martes, 30 de octubre de 2012

DEBATE SOBRE EL BUDISMO (II Sesión), POR TOMÁS MORENO


Segunda entrada en la sección de microensayos del blog Ancile sobre el Budismo, por parte de nuestro amigo y colaborador habitual el profesor y catedrático Tomás Moreno. Entradas del todo imprescindibles para la comprensión de esta corriente de pensamiento (filosofía y ¿religión?) que tanta influencia tiene en oriente y cuya huella en la realidad social, intelectual e incluso artística en los últimos cincuenta o sesenta años en occidente no puede ser discutida.


Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 2


DEBATE SOBRE EL BUDISMO (II Sesión)


Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 2


GURÚ.- Debemos seguir, queridos amigos, el debate en el punto que lo dejamos en la sesión anterior. El segundo rasgo característico del budismo es que, a diferencia del hinduismo -mucho más especulativo, abstracto y metafísico- rechaza la razón abstracta,  conceptual, el logos discursivo, para proponer, en su lugar, la intuición místico-poética y otras vías de conocimiento o iluminación que Vds. denominarían antiintelectuales. Y es que según Buda: No hay nada que comprender. El viejo Nagarjuna también suscribirá el mismo rechazo de lo conceptual: Si obras con tu mente sobre tu mente ¿cómo podrás evitar una inmensa confusión?
            La Mente especulativa-conceptual no sirve para conocer el mundo, ni para conocernos a nosotros mismos: El filo de la espada no se corta ni la yema de los dedos se palpa a sí misma, afirma un apotegma o koan budista. No nos conduce a la sabiduría (Prajna), porque de lo que se trata en el budismo no es de  “explicar” o “comprender” nada, sino de “liberarse” del sufrimiento, huir del incendio que es la existencia humana, o, al menos, tratar de evitarlo, haciendo cesar “la sed de existir” porque el combustible que lo alimenta (deseos, sensaciones, sentimientos) se renueva constantemente y las llamas son siempre otras nuevas, aunque percibamos que aparentemente el mismo “fuego” permanece. Para el budismo, en efecto, toda “especulación” o reflexión racional es superflua y prescindible.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 2
            Permítanme un ejemplo práctico: se cuenta que el monje Pochang necesitaba un prior para un monasterio que iba a fundar. Para elegirlo congregó a sus discípulos y, mostrándoles un cántaro de agua les ordenó: -Decidme lo que es esto, sin llamarlo cántaro. -No se le puede llamar un leño, contestó un discípulo aventajado. Otro, que ejercía de cocinero, pegó una patada al cántaro y lo volcó por el suelo. Pochang le hizo prior de la nueva fundación: el lego cocinero había “apuntado” a la realidad, sin empobrecerla con conceptos.
            Cuestiones filosóficas, porqués o interrogantes tales como si el mundo es finito o no, si el ser es esto o lo otro etc., son inútiles e irrelevantes. El metafísico que especula sobre la existencia es como aquel hombre que, sorprendido por un incendio en una casa en llamas, se detuviera a pensar sobre las “causas del incendio”, sobre cuáles son los materiales más o menos ignífugos de la casa, o sobre la esencia misma del fuego… Y de lo que se trata, por el contrario, es de tratar de escapar de él cuanto antes. El budismo no es una teoría sino una praxis, una experiencia.
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Jean François Revel
            Les ruego atiendan a esta otra enseñanza, que nos brinda precisamente un filósofo occidental gran conocedor de nuestra cultura  (el francés Jean François Revel), en la que se constata que lo esencial en el budismo no es tanto solucionar o explicar intelectualmente el problema metafísico del sufrimiento o del mal, como el de ponerle remedio: “Un día Buda cogió un puñado de hojas con sus manos y preguntó a sus discípulos: ¿Hay más hojas en mis manos o en el bosque? Los discípulos le respondieron que, sin duda, había más hojas en el bosque. Buda continuó diciendo: Así también yo he comprendido más cosas de las que he mostrado, pues hay un sinnúmero de conocimientos que son inútiles para poner fin al sufrimiento y acceder al despertar[1].
FILÓSOFO.- Sorprendentemente, como estamos comprobando, el caso del budismo es único y paradigmático: nos encontramos con una doctrina de la “no-mente”, del suicidio de la mente especulativa, para dar paso a una especie de supraconciencia, a través de determinadas técnicas mentales y psicosomáticas de respiración, alerta, atención, concentración, recitación de mantras etc., cuyo objetivo es la de dejar -en expresión vulgar- “la mente en blanco” y acceder así a niveles o estados superiores de conciencia o “experiencias cumbre”. Esto es: su objetivo sería lograr un estado de conciencia clara, lúcida, libre, despierta, no enturbiada por estímulos sensoriales ni por la corriente de conciencia de los pensamientos discursivos, ocurrencias, asociaciones de ideas o deseos, recuerdos, expectativas, y tratar de silenciarlos desconectándonos de ellos. Es decir: desvinculándonos de ese flujo caótico e incesante y “no pensar en nada”. Algo verdaderamente difícil, pues detener ese flujo vertiginoso e implacable requiere algo así como un inmenso “esfuerzo sin esfuerzo”, solo accesible a aquellos que, tras años de práctica y autocontrol, dominan las técnicas yógicas o de la meditación trascendental.
Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 2
Ludwig Wittgestein
            En consecuencia, en lugar del discurso lógico racional, desde el budismo -y con más radicalidad aún desde el budismo zen[2]- se propondrá como vías de conocimiento alternativas: a) la lógica dialéctica, de la contradicción y de la paradoja, opuesta a la lógica binaria o de la identidad aristotélica; b) el silencio místico (que nos recomendara Wittgenstein en su Tractatus (7): “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”); c) el discurso apofático, característico de la teologías negativas; d) el koan o paradoja “zen”: una especie de acertijo o aporía desconcertante que nos sume en la total confusión, dada la aparente incoherencia de lo que se nos propone o pregunta, así como el “mondo”, técnica zen para alcanzar la “iluminación instantánea” o satori, mediante un diálogo absurdo (non sense).
            Veamos, si no, algunos ejemplos: -Maestro ¿Dónde mora la Mente?, -La Mente mora donde no hay ninguna morada, se responde en uno de ellos. Reparemos en estos otros: Mientras cabalgáis sobre un asno, andad de pie; ¿Cuáles son los rasgos de tu rostro antes de que nacieras?; Hablad sin usar  vuestra lengua. O, en fin, en este último: ¿Cuál es el sonido del batir palmas de una sola mano?
            En todos los casos se trata de preguntas desconcertantes, aporéticas, paradójicas que nos sumen en la perplejidad y  que exigen una no-respuesta que muestre la insensatez de la pregunta misma. La pregunta que hace el maestro, en los koans o en los mondos, es tan absurda para el discípulo, como la respuesta del discípulo lo es para el maestro.
            Salvador Pániker señala a este respecto que al igual que ocurre con el lenguaje de la mística -en el que “mística y paradoja van siempre unidas”-, también sucede esto mismo con el budismo zen y con muchas de las más actuales teorías científicas, y ello es así porque en todos estos casos se desconfía del lenguaje, se rechaza la pretensión parmenídea y logocéntrica occidental de identificar las palabras y los conceptos con la realidad misma: “Mecánica cuántica, teorema de Gödel, termodinámica de los procesos irreversibles, geometría fractal: el elemento común en estas teorías tan diversas es el uso que hacen de la paradoja para invalidar conceptos globales totalitarios” y salvar la trampa del lenguaje[3].
           
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Salvador Pániker
            Todos estos recursos y procedimientos epistémicos tratan, en realidad, de “enfatizar” o poner de manifiesto los límites de nuestro lenguaje conceptual simbólico, la insuficiencia e inconsistencia de nuestra razón y de nuestra comunicación verbal cuando tratamos de definir o aprehender lo real[4]. Ocurre con ellos, lo mismo que ocurre en las producciones psicóticas o en las representaciones oníricas, cuyo nivel o contenido manifiesto, aparentemente incoherente y sinsentido, oculta en realidad un contenido latente, más profundo y significativo e interpretable en términos racionales.
            Reflejarían, por tanto, una postura epistemológica escéptica respecto a las posibilidades de la lógica y del lenguaje simbólico racional: la lógica, las palabras y los conceptos no sirven, no nos llevan a la iluminación (llámese a ésta: nirvana, satori, samadhi, moksha, kensho, o bodhi).
GURÚ.- Mi postura, Sr. Filósofo, no difiere de la explicación que acaba de exponer salvo por la terminología por Vd. empleada. Pero para entenderla es preciso contextualizarla adecuadamente. No olvidemos que el Dharma (Doctrina, Ley, Mensaje) que Buda predica es esencialmente práctico-terapeútico, una especie de “farmakon”, o remedio medicinal, para sanar la enfermedad que afecta a la condición humana en cuanto tal. Su punto de partida no es pues una especulación teórica intelectual sino una propuesta práctica, moral: la doctrina de las “Cuatro Nobles Verdades” (catvari arya-satyañi), expuestas en el famoso Sermón de Benarés (Sam. Nik. 56. 11), verdadero epítome de toda su enseñanza y que viene a decir así: “El nacimiento es sufrimiento, la muerte es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, estar unido a lo que no se ama es sufrimiento, estar separado de lo que se ama es sufrimiento. Es la permanente exigencia del deseo, unida al apego inmoderado a la existencia la causa de todos nuestros sufrimientos”.
            Estas cuatro nobles verdades son:
            1ª) La noble verdad de la existencia del Sufrimiento (Dukkha), derivado del sometimiento de todas las cosas al cambio y a la transitoriedad y producido por la ignorancia (Avidyâ) respecto de esa verdad. (Es la constatación de la enfermedad que aqueja a la humanidad).
            2ª) La noble verdad del origen y causa del Sufrimiento: que se origina por el apego al Yo y la afirmación del deseo, por la sed de existir y de no existir (autoaniquilación, suicidio) y, en fin, por el ansia de gozar de los placeres, que acumulan karma, y con ello la necesidad de seguir transmigrando de existencia en existencia. Esta sed nace de la ignorancia que nos hace creer que existe un Yo o Sí mismo… (Es el diagnóstico de la enfermedad)
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Sutra del diamante
            3ª) La noble verdad que indica en qué consiste la curación o el cese del Sufrimiento: que afirma que la curación sólo se alcanza con el logro del Nirvana (“Nibbana” en sánscrito es el “estado de apagarse de la llama”, una especie de autoextinción de la propia individualidad, un despojarse de todo deseo de existir, que apacigua esa sed de existir).
            Se trata, pues, de un concepto difícil de entender, inconcebible racionalmente, inefable (“de ello nada podemos decir”). No es la nada, sino un “estado de vacío perfecto, de un vacío de esfuerzo y deseo”. Su obtención nos libera de esa sed, del apego al yo y, en consecuencia, del Samsara. (Es el camino que indica en qué consiste la curación definitiva y cuando se logrará).
            4ª) La noble verdad que nos indica los medios de liberación que conducen a la cesación del Sufrimiento. Se nos señala con ella los medios que hemos de utilizar para alcanzar ese Nirvana, el remedio terapéutico prescrito por Buda. Con otras palabras es el tratamiento de la enfermedad propiamente dicho, siempre bajo la supervisión de un gurú (guía, o “madre”). Se trata de un duro y disciplinado proceso ascético que se concreta en la práctica del Octuple Sendero: Recta Visión, Recta Representación conceptual , Recta PalabraRecta Conducta, Recto Género de vida (o de Medios de existencia), Recta Aplicación o Esfuerzo, Recta Atención y Recta Meditación[5].
            Si la “iluminación” o el “despertar” (moksha), consistía en el hinduismo en liberarse del Samsara, de la rueda de las reencarnaciones, identificándose con Brahma, el centro del ser, en el budismo el “despertar” o “iluminación”[6] (nirvana o satori en el zen) consistirá en desvincularse de todo, de toda atadura, incluso del propio ser. No intentar llevar el ser a un fin, sino llevar el deseo a un fin. Crear bolsas de inmunidad, “claros en el bosque en llamas” que es la existencia humana, abandonarse a la nada. Solo así alcanzaremos el conocimiento verdadero (Prajna): el reconocimiento de que la individualidad es un engaño y el de la naturaleza samsárica, impermanente de todas las cosas.
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Representación de Bodhidarma
            Para ilustrar este proceso de desvinculación y desprendimiento acudamos a este breve diálogo o mondo, que dice así: -Cuál es el mejor método de liberación, preguntó el joven Tao-sin a Seng-tsan, el patriarca trigésimo. -¿Quién te ata a ti?, preguntó el maestro. -No me ata nadie, respondió el discípulo. -Entonces, ¿por qué buscas la liberación?     
            Poned, finalmente, atención a este otro diálogo, que creo resume lo que hasta aquí hemos querido decir: Bodidarma, patriarca decimoactavo del zen, se retiró a un monasterio en Wei, y allí permaneció más de nueve años mirando fijamente a un muro. Huiko, su sucesor en el patriarcado zen, le rogaba con insistencia que le instruyese en la sabiduría, pero Bodidarma guardaba silencio y seguía contemplando el muro.
            Cansado de esperar, Huiko, como último recurso para conseguir lo que quería, se cortó el brazo izquierdo y se lo entregó al maestro, el cual, por fin, se dignó preguntarle qué deseaba. -No tengo paz en la mente -dijo Huiko-. Te suplico que me pacifiques la mente, e insistió: Nunca puedo encontrar mi mente cuando la busco. -Ahí lo tienes: ya has pacificado tu mente, replicó Bodidarma.
            Como acabamos de ver, mis estimados contertulios, las nociones de Dukkha, Avidyâ, Samsara, Karma, Anatman, Sunyata, Prajna y Nirvana resumirían, pues, toda nuestra inmemorial doctrina. (Continuará).


                                                                                                                           Tomás Moreno





[1] Cit. en Jean Francois Revel, El monje y el filósofo, Urano, Barcelona, 1998,  p. 200.
[2] Sobre el budismo zen véanse: D.T, Suzuki y Erich Fromm, Budismo zen y psicoanálisis, Fondo de Cultura Económica, México, 1974; Alan W. Watts, El camino del zen, EDHASA, Barcelona, 1971; Janwillem van de Wetering, Reflejos en la nada. Experiencias en una comunidad Zen de Estados Unidos; Mariano Antolin y Alfredo Embid, Introducción al Budismo Zen, Barral, Barcelona, 1972; Xavier Moreno Lara, Zen, la conquista de la realidad, Barral, Barcelona, 1978.
[3] Cuaderno Amarillo, Areté, Barcelona, 2000 p. 229. “Esta confusión” –explica Pániker- “genera un sinfín de (aporías) conflictos emocionales y la liberación se obtiene con un salto intuitivo, más allá del pensamiento, que puede ir –o no ir- precedido de largos periodos de meditación… Para superar las paradojas (al ser sujeto y objeto de su propia búsqueda) el zen –al menos el de de la escuela Rinzai- echa mano del desafío “intelectual” del koan, igual que los matemáticos se enfrentan con las limitaciones de los métodos axiomáticos. Tal es el sentido de las famosas frases del Tractatus de Wittgenstein (“la solución al problema de la vida se vislumbra cuando este problema se desvanece”) [...]. La prueba de Gödel tiene consecuencias que van mucho más allá del campo de la lógica matemática. Demuestra, de hecho, que cualquier sistema formal simbólico es necesariamente incompleto. Que es exactamente lo que enseña -sin enseñarlo- el zen.” (Ibíd.., pp. 48/49).
[4] Una leyenda india nos ilustra al respecto: Una tribu de monos mientras iban correteando por un bosque, dieron con un estanque. Uno de ellos, sediento, se agachó para beber de sus aguas y, al hacerlo, vio la luna reflejada en el agua. Alarmado, llamó a sus congéneres: ‘¡Venid, la luna ha caído al agua, salvémosla!’ Luego se agarró de la rama de un árbol que colgaba por encima del estanque, cogió la cola de otro mono, éste a su vez la del siguiente, y así sucesivamente, pretendiendo de esta manera sacar la luna del agua. Cuando se colgó el último mono, la rama se tronchó, y todos cayeron al agua y se ahogaron. ¡Qué difícil coger la luna del agua! Igual de difícil es captar la realidad con conceptos.  
[5] Preceptos que tienen que ver con la sabiduría, con la ética y con la meditación respectivamente.
[6] En el texto clásico del Canon Pali (IV) Vimanavatthu y Petavatthu (1. 1. 7) (en The Minor Anthologies of the Pali Canon, IV, Londres, Pali Text Society, 1974) se describe así el despertar o la iluminación del Buda: “Lo conocí tal como es realmente: esto es el dukkha, éste es el surgimiento del dukkha, éste es el cese del dukkha, este es el camino que conduce al cese del dukkha. Lo conocí tal como realmente es… Quedó disipada la ignorancia, el conocimiento surgió, quedó diluida la oscuridad, se hizo la luz, incluso aunque yo estaba celoso, ardiente, lleno de un ser que se ha esforzado”.






Debate sobre el budismo, Ancile, Tomás Moreno 2

jueves, 25 de octubre de 2012

ALAN TURING, EN LOS LÍMITES DE LA COMPUTABILIDAD, O LA CRIPTOGRAFÍA QUE DERROTÓ AL NAZISMO




Hace un siglo justamente del nacimiento del  eximio matemático Alan Turing. En este 2012  hubiese cumplido cien años. Alrededor de esta fecha se celebran conferencias, cursos y exposiciones de la más variada índole para mejor gloria y homenaje del incomparable personaje, indiscutible padre de la informática y de los ordenadores, así como de la más compleja encriptación y desciframiento de códigos conocidos hasta la fecha, traducidos en aquella afamada ocasión en la que puso en funcionamiento para la fabricación descifradora de códigos nazis denominada Bomba, por la que llegaría a recibir las felicitaciones del propio Wiston Churchil. Poco se dice, sin embargo, de su vida desgraciada que le llevó al suicidio a la temprana edad de 41 años, abrumado y abatido por la condena social y tratamiento injusto que tuvo que soportar debido a su homosexualidad.
                Dejamos aquí una breve semblanza de su genio como homenaje e incentivo para quienes quieran indagar en el fascinante mundo creado por la extraordinaria y mirífica mente de Alan Turing.


Alan Turing, en los límites de la computabilidad, o la criptografía que derrotó al nazismo, Francisco Acuyo




ALAN TURING, EN LOS LÍMITES
 DE LA COMPUTABILIDAD,
O LA CRIPTOGRAFÍA QUE DERROTÓ AL NAZISMO



Con la introducción de los conceptos de algoritmo y computación, se habría una nueva era que habría de revolucionar el mundo de la información hasta extremos aún hoy no del todo resueltamente valorados.  De todo ello sólo podemos hacer una exigua pero creo muy elocuente referencia, y esta estaría basada en el hecho de cómo ha cambiado el mundo gracias al papel que juegan los ordenadores y computadoras en el ámbito de la investigación científica e incluso de la vida social y cultural en la actualidad que, por cierto, marcha con una celeridad pasmosa en pos de nuevos hallazgos y revoluciones tecnológicas gracias a aquellos esfuerzos los cuales acaso todavía no podemos imaginar adónde nos llevarán.
De su proverbial excentricidad, alguno le llevó a compararlo con Óscar Wilde, cabe deducirse una personalidad singular no exenta de rasgos de genialidad que a la larga configuraron una imagen de su figura tan enigmática como atractiva.
La célebre Máquina de Turing[1] fue uno de sus logros más decisivos en el ámbito de las ciencias de la computación, pero quizá, no sea tan conocida la realidad matemática en la que se fundamenta ésta como las consecuencias tecnológicas extraordinarias, ya apuntadas, que supuso en el ámbito de lo que hoy reconocemos  simplemente como mundo de la informática.
Alan Turing, en los límites de la computabilidad, o la criptografía que derrotó al nazismo, Francisco Acuyo
De forma muy general anotaremos lo siguiente, y que tuvo que ver con la manifiesta imposibilidad de llevar a término una formalización total del razonamiento matemático en su momento por la gigantesca figura del matemático David Hilbert,  y si bien supuso un fracaso el intento de legalizar, precisar y conformar formalmente el dominio de la matemática, habría, paradójicamente, en virtud de las deducciones extraídas de las inferencias de Alan Turing (y otros), de resultar uno de los pilares básicos para la programación y el cálculo que es propio de la computación y, por ende, de la informática tal y como la conocemos hoy. Estoy habría de ser posible en virtud de las aportaciones que hubo de hacer, como señalábamos,  Alan Turing en el ámbito de la deducción  matemática (junto a Beltrand Russell y Kurt Gödel), pues, puso (pusieron) sobre la mesa la cuestión de la aleatoriedad a la que no puede escapar la matemática, resultando insuficiente el razonamiento lógico para completar de una forma cerrada y total el conjunto de aquella disciplina esencial para la ciencia.
Desde la paradoja de Epiménides (del mentiroso), adoptada por Russel con extraordinaria lucidez,[2] se intentó un método axiomático mediante el que colegir postulados básicos y leyes por las que deducir y derivar toda suerte de teoremas. Pero el intento de creación de un dominio de arbitraje totalmente preciso en el terreno de las matemáticas no fue posible. Gödel sería uno de los responsables primordiales de esta revolución, quien mediante su teorema de la incompletitud[3] asestó el golpe final a cualquier intento de formalismo totalizador de la matemática.
Alan Turing, en los límites de la computabilidad, o la criptografía que derrotó al nazismo, Francisco Acuyo
Diseño de Máquina de Turing
La Máquina de Turing (como singular procedimiento mecánico de computación, en aquellos entonces rudimentario pero suficiente para sus propósitos expositivos), pretendía  mostrar que sería capaz de llevar a término cualquier cálculo – incluso el que fuere llevado a cabo por un ser humano, asunto que, de hecho, en forma parcial se ha debatido ya desde ópticas diferentes en alguna entrada de nuestro blog-.[4] No obstante, la resolución de dichos cálculos presenta el problema  esencial del tiempo (también conocido como el problema del detenimiento), asunto del que se deduce que si no podemos determinar la duración de un cálculo en un programa, y por tanto si se va a detener o no en la búsqueda de su solución, tampoco habrá manera de averiguarlo mediante razonamiento alguno. Como vemos llega a conclusiones análogas a la paradoja de Epiménides, Russel o Gödel.
Más adelante, las reflexiones de A. N. Kolmogórov y Gregory J. Chaitin, introducirían la idea de la aleatoriedad matemática conocida como teoría algorítmica de la información, y que, de manera genérica diremos que aporta la idea de la aleatoriedad en la matemática pura puesta en parentesco teórico argumental con la teoría cuántica de la física, la cual muestra el carácter impredecible de los fenómenos que estudia a la escala del mundo subatómico. Esta teoría se centraba más en la complejidad del programa a desarrollar para la resolución de los cálculos, que en la duración temporal de los mismos, precisos para completar la solución del problema, así relacionaba esta complejidad con el concepto de entropía de la física, todo lo cual nos llevaría también a la inevitable conclusión de que el número de verdades matemáticas es inabarcable frente al conjunto finito de axiomas demostrables, lo que pone nuevamente en evidencia la incompletitud en la matemática como cuestión verdaderamente inevitable.
Además de colaborar Alan Turing en logros que inciden sobre la teoría de la matemática y el entendimiento de los límites de la razón, fue puente para la realización de una iniciativa metamatemática de enorme importancia que comienza a valorarse desde no hace demasiado tiempo, nos referimos a que es fundamental su aportación para la noción, fundamento y funcionamiento de la computación, pues habría de favorecer a la construcción de programas complejos y el desarrollo de una teoría moderna de la complejidad. Sin sus imprescindibles aportaciones la comprensión de las mismas redes neuronales así como el reciente campo de la hipercomputación no hubiera tenido lugar en modo alguno.
Alan Turing, en los límites de la computabilidad, o la criptografía que derrotó al nazismo, Francisco Acuyo
Así las cosas, y al margen de su labor de descifrador de códigos secretos durante la Segunda Guerra mundial (desencriptó el código secreto nazi conocido como Enigma, en virtud de cuyo desciframiento  dícese que se adelanto dos años el final de la guerra), fue el primero en pensar en el conexionismo mediante redes neuronales artificiales para imitar el funcionamiento del cerebro en el proceso de datos de sus máquinas, llegando en los últimos días de su vida, a investigar sobre la posibilidad de la creación de vida artificial a través de la información computacional, cuestión por otra parte tan debatida y controvertida en la actualidad; sin contar lo que en el ámbito de la biología se ha hecho y está por hacer y que nos obliga a rehacer los conceptos mismos de computación, pues este no parece suficiente restringido al dominio del silicio, el ordenador y el teclado; así nos los muestra la manipulación de ADN que se orienta para la resolución de problemas matemáticos, y es que el ADN es una excepcional forma de almacenaje de información. No en vano ya se habla del potencial valor computador de las moléculas biológicas que posibilitan el entendimiento del lenguaje de la célula. Todo lo cual se traduce en nuevas formas de estudio de enfermedades como puedan ser el cáncer, y todo a través de la utilización de un despliegue matemático capaz de explicar los hasta ahora enigmáticos comportamientos celulares.
Su carácter genial y visionario nos hace, después de casi más medio siglo de su desaparición, conjeturar si, de los documentos todavía por estudiar y que dejó legados en forma de manuscritos y programas de ordenador, no darán alguna sorpresa propia de su talento e idiosincrasia singulares. Por todo ello, esta mínima y apresurada exposición no quiere ser sino una invitación al reconocimiento de la figura de Alan Turing y una modestísima aportación para despertar la curiosidad del lector para que se interese en la vía de su portentosa investigación,  indiscutibles aportaciones  e imprescindibles descubrimientos que habrían de cambiar el concepto mismo de razonamiento y el proceso científico y tecnológico de la humanidad.








Alan Turing, en los límites de la computabilidad, o la criptografía que derrotó al nazismo, Francisco Acuyo


               



[1] Es aquella máquina capaz de la manipulación de símbolos en virtud de unas determinadas reglas, y es así mismo competente para emular la lógica de cualquier algoritmo de computador, así como para dar explicación a las funciones de la unidad central que procesa los datos (CPU) de un ordenador.
[2] Esta aseveración es falsa: Si lo es, ha de ser  verdadera, mas si lo es ha de ser también forzosamente falsa.
[3] Viene a decir que si un enunciado es demostrable, por fuerza a de ser falso y, por tanto, llegando a resultados que lo son también; mas, si es indemostrable, tendrá que ser verdadero, llevando este razonamiento a la incompletitud de la lógica matemática que la sostiene y que, ni siquiera un sistema formal discreto y elemental, como el de la aritmética se manisfetará también incompleto.
[4] Véanse las entradas del blog de Ancile tituladas De poesía y literatura: el poeta electrónico I y II, http://www.franciscoacuyo.com/2012/05/de-poesia-literatura-y-ai-el-poeta.html y http://www.franciscoacuyo.com/2012/05/el-poeta-electronico-o-la-gelida-poesia.html



Alan Turing, en los límites de la computabilidad, o la criptografía que derrotó al nazismo, Francisco Acuyo

lunes, 22 de octubre de 2012

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER, EN AMOR Y POESÍA


Algunos amigos y lectores habituales del blog, ha tiempo que me espetaban no sin cierta perplejidad y bastante disgusto, cómo era posible que después de quince entradas en la sección Amor y poesía del blog Ancile, no había ya incluido al entrañable y admirado Gustavo Adolfo Bécquer, poeta del amor y de la poesía por excelencia y como pocos tan certero, directo y arrebatador en estos temas universales en la lengua española. Pues bien, sin ánimo de defraudar a tan avisados y queridos lectores, aquí está la ineludible presencia del poeta sevillano. Poeta de mi adolescencia, del que tanto hube de aprender, dejó su impronta en mi espíritu aspirante siempre de poeta, no en vano su delicada y cuidadísima obra poética dejó huella indeleble entre tantos amigos de la verdadera poesía.
            Nada más lejos de aquellos suspirillos líricos de corte y sabor germánicos, que diría Núnez de Arce por la influencia de Heine en nuestro querido poeta, pues estos poemas extraídos de la Rimas, dejaron huella incuestionable por su originalidad singular, ganándose un hueco de referencia en la historia de la literatura y la poesía española que, de una u otra forma, habría de marcar seguras influencias en cantidad importante de poetas de mención posteriores a él mismo. Además su acervo poético vendrá amparado por una teoría (una poética) –véase Cartas literarias a una mujer, o, la Introducción sinfónica al libro de los gorriones- de no poco interés por su coherencia y particularidad, conjunto que hace de su mundo poético un ámbito profundo y suficientemente complejo que precisa de continua y atenta revisión. Queden pues con todos los adeptos a la entrada Amor y poesía y del blog Ancile estos poemas seleccionados de Gustavo Adolfo Bécquer.



Gustavo Adolfo Bécquer, en Amor y poesía, Ancile





 GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER, 
EN AMOR Y POESÍA



Gustavo Adolfo Bécquer, en Amor y poesía, Ancile




X



Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada,
oigo flotando en olas de armonías
rumor de besos y batir de alas,
mis párpados se cierran... ¿Qué sucede?
—¡Es el amor que pasa!



XI


—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
                                        —No es a ti, no.
—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro,
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
                                        —No, no es a ti.
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible,
no puedo amarte.
                                      —¡Oh ven, ven tú!



Gustavo Adolfo Bécquer, en Amor y poesía, Ancile

XIII



Tu pupila es azul, y cuando ríes,
su claridad suave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana,
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul, y cuando lloras,
las trasparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul, y si en su fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.

XVII



Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...,
¡hoy creo en Dios!



XVIII



Fatigada del baile,
encendido el color, breve el aliento,
apoyada en mi brazo
del salón se detuvo en un extremo.
Entre la leve gasa
que levantaba el palpitante seno,
una flor se mecía
en compasado y dulce movimiento.
Como cuna de nácar
que empuja al mar y que acaricia el céfiro,
tal vez allí dormía
al soplo de sus labios entreabiertos.
¡Oh! ¡quién así, pensaba,
dejar pudiera deslizarse el tiempo!
¡Oh! si las flores duermen,
¡qué dulcísimo sueño!


XIX



Cuando sobre el pecho inclinas
la melancólica frente,
una azucena tronchada
me pareces.
Porque al darte la pureza,
de que es símbolo celeste,
como a ella te hizo Dios
de oro y nieve.



XXI



Gustavo Adolfo Bécquer, en Amor y poesía, Ancile





¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.



XXIII



Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
qué te diera por un beso.



XLI



Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!



Gustavo Adolfo Bécquer, en Amor y poesía, Ancile



L




Lo que el salvaje que con torpe mano
hace de un tronco a su capricho un dios
y luego ante su obra se arrodilla,
eso hicimos tú y yo.
Dimos formas reales a un fantasma,
de la mente ridícula invención,
y hecho el ídolo ya, sacrificamos
en su altar nuestro amor.

LIII



Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate,
nadie así te amará.


Gustavo Adolfo Bécquer




Gustavo Adolfo Bécquer, en Amor y poesía, Ancile