, ICCB, Institute on Child Resilience and Family (1994); Capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive, ser transformados por ellas, Grotberg (1995); La resiliencia es un proceso dinámico que tiene por resultado la adaptación positiva en contextos de gran adversidad, Luthar (2000); La resiliencia es un proceso dinámico, constructivo, de origen interactivo, sociocultural que conduce a la optimización de los recursos humanos y permite sobreponerse a las situaciones adversas. Se manifiesta en distintos niveles del desarrollo, biológico, neurofisiológico y endocrino en respuesta a los estímulos ambientales; Kotliarenco, María Angélica y Cáceres, Irma (2011).
[3] Freud, S.: Conferencia de introducción al psicoanálisis, Obras completas, RBA, Vol.1, Barcelona, 2006.

[4] Kierkegaard, S.: El concepto de la angustia, Espasa Calpe, Austral, Madrid, 1967.





De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, Francisco Acuyo