martes, 8 de septiembre de 2015

AUGUSTO COMTE: O LA CIENCIA DE LOS DIOSES

Una reflexión sobre el positivismo y los límites de la ciencia, tomando como base al padre de la sociología y del postivismo, Augusto Comte, titulada: Augusto Comte: o la ciencia de los dioses, para la sección De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile.

Augusto Comte o la ciencia de los dioses, Francisco Acuyo




AUGUSTO COMTE: O LA CIENCIA DE LOS DIOSES





Augusto Comte o la ciencia de los dioses, Francisco Acuyo




Acaso el padre de la sociología, Augusto Comte, hubo de mostrar para mayor gloria del procedimiento científico, de manera exacerbada, su horror al caos (dícese que producto de la dinámica impuesta por la vorágine revolucionaria francesa) y una perenne necesidad de ordenar el mundo de los hombres en virtud de una nueva(o) –dogma- sistemática (positivista) arraigada(o) en el método científico, panacea indiscutible según su juicio para reglamentar, coordinar y estructurar organizadamente el entorno mundanal del individuo, siendo, precisamente, el ser humano el eje vertebrador de dicha organización.
                Para el autor del Curso de filosofía positiva, la sociedad debiera ser atendida y estudiada de acuerdo al método científico,[1] manteniendo dicha actitud positiva en cualquier aproximación de aprendizaje, instrucción o examen, la cual marcaría, no sólo su perspectiva y trayectoria intelectual, sino que fue de incontestable influencia en el pensamiento de su época y, sin duda, marcando claras y duraderas directrices que permanecen marcadas casi a hierro y fuego aún en nuestros días.
                La realidad, de hecho, para ser constatada, ha de pasar por el tamiz ineludible de la objetivación, la reducción a lo empíricamente sensible, para acabar siendo demostrable. Estos sería los presupuestos unánimemente aceptados en cualquier ámbito o disciplina científica. Figuras tan preclaras como Wittgenstein o Carnap  hicieron propios estos presupuestos, haciéndolos extensibles para su cruzada contra la metafísica, con todas las consecuencias que esto conllevara, no siempre favorables, desde luego.
                A tenor de  aquella iniciativa convencida y entusiasta podemos afirmar que nos encontramos hoy en una contradictoria y paradójica situación que acaso no tiene equiparación en la historia de la humanidad: frente a los vertiginosos avances científicos y tecnológicos que superan ampliamente nuestra capacidad de entendimiento fuera de su potencial funcionalidad  y uso utilitario o doméstico, nos encontramos con un desfase descomunal ante el progreso creativo y evolución progresiva acorde del pensamiento humano (manifiesto en la inamovible base y fundamentos de la filosofía, que apenas si han evolucionado desde el pensamiento grecolatino en occidente). Es así que, en fin, la verificación positiva se establece como medida  -y cualidad- universal(es) de indagación sobre cualquier realidad, física o metafísica.
Augusto Comte o la ciencia de los dioses, Francisco Acuyo                El menoscabo evidente de extrapolación no es difícilmente colegible, así, para acceder a cualquier tipo de conocimiento empieza a tomar cuerpo la idea de la nulidad de las manifestaciones intelectuales y de pensamiento que no estén bajo la supervisión reduccionista positiva, lo cual acaba por influir negativamente incluso en el mismo ámbito científico. El propio Comte daba señales de[2] aun aduciendo la naturaleza positivo optimista de sus presupuestos.
                Si la ciencia es motor de la humanidad para el positivismo, será también solución a todos y cada uno de los problemas que existencialmente caben plantearse, sin embargo, es claro que no ha hecho sino mostrar su frustración y fracaso para darles respuesta, acentuándose una clara insatisfacción en nuestros días a sus presupuestos. El estadio teológico y metafísico comtianos acabarían siendo diluidos por el estadio positivo, mas no parece, en virtud de los espectaculares avances científicos, ser la piedra angular a todas las cuestiones e inquietudes humanas, posibilitando hacerle más feliz y mejor persona, más completo intelectual y espiritualmente. No pocos sectores humanos del pensamiento, el arte, la literatura e incluso de la misma ciencia se mueven y debaten entre la –dolorosa pero muy sana-decepción y el rechazo ante la situación en la que el hombre (y en consecuencia la humanidad toda) litiga(n) y contienden para excusar su indiferencia ante los problemas capitales –y perennes- del ser humano, e incluso exigen el resarcimiento (ético, cultural, filosófico…) por las incumplidas promesas del positivismo.
                Las interrogantes esenciales siguen sin obtener respuesta ni complacencia por los avances de la ciencia –y la tecnología-, ni siquiera a la más esencial de todas ellas: ¿Por qué hay algo en lugar de nada?[3] O todas las demás que pueden inferirse de aquella; ¿por qué son las cosas como son y no de otra manera?; ¿qué pinta el hombre en este ámbito de perenne incertidumbre?; ¿cómo es posible que tengamos conciencia de lo que hay en el mundo?; ¿qué significa tener conciencia?...
                A todas luces la sociocracia anhelada por Comte tampoco brinda halagüeñas perspectivas para una sociedad que precisa de un cambio o de una regeneración inminente, la cual parece imposible sin una mutación o metamorfosis mucho más imperiosa  y necesaria, cual es la del individuo.



                                                                                                                         Francisco Acuyo




[1] Coincidiendo en esto con su maestro Saint-Simon, aunque en otros menesteres bien que se encontraron enfrentados con no poca controversia.
[2] Coincidiendo con determinadas circunstancias muy desfavorables en su vida personal.

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