viernes, 24 de febrero de 2012

DE LA MÉTRICA CELESTE: ARTE MENOR, LOS VERSOS TETRASÍLABOS, PENTASÍLABOS Y HEXASÍLABOS.

En anteriores entradas dedicamos de manera exclusiva una entrada a los versos, también de arte menor, heptasílabos y octosílabos, y los tratamos pues, de manera independiente. En esta ocasión el resto de versos de arte menor los veremos de forma conjunta.



Arte menor Tetrasílabos, pentasílabos y hexasílabos, Francisco Acuyo



ARTE MENOR: LOS VERSOS TETRASÍLABOS,
PENTASÍLABOS Y HEXASÍLABOS.




 El verso de cuatro, normalmente se dice que es la unidad mínima versal en la poesía española (aunque el verso bisílabo es aceptado por algunos metricistas como verso más corto),[1] junto con el verso de cinco y seis sílabas, en tanto que pueden considerarse con entidad rítmica propia (es fácil confundir estos supuestos versos mínimos en realidad con las cláusulas rítmicas determinadas –trocaica o anfibráquica, según tenga dos o tres sílabas-). Esto versos tienen unas peculiaridades comunes por las que merecen ser estudiados de manera conjunta. De hecho, su precisa y menor complejidad acentual, hacen que mantengan unas cualidades que les hacen muy adecuados para determinadas combinaciones estróficas y, cuando son utilizados como única medida, se distinguen unas características en verdad muy singulares; de hecho el verso denominado de arte menor está basado en la tendencia fonética a emitir entre dos pausas un número de sílabas (grupo fónico)[2] que oscila entre un mínimo de ocho sílabas y un máximo de once. Una de las características que lo hacen peculiar es que no somete a norma[3] la regularidad de los acentos en el interior de los mismos, sólo siendo  la última sílaba de obligada acentuación; la otra singularidad: si se detecta alguna disposición regular será por voluntad (de estilo) del autor.


Arte menor Tetrasílabos, pentasílabos y hexasílabos, Francisco Acuyo


EL VERSO TETRASÍLABO: Es aquel que contiene cuatro sílabas con acentuación obligatoria en tercera. Este verso no se comienza a utilizarse de forma independiente hasta el neoclasicismo y romanticismo. Con anterioridad era reconocido como pie quebrado de versos octosílabos.[4]  Los acentos están en primera sílaba (aparte del obligatorio en 3ª) por lo que se dice que tienen ritmo trocaico.

                                               A una mona
                                               muy taimada
                                               dijo un día
                                               cierta Urraca: […]

                                                                      Tomás de Iriarte


                                               Veinte presas
                                               hemos hecho  
a despecho
del inglés, […]
                                                    

                                                                           José de Espronceda




                                              
EL VERSO PENTASÍLABO: Verso de cinco sílabas que lleva acento obligado en la cuarta sílaba. Puede llevar acentos anteriores en primera o segunda sílabas. Será dactílico si porta el acento anterior a la obligada, en la primera sílaba y yámbico (o trocaico)[5], si lo lleva en la segunda, además de llevarlo en la cuarta sílaba. Si aparecen mezcladas ambas acentuaciones se le denomina pentasílabo polirrítmico.[6]


                                               Nada te turbe,
                                               nada te espante,
                                               todo se pasa.

                                                           Santa Teresa de Jesús


                                               Y siente luego
                                               su pecho ahogado,
                                               y desmayado,
                                               turbios sus ojos
                                               sus graves párpados, […]


                                                                 José de Espronceda


EL HEXASÍLABO: Verso compuesto por seis sílabas que lleva acento en quinta sílaba obligatoriamente. Se dice que es el verso en la lengua castellana que tiene auténtico valor poético por sí sólo.[7] Aparece en composiciones características como son los romancillos, letrillas, endechas y serranillas. La posición de los diferentes acentos que anteceden al obligatorio darán lugar a los siguientes tipos de hexasílabos: hexasílabo anfibráquico, cuando porta el acento en segunda y quinta sílabas (dactílico, según Navarro Tomás) Ejemplo, el segundo poema. Trocaico si se acentúa solamente en sílabas impares (de uso culto). Ejemplo, el primer poema. Polirrítmico (Navarro Tomás) cuando mezcla los ritmos anfibráquicos y trocaicos (es la combinación más frecuente) Ejemplo, el último poema.


                                               Ella se complace
                                               en hollar odiosa
                                               la virtud gloriosa,
                                               y el sagrado honor.


                                                                           Juan Meléndez Valdés



                                               Entonces su madre
                                               la parda señal
                                               que por término puso
                                               de gracia y beldad,
                                               do clama el deseo
                                               al verse estrellar.


                                                               Juan Meléndez Valdés



Deslizante tiende
de sus miembros limpios
a sacar del agua
el carmín antiguo:

Deshizo el intento
el sol cristalino,
desnuda, vistiendo
con rayos de amigo.

Tras ramas de sauce,
desnuda de río,
los brazos vistiendo,
vistiendo tobillos,

y ella el arco que era,
ya rauda en su brillo,
la arena cual flecha
cruzó siendo el silbo.

Murmullos de brisa
entrañan zafiros
de ver en las gotas
azul ciclamino.

Vestida desliza
el paso sigilo,
por ver quien se esconde
soñando en los lirios;

la voz examina
para el iris tibio
que timbre titila
un sol cristalino:

–Qué vive en presagio
de rosas el mirto!
–Qué oscuro el aroma,
y el viento qué frío!

En hilo el presagio,
porque el sueño es hilo
en filo de espera
cuando no respiro.

Mi vivo presagio
se pierde consigo
y encuentra la luz
estando perdido.

– Qué vive en presagio
de rosas el mirto.
¡ Qué oscuro el aroma.
El viento. Qué frío !



                                  
                                   Francisco Acuyo






[1] Baehr, R. Manual de versificación española, Gredos, Madrid, 1984.
[2] Quilis, A.: Métrica española, Ariel, Barcelona, 1984.
[3] Domínguez Caparrós, J.: Métrica española, Síntesis, Madrid, 1993.
[4] Domínguez Caparrós,J.: Diccionario de métrica española. Alianza, Madrid, 1999.
[5] Navarro Tomás, T.: Métrica española, Guadarrama, 1978, Madrid.
[6] Ibídem.
[7] Domínguez Caparrós, J.: Ver nota 3 y 4.




Arte menor Tetrasílabos, pentasílabos y hexasílabos, Francisco Acuyo

martes, 21 de febrero de 2012

ELOGIO DE LA DECEPCIÓN



Permitidme que os convoque en esta ocasión en nuestro blog Ancile, con un texto peculiar que, a la sazón forma pieza de una totalidad que se intitula Elogio de la decepción, escrito con toda modestia por quien suscribe estas líneas, y que no quiere sino obtener vuestras consideraciones al respecto de su contenido y forma. Es un fragmento, digo, centrado en el concepto (si es posible que tal sea solamente) de la amistad. Adelanto que otros, siempre centrados en la idea de la decepción, conforman dicha totalidad y versan sobre el amor o la muerte. Así pues, sirva esto como anticipo, preludio o aperitivo de lo que será, una vez terminado, el conjunto de este Elogio de la decepción, que no es otra cosa que un canto al impulso vital que anima el corazón e historia de nuestras vidas. 



Elogio de la decepción, Francisco Acuyo



ELOGIO DE LA DECEPCIÓN


A Carlos Villarreal, in memoriam


PÓRTICO


SI tanta desazón e inquietud te embarga, desasosiega y preocupa, querido y nunca suficientemente ponderado compañero, amigo en no pocas fatigas y no menos abundantes  incertidumbres, alarmas y conmociones, quiero decirte, en relación a la cara hermandad que nos vincula desde tan largo como generoso periodo fértil de feliz y próspero entendimiento, en virtud de tu segura y siempre merecida tranquilidad,  que nada en modo alguno  convulsiona la fraternal y grata armonía de nuestra ya prolija comprensión, ni su firme, inconmovible y férreo fundamento. Pero, como bien conoces mi nula inclinación a la vacua parafernalia  de los insidiosos cenáculos que la más mínima inteligencia ultrajan  y, de común, se vienen a ofrecer poblados de la inhóspita estulticia que habitúan, y con su notable hastío, tienden a no salirnos nunca  gratis, sobre todo a los que nos procuramos ocupar el tiempo  de manera y forma  mucho menos ociosa. Así te ruego que  disculpes el abrupto, cuando no muy  desabrido trato, que en modo alguno afectará al sentido y muy verdadero afecto que con tanta y sincera devoción profeso a la amistad de tantos años y que tan profundamente nos abraza de manera tan solidaria como sin duda permanente. No hallarán de ningún modo mínima disculpa aquellos quienes, con falsaria adulación y necias intenciones, preguntan por tu inseparable amigo.
Nunca hizo falta, caro hermano, si eres en verdad otro yo mismo, de más  razones que este corazón único que compartimos en su latir unánime para la comprensión de potenciales disensiones que, al fin,  no harían más que, si cabe, afianzar los lazos que nos unen, pues  bien sabemos lo íntimo de alegrías y penas  sin mediar siquiera una palabra. Por todo esto sé que tan insignificante falta en relación a las explicaciones que mereces por mi ausencia en este o aquel evento, no debiera ser motivo de disgusto; y porque veas que soy muy consciente de la rara y singular preeminencia del vínculo que tan estrecha y afectivamente nos hace uno, quisiera relatarte, en ligero y particular desfile, la razones por las que la amistad verdadera ha de mantenerse siempre muy lejos de cualquier sospecha. Así paso, en desordenado pero creo que entretenido y rápido cortejo, una suerte de consideraciones muy a propósito a tan estupendo asunto, y en relación con las razones sobre las que se funda la confianza más genuina, porque no puede ser  ninguna otra mejor que la amistad.
Elogio de la decepción, Francisco Acuyo
                Ya sabes que la base que vertebra el concepto y sustancia misma de la  amistad es, sin duda para mí, la memoria y entendimiento de la decepción.  Reclamo pues, no más que la acepción (sentido) no vulgar del término, en el cual se eximirá referencia al embargo de amargura y desengaño, si en este concepto veo  ajustada la etimología de aquel  significado al que me acojo sin objeciones ni  reparos: la deceptio (el engaño), el cual nos lleva al pleno reconocimiento  de lo que, con falsedad, tenemos por verdadero,  y la disposición genuina de cualquiera compromiso ético (y aún estético) que aspire a la verdad. Así, la decepción  trae una vez dilucidada en su engaño, el grato encuentro con lo que, taimada o pertinazmente, cegaba nuestra capacidad de entendimiento, para así, con la claridad debida, atender y entender lo que se estima (y nos estima) liberal y justa y solidariamente.
También te digo que parece muy razonable un cierto grado de misantropía, en tanto que esta nos extrae de la entronización ridícula del hombre como centro, espectador y núcleo privativo único,  catalizador perenne e ineludible del universo mundo, mal que le pese al mismo radical subjetivista que encuentra amparo en la exégesis muy disparatada de la descodificación de los enigmas de la cuántica[1], más aún si entienden e interpretan lo real, sujeto a sus delirios egotistas. Así pues, ya conoces que me exhibo, me decanto y declaro muy gozosa y dichosamente decepcionado, que gracias al reconocimiento del engaño, compruebo felizmente cuán lejana se encuentra la verdad  de la facundia inopinada de tanto afán que se  apremia en ser sujeto y objeto de modorro, que diría nuestro siempre muy querido y nunca  suficientemente recordado, autor de tan estricta genealogía[2], por lo que un cierto toque aditado de prudente misantropía, se me antoja cosa harto conveniente.
                Así pues, como entre nosotros no es ni podrá ser posible ofensa alguna, de tu amable y amena reprensión sólo puedo extraer y colegir una nueva extensión de tu fervor y verdadero afecto. Mi  desaliño social acaso sí requiera de  firme amonestación, si él contuviera alguna individual afección  contra persona  justa, pero mi  alergia no se manifiesta  sino contra  las normas, convenciones  y las costumbres arribistas que corrompen  el decoro elemental de cualquier compromiso, y exhiben sin vergüenza los modorros arriba sin prudencia ya citados. Así,  y porque no creas que desdeño tus desvelos que son los míos, y llamando a tu segura indulgencia, te remito a las páginas siguientes.
                Como no creo que sea necesaria ninguna hipotiposis sobre alguno de los estereotipos que deploro, no ya personas, si ambos conocemos que no alcanzan merecimiento alguno de ser  siquiera  mal nombrados, paso a hacerte acopio de mis impresiones sobre necesidad  ineludible, como es sin duda y cuando menos,  la  de obtener en la vida el trato de un amigo verdadero.
                Aunque sé de  tu talante liberal y siempre prudente, ruego que en la intimidad de esta misiva, des por descontado que estas líneas acaso no lo sean, y desdeñen ya de antemano al resto del linaje con anterioridad aludido, y que cuides su lectura lejos de necios y mazacotes, si está prevista para el singular deleite de nuestra hermandad, que ya sabes que es una e inseparable.


Elogio de la decepción, Francisco Acuyo


DE LA AMISTAD



SI la Odisea cuenta aquello de que siempre hay un dios que lleva al semejante [sic] junto al semejante, cabe pues, entender la amistad como concepto imprescindible para la concorde coexistencia entre la palabra y el sentimiento humano que comporta. Si el phílos griego todavía se debate con alcance de carácter afectivo,[3] y parece muy anterior al philía que indicará (Pitágoras en) el sustantivo que sí identifica plenamente el concepto de amistad,[4] más allá, tú lo sabes con total y meridiana claridad, del vínculo familiar (o del clan), se precisan y se hacen necesaria y netamente ostensibles los lazos que emparentan, aunque sea en muy raros casos, no menos estrechamente para ser reconocidos plenamente en la amistad; es así que: la inicial sympátheia[5] de colaboración y de concordia interpersonal, se transfigura, especialmente en el singular y afectivo poso de la memoria –y al que ya me refería desde el inicio y- que por fin asienta el devenir del tiempo para el ser que constituye el fundamento de la verdad y sabiduría que informan al afecto de la amistad si, al fin, se constituye con firmeza en el corazón amigo.
                No hará falta incidir sobre mi claro convencimiento y fe (muy razonable, no obstante), de lo vital e imprescindible de aquella alteridad sublime que el amigo verdadero representa, si a su vez este inspira el sentimiento de solidaridad universal que a todos, en el fondo, nos convoca.  Esta comunidad (despierta, que  Epicuro señalaría con tanto acierto), es la única que garantiza algún futuro (nada utópico, a mi juicio,) al linaje comprometido de hombres que aspiran, con esfuerzo, a porfiar pacíficamente en pos de este impulso, profundamente vivo y necesario para el proyecto (y realización) de aquella ecuménica integridad a la que aspira  inevitablemente la humanidad.
                De todas formas, sabes también, que todo aquello, en mi opinión, depende en buena medida de nuestras capacidades de denuncia y de compromiso ante intolerables comportamientos que emparentan a quienes los traslucen sin el menor recato, como rémoras implacables de cualquiera sensata iniciativa, padres de un linaje tabernario y bastardo, y aun perdido, en el que rigen los que poco saben (y menos quieren saber). Entiende que no puede haber maledicencia en lo que digo, me conoces bien y sabes que no pierdo en modo alguno mi  tiempo tan preciado siempre y, si es verdad  que aquellos que  lo pierden suelen encontrar grato parentesco con la necedad y siempre antipática ignorancia, por ello no pretendas entender otra cosa sino aquella que digo expresamente: que no todos saben ni reconocen lo que nuestra alianza de amistad ya procura. Pero es así que puedo claramente reconocer la virtud extraordinaria que nuestra estrecha relación mantiene al contrastarse con la lente máxima de la deceptio, pues, con su excelente óptica, a la verdad nos aproxima, puesto su fidedigno y afortunado objetivo hacia el punto que distorsionan las cualidades que engalanan tan sobria y tan firmemente la conexión de la amistad, que siempre permanece  en la mente y en los corazones dura. La decepción es buena cosa en tanto que, con el trato del necio que nos embauca, vemos, de inmediato, la luz confortante de la verdadera amistad. Es por eso que ante tal estulticia no me enardezca con acritud, ni me vea incitado amargamente contra la injuriosa deslealtad que supone, pues no hace sino quitar la venda de mis ojos, engañados tras la inepta lisonja o la traición o la perfidia del sujeto deleznable que pretende enturbiar la preclara realidad donde se miran sin engaño nuestras almas entregadas al respeto mutuo, desde luego muy por encima de las heterias políticas, en pos de la hospitalidad fraterna de aquellos pocos corazones que viven de su concordia e igualdad recíproca, si todo lo de los amigos es común[6], y la igualdad produce amistad. Así pues, tú,  carísimo alter ego, me parece entenderás por qué la decepción impone sobre el hombre atento la razón de la amistad la inteligencia afectiva que, acaso fuese la misma que une factores y agentes primordiales que cohesionan entes e ideas en este nuestro mundo.
                En cualquier caso, amigo mío, es obvio que abandonamos  tiempo ha la platónica e iniciática búsqueda del símbolo que nos complete,[7] pues en ambos se conforma la totalidad fraterna  que nos ampara de la escisión y fractura terribles del incierto y humano devenir en  su inestable existencia. Por todo es que, prudente compañero, que el reconocimiento del  exiguo e indigente camino existencial requiere, inevitablemente, del ser que es, en la memoria,  identidad creada por mor del respeto mutuo que, al fin, se hace perfecta y singular alteridad. Insisto, en que la vía de la amistad es el mejor camino para  la social concordia, pues, está basada no en el vínculo de sangre (anankaíoi) impuesto, sino en la elección voluntaria (proaíresis) y libre de la intimidad amable, y de la (sympátheia) simpatía que muestra uno de los principios básicos de la Ética Nicomáquea[8] por el que, sin amigos, nadie elegiría la vida.[9]
Elogio de la decepción, Francisco Acuyo
                Qué gran bien, querido amigo, nos hace la visión de la verdad a través de la decepción, si nos muestra el engaño. La amenaza siniestra de la manipulación nos queda manifiesta y evidente la falsificación intencionada; mas la fórmula magistral del sabio[10] queda patente en la bondad posible, si el hombre es la medida [sic] de todas las cosas, pues el juicio justo y la observación de la verdad serán así elementos sustanciales de la bondad misma. Me parece grande dignidad este reconocimiento: mediante el mismo aquella realidad de excelencia (areté) humana es posible. La inteligencia y la verdad[11] aspiran a la finalidad acaso más legítima, pues al mirarse en ella, entiende sin asomo de ninguna duda el imperativo de mirar al otro, porque el otro, al fin y al cabo, en la amistad, no es sino otro yo mismo. Será por eso  que la estupidez se manifiesta siempre peligrosa. A tenor de ella olvidamos lo que somos y, por tanto, lo que el otro, potencialmente, representa para la realización de nosotros mismos: la memoria será, pues, fundamento solidario y de libertad recurso imprescindible para todo tipo de concordia y de sabiduría.
                Mira que no es baladí esta insistencia mía sobre los ciertos, procelosos y expuestos peligros de cualquier casta de necedad, cuyo linaje instituye blasón y mayorazgo de toda suerte de calamidades, y es que nunca repara en gastos para disparatar y provocar nefandas situaciones en pos de sufragar satisfactoriamente su egoísmo: instala su irresponsabilidad sobre la vanidad irresoluble, que sabes es engendro monstruoso y  se alimenta de sí mismo y será  insaciable en su apetito. Vanas serán sus esperanzas, si también incogitados son sus pensamientos y, finalmente, no será muy raro contemplar con no poco espanto, cómo incluso quieren o pretenden, sin vergüenza, gobernar a quienes  tienen cerca (y aun lejos), no teniendo la mínima capacidad de gobernarse a sí mismos. Con cuánta complacencia pude ilustrarme ante la decepción producida por el farsante que  tuvo a bien el enseñarme la luz con la malicia o la ridiculez o hipocresía de sus despropósitos.
                El ídem sentire de la amistad, nos hace solidarios ante la vulnerabilidad que de continuo mostramos ante toda suerte de contingencias a las que nos mantiene sujetos el azar, y la atención debida que entendemos de la justa decepción como signo que señala la senda verdadera del genuino impulso que alimenta la amistad auténtica; también nos muestra cuán imprescindible y capital será  la adquisición de aquella para el flujo  y devenir existencial, que acaso no mantuviera sentido sin su precisa y necesaria concurrencia, mas  no sólo en el sentir del individuo, también llevada al ámbito social, en tanto que se asume como un hecho  vital en pos de una estructuración sensata de cultura (de paideia), cuyas virtudes éticas infundan socialmente un designio de verdad y dignidad que restituya el bien del otro con benevolencia.
                La última y más subida fase de la vida ética (me refiero la razón  e idea aristotélica de la moral) es la amistad, y lo será a tenor de su incontestable y franca necesidad social; el ser humano precisa  la correspondencia la disposición y solidaridad del otro establecidos como un hábito permanente que aspira al lóghion por el que fuese mejor dar que recibir.  Y, en fin, porque del ánimo que irradia la presencia selecta y rara de la amistad, creo que se fundamenta la forma más perfecta de pervivencia y convivencia[12] y de justicia humanas.
                La soledad individual, tomada o tenida presente por virtud del engaño o la decepción, nos muestra con preclara y mayor clarividencia la dimensión extraordinaria de la amistad verdadera, en tanto que nos enfrenta a nosotros mismos en una singular reflexión del ser.[13] La conciencia decepcionada, vuelta hacia sí misma por el desengaño, ve con total claridad la cierta dimensión de la soledad y de la imprescindible philía como afecto, mas también como la razón que vive de  solidaridad y plena y cálida convivencia.
La realidad moral de la amistad resulta incuestionable más allá de cualquier apreciación sociológica. ¿No recuerdas las  veces que interpelábamos a los objetores de la amistad, si fuente de justicia y de felicidad? Reivindico la fides como la relación mutua necesaria para cualquier intento de ponderación social, pues el amigo será el socio para la vida pública, aun cuando fuese confidente en lo privado y partícipe de la intimidad.[14]//
Acaso, y esto lo reconozco, no cumplí como debiera, caro amigo, en relación con la amena y muy grata sociedad por la que cierta parroquia te estima a ti, sin duda, mucho más que a quien te habla; pero creo que no debieras en modo alguno de guardarlo en consideración amarga, la  desconfianza  me parece del todo justificada, y mi actitud pugnaz hacia no pocas  de esas animaciones y concurrencias es entendible  por razones que seguro no ignoras y,  desde luego no se fundamentan ni de lejos en la naturaleza de nuestra preterida o envidiada amistad en los círculos que tú sabes. La prez de nuestra relación se sostiene sin la necesidad de sus reclamos lisonjeros, que las más de las veces son maliciosos, oportunistas, mal intencionados y embusteros.
Yo vengo a interpretar que aquel sensus amandi donde se sostiene nuestra larga relación, encuentra fundamento en la virtud donde tuvo plena seguridad para instituirse de los vacuos intereses que obseden a las almas ignorantes y de muy poco peso.  ¿Malgastaremos energía y tiempo en lo humano que nos vincula para la búsqueda del éxito político? La natural inclinación de la amistad no podría sustentarse sino en el juicio y la virtud que, al fin, nos vienen ambas para ser comunes. De la igualdad indiscutible de todos los hombres parte la especial gracia de la amistad y, sin embargo, ya sabes que vendrá a manifestarse rara y singularmente, sobre todo cuando entrambos reconocemos el vínculo tan estrechamente cierto y aherrojado a nuestro corazón como a nuestro intelecto, y sobre tan sólidos fundamentos se sostiene: en la  búsqueda del amor y de la ciencia, pues, las dos fuerzas mantienen (sustentan) todo lo que se procura  muy duradero.
Ten presente que no pretendo de tu paciencia la tolerantia, sino la imprescindible alegría que se sostiene en la amable reciprocidad, y todo aunque pueda manifestarse en sana reprimenda, pues soy muy consciente que estoy lejos de ser perfecto, y que tu censura y amonestación son muestra de caridad más que de reprensión, pues así  entiendo tu reproche como consuelo para mis seguras y ciertas imperfecciones. Creo sinceramente en tu benevolencia, mas no por fatua credulidad, sino basando mi juicio en una fe que se sustenta inteligentemente en la que puede considerarse posibilidad exclusiva, excelente y excepcional de convivencia, que no puede ser otra que la amistad; será por esto que te hablo, y porque el afecto de mi amigo[15] no quede sin su justa y muy merecida correspondencia.




                                                                                       Francisco Acuyo


               






[1] Que con tanto denuedo como mal entendimiento está de moda entre los cenáculos y círculos tan a propósito de desafueros y majaderías en torno al teoría de la mecánica cuántica, que diríase ser la Piedra Rosseta mediante la que todo ha de encontrar satisfactoria explicación, aun la misma estupidez que los alimenta.
[2] Me refiero a D. Francisco de Quevedo y Villegas, azote de los de los zotes ignorantes y despreocupados merluzos que con tanto tino vituperaba justamente, véase así su célebre glosa Genealogía de los modorros.
[3] Benveniste : pp.335-353
[4] Pizzolato, L.: La idea de la amistad en la antigüedad clásica y cristiana, Muchnick editores, Barcelona, 1996.
[5] Lledó, E,: El Epicureísmo, Taurus, Madrid, 1995.
[6] Platón: koina tà phílon, referida en,Timeo, obras completas, Aguilar, Madrid, 1977.
[7] Platón: Banquete, ver nota anterior.
[8] Lledó, E.: Elogio de la infelicidad, Cuatro ediciones, Madrid, 2006.
[9] Aristóteles, Ética a Nicómaco, Gredos, Madrid, 2007.
[10] Protágoras
[11] Lledó, E.: Ver nota 6, pág. 91
[12] Pizzolato, L.:  ver nota 2.
[13] Lledó, E.: Memoria de la ética, Taurus, Madrid, 1994.
[14] Cicerón: Áticus
[15] Agustín de Hipona: De fide rerum invisibilium.



Elogio de la decepción, Francisco Acuyo


viernes, 17 de febrero de 2012

SIMONE WEIL: HEREJE DE TODAS LAS ORTODOXIAS (y II)

Concluye nuestro ínclito colaborador Tomás Moreno, el trabajo interesantísimo sobre Simone Weil, El ángel rojo, como dieron por renombrar a nuestra excelsa filósofa judía. Trabajo, digo, que nos pone en muy cercanos antecedentes sobre el pensamiento de Weil para todos los interesados en figuras tan relevantes de la filosofía del siglo XX.




SIMONE WEIL: HEREJE DE TODAS LAS ORTODOXIAS (y II)



Simone Weil hereje de todas las ortodoxias, Tomás Moreno



La vida de Simone Weil, que acabamos de pergeñar en el anterior microensayo, estuvo envuelta, al igual que su propia obra filosófico-intelectual, en un halo de leyenda y de excepcionalidad. Como recuerda Laura Boella: “Entrega y sacrificio, voluntad de ‘ser’, de estar presente en el centro de la contradicción, olvido de sí misma y autodestrucción, búsqueda de lo absoluto son los elementos que hablan de ella”[1]. Maria Antonietta Macciocchi por su parte, considera que “el recuerdo de esta mujer, muerta a los 34, irrumpe (...) en el cielo filosófico francés como un meteorito de clara trayectoria”[2]. Pese a la brevedad de su vida sus obras completas publicadas por Gallimard, a partir de 1988, alcanzan 16 volúmenes.
            Por su enigmática y desconcertante personalidad y por su deslumbrante inteligencia el subdirector del Instituto Henri IV la apodó monstrum  horrendum; para Celestin Bouglé, director de L’École Normale, será la virgen roja; Alain, su profesor de filosofía y admirado maestro, en algunas ocasiones se refería a ella como la marciana[3] por su inusual brillantez y precocidad intelectual. El periódico comunista Libération, más recientemente, la llamó el ángel rojo. Maria Antonietta Macciocchi la recuerda como la mujer absoluta y la hereje sublime.
Simone Weil hereje de todas las ortodoxias, Tomás Moreno
            Su extraño aspecto físico, su forma de  vestir (envuelta en una esclavina raída y con su inseparable boina, cabello despeinado, cuerpo desgarbado), su espíritu inconformista y rebelde, sus tomas de partido resultan inquietantes y a veces contradictorias. Simone detesta su condición de mujer[4] así como su origen judío.  Haber nacido mujer era para ella una desgracia, según su biógrafa y amiga Simone Pétrement[5]. Ciertamente, cuidaba poco de su apariencia femenina: “excepto el día en que, para que la contratasen en la fábrica Renault, ¡le pidió a Simone Pétrement que la maquillase! Temía que el amor pudiera malograr su vida al no haber alcanzado el grado de madurez suficiente, lo que comprometería toda su vida siendo un impedimento para “ser”[6]. Simone Weil decía de sí misma: “Tengo color de hoja muerta; para los demás no existo”.
            Georges Bataille, que la había conocido en París en los años treinta,  cuando los dos escribían en La Critique sociale, y más tarde en Barcelona, nos ofreció en su novela L’azzurro del cielo[7] (1957), un retrato de Simone -reconocible en el personaje de Lazare- poco favorecedor, enfatizando su aspecto desaliñado y poco femenino. Lo cierto era que su desaliño no pudo oscurecer su enorme personalidad y sus penetrantes ojos: muchos de quienes la conocieron dicen que de ella resaltaban sobre todo los ojos. Elsa Morante sí percibió su escondida belleza, al dedicarle estos versos: “Hermana inviolada / última paloma truncada por diluvios, / bella del Cantar de los cantares / camuflada tras grotescas gafas de escolar miope[8].
Simone Weil hereje de todas las ortodoxias, Tomás Moreno
            En lo referente a su condición judía, Simone Pétrement nos recuerda que, en 1934, incluso llegó a confiarle al doctor Bercher: “Personalmente, soy antisemita”. Silvie Courtine llega a afirmar que Simone no verá rezar por primera vez a unos judíos devotos, revestidos con su taled y con sus filacterias, hasta 1942, en Casablanca, cuando se disponía a embarcar hacia América, y que no entrará en una sinagoga -¡de judíos etíopes!- hasta su exilio en Estados Unidos, donde, por otra parte, acude con frecuencia a las iglesias baptistas[9]. A pesar de su educación agnóstica ella se inserta en la tradición cristiana, católica; se inclina por los griegos contra los hebreos. No tomó conciencia en ese tiempo -en momentos de dura persecución de sus hermanos de raza- sobre la cuestión judía. La causa sionista no contará con su aprobación, viendo un peligro en la instalación judía en Palestina, que con el tiempo podría convertirse en una amenaza para Oriente Próximo y para el mundo[10]. Durante su estancia en Marsella escribió Israel y los gentiles, en donde critica a la religión judía y al Dios de los hebreos. Simone engloba en la misma reprobación de la religión romana -que idolatra al Estado y adora al emperador- a la religión judía, que también estaba fundada sobre la noción idólatra de pueblo elegido, noción que se opone a la universalidad[11] (catolicidad) que ella siempre propugna. “Esa religión es, en su esencia, inseparable de esta idolatría a causa de la noción de pueblo elegido[12].
            En su opinión los hebreos impusieron en todas partes sus Escrituras, que son una aciaga inspiración para el cristianismo, y les transmitieron sus prejuicios a los primeros cristianos. Lejos de deberle algo a Israel, debemos purgar el cristianismo de su influencia. Esta filiación que Simone Weil reprueba, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, constituirá uno de los principales obstáculos para su conversión, para su entrada en la Iglesia, demasiado romana para su gusto, demasiado aferrada a esa tradición romana social y materialista[13].
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            Por todo ello, desafiará el decreto del 2 de junio de 1940 de los nazis -que ordenaba el empadronamiento de todos los judíos de la zona libre-, afirmando: “Prefiero ir a la cárcel que al gueto”. En agosto de 1940 le escribe al ministro de Instrucción pública  una carta en la que se queja de no haber sido atendida su solicitud de reingreso en su cátedra y reintegrarse a su puesto docente, sospechando que su condición de “judía” podría ser la causa de tal retraso. “En mi caso, que no practico religión alguna y nunca la he practicado, es evidente que no he heredado nada de la religión judía (…). Si hay una tradición religiosa que considere como un patrimonio propio, es la tradición católica. La tradición cristiana, francesa, helénica, esa es mi tradición; la tradición hebraica me es ajena”[14]. El padre dominico Perrin, su mentor espiritual, llega a decir que la empatía que Simone siente espontáneamente por todos los pueblos oprimidos -el doctor Bercher llegó a decir que, si se hubiera quedado en América, “se hubiera hecho negra”[15] - la ejercía con exclusión del pueblo judío.
            En su biografía, señala L. Boella, comparecen la experiencia del trabajo en una fábrica y en el campo; la enseñanza de Filosofía en el Liceo de Le Puy y de Roannne; la guerra de España, el viaje a Alemania en 1932-33, en vísperas de la llegada al poder de Hitler; importantes amistades con Alain,  Albertine Thévenon, Gustave Thibon, P. Perrin, Simone Pétrement; la experiencia de la belleza del arte y de la naturaleza, vivida sobre todo en Italia, en 1937-38, en contacto con el arte románico y la música de Monteverde; la práctica del pensar como libre fluir del pensamiento y la meditación[16].
            Su bagaje vital, espiritual e intelectual es impresionante: experimentará una profunda y dolorosa -por frustrada- conversión religiosa católica,  varios desengaños políticos;  afrontará el conocimiento de la geometría no euclidiana y de la teoría de los quanta; conseguirá dominar el sánscrito y redactar una serie de escritos -tan densos y profundos como El conocimiento sobrenatural, Hechar raíces, La gravedad y la gracia o sus Cahiers etc.- que encierran el cegador brillo de sus reflexiones filosóficas (L. Boella). Tal como ella misma afirma en algunas cartas, hubiera deseado vivir más vidas (para dedicarse a los pobres, para escribir poesías, etc.). Y en efecto, en cierta medida lo consiguió: en el breve arco de su existencia, asumió los más diversos papeles y vivió las más plurales vidas: pensadora original, profesora de filosofía de Liceo, obrera industrial, campesina, sindicalista revolucionaria -a veces próxima al trotskismo, otras al anarquismo- antifascista y antihitleriana, mística, hereje cristiana gnóstica[17].
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            Pero lo que más sobresale es su independencia de pensamiento y su rebeldía: Simone Weil fue hereje de todas las ortodoxias, como ella misma reconoció en diversas ocasiones: En primer lugar, de la ortodoxia hebrea-sionista y feminista[18], como ya hemos comprobado; después lo fue de la ortodoxia cristiana católica[19]: considérese al respecto que, en varias ocasiones, Simone Weil dio pruebas de sentirse atraída por los gnósticos, y más concretamente por Marción y Valentín. Su dualismo místico-religioso, sus alabanzas a los cátaros, a los maniqueos y a otras sectas gnósticas, su repulsión por ciertos pasajes del Antiguo Testamento, sus consideraciones sobre la desgracia y el pecado, su concepción de la creación como kénosis o “vaciamiento divino”, y por último, su vida ascética y su muerte -que algunos han comparado con el ritual de la endura practicado por los perfecti, los sacerdotes cátaros-, serían otros tantos rasgos que acercarían su filosofía a la de los gnósticos.
            Tanto es así que Charles Moeller, incluye en el primer tomo de su Literatura del siglo XX y Cristianismo un capítulo dedicado a la pensadora mística francesa (Simone Weil y la incredulidad de los creyentes) en donde examina con profundidad este aspecto de su pensamiento religioso -expresado sobre todo en su Connaisance surnaturelle-, y, tras condenarlo como herético con contundencia, tiene, no obstante, la generosidad  de reconocer que esta mártir de la caridad cristiana, Simone Weil, “valía, por su vida, más que el pobre sistema gnóstico que se esforzaba en construir”. Y añade que “Simone Weil, que creyó obrar siempre de acuerdo con su conciencia y murió a los treinta y cuatro años, en plena juventud, por haber sacrificado su vida en provecho de sus hermanos pobres, está en la paz de Cristo”[20].
            Fue también hereje, con respecto a la ortodoxia política partidista, pues siempre se mostró reacia a los partidos políticos, ella nunca se afilió a ninguno. Recordemos que en 1943, en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, define a los partidos como unos “organismos pública y oficialmente constituidos para matar en las almas el sentido de la verdad y de la justicia”, el espíritu de partido le parecía una “lepra” que en todas partes está ganando terreno[21].
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            Fue asimismo heterodoxa con respecto a la ortodoxia marxista[22], puesto que su experiencia laboral le llevó a comprender y verificar lo que antes sólo había entrevisto acerca de la teoría marxista. Así, en el primer capítulo de sus Ensayos sobre la condición obrera[23], Simone Weil denuncia la contradicción en que Marx incurrió al sostener que su revolución no consiguió emancipar a las clases trabajadoras, ni tampoco liberar al hombre del trabajo. Para Simone Weil, el marxismo no era más que una “utopía”: sobre todo si se toma en cuente que Marx no explicó por qué las fuerzas productivas habrían de tender a un crecimiento y un desarrollo tales que la productividad no reclamase más que un esfuerzo mínimo, alivianado así el peso de la necesidad y, en consecuencia, de la coacción social “hasta que la humanidad alcance al fin un estado, propiamente hablando, paradisíaco”.
            Tampoco se libró de su rechazo crítico la ortodoxia comunista en general, ya que había descubierto las disfunciones del comunismo y la hipocresía del régimen soviético que, bajo una apariencia de libertad, de hecho implantaba una dictadura, reprochando sarcásticamente a los pensadores de la Revolución “trabajadora de los pobres”, el no haber pasado por la experiencia de la fábrica. Ni tampoco se libró, más en concreto, la ortodoxia Staliniana[24]. E incluso no dudó en expresar sus  críticas hacia el trotskismo[25] y, a pesar de sus demostradas simpatías libertarias, también hacia el anarquismo[26], cuando la ocasión lo requirió.
            Simone Weil, rebelde y hereje de todas las ortodoxias, sí, pero también, y sobre todo, mártir de la solidaridad y piadosa defensora de todos los desfavorecidos, de todos los humillados y oprimidos de la tierra, por los que generosamente inmoló su vida.

                                                                                                             Tomas Moreno



[1] Laura Boella, Pensar con el corazón. Hannah Arendt, Simone Weil, Edith Stein, María Zambrano, Narcea, Madrid, 2010, p. 35.
[2] Maria Antonietta Macciocchi, Vuelve Simone Weil, la hereje sublime, El País, miércoles 15 de junio de 1988.
[3] “Ella no tenía nada en común con nosotros, era alguien que nos juzgaba a todos soberanamente”, escribió Alain, en su  Journal, cit. por S. Pétrement en su Vida de Simone Weil, Trotta, Madrid, 1997, p. 55.
[4] Sobre su condición de mujer véase S. Courtine-Denamy, Tres mujeres en tiempos sombríos. Edith Stein, Simone Weil, Hannah Arendt, Edad, Madrid, 2003, pp.68-70.
[5] Vida de Simone Weil, op. cit., p. 56.
[6] Silvie Courtine-Denamy, op. cit., p. 69.
[7]. El azul del cielo (Tusquets, 2004): “Tenía unos 25 años. Era rara y hasta ridícula. Llevaba trajes negros, desangelados y manchados. Parecía no ver lo que tenía delante, y a menudo chocaba con las mesas al pasar. Sin sombrero, el pelo corto, tieso y despeinado, creaba unas alas de cuervo en torno a su cara. Tenía una gran nariz de judía flaca, cutis amarillento, que asomaba bajo aquellas alas y tras las gafas de montura de acero (…) Infundía malestar: la enfermedad, el cansancio, la miseria o la muerte nada importaban a sus ojos (…) Ejercía una fascinación por su lucidez y por sus ideas de alucinada (...) Y yo me reía rumiando una cualquiera de sus lentas frases. La idea de que quizá yo amara a Lazare me arrancó un grito, que se perdió en la confusión y el ruido”.
[8] Apud Maria Antonietta Macciochi, op. cit.
[9] Silvie Courtine-Denamy, op. cit., p. 24.
[10] Ibíd., p. 125.
[11] A la espera de Dios, Trotta, Madrid, 1996, p. 144. El monoteísmo de la religión hebraica no implica que sea menos idólatra, dado que en su caso la idolatría consiste en afirmar, por una parte -al menos hasta Moisés y a excepción del Libro de Job, del cantar de los cantares y de los Salmos de David- que Dios es, antes que bueno, todopoderoso, y por la otra, por defender la idea del pueblo elegido. Los hebreos “tienen por ídolo no algo metálico o de madera, sino una raza, una nación, algo que es tan terrenal como lo anterior”.
[12] Carta a un religioso, Trotta, Madrid, 1998, p. 20.
[13] La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, p. 193.
[14] Vida de Simone Weil, op. cit., pp. 555-556.
[15] Vida de Simone Weil, op. cit., p. 659.
[16] Laura Boella, op. cit.,  p. 38.
[17] Cfr., Laura Boella, op. cit., p.38.
[18] Según L. Boella, Simone se sustrajo voluntariamente,  de cualquier encasillamiento, papel o medida externa: ya se tratase de las señales identitarias de su ser o condición femenina, del horizonte protector de la familia, del partido o de la clase social. Se expuso efectivamente en total desnudez a cualquier tipo de asimilación. Y se pregunta si su proclamado antifeminismo no fue sino un modo radical de afirmar la propia unicidad frente a cualquier medida del mundo masculino (Cfr. L. Boella, op. cit., p. 36).
[19] Sobre su orientación hacia el gnosticismo, además de la obra de Charles Moeller citada en el texto, véanse: P. Danon, À propos du catharisme, CSW, t. XII, nº 2, junio 1989, p. 177: Maura A. Dalyin, Simone Weil gnostique? CSW, t. XI, nº 3, septiembre de 1988; A. Biron, Simone Weil et le catharisme CSW, t. VI, nº 4, diciembre 1983,
[20] Charles Moeller, Literatura siglo XX y Cristianismo, El Silencio de Dios, tomo I, capítulo: Simone Weil y la incredulidad de los creyentes, Gredos, Madrdid, 1966, pp. 291-331.
[21] Escritos de Londres y últimas cartas, Trotta, Madrid, 2000, p. 10.
[22] Marx solo se había limitado a reemplazar el espíritu escondido (Hegel) que actúa en el universo y tiende indefinidamente a la perfección por la materia, motor de la historia, atribuyéndole también una perpetua aspiración a lo óptimo. Calificó al marxismo de “forma inferior de la vida religiosa” en la medida que “atribuye a la materia la fabricación automática del bien”, Simone asume la crítica que Alain ya le hacía a los discípulos del Marx: que era una Teología sin Dios. (Cfr. Silvie Courtine-Denamy, op. cit., pp. 105-109).
[23] Simone Weil, Ensayos sobre la condición obrera, Ediciones Nova Terra, Barcelona, 1962.
[24] Desde el verano de 1934, expresó sus temores respecto a la política de alianza con la URSS, defendida por el partido comunista francés. Desde entonces, Simone no cesará de denunciar las miras imperialistas del comunismo, no tanto por razones económicas como por razones éticas y culturales (posición bastante minoritaria en aquella época). Está contra Stalin, la URSS y el PC. Tras su regreso de la guerra de España tratará de convencer a Malraux de que  el régimen de Stalin es tan opresivo como el fascismo.
[25] Simone Weil reseñó para Libres Propos el estudio de Trotski ¿Y ahora?  Incluso lo invitó a alojarse en casa de sus padres con su hijo, Léon Sédov, donde sostuvieron vehementes discusiones sobre la revolución y sobre el partido comunista alemán. Cfr. Silvie Courtine-Denamy, op. cit., pp. 130-136.
[26] En particular le pareció decepcionante la actitud de Durruti, al que sin embargo admiraba, que no dudó en fusilar a un jovencísimo falangista a quien dio un plazo de veinticuatro horas para enrolarse con los anarquistas y que se había negado a ello.



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