lunes, 27 de mayo de 2013

ALBERT CAMUS O LA CONCIENCIA ÉTICA DE EUROPA (EN SU PRIMER CENTENARIO)

Cuando se cumple el centenario del gran pensador y genial escritor Albert Camus, nuestro colaborador el filósofo Tomás Moreno, ha preparado para la sección de microensayos del blog Ancile, el trabajo titulado Albert Camus o la conciencia de Europa (en su primer centenario), para deleite de los habituales de nuestro espacio digital. Entrada que no tiene desperdicio para los conocedores de la vida y obra del pensador francés y elemento esencial de juicio para aquellos que quieran iniciarse en su obra extraordinaria.

Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno



 ALBERT CAMUS O LA CONCIENCIA 
ÉTICA DE EUROPA (EN SU PRIMER CENTENARIO)




Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno



I. Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Albert Camus (1913-1960), uno de los escritores europeos más lúcidos y representativos del pasado siglo XX. Si tuviéramos que evaluar o valorar de alguna manera la aportación intelectual fundamental del gran pensador francés lo primero que habría de destacarse es su ejemplaridad moral.
            Antes que valiente periodista, redactor jefe de Combat en la clandestinidad durante la Resistencia y tras la Liberación, y que excelente prosista y ensayista, autor de relatos y ensayos inolvidables como El exilio y el reino, El Envés y el derecho o El verano; mucho antes que original novelista de El Extranjero y de La Peste o La Caída; antes incluso que insigne dramaturgo -como se evidencia en Calígula, Los Justos, El estado de sitio o El Malentendido- o que profundo pensador del absurdo y crítico del totalitarismo de posguerra -El Mito de Sísifo o El hombre rebelde-, el Premio Nobel francés de 1957 fue un hombre profundamente coherente, valiente y honesto, y un pensador moral de la estirpe -de tan acendrado enraizamiento en la tradición filosófica francesa- de un Montaigne o de un Pascal.
                Personalmente fue un hombre profundamente enamorado de la vida y de la belleza, de la justicia y de la libertad. En absoluto fue, como algunos dijeron, un nihilista moral y metafísico, un "ateo peligroso" (F. Mauriac), un literato existencialista seguidor de Nietzsche y apóstol del absurdo, aunque ese fuese, aparentemente, su punto de partida en El mito de Sísifo y en El Extranjero.
            Todo lo contrario: Camus fue un amante de la vida y de la belleza, optó inequívocamente por la vida contra el suicidio[1] y como señalara, en su momento, Jesús Tuson, "tuvo palabras duras contra el nihilismo moral porque de él solo podían derivar posturas y acciones seudo-liberadoras que, en definitiva, humillaban al hombre"[2]. Y también se opuso a lo que podríamos llamar "nihilismo metafísico", porque veía en la voluntad de vivir -como nos lo revelara en "El verano"- un elocuente e inevitable juicio de valor positivo e incluso esperanzado desde la desesperanza[3]. Impuso a su acción los límites de una fidelidadno pisotear jamás la dignidad del ser humano. No hizo otra cosa en su vida que buscar los caminos que le permitieran superar el absurdo. "Ni su obra se reduce a Le mythe de Sisyphe, ni la lectura atenta de este ensayo da pie para una clasificación por el estilo". Logró así "afirmar los valores de una existencia que de ninguna manera invita  a la dimisión"[4]. .
Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno
insoslayable:
            Camus parte, en efecto, de la noticia nietzscheana de la "muerte de Dios", del nihilismo. Un nihilismo resultante de esa denominada muerte de Dios, y por lo tanto que afectaba, sin duda,  a los valores vigentes en su tiempo (de penuria y pesimismo): "Para los que no creemos en Dios, o tenemos toda la justicia o la desesperación"[5], decía en Los Justos. Pero, como ha señalado lúcidamente Enrique Cejudo[6], se trata de un nihilismo que ha de ser superado, un nihilismo para proponer, para construir, no para destruir.
            En realidad, Camus fue un debelador del nihilismo: hay que proponer mensajes positivos para no instalarse en el sin sentido o en la inacción moral. Su figura moral se encarna sin duda en el doctor Rieux y en su actitud ante la peste: la enfermedad está ahí, pero su diagnóstico no basta. Hay que vencerla, al menos dar la batalla, implicarse, comprometerse. "Hay que construir entonces el único reino que se opone al de la gracia, el de la justicia, y reunir por último la comunidad humana sobre las ruinas de la comunidad divina"[7].
            Dejó claro, en fin, en esa conmovedora obra que existía la "belleza y los humillados" y que él "no quería ser infiel ni a la una ni a los otros"[8]. Reconoció, asimismo, que "la pobreza nunca ha sido una desgracia para mí. La luz esparcía sus riquezas". Sobre todo, en los días de sol del Mediterráneo o en su amada playa de Sablettes (Argel). Siempre se mostró en favor de las víctimas, de los humillados y ofendidos de esta tierra, como su gran y admirado maestro Dostoievsky. ¿Cómo, entonces, podía ser un nihilista un hombre que creó figuras literarias tan solidarias, heroicas y desprendidas como el doctor Rieux, como Tarrou, e incluso como Kaliayev?
            Camus fue, sin duda, la conciencia moral de Europa en un tiempo en que pensar con la independencia y libertad con las que él lo hizo era una auténtica proeza intelectual, un auténtico acto de heroísmo, que le granjearía unas veces la soledad y el vacío, otras la marginación y el desprecio. Lamentablemente incomprendido en su tiempo por parte de la intelligenstia de izquierdas -imbuida de una "moral hemipléjica", en expresión de M. Vargas Llosa- hegemónica y dominante en la Francia de posguerra y en toda Europa, desde Jean Paul Sartre o Simone de Beauvoir hasta M. Merleau Ponty[9] y otros turiferarios del padrecito Stalin y del paraíso soviético.
            Albert Camus fue consciente del precio que tenía que pagar por todo ello y lo asumió con una gallardía y una honestidad ejemplares desde su obra, desde su acción política y desde su práctica periodística, crítica y denunciadora de todas las injusticias que le saliesen al paso, sin renunciar jamás a los [10]. Todos sabían de su existencia, pero se decía que era por una buena causa y había que callar.
Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno
principios éticos insobornables que inspiraron su vida y su obra. Escribir en 1952, en aquel ambiente, contra la Unión Soviética y denunciar la existencia de la tiranía estalinista y de los campos de concentración siberianos (el término Gulag, no se conocía por entonces) era no ya romper con un tabú inviolable, sino exponerse a la marginación y al anatema
            Pero el decidió hablar, como Orwell, como Ignacio Silone, como Bertrand Russell y muy pocos más en aquellos momentos[11]. Cuenta su hija Catherine Camus en su libro de memorias (Albert Camus, solitaire solidaire, París, 1910) que un día encontró a su padre en el salón de su casa, sentado en un sillón y con la cabeza gacha. Le preguntó si estaba triste y él levantó la cabeza, la miró de frente y respondió: "No, estoy solo".
            Lo estuvo, efectivamente,  cuando denunció en 1945 las matanzas de Sétif; , cuando rechazó con contundencia el bombardeo atómico de Hiroshima; cuando se opuso -en una importante serie de artículos titulada Ni víctimas ni verdugos y, por supuesto, en El Hombre rebelde- al  bolchevismo imperante en media Europa y denunció a la Unión Soviética por su invasión de Hungría. Lo estuvo, sobre todo, durante la insurrección anticolonial en Argelia, advirtiendo a sus compatriotas -en su Llamamiento a una tregua civil en Argelia- que el FLN fundaría allí un partido único de orientación religioso-imperialista y una religión de Estado, en el que las primeras víctimas serían los propios argelinos, y denunciando asimismo también la cruenta represión contra los argelinos por parte del gobierno y del ejército francés[12]. La soledad de Camus fue verdaderamente dura.
II. Albert Camus nace en   Mondovi (Argelia) (7 de noviembre de 1913), hijo de padre francés y de madre de ascendencia española (había sido sirvienta en Orán). Su padre morirá en combate al comienzo de la I Guerra Mundial. Su familia se trasladará a Argel, donde el escritor residirá 28 años. Su infancia y adolescencia (1914-1934) transcurren en condiciones económicas difíciles. Herbert R. Lottman recuerda en su biografía[13] lo que Camus le respondió a un crítico que le había reprochado que no hubiera aprendido la libertad en Marx: "Es cierto", respondió Camus: "La he aprendido en la miseria". Uno de los personajes de esta época que más influyeron en su trayectoria intelectual y humana fue su profesor de filosofía del Liceo: Louis Germain.
            Es el tiempo de sus primeros montajes teatrales, tanto de obras propias como ajenas. Entre los 17 y 20 años padece una tuberculosis que nunca logró curar del todo. Se licencia en letras (Filosofía) e intenta dedicarse profesionalmente a la enseñanza, pero su enfermedad será un serio obstáculo para superar la Agregación de filosofía a la que optaba (en realidad: se la negaron por la tuberculosis).
            En 1935 ingresa en el Partido Comunista, del que será expulsado dos años después por su posición crítica y discrepancias ante la dirección. En 1936 ejerce el periodismo en "Alger Republicain", con su amigo  En 1937 conoce a Francine Faure, matemática y pianista, que más tarde será su esposa, de quien tuvo dos hijos Jean y Catherine. En 1940 trabaja en Paris Soir (Lyon).
Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno
Pascal Pia.
            En 1942 publica en la prestigiosa Gallimard, con la recomendación de Malraux "El extranjero" y "El mito de Sísifo", que suponen su consagración literaria en los círculos parisienses. Sartre acogerá la novela con entusiasmo, en la zona de Vichy, por el contrario, las críticas son negativas.
            Ya en París en 1943, es lector de la editorial Gallimard, participa en la Resistencia desde la primera hora y forma parte de la redacción del clandestino Combat, del que terminará siendo redactor jefe. En plena ocupación, un año más tarde en 1944, estrena El malentendido con la actriz española María Casares, que será desde entonces su amante durante 14 años. La publicación de "La peste" en junio de 1947 le granjea un gran éxito. En otoño se habían vendido cien mil ejemplares. Es la época de la mitificación de los intelectuales de la izquierda francesa, de la rive gauche de Saint-Germain-des-Pres. Representaba con J. P. Sartre el emblema de ese barrio, que generó  tanta mitología: la moda existencialista, Juliette Greco y Boris Vian, la música y el cabaret, los cafés literarios y la terraza del Flore.
            En 1952 tiene lugar su ruptura con J. P. Sartre y con Les Temps Modernes, tras la publicación de El hombre rebelde[14]. El libro fue el detonante o la excusa para ello. Francis Jeanson amigo y biógrafo de Sartre fue el primero en atacarlo en un artículo en Les Temps Modernes: "Albert Camus o el alma rebelde"[15]. Albert Camus anotará en su diario: "Admiten el pecado pero niegan el perdón... Lo único que les excusa es lo terrible de la época. Por último hay algo en ellos que aspira a la esclavitud".
            En 1956 pide una política de reconciliación en Argelia para poner fin a la guerra, entre la cólera de la extrema derecha. Protesta contra la intervención soviética en Budapest, antes había apoyado las revueltas del Berlín Este contra la opresión comunista. En 1957 le es concedido el Premio Nobel de Literatura, entre ataques de la izquierda y de la derecha. En su discurso de recepción del premio en Suecia dirá: "Debemos hablar por todos aquellos que sufren en este momento, cualquiera que sea la grandeza, pasada o futura, de los Estados y los partidos que los oprimen: para el artista no hay verdugos privilegiados".
            El 4 de enero de 1960 muere a los 47 años en un absurdo accidente de carretera, en Villeblevin (Yonne), cerca de París. Viajaba con el editor parisino Michel Gallimard y su familia (esposa e hija), procedentes de Cannes. El coche conducido por el editor chocó contra un platanero. En su cartera se encontraron, junto a su pasaporte, su diario y algunas cartas, el manuscrito inacabado de su nueva novela, El primer hombre. Su obra publicada hasta entonces era considerada como inacabada por el propio Camus, meros prolegómenos de su obra futura, que nunca jamás pudo ser realizada. Desde El extranjero hasta La caída, todo no era otra cosa que tanteos, preparación para el libro capital que no llegó a escribir.
III Albert Camus no fue, efectivamente, un revolucionario (afirmaba que "el revolucionario que no es al tiempo un rebelde es un policía"[16]), tampoco un escritor conservador aburguesado o un moralista de derechas de escaso vuelo intelectual como lo calificaran los seguidores de Sartre[17]. La denuncia contra injusticias y opresiones contra los débiles  de ninguna manera puede ser considerada "de derechas".
            Como señalara acertadamente Fernando Savater, al conmemorar los cincuenta años de su muerte, Albert Camus "no fue un conformista ni un cínico que aceptase, sin más, en nombre del orden sacrosanto los peores manejos de la razón de Estado". Fue algo distinto: un rebelde, un radical -aunque "moralmente exigente con la rebeldía"- y sostuvo firmemente que "en política deben ser los medios quienes justifiquen el fin y no al revés". "Se rebeló contra toda injusticia y falta de libertad, contra la opresión de los más débiles o desfavorecidos, contra la pena de muerte, contra la tortura, contra la utilización de las armas atómicas"[18].
Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno

            No comulgó con las ruedas de molino que encarnaban en su tiempo respectivamente las izquierdas (con su silencio culpable y su comprensión de la opresión imperialista soviética) y las derechas (con su indiferencia ante la injusticia y su exaltación nacionalista) y luchó tanto contra el totalitarismo nazi y estalinista advirtiendo de sus peligros, como contra la ideología nacionalista de la que predijo que acabaría con la ideología proletaria.
            Como ha escrito Roberto Toscano en un enjundioso ensayo: "La moral política de Camus se basa justamente en la no eliminabilidad de la responsabilidad moral, y se coloca así en las exactas antípodas de la actitud mental que -como lo ha descrito con impresionante profundidad Czeslaw Milosz en su Mente prisionera- ha caracterizado el "socialismo real" en los países del este de Europa"[19]. Porque si se piensa y actúa como Camus, es decir: si se aceptan los límites morales de la acción política, si no se justifica la descarga de conciencia ideológica frente a las transgresiones éticas de Estados o de organizaciones terroristas, el reconocimiento de los derechos humanos como dimensión permanente de la acción política es un corolario inevitable de la misma. Camus colocó, en efecto, en el centro de su reflexión ético-política el concepto de límite moral contra cualquier absoluto y la defensa de las razones de la ética.
            Roberto Toscano considera por ello que vale la pena, en nuestra época de crisis de la izquierda revolucionaria, volver a leer "L'homme révolté", de Albert Camus y que lo que más impresiona al hacerlo es que este texto, del comienzo de los años cincuenta, no ha envejecido, mientras los de su contrincante en la más importante disputa ideológica de ese tiempo, Sartre, no se pueden leer hoy sin vergüenza ajena.
            Hoy finalmente -después de la dura pedagogía que nos ha aplicado la historia de nuestro siglo- podemos darnos cuenta, concluye Toscano, de que Albert Camus, y no Sartre, era el verdadero radical.  Y recuerda con Franz Hinkelammert que, "ser radicales quiere decir oponerse en el plan de las ideas y de la acción, en nombre de la libertad individual y del cambio social, a esta pretensión de unidad, sea tradicionalista o revolucionaria. Ser radicales significa rechazar el concepto de societas perfecta, de la "utopización de estructuras y el aplastamiento del sujeto"[20].
            Desde hace algunos años, el asombroso retorno a Albert Camus a que se ha entregado la intelectualidad europea[21] merece una explicación: nunca han sido tan serios ni tan numerosos los estudios sobre la significación de la obra y del comportamiento camusiano en Europa y en Estados Unidos, y nunca tan respetada y prestigiosa su figura intelectual como a partir de la década de los 90 del pasado siglo XX . En el artículo que antes citábamos de Fernando Savater, Dos cabalgan juntos, éste señalaba lo sorprendente que resulta la casi total unanimidad encomiástica que le rodea: "Las polémicas y las críticas acerbas que acompañaron la mayor parte de su vida creadora parecen haber desembocado hoy en un plácido estuario de reconocimiento sin fisuras"[22].
            Entre los motivos que aducía para recordar y reivindicar su figura, el filósofo donostiarra aludía a que los acontecimientos históricos acaecidos tras su muerte -desde la desestalinización del PC de la URSS, promovida por el Informe Jruschov, hasta la caída del Muro de Berlín y la quiebra del imperio soviético subsiguiente en los finales del siglo XX- vinieron a demostrar que en los asuntos esenciales Camus tenía
Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno
razón: sobre todo en su denuncia del totalitarismo estalinista y  que "a partir de ese momento el comunismo realmente existente perdió casi todos sus abogados intelectuales y ha revelado sin paliativos su fracaso político y su desastre moral". Finalmente, tampoco se equivocó el gran pensador francés "en su denuncia de la pena de muerte y el terrorismo, extremos simétricos de la inmolación del individuo a la razón de Estado".
            Sus tesis generales sobre la dialéctica medios-fines y sobre la relación ética-política se resumen en estas pocas pero diáfanas afirmaciones: que el fin nunca justifica los medios. Esto es: que no hay causas justas sin medios justos; que no son los fines los que justifican los métodos (o medios), sino los métodos los que justifican los fines; que la violencia contra la injusticia debe imponerse límites a sí misma ("Cuando el oprimido empuña las armas en nombre de la justicia, da un paso en la tierra de la injusticia", escribió en un célebre artículo en su época de mediador en el conflicto argelino).
            Y, en fin, que el mal y la violencia terminan siempre por engendrar más mal y más violencia porque, como recordaba Mario Vargas Llosa, "pura y simplemente, no hay finalidad política, social, económica o religiosa que sea digna si para alcanzarla hay que pasar por la institucionalización de la tortura o la indiscriminada degollina de los inocentes"[23].
            Albert Camus fue un hombre justo, un pensador que antepuso y prefirió su conciencia a la causa de cualquier Partido o de cualquier Utopía. Que luchó -como nuevo Sísifo- para superar cualquier prueba por difícil o insuperable que pareciera. En estos tiempos turbulentos por los que atraviesa Europa -de crisis, de pesimismo, de desconfianza y desesperanza en nuestras propias posibilidades de superación-, su ejemplo, su obra y su pensamiento pueden sernos muy útiles como referente moral al que aspirar e imitar.  Por eso, hoy más que nunca es merecedor del título con el que encabezamos este artículo: Albert Camus o la conciencia ética de Europa.


                                                                                              Tomás Moreno







[1] Camus no es en absoluto apologeta del suicidio. El suicidio debe entenderse como situación límite que nos hace preguntarnos si vale o no la pena vivir: "No hay mas que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Lo demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación". (El mito de Sísifo, Madrid, Alianza-Losada, 1983, p. 15). Es la misma idea de la que partía El hombre rebelde: "La conclusión final del razonamiento del absurdo es, en efecto, el rechazo del suicidio y el mantenimiento de esa confrontación desesperada entre la interrogación humana y el silencio del mundo" ("El hombre rebelde", Madrid, Alianza, 1982 p. 12.
[2] Jesús Tuson, "Camus ante el enigma", Revista de Occidente, nº  74, mayo de 1969, pp. 135-36.
[3] Significativamente Charles Moeller en "Literatura siglo XX y cristianismo", tomo I "El Silencio de Dios", tituló el capítulo dedicado al pensador francés, Albert Camus o la honradez desesperada , pp. 35-139.
[4] Jesús Tuson Camus ante el enigma, op. cit. p. 136. "El verano" (L'été) se publica en 1954: ocho breves ensayos (escritos entre 1939 y 1953) que se abre con una significativa cita de Hölderlin: "Mais toi, tu es né pour un jour limpide".
[5] Enrique Cejudo Borrego, "Albert Camus y la Filosofía del límite", Volubilis, nº 11, Octubre 2003 UNED-Melilla, Granada, pp. 40-56.
[6] Ibid.
[7] El hombre rebelde, op. cit., p. 124.
[8]  "Oui, il y a la beauté et il ya les humiliés. Quelles que soient les difficultés de l'entreprise, je voudrais n'etre jamais infidèle à l'une ni aux autres" ("L'été", en Essais, Encyclopédie de la Pléiade, NRF, Gallimard, París, 1966, pp. 874-75).
[9] Recordemos tan sólo lo que llega a decir en su lamentable "Humanismo y terror": "La tarea esencial del marxismo será pues buscar una violencia que se supere en el sentido del porvenir humano. La astucia, la mentira, la sangre derramada, la dictadura se justifican si hacen posible el poder del proletariado, y en esa medida solamente. La política marxista es, en su forma, dictatorial y totalitaria. pero esta dictadura es la de los hombre más puramente hombres".
[10] Félix de Azúa ("A favor de la memoria histórica", El País, 20 de febrero de 2010) sintetiza así aquella situación "Aquellos escritores que en verdad eran de izquierdas tuvieron que soportar los feroces ataques de los "intelectuales de izquierdas" que entonces, como ahora, apoltronados en sus privilegios, eran enemigos feroces de la verdad. Tal fue el caso de Camus, de Orwell, de Serge, de Koestler, de Kolakowski, que se atrevieron a ir en contra de las órdenes del Partido y de la corrección política.
[11] Más tarde vendrían los testimonios de Arthur Koestler, de V. Serge, de L. Kolakowski. Luego, la dantesca visión de A. Solzhenitsyn "Archipiélago Gulag (1918-1956)" y la de Stéphane Courtois et alter, "El Libro negro del comunismo. Crímenes, Terror, Represión";  las revelaciones de Vasili Grossman en "Vida y Destino" o las investigaciones de Vitali Chentalinski "De los archivos literarios de la KGB" en las que muestra los expedientes de escritores y artistas represaliados durante la época de Stalin: Isaak Bábel, Borís Pilniak, Evgene Zamiatin, Mijaíl Bulgákov, Alexandr Solzhenitsyn, Anna Ajmátova, Marina Tsvetáieva,  Borís Pasternak, Méyerhold, Andréi Platóonov, Ossip Mandelshtam, Eugenia Ginzburg, Varlam Shalamov, Alexander Zinóviev etc..
[12] Cfr. Jean Daniel, "Camus y el terrorismo en Argelia", El País, 17 de noviembre de 2002. Su actitud valiente y comprometida, señala el director de Le Nouvelle Observateur, le llevó a denunciar tanto las represalias y torturas de los ultranacionalistas franceses políticos o militares contra la población civil argelina como las matanzas del terrorismo aplicado por el FLN argelino contra los civiles franceses y también contra sus propios compatriotas civiles árabes. En ningún caso podían, para Camus, justificarse esos métodos violentos para solucionar el conflicto.
[13] Herbert R. Lottman "Albert Camus",Taurus, Madrid, 1993.
[14] Herbert R. Lottman "Albert Camus", op. cit., vid. capítulo "Sartre contra Camus" pp. 511-45
[15] El tema de la disputa era, en principio, la obra de Camus, pero rápidamente las argumentaciones derivaron hacia otro punto: la existencia de los campos de concentración en la Unión Soviética. Camus aducía que era su denuncia de esta situación lo que le valía el anatema de Jeanson, incluso al precio de deformar su obra y su biografía, y añadía que "todo se desarrolla como si ustedes defendieran el marxismo, en tanto que dogma implícito, sin poder afirmarlo en tanto que política abierta". Y añadía que la revista se había empeñado en silenciar "todo cuanto en mi libro se refiere a las desgracias y a las implicaciones del socialismo autoritario".
[16] "El hombre rebelde", op. cit., p. 277.
[17] El hecho de que la mayoría de la izquierda radical fuera en ese tiempo "sartriana" y filosoviética, y definiera a Camus así,  tendría que hacernos reflexionar sobre la medida de la perversión colectiva en que durante decenios se ha extraviado el pensamiento político radical. Recientemente el historiador británico Tony Jud ("Sobre el olvidado siglo XX", Taurus, Madrid, 2008) ha puesto en evidencia a esa izquierda, al señalar que "debe aceptar su responsabilidad en los males del siglo que acaba de terminar: mientras no reconozca su antigua tendencia a preferir el poder a la libertad, a ver algo bueno en todo lo que hacía una autoridad progresista por el mero hecho de autodefinirse así".
[18] Fernando Savater, "Dos cabalgan juntos", El País, sábado 23 enero de 2010.
[19] Roberto Toscano, "Radicalismo y Derechos Humanos", Claves de la Razón Práctica, nº 10, Marzo de 1991, pp. 31-32.
[20] Franz Hinkelammert, "La fe de Abraham, el Edipo occidental", San José, 1989, p. 11.
[21] Sobre la actualidad de Camus véanse al respecto el artículo de Jean Daniel, "Necesidad de Camus", El País 22 de febrero de 1990 y el de Juan Luis Panero, La sonrisa de Sísifo, Babelia, 30 de octubre de 1993, donde afirma que  muchas de sus páginas nos parecen "más actuales que los periódicos de esta mañana".
[22] El País, sábado 23 enero de 2010.
[23] Mario Vargas Llosa, "Camus y Orwell, en Chechenia", El País, domingo 29 de enero de 1995. Véanse sobre este aspecto de su pensamiento ético-político: Antoni Blanch, "Nostalgia de una justicia mayor. Dos testimonios: Bertold Brecht y Albert Camus", CJ, nº 132, Barcelona, marzo, 2005 y Georges Hourdin, "Camus, le juste", Cerf, París, 1960.


Albert Camus o la conciencia ética de Europa, Ancile, Tomás Moreno

sábado, 25 de mayo de 2013

INTERACCIONES ENTRE LA LITERATURA (LA POESÍA) Y EL CINE, UNA BREVE APROXIMACIÓN

Ofrecemos la segunda y última entrada en relación al corto Abaddona y las reflexiones y propuestas inspiradas por el grupo 3 & acción, en la presentación del mismo en la sede de ESCO (Escuela Superior de Comunicación). Incluimos este post en la sección de cine y poesía del blog Ancile, añadiendo el enlace a otro trabajo que vendrá muy apropósito para los interesados. El espejo o el daimon de Arseni y Andrei Tarkovski. Ofrecemos al final, como nota adjunta al texto el poema que porta el DVD editado por Jizo ediciones. También, al final, el enlace del trailer de Abaddona.


Interacciones entre la literatura (la poesía) y el cine, una breve aproximación, Ancile






INTERACCIONES ENTRE LA LITERATURA Y EL CINE





Interacciones entre la literatura (la poesía) y el cine, una breve aproximación, Ancile



CUANDO seres, ideas, personajes, lugares, luces, paisajes, sonidos, sombras, expresan profunda, deleitosa y elocuentemente, acaso sea porque nos muestran, nos ofrecen el contacto inaudito con aquel estímulo, empuje enigmático y altamente sugestivo que suele identificarse como impulso creativo y que, al fin, acaba materializándose en aquello que denominamos objeto de arte. Mas, yo os digo, que no sólo será en este dominio convencional y genérico que denominamos arte desde dónde será susceptible detectarse y hacerse vívido alimento con el que nutrir los espíritus sensibles y exigentes de tan elevada e intensa energía vivificante y vivificadora. También será vigor netamente aprehensible en el ámbito de la ciencia, de la meditación atenta o de la observación vigilante de lo que dentro y en derredor nuestro interconecta en su manifestación rebosante de creatividad. Pero todo esto sería asunto para otro fascinante y seguramente muy prolijo relato, no obstante, ahora mismo, podría inferirse también una suerte de plática, de exposición, de dialogismo mediante el que explicar otro aspecto no menos lleno de interés, estoy hablando del grupo 3&acción[1] y de su corto Abaddona, el cual tomaré como motivo para una exposición breve y muy urgente que afectará nada menos que a las Interacciones entre la literatura (la poesía) y el cine.
                Las concomitancias (relaciones y también diferencias) entre los fenómenos literario y cinematográfico habrían de incidir necesariamente en ámbitos como los que afectan tanto a la teoría del lenguaje literario como a los estudios de expresión visual, pero también a la teoría de géneros, a los estudios semióticos y las indagaciones retóricas…, pero si estas aproximaciones las llevamos al ámbito del vasto y complejo dominio de la poesía, bien pudiera presentarse una singular disyuntiva que, como veremos, aunque fascinante, no es en modo alguno nueva.
Interacciones entre la literatura (la poesía) y el cine, una breve aproximación, Ancile                Cuando Lorca, Buñuel y Dalí hicieron acopio de imaginación, ingenio (y técnica, cada cual en su disciplina artística) para ofrecer un mismo producto, no obstante, llevado a término con lenguajes diferentes (véase un Perro andaluz o La edad de oro), veremos converger no sólo artes diferentes en pos de un proyecto artístico común (cinematográfico, en este caso), sino lo que es más importante, la disolución de fronteras entre disciplinas creativas muy diferentes, en una singularísima integración sinestésica[2] dónde la[3]imagen se escucha, el sonido se hace visible composición de ambientes y personajes, los aromas confluyen en gustosos sabores que podrían palparse para gozo del espectador avisado. Se colige de todo esto un síntoma, o, mejor, un indicio clarificador del tiempo que nos ha tocado en suerte vivir, en tanto que es esta la época en la que se precisa una mayor exigencia intelecto-emocional para apreciar o sugerir las fronteras, las cesuras del saber, del arte, de las ciencias mismas, las cuales se suceden de manera cada vez más borrosa: las matemáticas y la física dan buena cuenta de esto que hablamos, ellas son (junto a la poesía, entendida esta como impulso creativo y, a la vez, como herramienta crucial y potente de referencias analógicas que afectan sin duda a la mismas ciencias ) las encargadas de revelar insistentemente que mucho de todo lo que dábamos por sentado, en modo alguno es inamovible.
                Así, por ejemplo, el proverbial vínculo establecido entre la novela y el cine nos trae a colación el necesario reconocimiento de la relación entre ambas, especialmente cuando se lleva al cine una novela determinada (sin contar con todos aquellos elementos y recursos narrativos de los que se apropia el cine en muchos momentos), pero también las diferencias (cine versus literatura), que muy bien nutrir una interesante teoría de la expresión cinematográfica (y también narrativa), en tanto que uno, el cine, es concebido como industria del espectáculo, entretenimiento, frente a la literatura como arte, cuestión esta, claro está, no poco controvertida y controvertible.
                Si bien el guión se cataloga genéricamente (dentro digo, de la misma teoría de los géneros literarios) como literatura, debemos decir que el cine es mucho más que un texto descriptivo narrativo basado en un relato literario. No obstante de las analogías más o menos afortunadas establecidas entre determinados géneros literarios (el teatro, por ejemplo) y el cine (como forma fotográfica del arte dramático), será, a mi juicio, con la poesía, con el tratamiento adecuado, desde dónde se observen las más singulares y profundas evanescencias fronterizas entre uno y otro arte, aunque pueda parecer extraño en [4]. Podemos traer a colación muchos ejemplos paradigmáticos, pero pongamos por caso sólo dos para ilustrar lo que hablamos: el film de Michael Radfor El cartero y Pablo Neruda (e incluso en la ópera con el título de Il postino) el caso de Andrei Tarkovski en su película El espejo: en ambos casos la poesía es cosa omnipresente (los versos de Neruda, en el primer caso, resuenan a lo largo del film), y los del padre de Andrei, Arseni Tarkovski, en el segundo, donde sucede lo propio. Los efectos sinéstesicos advertidos en ambos films dan buena cuenta de lo que queremos exponer, porque tanto los poemas como las imágenes están perpetuamente impregnadas por uno y otro arte.
Interacciones entre la literatura (la poesía) y el cine, una breve aproximación, Ancile
                Es cierto que los códigos cinematográfico y literario en estos casos exigen de una interpretación mucho más sutil que la de resolver divergencias en función de su más inmediato análisis semiótico, por ejemplo, en relación a las imágenes, o, a las abstracciones lingüísticas que portan como signo identificativo de uno y otro arte. Así mismo puede detectarse cosa semejante de manera bastante clara en el medio y disciplina de la retórica y de los recursos literarios (metáforas, paralelismos, hipérboles…), extrapolables obviamente al cine, todo lo cual daría de por sí para una disertación no menos interesante, prolija y compleja.
               He, pues, aquí que, el diálogo entre la imagen y la palabra no se nos manifiesta, como decía,  de forma nada novedosa, al menos en principio. La Ut pictura poiesis horaciana es solo un antiguo referente que podría aplicarse al cine, e incluso la écfrasis como fenómeno retórico extraíble no sólo del dominio de la descripción pictórica, también de la cinematográfica; todo lo cual hace inevitablemente referencia hoy, como nunca, a la evidente necesidad de una hermenéutica mucho más sutil y avisada, sobre todo en relación e interacciones con el arte, técnica y ciencia cinematográfica en relación con la literatura y, sobre todo, con la poesía, entre otras razones porque esta última, cuando se lo propone activa o pasivamente, consciente o inconscientemente el responsable cinematográfico (director, productor, montador fotográfico…) puede ofrecerse en singular y maravilloso parentesco. Esto sucede también con el dominio (interpretativo) de las ciencias (se me viene a la memoria el Ridley Scott de Blade Runner) en tanto que las nuevas tecnologías y sus aplicaciones científicas, correctamente apreciadas y aprovechadas, en acorde conjunción con las imágenes –cinematográficas y poéticas de algunos de sus diálogos- darán lugar a sublimes productos artísticos donde, por ejemplo, la imagen y la poesía (sus lágrimas en la lluvia) se disuelven para beber de la fuente común de la belleza y de la más profunda y verdadera inspiración creativa, como es el caso del que esta noche nos ocupa: el ángel Abaddona. A pesar de la humilde puesta en escena, la evidente escasez de medios en su producción, se dará cuenta en no pocos momentos de aquella función disolutiva de la imagen en pos de la consecución de un lenguaje que persigue y consigue momentos de vívida belleza y, a pesar del dramatismo –trágico-  que desde el inicio larva el film, no obstante, hace posible emparentar no solo artes diversas (la fotografía, la poesía, la música…), también la turbación –inconsciente- en el alma de los pobladores de nuestro tiempo (al igual de los de épocas inmemoriales) en nuestro planeta, con las inquietudes y afanes (conscientes o inconscientes, decía, más actuales).[5] Una vez asumida la inspiración de Abaddona en los versos de las Crónica de Henoc[6] que aparecen en el cuadernillo interior del DVD, podremos entender que el setting (imaginado de los versos), la imagen narrada en cada fotograma, se deslizan en un fin común cuando se transforman en la realidad única del artefacto artístico, y esta no es otra que el aliento y pasión de la natural aspiración del hombre a la consecución y entendimiento de uno delos más excelsos anhelos cual es el de la consecución, vivencia e interpretación de la belleza.
                                                                                                                        

Francisco Acuyo



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[1] formado por Óscar Framil, Jorge Acuyo, Azahara Vigueras, Fermín Rodríguez y Cristina López, en relación a uno de sus trabajos más atractivos y sugerentes: el corto Abaddona
[2] Sinestesia: Diccionario de la RAE: (De sin- y el gr. αἴσθησις, sensación).
1. f. Biol. Sensación secundaria o asociada que se produce en una parte del cuerpo a consecuencia de un estímulo aplicado en otra parte de él.
2. f. Psicol. Imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente.
3. f. Ret. Tropo que consiste en unir dos imágenes o sensaciones procedentes de diferentes dominios sensoriales. Soledad sonora. Verde chillón.
[3] La física de la relatividad, del caos y de lo infinitamente pequeño (cuántica) ponen en tela de juicio conceptos tenidos por absolutos como el tiempo y el mismo espacio, así como la idea del azar como muestra de aleatoriedad impredecible en la naturaleza, la cual, sin embargo, está sujeta unas leyes (del caos) que se rigen por códigos estocásticos y probabilísticos.
[4] Qué hace si no, el poeta: cristalizar en imágenes (poéticas) emociones, sentimientos, reflexiones, indagaciones, intuiciones de profundo o alto conocimiento… Así la imagen del film sabiamente gobernada puede traducirse en una analogía poética del todo interesante.
[5] Tras visionar el corto Abaddona (ópera prima de excepcional sugestividad y belleza de este nuevo grupo de entusiastas creadores y amantes de la mejor cinematografía)  no pude evitar traer a mi conciencia inmediata la reminiscencia de las lecturas del libro de Enoch (Henoch), aunque este ángel sea producto de la moderna leyenda urbana, no dejará de ser deudor de tradiciones mucho más antiguas, acaso remotas. Las versiones extraídas del amhárico (etíope, aunque se sospecha que sea de origen hebreo, cuya trascripción original se ha perdido y la conocemos en virtud de las versiones etíope, griega o latina)  y traducidas en primera instancia por el arzobispo Lawrence (sobre el año 1821) han sido sucesivas y con mayor o menor éxito traídas hasta nuestros días, y nos ponen en contacto mediante un despliegue simbólico sin precedentes, sin obviar el carácter profético que vierte a través de su singular teogonía, con un mundo del todo fascinante. Las siete razas a las que se aluden y describen (las cinco primeras, quedando resueltamente secretas las dos últimas) ya nos hablan de su vinculación con los Misterios de la Iniciación, y todo adornado con personajes fascinantes y enigmáticos (angélicos y arcangélicos), que ya nos pone en antecedentes con el carácter secreto y o apócrifo del mismo (etimológicamente derivado de crypto –esconder-) y del que se deduce el origen terrenal pero también célico o estrellado del hombre. De las siete partes del Libro, este poema se centra o encuentra lugar en la segunda que relata la asunción de Enoch y la caída de los ángeles (capítulos VI a XXXVI), mas encuentra el empuje o inspiración definitivos en la visión del corto anteriormente aludido y que tuvo a bien traerme a la memoria aquellos párrafos del Libro profético, cosmológico y escatológico a un tiempo. No deja de causarme especial impresión la notable influencia que tuvo en los primeros cristianos (lo mencionan Tertuliano, Prisciliano y el mismo San Pablo que llega a considerarlo un libro profético), y sobre todo en el siglo XV que los kabbalistas cristianos vuelven a su lectura y referencia; también Pico de la Mirandola, Guillermo Postel entre otros acaban citándolo, siendo su influencia también en las filas gnóstica y hermético alquimistas.
Así las cosas, y bajo este deslumbrante y seductor influjo tuvo lugar este poema que ofrezco para la consideración del interesado no sólo en la poesía, también en el universo misterioso de los libros antiguos que siguen, consciente o inconscientemente manteniendo su extraordinario fuerza, inducción y ascendencia para gozo y de las generaciones presentas y futuras.

[6] Poema:



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 CRÓNICAS DE ENOCH
FRAGMENTO



Al grupo Tres y acción,
Por su ángel Abbadona



Demonio, hermano mío, mi semejante

Luis Cernuda


   I

   ENOCH, mi hermano, la bella
relación dejó sellada:
del gran luminar benévola

razón nos cuenta que hablara
el relato en confidencia
de la belicosa máquina

celeste que al hombre muestra
en sus páginas lacrada,



   pues hierofante y albacea
sobre estos textos consagra
la iniciática estrategia,

si inscrita puebla sus páginas
la estirpe toda arcangélica
que signarlo quiere heresiarca,

e impresa dejó la estela
que sigue en líneas varias:


“Alas extiende y cadenas
las que en campo de batalla
arcangélica hueste extrema,

ora oscura, ora diáfana
cohorte de figuras trémula
que, desde la noche avanza,

si sombra no, centinela
de una luz siempre sonámbula.


   Cada arcángel, por la niebla,
dejar apenas en cada
rostro pudo, si sospecha,

como tenebrosa máscara,
la impávida muerte expresa.
En el cíngulo la espada

tinta todavía muestra
cruel de sangre vigilancia.


   De Dios desertor, apenas
caído el ángel, la escuadra
al fin alevosa deja

y, en pos de la luz más clara
del redil divino, espera
piadosa, por la arrogancia,

redención a su anatema.
Soledad sin esperanza.


   A la súplica respuesta:
soledad sin esperanza,
y en ella al fin la azucena

del silencio se derrama,
pues por el mundo frontera
a tanto olvido no hallara,

ni a su sueño centinela,
ni a su sombra luminaria.”


                   II



   Por los pétalos etérea
de la aurora, casi nácar,
hasta su semblante ingenua

el rocío se derrama;
mas ella, un tanto en la senda
de la soledad, violácea

anduvo flor que siquiera
sospechó que fueran lágrimas.


   En lo oscuro una presencia,
al pronto, surge lejana:
quieta cada gesto observa

que la niña no notara;
entre las sombras aérea
a rozar desliza el ala

por tocar su piel apenas
con su mano descarnada.


   Susurra al oído con tierna
voz una luz subterránea,
y en el silencio la niebla

dorado se escucha que habla
persuadido centinela
que abandona vigilancia

y, al ensueño una ausencia
entrega infinito su alma.


   Del silencio la azucena
por los labios de una fábula
musical incandescencia

por sus pétalos sonaba.
rosas entonces despliega
el ángel de la mañana

que hasta la mejilla llega
con el beso de sus alas.






                               Francisco Acuyo




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