domingo, 4 de enero de 2015

PLANIFICACIÓN ECONÓMICA E IGUALITARISMO RADICAL, EN LA SEXTA ENTREGA DE UTOPÍAS MAQUETAS.

En la sexta entrega de Utopías maquetas, del profesor y filósofo Tomás Moreno, que lleva por título Planificación económica e igualitarismo radical, para la sección de Microensayos del blog Ancile.



Planificación económica e igualitarismo radical, Tomás Moreno, Ancile


PLANIFICACIÓN ECONÓMICA E IGUALITARISMO RADICAL, EN LA SEXTA 
ENTREGA DE UTOPÍAS MAQUETAS.


Planificación económica e igualitarismo radical, Tomás Moreno, Ancile


UTOPIAS MAQUETA: PLANIFICACIÓN ECONÓMICA E IGUALITARISMO RADICAL (6)
En la mayoría de las utopías el mal viene derivado de la existencia de la propiedad privada. Se trata en ellas, en consecuencia, de abolir el dinero y la propiedad privada.  Platón fue el primero de los pensadores utópicos que trató de establecer en su Estado Justo un comunismo de bienes para la clase dirigente, un comunismo aristocrático de filósofos-reyes y guardianes,  teorizando sobre la conveniencia y necesidad de suprimir la propiedad privada del mismo, aunque más tarde en Leyes suavizara su inicial posición[1].
            En efecto, la abolición de la propiedad privada, al igual que la supresión de la familia, tenía como objetivo, en opinión del filósofo griego, erradicar todo tipo de interés particular o egoísta, la codicia y la ambición entre los miembros de la clase gobernante.  Platón considera que la propiedad privada y la familia son la raíz última de los impulsos egoístas del alma humana y, por tanto, los responsables de la desintegración del orden social (tópico que aparece en la mayoría de las “utopías literarias” posteriores). Se trata, pues, el suyo de un comunismo de bienes de inspiración ético-política,

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antes que propiamente económica o igualitaria en sentido moderno: un “comunismo” por “razón de Estado” y limitado a la clase gobernante. La clase trabajadora, apenas considerada en su proyecto estatal, queda relegada a la “privacidad” y al duro trabajo productivo (aspecto éste indicativo del desprecio aristocrático griego por el trabajo servil y por los “negocios” (banausía).

            En la “Utopía” moreana los dos pilares fundamentales de su organización económica son la abolición de la propiedad privada -“hasta que ella perdure cargará siempre sobre la parte mucho mayor y mucho mejor de la humanidad el fardo angustioso e inevitable de la pobreza y la desventura”, dice en una ocasión el protagonista de su relato Rafael Hytlodeo- y la proscripción del dinero como medio de cambio de bienes. Rige pues también en el pensador londinense un comunismo de bienes: todos los bienes de consumo se ofrecen por parte del Estado para satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos. Existen comedores colectivos para cada 30 familias. La ciudad, escribe Moro, está dividida en cuatro distritos iguales y en el centro existe un mercado (o almacén) donde puede hallarse todo lo necesario para la subsistencia. Cada familia acarrea a este mercado central los productos de su trabajo y cada cabeza de hogar lleva a casa lo que su familia precisa para su manutención. No tiene que comprar nada ni que realizar trueque alguno, y sin embargo, no se le rehúsa nada, ya que en “Utopía” nadie va a pedir más de lo que necesita.
            Y añade Moro, con una ingenuidad que lo deja a uno inerme: “Y en verdad, ¿por qué una persona que sabe que nunca le ha de faltar nada va a buscar de poseer más de lo que es necesario?”. Una honestidad y un desinterés así pueden darse en comunidades pequeñas, como, por ejemplo, una orden religiosa o un “kibbutz”, ya que son de naturaleza voluntaria, o bien es posible hallarlos en estructuras temporarias donde la explosión entusiasta inicial permanece siendo suficientemente poderosa, y cada cabeza de hogar lleva a casa lo que su familia precisa para su manutención. No tiene que comprar nada ni que realizar trueque alguno, y sin embargo, no se le rehúsa nada, ya que en “Utopía” nadie va a pedir más de lo que necesita. Para propiciar la uniformidad y el igualitarismo y evitar el apego a cualquier tipo de propiedad, se establece la separación geográfica entre el trabajo y el habitat, otra característica casi universal en utopía como comprobaremos en la ciudad solariana de Campanella. Según Thomas More, cada diez años uno tiene que cambiar de casa, y los sitios de alejamiento se deben redistribuir por sorteo.
            No existen en Utopía clases sociales ni una estricta “división del trabajo social” (en oposición a Platón). La actividad productiva básica es la agricultura, aunque también existen actividades relacionadas con las artes mecánicas para la producción de tejidos, la elaboración de herramientas de labranza y la producción de granjas avícolas, entre otras ligadas también a la actividad agraria. Los distintos grupos de ciudadanos se reparten equitativamente el trabajo obligatorio para todos (hombre y mujeres sin distinción), en función de sus capacidades, aptitudes o preferencias en jornadas de 6 horas diarias, lo que les permite largos períodos de ocio, lo que les deja un espacio libre que aprovechan para la lectura, otras ocupaciones de su gusto o incluso para el placer. Cada dos años determinados grupos de ciudadanos, por rigurosa rotación, se alternan en las tareas agrícolas (que son las más penosas); en períodos de cosecha se prevén movilizaciones suplementarias para agilizar la recogida de los frutos.
            Los trabajos serviles son desempeñados por los “servi”, que no son propiamente ni esclavos ni siervos feudales, sino delincuentes de derecho común (ladrones, adúlteros, extranjeros clandestinos, prisioneros de guerra, ateos etc.). Son tratados humanitariamente. Al no existir cárceles para castigar los delitos de los reos se rehabilitan de esta manera, reducen penas y prestan un servicio a la

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sociedad. Se llega así, en algunas utopías, a un rasgo o característica muy difundida en la generalidad de las utopías: la proscripción del lujo. El poco lujo que admite la utopía queda reservado al Estado, a los monumentos y a las ceremonias públicas. La moral social utópica propone proscribir todo lujo y la abolición del Dinero. Los teóricos del utopismo son, necesariamente, enemigos del dinero y de todas sus funciones (comerciales, como elementos de ahorro o inversión etc.) ya que la posesión de dinero permite al individuo elegir, cosa que termina por embarullar la planificación centralizada y reforzar su sentimiento de autonomía e individualidad. En el caso de la ciudad ideal de T. More y para mostrar su “desprecio” por los metales preciosos y por las joyas, éstas son ofrecidas a los niños -muy aficionados a los objetos brillantes-  como juguetes. Las piezas de oro se utilizan para fabricar bacinillas  o cadenas de oro que arrastran los servi, con el fin de que sean despreciadas.

            Por su parte, en la utopía de Campanella, La Ciudad del Sol, poblada por filósofos -“que se decidieron a vivir en común de una manera filosófica”-  se prescinde de todo lo privado: la propiedad, la vivienda, e incluso los intereses y los sentimientos. El  régimen de vida funciona también como un sistema comunista, una comunidad de bienes, con propiedad colectiva. Todo allí era común, no había nada privado, ninguna propiedad particular, ni dinero (como ocurre en la sociedad ideal de Moro, Tommaso Campanella considera que propiedad y dinero tienen un "poder corruptor").
El frenesí ambulatorio existente en muchas ciudades utópicas -que llega a transformar lo utópico en una especie de farsa burlesca- va mucho más lejos en el caso de la ciudad solariana de Campanella: el Estado o los magistrados, encargados al efecto, deciden que los ciudadanos deben cambiar de residencia cada seis meses, lo cual provoca un vaivén permanente en la ciudad del Sol, surcada todo el año por los desplazamientos y mudanzas. Asimismo asignan los muebles y enseres a cada uno de los ciudadanos. La finalidad a la que se apunta parece sumamente explícita: zanjar gordianamente el sentimiento de propiedad o pertenencia, expulsándolo de todas partes, e impedir que se establezcan vínculos o lazos afectivos, de apego o afiliación, respecto de su propio medio habitual, tendiendo así a un ideal propio de la intercambiabilidad y el anonimato de la colmena. Es lo que habrá de preconizar, por ejemplo, unos tres siglos más tarde, en el XIX, un socialista utópico como Owen y lo que le insta a construir Zup lo más lejos posible del centro de las ciudades.
            En Taprobana todos trabajaban en diversos artes, oficios, pero fundamentalmente en ocupaciones productivas agrícolas y ganaderas. Había 4 horas de trabajo obligatorio para hombres y mujeres,  lo que bastaba para cubrir todas las necesidades y se premiaba la cantidad y calidad de lo producido. El resto del tiempo podía dedicarse a pasear, charlar, discutir, leer, escribir, cultivar las

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artes y la filosofía,  o en sus propias palabras el resto es aprender jugando, discutiendo, enseñando, caminando, y siempre con alegría. (Campanella señala, de pasada, cómo, por el contrario,  en la Nápoles de entonces de 70 mil ciudadanos apenas trabajaban unos 1500, explotados hasta la extenuación y la muerte por debilidad, mientras los demás se entregaban a la holganza y al vicio). Todos recibían lo necesario para vivir; la riqueza era colectiva. El reparto de cargos se efectuaba con arreglo al grado de sabiduría y el trabajo sería obligatorio; para garantizar todo eso, se establecía un rígido sistema de control global. En La Ciudad del Sol al trabajar en el campo, la cocina, etc., lo llaman “aprender” y “es tenido de más grande nobleza aquél que más artes aprende y mejor las hace. Por lo que se ríen de nosotros, que llamamos innobles a los artesanos y decimos nobles a quienes no aprenden ningún arte y están ociosos”.

            J. V. Andreae dice por su parte que la ciudad de Christianopolis es toda ella un taller, pues no hay nadie que no sepa y no ejerza un oficio. La jornada obligatoria es de muy pocas horas pero la prolonga voluntariamente porque le parece vergonzoso estar de más y porque quieren demostrar que el trabajo, cuando no es una servidumbre forzosa, no es nocivo para el cuerpo sino muy saludable. Muchas artesanos aprovechan este tiempo sobrante para dar curso a la ingeniosidad y jugar a los inventos.
Estas ideas igualitarias tienen, con claros precedentes también precedentes en el cristianismo originario (los cristianos de la segunda centuria), practicantes de un comunismo de bienes evangélico, inspirarán  a lo largo de la Edad Media y del Renacimiento tanto las visiones milenaristas de las sectas heréticas anabaptistas que luchaban por el advenimiento del  reino de Dios, como las rebeliones campesinas guiadas por Thomas Münzer, que, según Melanchthon, enseñaban  un igualitarismo radical, de tal manera que todos los bienes se tendrían que convertir en comunes Y encenderán de pasión revolucionaria las invectivas de Gerrard Winstanley, conductor y teórico de los “diggers”, que denunciaba en su utopía The Law of Freedom (1649) el gobierno del rey, “el gobierno de los escribas y de los fariseos que no se consideran libres si no son dueños de la tierra y de sus hermanos”, y al que contraponía el gobierno de los republicanos como “el gobierno de la justicia y de la paz que no hace distinción entre las personas”.
Y constituirán, ya en el siglo XIX  el núcleo de pensamiento de los socialistas utópicos, desde el Código de la Naturaleza de Morelly hasta la sociedad de la gran armonía de Fourier[2], llegando hasta el Manifiesto de los Iguales de Babeuf, que consideraba “loco” a quien rechazara el

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igualitarismo extremo y que declaraba: “Somos todos iguales, ¿no es verdad? Este principio es incontestable porque, sólo estando locos, se podría decir que es de noche cuando es de día. De manera que también pretendemos vivir y morir iguales, como hemos nacido: queremos la igualdad efectiva o la muerte”[3].

En Icaria, la república ideal edificada sobre moldes comunistas e imaginada por Etienne Cabet (1840) el visitante (Lord Carisdall) nota que nadie paga su viaje, ni por bote, ni cuando toma un carruaje. Se entera del porqué: ahí todo pertenece al Soberano, la buena y hermosa República, que es a un tiempo el empresario exclusivo y la proveedora universal. Los ciudadanos que viven en utopía ya no necesitan dinero. Cabet lo suprime radicalmente de su Icaria. Un problema resuelto, por tanto.
            Edward Bellamy utopista norteamericano del XIX proscribe el ahorro de dinero por parte de los ciudadanos: en su utopía el gobierno es adverso a esa práctica ya que los habitantes no necesitan hacerse de reservas, pues el Estado le garantiza a cada uno una seguridad social completa. Además, debido a que el Estado es el único inversor, puede utilizar cualquier porción de la fuerza nacional de trabajo para cualquier propósito según decida (también de esto se deduce lo innecesario del ahorro o capital privados) y llega a afirmar en su Loking Backward (El año 2000) que en el año 2000 ya no existirá más el dinero puesto que, como explica, la moneda es importante únicamente cuando se la necesita como medio de cambio. Y tan pronto como el Estado se transforma en el único productor y distribuidor, cesa todo intercambio mercantil entre los individuos. En su celo antipropiedad, Edward Bellamy llegará hasta prohibir en su ciudad el uso de los paraguas, por considerarlos, sin duda, peligrosamente individualistas, y sustituirlos por un único paraguas colectivo que los poderes públicos extienden sobre las calles no bien se descarga la lluvia.
Este igualitarismo será profesado en adelante por todos los socialistas utópicos y también por los novelistas decimonónicos seguidores del socialismo desde Williams Morris a H. G. Wells. En este sentido, apunta Bobbio, la persistencia del ideal utópico en la historia de la humanidad -¿podemos olvidar que también Marx codiciaba y pronosticaba el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad?- es una prueba irrefutable de la fascinación que el ideal de la igualdad, además

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de los de la libertad, de la paz, del bienestar (el “país de Jauja”) ejerce sobre los hombres de todos los tiempos y de todos los países”[4]. Cosa similar acontece con otros utopismos más modernos. Y al referirse a otras utopías igualitarias escribe el gran pensador socialista italiano Norberto Bobbio: “La igualdad en su formulación más radical es el tramo común de las ciudades ideales de los utopistas, así como una feroz desigualdad es el signo amonestador y premonitorio de las utopías al revés, o “distopías” (“todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, ironizaba Orwell en Rebelión en la granja)”.

Comentando el ensayo de Paolo Bellinazzi L’utopia reazionaria[5], afirma N. Bobbio que en este diseño utópico de transformación radical de la sociedad –“común a todas las utopías igualitarias y colectivistas y cuyo arquetipo sería la República Platónica”- está implícita una idea claramente antiliberal, porque, en su opinión, el liberalismo es una ideología antiperfeccionista, que cree que la historia de la libertad es una historia de continuos pasos titubeantes y oscilantes del bien al mal, de intentos logrados y fallidos, y que no hay un fin obligado, una meta necesaria de la historia “en la consecución final de la sociedad perfecta”, mientras que el comunismo que es una utopía perfeccionista, como todos los igualitarismos, sí cree en ese final feliz de la historia[6]. (Continuará)



                                                                                                                 Tomás Moreno




[1] En Leyes Platón atempero un poco este comunismo aristocrático de República. Ya no se rechazan o abolen tan drásticamente como en "República" ni la propiedad privada ni tampoco la familia. Se  restablecen tímidamente como "células" básicas del nuevo Estado. En el momento de su fundación el Legislador o Estado dotará a todos los ciudadanos de un "lote equivalente" de tierras, inalienable, incrementable en cuatro veces y transmisible por herencia al hijo mayor. Esta medida tiende a evitar diferencias excesivas entre ricos y pobres. Con el fin de propiciar la defensa del territorio estatal una parte de ese lote de terreno se ubicará en una zona alejada de su lugar de residencia. Pero sigue considerárseles factores de privacidad y egoísmo, elementos disolventes del orden social y fuentes de discordia y disgregación social.
[2] Sobre la utopía y el pensamiento de Fourier véase Octavio Paz y Otros, Aproximación al pensamiento de Fourier, Castellote,, Madrid, 1973; Carlos Sánchez-Casas y Felipe Guerra, Fourier, ¿Socialista utópico?, Zero, Madrid, 1970.
[3] Cf. Babeuf, Realismo y utopía en la Revolución Francesa, Península, Barelona, 1970.
[4] Norberto Bobbio  Derecha e izquierda, op. cit., p. 139-141.
[5] P. Bellinazi sostiene en dicha obra (Name Edizione, Génova, 2000) que aunque nazismo y comunismo sean ideologías opuestas, contrariamente a la opinión común tendrían matrices comunes: los dos combaten el mundo burgués-capitalista del mercado y de los estados parlamentarios; los dos casan con la “Gemeinschaft” contra la “Gessellschaft”, la comunidad arcaica (aquella en la que el individuo es sólo parte de un organismo) contra la sociedad moderna de los individuos singulares (y, en cuanto tales, en libre relación entre ellos); los dos se oponen al individualismo y son partidarios del organicismo social. Nazismo y comunismo serían, en fin, “enemigos de la modernidad” y, en consecuencia, sus ideólogos tanto Carl Schmitt como György Lukacs se apoyarían más o menos en las  mismas ideas, porque tienen un mismo enemigo: la burguesía y las filosofías del mercado; los dos se oponen a la misma producción de riqueza. Ambos serían reaccionarios.
[6] Declaraciones de N. Bobbio a “El País”, 29 de enero de 2001. En consecuencia, Bobbio señala la necesidad de revisar las ideas según las cuales el marxismo, en su intento de autolegitimarse, se presentaba como una “exageración o exceso del racionalismo abstracto e ilustrado”,  como una ideología de la Modernidad, como una continuación y superación de las Luces, en total oposición al nazismo, exceso del irracionalismo y enemigo de las Luces.



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