lunes, 23 de marzo de 2015

EL LEGADO DE TERESA DE JESÚS. SU PROYECCION Y VIGENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD DE NUESTRO TIEMPO (IIª)

Segunda entrega de las espléndidas aproximaciones del pensamiento y obra de Teresa de Jesús en la espiritualidad de nuestro tiempo, por el filósofo y profesor Tomás Moreno para la sección de Microensayos del blog Ancile.

El legado de Teresa de Jesús, Tomás Moreno



EL LEGADO DE TERESA DE JESÚS. 
SU PROYECCION Y VIGENCIA EN 
LA ESPIRITUALIDAD DE NUESTRO TIEMPO (IIª)



El legado de Teresa de Jesús, Tomás Moreno




II. Proyección de la espiritualidad de Teresa en el siglo XX
Estas tres grandes propuestas de (su) espiritualidad que Teresa de Jesús ofreció al hombre y a la mujer de su tiempo -cristocentrismo, el desasimiento kenótico e importancia de  la oración como instrumento eficacísimo en orden a la acción solidaria  y a la caridad cristiana- presentan quinientos años después de formuladas una vigencia y actualidad  sorprendentes.
La huella y la presencia de Santa Teresa en la espiritualidad de nuestro tiempo desde este punto de vista han sido de una fecundidad verdaderamente asombrosa, y no sólo por la modernidad de sus posiciones doctrinales, sino también por el seguimiento obtenido. Su legado -de manera explícita y directa o implícita e indirecta- se hace notar de manera muy relevante y  profunda en numerosas místicas posteriores, desde la espiritualidad radical y contemplativa de Teresa de Lisieux, también carmelita (a finales del siglo XIX, en 1897), hasta Teresa de Calcuta la mística activista del amor contra la pobreza (también tres años antes de terminar el pasado siglo)[1].
            Nosotros vamos a fijarnos solamente -y por su afinidades con la monja castellana- en tres de las más grandes místicas del siglo XX, las tres de origen judío. Dos de ellas desembocaron en el cristianismo o en sus umbrales; la tercera, ubicada en la tradición judaica, se situaba sin saberlo -inconsciente pero muy efectivamente como “cristiana anónima”- en los aledaños de la Iglesia católica: me refiero a Edith Stein y a Simone Weil, en un caso, y a Etty Hillesum, en el otro. En ellas, podemos apreciar e identificar algunos de los aspectos más significativos de la espiritualidad de Teresa de Jesús, que ya antes hemos glosado.
La primera, la filósofa judeo-germana Edith Stein[2] (Breslau 1891), llegará a ser nombrada Copatrona de Europa (1999) junto a santa Catalina de Siena y santa Brígida de Holanda, y canonizada por Juan Pablo II en Roma el 11 de octubre de 1998. De las tres fue, sin duda, la más concernida e influenciada por la personalidad y la obra de Teresa de Jesús, como veremos. Perteneció
Edith Stein
al círculo fenomenológico de Göttingen y fue la 1ª asistente o ayudante de Husserl en su cátedra de Friburgo (entre 1917 y 1919), donde se doctoró con una tesis sobre el tema de la empatía.
Su condición de judía, fue asumida plenamente desde que en su juventud se confesara agnóstica, no creyente, hasta hacerse cristiana en plena madurez vital/intelectual -tras una inesperada y emocionante conversión- e ingresar en el Carmelo, orden elegida, tal vez, por ser la orden de Teresa de Jesús y por ser la única orden religiosa de raíces hebreas[3].
Su conversión radical e imprevista, la obligará a abandonar su puesto docente en Münster, su carrera académica y su activismo feminista y, más tarde, la impulsará a trasladarse -tras la persecución nazi de los judíos- desde el Carmelo de Colonia  -en el que había profesado tras su conversión- al de Echt en Holanda; acabando finalmente su vida en el campo de Auschwitz en Polonia en 1942.
La segunda, Simone Weil[4] (París 1909), pensadora judía francesa, agnóstica en su juventud y, tras su conversión, entregada a la causa de Cristo en las personas de sus hermanos los pobres y despreciados de este mundo. Aunque su itinerario religioso personal no culminara con su entrada “formal” en la Iglesia católica -mediante el bautismo- como anhelaba, vivió y se situó humildemente en su umbral (sin llegar a traspasarlo) hasta sus últimos días.
Su vida estuvo jalonada por una serie de experiencias decisivas: su vocación  intelectual como profesora agregada de Filosofía en varios Liceos franceses; sus trabajos como obrera en la fábrica (en la Renault) o como campesina en la campiña francesa; sus experiencias místicas; su participación con los anarquistas de Durruti en la guerra civil española; su colaboración en Londres con la Resistencia contra los nazis etc., hasta su dramática y heroica muerte en Ashford, tras su breve exilio estadounidense.
La tercera, Etty Hillesum[5], joven judía holandesa (Miiddelburg 1914), que tuvo una vida breve pero intensa (dos relaciones sentimentales con hombres significativamente mayores que ella; uno de ellos, que le dio un hijo no deseado y abortado, el otro Julius Spier, psicoquirólogo (analista de la personalidad mediante examen de las manos), que le descubrió el mundo de la espiritualidad hebrea; en la sinopsis de su breve vida anotamos estos datos curriculares: haber cursado estudios
Simone Weil
universitarios de derecho, lenguas eslavas y psicología; haber sido voluntaria como asistente social y ayudante de enfermería en el campo de concentración nazi de Westerbork hasta, finalmente, ser apresada por judía y enviada al campo de exterminio de Auschwitz.
Etty, nos presenta un itinerario espiritual sorprendente e intensísimo, que recuerda el propuesto por Teresa en sus Moradas: el camino agustiniano de la interioridad (ínstasis) y de la kénosis como única vía segura de encuentro con el Amado divino. Su vida -plena de riqueza interior aunque brevísima (apenas 29 años)- puede sintetizarse con estas bellas palabras del papa Benedicto XVI, pronunciadas en la Audiencia general del 13 de Febrero de 2013: “Pienso también en la figura de Etty Hillesum, una joven holandesa de origen judío que morirá en Auschwitz. Inicialmente lejos de Dios, le descubre mirando profundamente dentro de ella misma y escribe:

Un pozo muy profundo hay dentro de mí. Y Dios está en ese pozo. A veces me sucede alcanzarle, mas a menudo piedra y arena le cubren: entonces Dios está sepultado. Es necesario que lo vuelva a desenterrar” (Diario, 97).

En su vida dispersa e inquieta, encuentra a Dios precisamente en medio de la gran tragedia del siglo XX, la Shoah. Esta joven frágil e insatisfecha, transfigurada por la fe, se convierte en una mujer llena de amor y de paz interior, capaz de afirmar: Vivo constantemente en intimidad con Dios”. 
            Pues bien: aunque lo hagan de forma y por caminos diferentes, las tres encarnan la cima del pensamiento místico, y de la experiencia religiosa y moral del siglo XX y presentan sorprendentes coincidencias doctrinales, caracteriológicas y biográficas con Teresa. Veámoslo:
            a) En los tres casos nos encontramos con místicas comprometidas con el mundo, como Teresa de Jesús, ya que practicaron una “mística de ojos abiertos” (en expresión del teólogo Johann Baptiste Metz[6]) o una “mística de la misericordia” o de la solidaridad (como la denomina J. Ignacio González Faus)[7], que las llevó a una espiritualidad encarnada, a ser contemplativas en la acción, pasivas respecto a Dios, pero activas respecto a los hombres y que comprometieron, en fin, su vidas con la causa de los perseguidos, de los oprimidos y de las víctimas.
            Vivieron en tiempos sombríos[8], trataron de liberar al mundo del dolor asumiéndolo en carne propia. Ellas no acudían a Dios para que las librara “del” sufrimiento, sino que lo experimentaron en su interior como posibilidad de sentido “en medio” del terror y del sufrimiento extremos.
            b) Dos de ellas, igualmente influidas, como Teresa, por la mística de San Juan de la Cruz y también por los escritos y el ejemplo personal de la propia monja de Ávila, por su mensaje de entrega a Cristo y por la impactante  lectura de su Libro de la Vida. En el caso de Edith Stein, la influencia es directa y determinante, como veremos. En el caso de Simone Weil no existe, ciertamente, una influencia directa y explícita de la santa castellana, pero sí similitudes y convergencias en su modo de vivenciar la experiencia mística y la vida contemplativa.
            Etty, la holandesa, inmersa en una tradición religiosa diferente a la de la mística castellana, presenta similitudes con Teresa dignas de destacar, como es su infinita necesidad de intimidad amorosa con Él, con Dios (un dios amoroso, y dulce, pero no todopoderoso), en cuyo rostro podemos atisbar los rasgos de la faz de Cristo).
            Recordemos que esa misma tradición sería la que inspirará a la primera y original mística del Carmelo, a Teresa de Jesús, quien dedicaría unas famosas y censuradas reflexiones o meditaciones (“Conceptos del Amor de Dios”) al poema amoroso nuclear de toda esa tradición hebrea vetero-testamentaria: El Cantar de los cantares, sin tener ningún reparo en evocar alguno de sus más
Etty Hillesum
famosos versículos al dirigirse a Dios para suplicarle que su místico Amado, Jesús, le haga esta merced: “Béseme con  beso de su boca
(Conceptos del Amor de Dios,4, 8). 
Lo que confiere además a su experiencia mística carácter de imperativo ético es el triple propósito u objetivo que Etty se propone alcanzar en el Lager -el de ser remanso de tranquilidad en el campo, corazón pensante de los barracones y bálsamo para tantas heridas- que trata de desarrollar de la manera más sencilla y natural valorando cualquier pequeña acción como algo importante y necesario: “Me sucede cada vez más a menudo que encuentro un asomo de eternidad hasta en las percepciones y tareas cotidianas más pequeñas”.
En efecto, las tareas cotidianas están muy presentes en su Diario[9]. Porque buscando a Dios Etty busca al Amado, busca el Amor en lo más pequeño y aparentemente insignificante: “Deja que haga las mil pequeñas tareas cotidianas con amor, pero permite que cada pequeña acción surja de un único y gran sentimiento de amor” (Diario, 03. 12. 41). También “entre pucheros” podía encontrarse a su Señor (igual que sucede en Teresa de Ávila y también en Teresa de Lisieux, como ambas testimonian en el “Libro de la Vida” y en la “Historia de mi Alma” respectivamente).
            Ambas mujeres (Teresa y Etty), apasionadas, rupturistas, se movieron constantemente en las profundas simas del ser femenino, del amor, y del deseo de unión con el amado. Como concluye Cecilia Padvalski su sugestivo ensayo sobre ellas: “Teresa y Etty, por caminos muy diferentes han vivido desde la imaginación radical y han creado nuevos significados frente al orden establecido”[10].
            c) En las tres, Edith, Simone y Etty, mujeres de fuerte personalidad y carácter como la propia Teresa, podemos encontrar, más allá de diferencias notables en cuanto a circunstancias puntuales, histórico-culturales y biográficas, otras muchas similitudes destacables y coincidencias significativas.
            Como es bien sabido, Teresa de Jesús vivió toda su vida atemorizada -al igual que su padre y sus hermanos- porque se llegasen a descubrir sus orígenes hebreos y ser acusada, por ello, de “cristiana nueva” y “sospechosa en la fe”, consciente de que cualquier día, eso -su pertenencia a casta de conversos- podría costarle algún serio disgusto. Sobre todo, el de verse rechazada por una Iglesia a la que amaba con todo su corazón. Ello supuso, ciertamente, una onerosa rémora en el desarrollo de su misión reformadora, una espada de Damocles que se cernía amenazante sobre su estirpe[11].
            Pues bien, las tres místicas que evocamos, eran -como Teresa- de ascendencia judía, y fueron perseguidas por ello, aunque no todas ellas asumieran de igual manera su identidad semita. Dos de ellas, condenadas por su pertenencia al pueblo hebreo: Edith Stein y Etty Hillesum. Edith conversa
al catolicismo quiso compartir el destino de su pueblo judío;  Etty, murió mostrándose orgullosa de su procedencia hebrea. Simone Weil, finalmente, aunque judía, renunció expresamente a una identidad hebrea, con la que no se identificaba, pues: ni compartía su tradición ni  su cultura.
            d) Las tres, como Teresa, acosadas constantemente por un sistema inquisitorial represor[12] o por un inhumano régimen totalitario (el Nazismo), amenazadas con el exterminio inexorable en las cámaras de gas, se vieron obligadas a burlarlo o combatirlo de diverso modo. Y encontraron un modo común para expresar su resistencia ante la inminente amenaza de la barbarie: Escribir. Esas mujeres resistieron escribiendo y tratando de invertir la lógica despiadada del sistema inquisitorial o totalitario, y por ello simbolizaron un resto de humanidad frente a la inhumanidad imperante. Formaron parte de esa reserva espiritual y moral de sentido, desde la que reconstruir un nuevo discurso sobre la humanidad del hombre.
Lo único que pretendieron fue mantener lo que Hanna Arendt -otra mujer paradigmática como ellas- llamó el “diálogo humanizador con el mundo”. Como concluye Rachel F. Brenner, en un esclarecedor ensayo, “su preocupación por el mundo desafió la solución final, no porque ellas fueran santas, sino porque eran humanas [13]. Murieron en dos casos compartiendo el destino de sus hermanos de raza, judíos, y en el otro, el de sus compatriotas y trabajadores mediante su autosacrificio, como fue el caso de Simone Weil.
            e) Las tres amantes de la lectura y de los libros[14], fueron  prolíficas escritoras: describieron sus vidas en escritos autobiográficos como Teresa de Jesús en “El Libro de la Vida[15] (1565) y en su Epistolario. Edith Stein nos descubrirá su experiencia vital anterior a su conversión en “Estrellas amarillas” y su vida a partir de aquella en “Cómo llegué al Carmelo de Colonia[16]. Simone Weil a través de escritos como “A la  espera de Dios[17] verdadera autobiografía espiritual. Etty Hillesum en su Diario[18] y en sus Cartas[19]. El 5 de junio de 1943, antes de ser internada confió a su amiga María Tuizing varias libretas con sus “diarios” escritos. En 1981 apareció la primera edición de su Diario en holandés: en siete años aparecerán más de 19 ediciones.
            f) Pero merece destacarse, por sobre toda otra cuestión, algo que también preside la vida religiosa tanto de Teresa de Jesús como de las de nuestras tres místicas contemporáneas, y es el valor que confieren a la propia experiencia en su búsqueda de un  itinerario religioso personal. Nos parece sorprendente la coincidencia de las tres en haber llegado a la fe -como la propia Teresa- tras una fuerte, profunda e inesperada experiencia de encuentro personal con Dios, en la que, como se dice en Ciencia de la cruz de Edith Stein,:

“No se trata sólo de una simple recepción del mensaje de fe escuchado, ni tampoco de un simple dirigirse a Dios al que se conoce exclusivamente de oídas, sino de un contacto interior, de una experimentación de Dios que tiene la fuerza de desvincular de todas las cosas creadas, de elevar al tiempo que sumerge en un amor que no conoce su objeto[20].



                                                                                                                                                 Tomás Moreno




[1] Sobre las mujeres místicas a lo largo de la historia véase: M. Chiana (coord.), El dulce canto del corazón. Mujeres místicas desde Hildegaard hasta Simone Weil, Narcea, Madrid, 2006. Para las místicas de nuestro tiempo cfr. Emilia Bea, Mística y Política en el discurso femenino contemporáneo, Anales de la Cátedra Francisco Suarez, 41, 2007, pp. 33-50 y Silvie Courtine-Denamy, Tres mujeres en tiempos sombríos. Edith Stein, Simone Weil, Hannah Arendt o “amor fati amor mundi”, Edaf, Madrid, 2003.
[2] Sobre la figura y el pensamiento de Edith Stein véanse: Alasdair MacIntyre, Edith Stein, prólogo filosófico, 1913-1922, traducción de Feliciana Merino Escalera, Editorial  Nuevo Inicio, Granada, 2008.; Laura Boella, Pensar con el corazón. Hannah Arendt, Simone Weil, Edith Stein, María Zambrano, Narcea, Madrid, 2010, p. 47; I. Vigone, Introduzione al pensiero filosofico di Edith Stein, Roma, 1991; John Osterreicher, Siete filósofos judíos encuentan a  Cristo, Aguilar, Madrid, 1961; A. López Quintás, Cuatro filósofos en busca de Dios, Rialp, Madrid, 1990; W. Herbstrhit, El verdadero rostro de Edith Stein, Encuentro, Madrid, 1990; Christian Feldmann, Edith Stein: Judía, filósofa y carmelita, Herder, Madrid, 1987.
[3] Orden de índole eremítica, contemplativa, se introdujo en Europa desde Palestina en el siglo XIII..
[4] Pueden consultarse sobre su biografía, personalidad y pensamiento las obras siguientes: Emilia Bea, Simone Weil. La memoria de los oprimidos, Encuentro, Madrid, 1992; Simone Pétrement, Vida de Simone Weil, Trotta, Madrid, 1997
[5] Sobre Etty Hillesum véase, sobre todo, la obra de José Ignacio González Faus, Etty Hillesum. Una vida que interpela, Sal Terrae, Santander, 2008. También se leerá con provecho, P. Lebeau, Etty Hillesum. Un itinerario espiritual, Sal Terrae, Santander, 2000.
[6] Johann Baptist Metz, Dios y Tiempo. Nueva teología política, Trotta, Madrid,  2002, pp.154-157.
[7] Para la concepción de la mística de la solidaridad, del amor y de la liberación véanse los admirables ensayos del teólogo jesuita José Ignacio González Faus, Unicidad de Dios, pluralidad de místicas, Cuadernos CJ, nº 180, Barcelona, 2012 y ¿Dios?, Cuadernos CJ nº 190, Barcelona, 2014.
[8] Cfr. Silvie Courtine-Denamy, Tres mujeres en tiempos sombríos. Edith Stein, Simone Weil, Hannah Arendt o “amor fati amor mundi”, op. cit.
[9] Se publicó en castellano con el título de Una vida conmocionada. Diario de Etty Hillesum, en ediciones Anthropos, Barcelona, 2007. También en Anthropos se publicó su epistolario de Amsterdam y Westerbork: El corazón pensante de los barracones. Cartas, 2001.
[10] “Teresa de Jesús y Etty Hillesum. Dos mujeres creyentes. Una mirada psicoanalítica desde la perspectiva de género” en Carlos Schickendantz (id.), Mujeres, género y sexualidad y sexualidad. Una mirada interdisciplinar, EDUC, Córdoba, 292.
[11] Teresa de Jesús no era, pues, cristiana vieja. Alonso Cortés lo probó en 1946 –corroborado más tarde por Dominguez Ortíz y Caro Baroja-  y sobre todo por F. Márquez Villanueva “Santa Teresa y el linaje”, que descubrió documentación en el archivo de la Chancillería de Valladolid, probando sin posibilidad de duda, el origen judío de la santa. El abuelo de Teresa, Juan Sánchez, rico mercader toledano en telas finas, se autodelató en el año 1485, reconciliado o sambenitado salió a la pública vergüenza en procesiones penitenciales.
[12] Se salvó Teresa de Ávila después de dos generaciones de víctimas. La desconfianza de la Inquisición sobre Teresa fue estrecha y larga, casi constante. Los inquisidores y enemigos (descalzos o de otras órdenes: dominicos y jesuitas) mutilaron y censuraron sus escritos, o los arrojaron al fuego. Sometieron largos años el manuscrito del Libro de la Vida a examen de la Inquisición (recogiendo todas las copias existentes), que afortunadamente se libró al fin del peligro de condena al fuego y fue editado por Fray Luis de León en 1588. No tuvo igual suerte Las Meditaciones sobre los Cantares, tras circular unos años por los conventos carmelitas, sufrió efectivamente la condena al fuego. Se salvaron algunas copias incompletas y el P. Jerónimo Gracián lo editó en Bruselas en 1611 con el título de “Concepts del Amor de Dios”. Además todos esos enemigos le recordaron su condición de mujer, es decir a su obligación como tal a estar sometida humildemente y prescindir de iniciativas, pero no la doblegaron. Teresa partía de dos graves faltas: descendía de judíos y practicaba la ironía. En las visiones de Teresa existe un dato común con todos los míticos y místicas: la libertad de juzgar el sacerdocio y de sentir a Dios como fuente de independencia de la conciencia (Cfr. E. Llamas Martínez, Santa Teresa de Jesús y la Inquisición española, Madrid, 1972).
[13] Rachel Feldhay Brenner: Edith Stein, Simone Weil, Ana Frank y Etty Hillesum, Narcea Ediciones, Madrid, 2004.
[14] En el caso de Teresa, Marcel Bataillon ha documentado la amplitud intelectual de sus lecturas y la profundidad de la huella que dejaron en el espíritu y la escritura de Teresa, también García de la Concha, Valverde, Orozco etc.  En los años de formación hay que subrayar los nombres de San Jerónimo, San Gregorio, Francisco de Osuna Tercer Abecedario Espiritual, San Pedro de Alcántara, San Agustín (Confesiones). Además de Juan de Ávila, Fray Luis de Granada y Erasmo etc. En muchas ocasiones su desaliñado estilo, espontáneo e improvisado “hablar como se habla” (Menéndez Pidal),  su torpeza expresiva o incluso descuido formal o  sintáctica se debe, no a la modestia o apocamiento que estaban en las antípodas de su personalidad, sino a su ironía y disimulo ante los letrados: trampas para que la vigilancia crítica de sus primeros lectores (sus confesores, a veces hostiles o inquisidores) bajara la guardia y dejase libre circulación a copias de sus escritos entre sus monjas carmelitas y fuera de los conventos. 
[15] Teresa de Jesús, Libro de la Vida, en Obras Completas, op. cit.
[16] Burgos, Monte Carmelo, 2001.
[17] Simone Weil, A la espera de Dios, Trotta, Barcelona, 1996.
[18] Etty Hillesum, Una vida conmocionada. Diario de Etty Hillesum , op. cit.
[19] Etty Hillesum, El corazón pensante de los barracones. Cartas op. cit.
[20] Edith Stein, “Ciencia de la Cruz”, en Obras completas, V: Escritos Espirituales, El Carmen/Espiritualidad/ Monte Carmelo, Vitoria/Madrid,/ Burgos, 2004. 






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