lunes, 27 de abril de 2015

LA SOMBRA SEDA DE IDEAS, DEL CONJUNTO DE POEMAS " COSAS FRUGALES"

Para la sección de Poema semanal, del blog Ancile, traemos un conjunto de breves poemas que van encabezados bajo el título de Cosas frugales y que comienza con el verso, La sombra seda de ideas.


Enlace al blog Ancile








LA SOMBRA SEDA DE IDEAS









LA sombra seda de ideas,
labio o silencio la piel,
sangre, razón del espíritu
extinta en luz de papel.

*

SOBRE el mármol la amapola.
Y la luz filtro o paloma
que espuma
marca la sombra:
Mosaico
cuadra y aploma
sobre el mármol opalino
el mapa de la amapola.


*


EL aire casi diría
que los colores penetra.

Y ese ciervo decisivo,
¿sutil no dejó azucena?
Qué difícil se abandona
el lugar donde, tan cerca,
el origen nos habita
con la fruición de la piedra.

*


AGUA sólita mece
tenue borde de esferas.

Expresión de las horas
arena, orilla, estela.

La ola modula una forma,
serena esfinge, emblema:

Caracol o espiral
sueño lejano suena.

SE mueve en la nada
de todo lo escrito
esa luz que nada
isla en infinito.





Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico, 1991





miércoles, 15 de abril de 2015

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS: ALICIA Y EL MISTERIO DE LOS NOMBRES

Nos complace traer a la sección de microensayos del blog Ancile, el espléndido trabajo del profesor y filósofo Tomás Moreno titulado Alicia y el misterio de los nombres. (En el ciento cincuenta aniversario de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll), con el que nos sumamos al homenaje a obra de tan singular trascendencia literaria (y extraliteraria) y a su insigne y querido autor para quien suscribe estas líneas introductorias.





ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS: 

ALICIA Y EL MISTERIO DE LOS NOMBRES









 Alicia y el misterio de los nombres. (En el ciento cincuenta aniversario de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll)


A mis amigos poetas, y a todos los poetas en general, porque de las  palabras podemos decir lo que Nietzsche decía de las verdades[1]: que “son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son,  metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal” y son ellos quienes las han inventado y  acuñado y, por ello mismo, los que deben cuidarlas y regenerarlas, los auténticos fundadores y continuos recreadores del humano lenguaje.   

“-Entonces, ¿de qué sirve que tengan nombres [los insectos], si no responden cuando los llaman?
-A ellos no les sirve de nada –explicó Alicia-, pero sí les sirve a las personas que les dan los nombres, supongo. Si no ¿por qué tienen nombre las cosas?
-¡Vaya uno a saber! -replicó el mosquito-. Es más, te diré que en ese bosque, allá abajo, las cosas no tienen nombre.” (3. “Insectos en el espejo” de Alicia a través del espejo[2])

I. ¿Qué sucedería si -como ocurre en ese imaginario bosque del mosquito carrolliano- careciéramos realmente de nombres, de palabras, esto es, de términos universales, abstractos, con los que designar los afectos y sentimientos, las cosas y los seres de nuestro entorno? ¿Con quién podríamos comunicarnos? Si las cosas no tuvieran nombre o aboliésemos por decreto el lenguaje, y con él todos los nombres y palabras del mundo, para quedarnos únicamente con el silencio insoportable de la afasia y del total olvido del lenguaje ¿qué podríamos, realmente, expresar? Sólo sonidos inarticulados expresarían nuestras emociones y afectos; solamente nuestros gestos o indicaciones ostensivas nos servirían de vehículos o signos de comunicación, como sostuvo en su momento el heraclíteo Cratilo, quien -radicalizando la posición de su maestro de Éfeso- consideraba que era “imposible expresar cabalmente en todos los aspectos la verdad de lo que cambia en el tiempo y que en vez de utilizar el
Lewis Carroll
lenguaje pensó que era mejor callar y sólo apuntaba con el dedo” (Aristóteles, Metafísica 1010 a 7-15).
            Sólo nos quedarían, entonces, dos opciones posibles que asumir o enfrentar: o el silencio o el absurdo. La primera opción sería, efectivamente, la apuntada por Kafka en una de sus Parábolas: estaríamos condenados, como cautivos de las sirenas, a un ineluctable silencio del que jamás podríamos liberarnos porque: “[…] las sirenas –nos recordaba el genio de Praga-  tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio. Aunque no ha sucedido, es quizá imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio ciertamente no”.
            La segunda opción -la eliminación de las palabras o la abolición del lenguaje- fue ya parodiada por Jonathan Swift en su obra maestra Los viajes de Gulliver (III, 5)[3]. Allí el escritor inglés nos presentaba  una situación similar a la indicada en el diálogo inicial a Alicia por su interlocutor, el mosquito, y en la que se nos demuestra -por reducción al absurdo- la necedad y el nonsense que de tal inconcebible situación se derivaría. En el caso de Swift se trataba de un imaginario proyecto de la Academia de Lagado consistente en un plan para abolir todas las palabras, cualesquiera que fuesen y del cual se seguirían grandes ventajas, tanto respecto de la salud como de la brevedad, pues es evidente “que cada palabra que hablamos supone, en cierto grado, una disminución de nuestros pulmones por corrosión y, por lo tanto, contribuye a acortarnos la vida”:

“En consecuencia, se ideó que, siendo las palabras simplemente los nombres de las cosas, sería más conveniente que cada persona llevase consigo todas aquellas cosas de que fuese necesario hablar en el asunto especial sobre que había que discurrir. […] Muchos de los más sabios y eruditos se adhirieron al nuevo método de expresarse por medio de cosas: lo que presenta como único inconveniente el de que cuando un hombre se ocupa en grandes y diversos asuntos se ve obligado, en proporción, a llevar a sus espaldas un gran talego de cosas, a menos que pueda pagar uno o dos robustos criados que le asistan. Yo he visto muchas veces a dos de estos sabios, casi abrumados por el peso de sus fardos, como van nuestros buhoneros, encontrarse en la calle; y luego meter los utensilios, ayudarse mutuamente a reasumir su carga y despedirse[4].

            Y si, en otro caso tan impensable y absurdo como el anterior, sólo existieran nombres concretos para cada cosa o situación, como en su caso propugnara el nominalismo filosófico, para el que sólo existirían los individuos, las cosas singulares, los meros nombres, relegando los universales a flatus vocis. Ejemplo de tal posición sería la de Adso de Melk, el narrador de El nombre de la rosa de Umberto Eco, al escribir, con su pulgar dolorido y en el frío del scriptorium del Monasterio de Melk, como culminación de su relato, estas palabras: “stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus[5]. ¿Cómo diferenciaríamos, si no, el río Nilo de la palabra “Nilo”?, recordando la aporía borgiana: “Si (como el griego afirma en el Cratilo) / el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo” (El Golem)[6].           ¿Cómo, asimismo, entenderíamos o comprenderíamos, lo que le ocurría a “Funes el memorioso”, en cuyo vertiginoso mundo interior no cabía el olvido y que “era casi incapaz de ideas generales platónicas”? Funes se cuestionaba, en efecto, que “el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma” y “le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”[7].
            Ya antes que Borges, en pleno siglo XII, el filósofo Pedro Abelardo (en su tratado de lógica Ingredientibus) se preguntaba también si el nombre de la rosa retendría su significado en invierno. A tal interrogante la respuesta pertinente sería que “el enunciado de que no existe la rosa (nulla rosa est) la convoca con su nombre sin querer”, como nos explicara Eduardo Forastieri. En efecto, “aunque no haya rosas en invierno, cuando enunciamos su significado en una instancia de discurso también apelamos su concepto universal. Predicamos, en consecuencia y sin querer su nombre hasta en su misma revocación (sermo predicabilis = vox significativa)”[8].
            La verdad es que sin ideas generales o conceptos universales no podríamos concebir, juzgar, ni razonar nada. Pensar es generalizar, abstraer, poder olvidar aspectos o detalles concretos, diferenciar lo accidental de lo esencial, lo conceptual de lo perceptible, el concepto del percepto. Obviamente, no podríamos pensar, abstraer ideas, limitando nuestro conocimiento a lo singular y concreto como hace el animal. Careceríamos de lenguaje simbólico abstracto, doblemente articulado[9].

II. Pocos escritores se han adentrado con tanta fascinación en el misterioso mundo del lenguaje, pocos han dedicado tantas páginas y tanta dedicación al lenguaje y a su lógica como Lewis Carroll[10] (seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson, que era su verdadero nombre). Charles era un clérigo menor, físicamente contrahecho -al parecer tenía un hombro más alto que otro- profesor de matemáticas en Oxford. Nació en 1832 en la aldea de Daresbury, en su casa parroquial, cerca de Warrington, en el condado de Cheshire   y murió en 1898 en el Christh Church College de la villa oxoniense donde había vivido cincuenta años. Su padre era pastor de la parroquia, y la vicaría donde vivía la familia estaba situada a unos dos kilómetros de la aldea. Vivió sus primeros once años en ese ambiente de aislamiento y soledad. Era adusto, religioso hasta la beatería, meticuloso, silencioso, tartamudo y un poco sordo. Conservador e individuo ejemplar vivió con una secreta, aunque probablemente casta, peculiaridad: su afición a fotografiar disfrazadas y semidesnudas pequeñas niñas, amiguitas suyas, y a contarles sus deliciosos cuentos como los de Alicia en el País de las Maravillas y tantos otros[11]. Martin Gardner señala que “las niñas le atraían porque con ellas se encontraba sexualmente a salvo” (¿). Vivió, en fin, en el ambiente severo, digno de la clase media-alta de Gran Bretaña en una época rígidamente victoriana.
            Sus biógrafos le describen como un “odd fellow”, que tanto puede significar “un tipo odioso” como “un tipo estrafalario”. Es, junto con Shakespeare, el autor más citado de todos los literatos británicos. Autor, entre otras, de obras como  Alicia en el país de las maravillas, Alicia a través del espejo[12], Silvia y Bruno[13], y hasta una Matemática demente[14]. Le gustaba, como decíamos, contar cuentos a las niñas, hablar con ellas, fotografiarlas y también  el teatro, la magia, el ajedrez, el billar, los jeroglíficos, los acertijos y las reglas nemotécnicas. Pero sobre todas las cosas le entusiasmaban los juegos de lenguaje, los juegos de palabras, la creación de los neologismos más fantásticos y bienhumorados, la reflexión sobre la lógica y las palabras. Como afirmábamos al inicio de este segundo apartado, todas sus obras tienen esa única y obsesiva temática lógico-lingüística.
            Donde, tal vez, Lewis se muestra más creador es -como nos recordara Cabrera Infante en su artículo Alicia resucitada a través del espejo- es en la experimentación verbal, que tanto le interesaba y preocupaba y que le llevó, por ejemplo, a elaborar su mejor poema absurdo, “Jabberwocky” (“Galimatazo” en la traducción de Jaime de Ojeda), una obra maestra donde crea, desarrolla y explica la palabra portmanteau, por ejemplo, añadiendo la revelación de la escritura en el espejo, poema nonsense que muy bien podría haber firmado Julio Cortázar. También aparece en sus experimentos verbales ese personaje de las rimas infantiles inglesas, Humpty Dumpty, convertido en su texto en un tirano lingüístico, amo de las palabras y de su significado posible[15].
            Pues, bien, una profunda y útil distinción nos va a ayudar a entender, siquiera sea superficialmente, la gran aportación carrolliana a ese mundo de la lógica y de la filosofía del lenguaje: se trata de la distinción entre “decir” y “mostrar”, que elaborara el primer Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus. Alfredo Deaño[16], uno de los más brillantes introductores de la Lógica Simbólica o Formal en la universidad española, en su magistral “Prólogo” a la obra de Lewis Carroll “El juego de la lógica y otros escritos[17], titulado “Aventuras de Lewis Carrol en el País de la Lógica”, ya nos apercibía de esta distinción: recordándonos que una cosa es lo que Carroll dice en sus obras y otra cosa es los que éstas muestran.
            Y lo que sus obras muestran “es la contradicción entre la exposición rigurosa de una ciencia que es la ciencia del sentido, y la filtración, desde lo subterráneo hasta la superficie, de la corriente del sinsentido” (ibid., p. 15). Según Deaño los escritos lógicos de Carroll muestran por lo menos dos cosas: “que la lógica, obedecida hasta sus últimas consecuencias, lleva a la locura; y que la transgresión de los principios lógicos constituye una purificación, una cura de sueño. De la primera Alfredo Deaño nos aporta dos textos pertenecientes a “Alicia a través del espejo”. Se trata, el primero, del diálogo entre Alicia y el Caballero Blanco, en el que se presenta una aplicación inexorable del principio lógico del tercio excluso (principium tertii exclusi):

“Permítame –dijo el caballero con tono de ansiedad- que le cante una canción.”
“¿Es muy larga? “ –preguntó Alicia, que había tenido un día poéticamente muy cargado.
“Es  larga –dijo el caballero-, pero es muy, muy hermosa. Todo el que me la oye cantar, o bien prorrumpe en llanto, o bien…”
“¿O bien qué?” –dijo Alicia al ver que el caballero se había callado de repente.
“O bien no prorrumpe.”

            El segundo texto ejemplifica la distinción entre lenguaje y metalenguaje con una delirante jerarquización de lenguajes llevada a cabo por el Caballero:

“El nombre de la canción se llama ‘Haddocks’ Eyes’” [“Ojos de bacalao”].
“Así que ese es el nombre de la canción, ¿no?” –preguntó Alicia, que comenzaba a sentirse         interesada.
“No. Veo que no me entiende. Así es como se llama el nombre. El nombre en realidad es ‘The     Aged Aged Man.” [“Un anciano viejo viejo”]
“Entonces lo que tendría que haber dicho –dijo Alicia corrigiéndose- es que así es como se llama               la canción ¿no?”
“¡No! ¡Es algo totalmente distinto! La canción se llama ‘Ways and Means’ [“De esto y de aquello”]: pero eso es sólo lo que se le llama.”
“Bien. Entonces, ¡Cuál es la canción?” –preguntó Alicia, que a estas alturas se hallaba ya sumida             en completa perplejidad.
“A eso iba –dijo el Caballero-. En realidad la canción es ‘A-sitting On a Gate.”[18] [“Posada junto a una cerca”]    
           
            Por lo que se refiere a la transgresión de las leyes de la lógica, en el capítulo primero de su libro El Juego de la lógica, Carroll nos señalaba que el mundo contiene muchas cosas y que estas cosas poseen atributos, y que los atributos no pueden existir si no es en las cosas. Los atributos no andan solos. Pues bien: en Alicia en el País de las maravillas todas esas condiciones no se cumplen, aparece, por ejemplo, una sonrisa sin referente sustancial alguno o un gato que se va desvaneciendo poco a poco:

“empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció flotando en el aire un rato después de haber desaparecido todo el resto.
“Bien –pensó Alicia- he visto muchas veces un gato sin sonrisa, pero ¡una sonrisa sin gato! ¡Esa es la cosa más curiosa que he visto en toda mi vida!” (Alicia en el País de las Maravillas).

            Podríamos aducir otros muchísimos textos al respecto, que revelarían cómo el juego de la lógica de Carroll ejemplifica a la perfección aquel famoso aserto de Chesterton sobre la locura, según el cual “loco es quien lo ha perdido absolutamente todo menos la razón”. Pero bástenos con reproducir este otro -en el que nos presenta un peculiar insecto denominado la Meriendaposa (y en otras traducciones: Pan-con-Mantequilla) para convencernos de ello:

“Pues arrastrándose a tus pies –dijo el mosquito (y Alicia apartó los pies con cierta alarma) podrás ver a una melindrosa meriendaposa o mariposa de meriendas. Tiene las alas hechas de finas rebanadas de pan con mantequilla, el cuerpo de hojaldre y la cabeza es toda ella un terrón de azúcar.”
 “Y ésta ¿de qué vive”.
“-De té muy clarito con crema.”
A Alicia se le ocurrió una nueva dificultad:
“-Y ¿qué le pasaría si no pudiera encontrarlo”.
“-Pues que se moriría, naturalmente.”
“- Pero eso ha de sucederles muy a menudo –dijo Alicia pensativa.
“- Siempre les pasa –afirmó el mosquito.”

                La experiencia de Lewis Carroll es, en definitiva, como trató de probar Giles Deleuze en su Lógica del sentido,  la de que todo cuanto sucede tiene lugar en el lenguaje y pasa por el lenguaje,, tanto el sentido como el sinsentido, tanto la sensatez como el absurdo. La influencia de sus famosos cuentos en la literatura posterior ha sido enorme. Guillermo Cabrera Infante señala: “No se concibe a Lolita [de Nabokov] sin una Alicia leída, la obra maestra de Raymond QueneauZazie dans le
metro, no existiría sin ella, y hasta los laberintos de Borges, tan poco eróticos, carecerían sin Carroll
de la duermevela del sueño y la pesadilla. Con su misma madeja, Carroll llegó a influir en Joyce, cuyo Finnegans Wake está escrito con un lenguaje que aparece ya en A través del espejo[19].
            Vanguardistas y surrealistas imitaron sin reparos las formulas inventadas por el diácono inglés y a su universo iconográfico podemos decir que pertenecen algunos de los personajes creados por Charles M. Schulz (Charlie Brown, Linus, Snoopy, El Barón Rojo etc.). El cultísimo traductor, anotador, y experto en su obra, Jaime de Ojeda (en su Prólogo a Alicia en el País de las Maravillas),lo sitúa por su caprichosa capacidad con la que maneja el lenguaje, entre  los precursores e iniciadores del dadaísmo. Y, al mismo tiempo, “su mezcla de situaciones disparatadas –y sin embargo significativas- y de personajes admirablemente reales no puede por menos de recordarnos a Kafka”. El desarrollo de su fórmula literaria en la cultura de  su época conduciría y haría posible, en su opinión, nada menos que a Ezra Pound, a Elliot y también a Joyce.


                                                                                                                  Tomás Moreno





[1] Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral,  prólogo de M. Garrido, trad. de L. M. Valdés y T. Ordueña Tecnos, Madrid, 1996.
[2] Lewis Carroll, Alicia a través del espejo, Alianza Editorial, trad. y prólogo de Jaime de Ojeda, Madrid, 1973, p. 71  
[3] Jonathan Swift, Los Viajes de Gulliver, trad. Pollux Hernúñez, el país, 2004.
[4] Ibid., pp. 212-213.
[5] Umberto Eco, El nombre de la rosa, Lumen, Barcelona, 1983, p. 607.
[6] Jorge Luis Borges, Antología poética 1923,/1977, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 59
[7] Jorge Luis Borges, Ficciones, Alianza Editorial, Madrid, 1988, p. 130
[8] Eduardo Forastieri Braschi, Sobre el tiempo de los signos, Orígenes, Madrid, 1992, p. 80.
[9] Según el gran lingüista Martinet característica esencial del lenguaje humano es ser doblemente articulado, lo cual quiere decir que está construido a partir de unidades mínimas: la primera articulación está representada., por los monemas (dotados de significación) y la segunda, por los fonemas (carentes de la ella). Esta propiedad es la que confiere sus particulares riqueza y flexibilidad al lenguaje humano ya que con un número  reducido de unidades mínimas –que oscila entre veinte y treinta en la mayoría de las lenguas de nuestro contexto cultural- se pueden construir infinitos mensajes.
[10] Sobre la vida, personalidad y obra de Lewis Carroll pueden consultarse: Henrí Parisot, Lewis Carroll, Editorial Kairós, Barcelona; Gilles Deleuze, Lógica del sentido, Barral, Barcelona; Jean Gattégno, Lewis Carroll, une vie, Editións du Seuil, París. La más interesante edición anotada de Alicia en el País de las Maravillas es la de Martin Gardner, The annotated Alice, Penguin Book, Londres, 1966.
[11] Alicia en el País de las Maravillas, op. cit.. Alice Liddell, del que el personaje del cuento,  Alicia, recibe su nombre, era hija del deán del Crist Church de Oxford, Henry George Liddell, compilador del Greek-English Lexicon y capellán del príncipe Albert. El diácono Charles Dogson acostumbraba a pasear en barca y contar cuentos a Alice y a sus dos hermanas (Lorina y Edith). A Alice la conoció el 25 de abril de 1856, cuando ella no tenía todavía cuatro años. El cuatro de julio de 1862 contó a la niña un precioso cuento que hablaba de un conejo con prisas, de un sombrerero loco y de una risa de gato suspendida en el aire, que llegaría a ser  el más bello, genial e imaginativo cuento de la literatura infantil occidental. Otra niña amiga suya fue –como tantas y tantas otras-  Beatriz Henley hija del vicario de Putney, a la que también fotografió. Se conservan más de 200 cartas enviadas por el reverendo Charles Dogson a sus amiguitas..
[12] Lewis Carroll,  Alicia a través del espejo, op. cit.
[13]Lewis Carroll, Silvia  y Bruno, La Fontana Literaria, Ed. Felmar.
[14] Lewis Carroll, Matemática demente. Selección, trad. y prólogo de Leopoldo panero, Tusquets, Barcelona.
[15] G. Cabrera Infante, Alicia resucitada a través del espejo, El País, domingo, 23 de octubre de 1977.
[16] Inolvidable compañero y maestro -a pesar de su juventud- de nuestros años de aprendizaje en la Universidad Central de Madrid (cursos en la facultad de Filosofía, entre 1965 y1968). Su prematura muerte en 1978, con 33 años,   mutiló a la filosofía y a la cultura española de la segunda mitad del XX de uno de sus representantes más preclaros, sabios y admirables. Ejerció como profesor en la Autónoma de Madrid. Su excelencia intelectual sólo era superada por su bonhomía personal. Llegó a escribir una literariamente fascinante y científicamente inmejorable –todavía vigente-  Introducción a la lógica Formal en dos tomos (lógica de enunciados y lógica de predicados), Alianza, 1974 y un libro póstumo “Las concepciones de la lógica”, Taurus, Madrid, 1980.
[17] Lewis Carroll, El juego de la lógica y otros escritos, trad., selección y prólogo de Alfredo Deaño, Alianza Editorial, Madrid, 1972.
[18] Cfr. A. Deaño, Prólogo, op. cit., pp. 15-17
[19] “El don de las niñas, “El País”, domingo, 16 de febrero de 1986.  









lunes, 13 de abril de 2015

¿AMOR VERSUS ODIO?, DEL RENCOR, SEGUNDA PARTE

Traemos para la sección De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, la segunda parte de las reflexiones (tan sui géneris, para algunos) sobre el fenómeno del rencor, en esta ocasión bajo el subtítulo de ¿Amor versus odio?.






¿Amor versus odio?, Francisco Acuyo






¿AMOR VERSUS ODIO?, 
DEL RENCOR, SEGUNDA PARTE




¿Amor versus odio?, Francisco Acuyo




SI  el rencor, como resentimiento abarca una dimensión sostenida en el tiempo del odio, este odio y su proyección de animadversión ¿cabría señalarlo(s) como la vertiente opuesta que se ofrece de consuno en el amor? A nuestro juicio, este dualismo, está lejos de la realidad.
Si miramos, en primera instancia, el supuesto o potencial conocimiento del otro –al que acabamos odiando- como una sustancial ventaja para su control personal, podrá verse que este factor puede acabar por establecerse como un patrón condicionante del rencor, y esto en cuanto que aquel que antes amábamos, de una u otra manera afecta a dicho registro, pues de esta manera se revela a la tranquilidad de nuestro control. Sin embargo, de cualquier carga el sentimiento incondicionado del amor jamás tiene en cuenta el deseo personal, y con él de cualquier carga egotista; y de esta liberación surge, si es que el amor es plenamente altruista, el impulso creativo por excelencia, pero para ello se debe partir  de una mente inocente, que ama en puridad y, por tanto, ajena a la utilidad ventajosa del conocimiento del otro, y así no encontrará afrenta ni registrará, de existir, ofensa ni agravio, como acaso tampoco le importará la lisonja o el halago.
¿Amor versus odio?, Francisco Acuyo            Otros patrones impuestos por la sociedad de la cultura, de la ideología, de la política… añadida al presunto, conveniente y provechosos conocimiento del otro, describen una numerosa y lamentable taxonomía mediante la que describir la inquina del rencor. Son las hormas intelectuales (emocionales y sentimentales) sobre el amor y sus derivados (la amistad, por ejemplo) las que condicionan precisamente los parámetros oscuros del rencor. Si identificamos el amor con  determinadas pautas o modelos que nada tienen que ver con aquél, se observará un desfile numeroso de confusión que lo trabucan, embrollan y desordenan con el placer o, con determinadas ideas o pensamientos ajustados a determinados intereses que, veremos,  nada tienen que ver con el amor, sí, con aquellos patrones de identidad y de conducta que se ven frustrados y acaban destilando el veneno del rencor.
            Los complejos variados (de inferioridad o cualesquiera otro) son el hábitat ideal en los que medra a sus anchas toda progenie de odios, que ven fácilmente fracasados sus ansias de control y que atentan contra la libertad del otro que, acaso decide por su cuenta actuar al margen de los patrones de control del rencoroso en determinado momento, contrariando la norma que estructura la esclerotizada estructura de su mente.
Qué lejos está del rancio hedor de lo rencoroso aquel espíritu casto que ante la presunta decepción o la magnificencia inalcanzable, es incapaz de sentir ofensa alguna, pues aun siendo extremadamente vulnerable por el amor que siente y vive, es libre porque no está sujeto a ningún patrón preconcebido que pueda frustrar su pasión verdadera.
            Diríase que muchas veces el odio macerado en nuestros corazones no es más que un mero artificio putrefacto de nuestros condicionados pensamientos y emociones, los cuales, en realidad, aspiran al control, a la prevención y a la defensa de esos patrones que se identifican con los deseos de lo que debe ser el amor, la amistad… y todo en función de sus propios apetitos, conveniencias y anhelos. La mente rencorosa es esclava del sentimiento de lo mío frustrado por la acción libre, y controvertida siempre, del otro que fractura nuestra aspiración, expectativa o idea, no de lo que es tanto como de lo que piensa según sus criterios convencionales lo que debiera ser.
            Por eso siempre hay mucha ignorancia en el dominio mental del rencoroso: el tósigo del resentimiento le impide reflexionar, indagar, inquirir en el hecho de su frustración ni en las razones de aquél o aquello que pudo incidir en el putrefacto sentido de su animadversión. Ignorancia del uno mismo y de los patrones (del deseo a los que se está sujeto) y de la exigencia de la aceptación de la libertad del otro que muy bien no tiene por qué someterse a los condicionantes del rencoroso. No es extraño constatar el aislamiento putrefacto del que sufre el mal del rencor. Contrasta ampliamente con la dinámica cambiante de la vida, de lo creativo, revistiéndose de un sentimiento de acerba frustración que se manifiesta en la pobreza interior que asienta el alma del rencoroso.
            El vigor del odio asentado del rencor se erige, sí, en la ignorancia en tanto que sólo encuentra motivación de afecto con aquello que entiende, si sujeto al control de sus convenciones, siempre necesitadas de etiqueta con la que ajustar a su nivel de miedo oscurantismo e ineptitud a lo que no puede controlar y que, desde luego, no imagina siquiera, que solo la comunión libre y desinteresada con lo amado es digna de reconocerse como amor.
¿Amor versus odio?, Francisco Acuyo            Los patrones del pensamiento rigen la vida del rencoroso. A tenor de esta convicción arraigada, estiman que el amor puede pensarse según un cálculo más o menos estrecho, y en cuanto aquello que piensan que es el amor se sale del patrón de su pensamiento, inevitablemente surge el odio, como si este fuese fruto del supuesto amor que sentía. Nada de eso es amor. No hay contraposición entre el amor y el odio del rencoroso. Son evidentemente cuestiones tan distantes como distintas y que la cómoda actitud del resentido acepta como consecuencia del desengaño, no del amor, de sus convenciones y moldes aceptados como patrones identificativos e interesados de su conducta, y del supuestamente agresivo proceder del que no se mueve en sus parámetros y fue focalizado como, no tanto objeto amoroso, como de acertamiento a sus convicciones.
            El amor nada tiene que ver con el rencor de la mente que guarda su animadversión, ni siquiera como oposición al amor mismo, ante todo porque el que ama no espera, no exige, no posee, no teme, pues está desprendida y lejos de sus sensaciones y pensamientos particulares, no busca autorrealización, no está en el pasado ni en el futuro, no hay creencia, idea o deseo.
Por todo lo antecedido es por lo que nos preocupa el rencor, no tanto porque afecte la conducta rencorosa a lo que el amor sea, sino porque impide que este se produzca en tanto que interfiere en su realización por mor de los condicionantes y vicios en los que se construye, al pairo siempre de nuestro pensamiento y los patrones que lo condicionan.
            Mas también el miedo (como especial condicionante) tiene mucho que ver con el origen del rencor. Surge de la no asunción de un hecho rumiado mentalmente, dejando el hecho como objeto ideal de sus pesquisaciones, en lugar de afrontar la realidad de aquel. Este miedo, no superado, produce rencor hacia el hecho u objeto de sus temores (puede ser una persona que ha trasgredido sus consideraciones previas respecto al hecho de cómo la persona es, o hacia un grupo, o hacia una determinada ideología, etc…), por lo que será lo que piensa que es o debería ser esa persona, grupo…. lo que produce el temor y, no resuelto este, el rencor más recalcitrante e irresoluble hacia aquellos. Y es que el miedo es expresión de una evidente frustración hacia la imposibilidad de imponer criterios o voluntades más o menos confesables. La liberación de ese temor es la vía propia para liberarse del rencor. Aquel que odia permanentemente algo, encubre el deseo mezquino de permanencia de sus condicionantes vitales, no quiere ninguna suerte de perturbación en el círculo cerrado de sus endebles seguridades y por eso vive con el temor de su ruptura, ahogando cualquier iniciativa propia o ajena de creatividad.
¿Amor versus odio?, Francisco Acuyo            Por todo aquello es por lo que el rencoroso se ampara en leyes de toda índole y condición para proteger las posesiones de su ego: intelectuales, morales, ideológicas…. Y en esa posesión se siente seguro y en esos condicionantes de pensamiento -o mentales- trata de llenar un corazón estéril para el amor. Si no hay un reconocimiento y posterior liberación de todos y cada uno de los condicionantes y patrones a los que se aferra el rencoroso, no habrá posibilidad de superación del encono que a tantos consume, en muchos casos sin saber realmente de donde proviene tal inquina que consume el espíritu de los no avisados. Parece evidente que tal suspensión en el dominio del pensamiento envenenado, anclado al ego, no es que sea contrario al amor, es que nada tiene que ver con el mismo, y es que el amor muy bien es aquel estado del ser (del que avisara el sabio)[1]  en el que yo está ausente de sus ansiedades, identificaciones y rencores.
            Si el rencor es hijo del pensamiento, jamás podrá el amor tener relación alguna con aquél, pues el amor no es producto de una idea, de un razonamiento, de una abstracción pues, se hace realidad efectiva solo cuando se libere de todos y cada una de las ideas, razonamientos que justifiquen los patrones de condicionamiento que, al fin, llevarán al origen del veneno de todo nefando atisbo del rencor. Nada tiene que ver aquel con el amor, no hay dualidad en modo alguno porque amar, en definitiva, es no desear nada de la persona amada, y eso en verdad nos libera de nuestros condicionamientos y patrones, por eso el amor es libertad y, sin duda, es muerte, muerte a la ambición, al deseo, al sufrimiento e, inexcusablemente, en esa terminación hay libertad porque ya no hay otra opción que el amor mismo.




Francisco Acuyo






[1] Krishnamurti, J.: Sobre el amor y la soledad, Kairós, Barcelona, 1997, pp. 61.







¿Amor versus odio?, Francisco Acuyo

domingo, 12 de abril de 2015

EL CENTRO COMBA EL EXTREMO, Y OTROS POEMAS, DE COSAS FRUGALES, SEGUNDA ENTREGA

Otro puñado de  breves poemas del libro Vegetal contra mosaico, 1991, para  la sección de Poema semanal, del blog Ancile, de la serie que lleva por título: Cosas frugales.





EL CENTRO COMBA EL EXTREMO, 
Y OTROS POEMAS, DE COSAS FRUGALES, 
SEGUNDA ENTREGA









EL centro comba el extremo,
estira el tiempo el venablo,
se sostiene firme y tenso
azar seguro en el arco.


*


DUERME en su lecho
premonitorio
la poma un sueño
de terso rostro.


*


Al fulgor de las «mariposas»
de un día de difuntos
EN un momento,
la imagen del jinete
lleva las almas
con galope silente.

EL tiempo cae
despacio, la serpiente
del agua sueña
la espiral del aceite.


*


LUZ y conciencia,
de sí un abismo.
Espejo-imagen.
Nada en sí mismo.


*


EN la vida ya se adorna
con cariz de flor etérea
espíritu de la forma
el alma de la materia.


*


EL rostro y la noche.
El cielo tocado
de luna en los ojos
y estrellas los labios.


ENDRINO o camuesa,
cermeño o la fresa.
Espacio robado
y en luz infinito,
el gozo pasado,
el tiempo concito.



Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico, 1991.