miércoles, 28 de diciembre de 2011

FIN Y PRINCIPIO DE AÑO EN ANCILE





Fin y principio de año en el blog Ancile, Francisco Acuyo




FIN Y PRINCIPIO DE AÑO EN ANCILE



Finaliza el año 2011. Para despedirlo nos parece francamente oportuno, desde este nuestro, vuestro, humilde pero siempre entregado y entusiasta blog Ancile, hacerlo con poesía. En breve comienza el año nuevo 2012. Lo recibiremos pues, como es de rigor en estas páginas concebidas para vosotros, amigos, colaboradores, seguidores y visitantes, inevitablemente, con una de las señas de identidad más encendida y manifiesta de nuestras páginas, la poesía. Si el eje vertebrador de este, tantas veces escrupuloso, avisado, riguroso, mas también vehemente, exaltado, incondicional proyecto denominado Ancile, es la poesía, será normal  que se refleje con entregado entusiasmo en cada entrada del blog y que cierre y abra momentos significativos en su todavía breve pero os seguro que muy intensa existencia. Estos modestos poemas, donde el tiempo y el amor dan cuenta de momentos y espacios singulares en la vida de quien les habla, quieren ofrecerse como signos de cierre y pronóstico de prosperidad; de amistad sincera y de conciliador intento para el fraternal entendimiento entre todos los que nos conocemos y de los que vendrán a conocerse mediante este medio en el que tanta ilusión y trabajo hemos derramado con franca liberalidad, desinterés y, por qué no decirlo, con veraz e indubitable amor a la belleza, al conocimiento y al entusiasta impulso creativo que necesariamente conllevan  la ciencia, el arte y la poesía. En el reconocimiento que supone el necesario ejercicio de libertad en el que se sustentan todas ellas, queremos que sean aquí también espacio memorable de fraternidad, donde reunirse para mejor fruición y más alto entendimiento de los que con tanta ilusión y afecto han sido convocados. Salud y prosperidad a todos.



Fin y principio de año en el blog Ancile, Francisco Acuyo




Finale




   Del ángel soy naufragio de la ciencia
que a luz de mi reflejo suspendido
–aunque poeta, referidlo os pido–
tendrá matiz espejo toda esencia.

   ¡Cuánta los dulces términos ausencia
demuestra tanto coro trascendido!
desmayo abajo viendo que han subido
la luz y el alma, el aire y la conciencia.

   A la luz donde duermo no escondida,
un ramo me recuerda destilado
en el vaso profundo de la vida.

   Concentro en él mi ardor, y en él me
                                                       [inspiro:
y de la esencia púrpura turbado
se elevan los aromas, y suspiro.




Francisco Acuyo
(De la Transfiguración de la Lira)





Fin y principio de año en el blog Ancile, Francisco Acuyo



DISTANCIA DE AMOR




«Sus pasos desiguales
y en proporción concorde tan iguales»
FRAY LUIS DE LEÓN: «Noche serena»




               SI tu mano se alarga hasta mi mano,
            no soy sino aquel temblor perdido
            en la distancia, y si me miras, vano
            aliento de azucenas perseguido.

              Si acaso fue soñado lo vivido
           la verdad no tendría tan lejano
           cuerpo, ni nombre, ni aire, ni sonido,
           ni luz en infinito meridiano.

              La cima del amor no tiene hallazgo
           ni resistencia a separar instantes
          de eternidad, acaso aspira el rasgo

             con esas manos quietas en la herida,
          a tener con las mías, tan distantes,
          la nada que conforta en su medida.



                                                               

                                                      Francisco Acuyo
                                                      (De Mal de lujo)





Fin y principio de año en el blog Ancile, Francisco Acuyo


lunes, 26 de diciembre de 2011

EL LEGADO DE LA NUEVA ATLÁNTIDA (III)

Tras la festiva y cordial resaca navideña, volvemos a los entresijos profundos del pensamiento filosófico y científico de los últimos siglos, de la mano de nuestro ilustre y muy querido profesor y amigo entrañable, Tomás Moreno que, en esta tercera entrega nos remite a una excepcional semblanza sobre la incidencia de los avances tecnológicos y científicos en el pensamiento e inevitablemente en la vida de la estirpe humana.

El legado de la nueva atlántida, Tomás Moreno


EL LEGADO DE LA NUEVA ATLÁNTIDA (III)



El legado de la nueva atlántida, Tomás Moreno
Francis Bacon
La Nueva Atlántida (The New Atlantis) representa el primer paso de una tradición de la literatura occidental en la que los científicos y los tecnólogos aparecen como redentores de la Humanidad. Es la tradición de la que se burló despiadadamente Samuel Butler con su obra Erewhon, de 1872, que continuaron más tarde William Morris (News from Nowhere, 1891) y H. G. Wells (A modern utopia, 1905) y que, ya bien entrado el siglo XX, Aldous Huxley y G. Orwell recibieron con una actitud generalizada de angustia y desesperación, mostrando su faz antiutópica y trágica en dos célebres libros: Brave new world[1] (de 1932) y 1984[2](de 1949), escritos entre los años treinta y cincuenta, cuando la doble tenaza fascista y estalinista yugulaba, terminalmente ya, los sueños utópicos, en lúcida expresión de R. Argullol[3]. La utopía de Bacon adquiría así, en sus posteriores y continuadoras derivaciones, el carácter de augurio de lo que en el siglo XX se habrá hecho realidad inquietante.
            Efectivamente, como ha señalado Francis Fukuyama[4], no cabe duda de que las aterradoras posibilidades del futuro las definieron sobre todo esos dos libros. Ambas obras eran mucho más proféticas de lo que nadie sospechara, porque se centraban en dos tipos de tecnología que, de hecho, harían su aparición y definirían el mundo a lo largo de las dos generaciones siguientes.
El legado de la nueva atlántida, Tomás Moreno
            La novela de Orwell versaba sobre lo que actualmente llamamos “tecnología de la información”. La clave del vasto imperio totalitario erigido en la Oceanía orwelliana era un ingenio llamado “la telepantalla”, un monitor de superficie plana del tamaño de una pared, que podía enviar y recibir simultáneamente imágenes desde cada hogar individual hasta un vigilante, el Gran Hermano. La “telepantalla” era lo que posibilitaba la enorme centralización de la vida social bajo el “Ministerio de la Verdad” y el “Ministerio del Amor”, puesto que permitía al gobierno eliminar la intimidad controlando cada palabra y cada acto a través de una inmensa red de cables.
            Por su parte, la de Aldous Huxley, Un Mundo feliz (Brave new world),  trataba sobre la otra gran revolución tecnológica que estaba a punto de producirse, la de la “Biotecnología”. La “bokanovskificación”, o gestación de los seres humanos no en úteros sino en incubadoras fetales o como diríamos hoy “in vitro”, dirigida por un Estado  totalitario para agrupar a los individuos en diversas clases humanas de diferente coeficiente intelectual y subordinadas entre sí (desde las superiores, los alfas a los inferiores, los épsilon, pasando por las intermedias de betas y gammas) mediante un peculiar sistema educativo -basado en el adoctrinamiento permanente en combinación con la utilización al efecto de drogas psico-activas- que asegurara la total sumisión al mismo y la aceptación de los roles sociales impuestos, impidiendo toda posibilidad de rebelión o de crítica.
El legado de la nueva atlántida, Tomás Moreno
            La droga “soma”, que producía una felicidad instantánea en las personas; o el “sensorama” -en el cual se simulaban las sensaciones mediante la implantación de electrodos-, y la modificación de la conducta a través de la repetición subliminal constante y, si tal método fallaba, mediante la administración de diversas drogas artificiales, eran los elementos que conferían al libro esa atmósfera tan peculiar y escalofriante.
            Habiendo transcurrido más de medio siglo desde la publicación de ambas novelas, podemos ver que, si bien las predicciones tecnológicas que contenían eran sorprendentemente acertadas, las predicciones políticas del primero de esos libros, “1984”, resultaron ser de todo punto erróneas. Como apunta F. Fukuyama, el año 1984 llegó y pasó, con EEUU aún enzarzado en una guerra fría con la Unión Soviética. Ese año fue testigo de la presentación de un modelo nuevo de ordenador personal IBM y del inicio de lo que sería la revolución del PC. Como han afirmado algunos expertos, el ordenador personal, unido a Internet, fue de hecho la realización de la “telepantalla” de Orwell. Sin embargo, lejos de convertirse en un instrumento de centralización y tiranía, condujo justo a lo contrario: la democratización del acceso a la información y la descentralización de la política.
            En lugar de que el Gran Hermano vigilase a todo el mundo, la gente podía utilizar el PC e Internet para vigilar al Gran Hermano, a medida que los gobiernos de todas partes se veían obligados a divulgar más información sobre sus actividades. Cinco años después de 1984, en una cadena de espectaculares acontecimientos -que apenas algunos meses antes habrían parecido pura ciencia-ficción política- la Unión Soviética y su Imperio se derrumbaron, y la amenaza totalitaria, que tan vívidamente había evocado Orwell, desapareció.
            Muchos sociólogos y politólogos se apresuraron a señalar que estos dos acontecimientos -la caída de los imperios totalitarios y la aparición del ordenador personal así como otras formas habituales de tecnología relacionada con la información -desde el televisor y la radio hasta el fax y el correo electrónico- no carecían de conexión entre sí. El dominio totalitario dependía de la capacidad de un régimen para monopolizar la información y, una vez que la informática moderna hizo tal cosa imposible, el poder de dicho régimen quedó socavado.
El legado de la nueva atlántida, Tomás Moreno
            La clarividencia política de la otra gran distopía, Un Mundo feliz, aún ha de comprobarse. Muchas de las técnicas imaginadas por Huxley, como la fecundación in vitro, el alquiler de úteros, los fármacos psicotrópicos y la ingeniería genética (o génica) para la producción de seres humanos, ya están aquí, ya se han cumplido, y otras más atrevidas se atisban en el horizonte. No obstante esta revolución apenas acaba de empezar; la avalancha de anuncios de nuevos adelantos en el campo de la tecnología biomédica, sumada a los logros tales como la finalización del proyecto Genoma humano en el año 2000, auguraba la inminencia de cambios más serios[5].
            De las pesadillas evocadas en los dos libros, la de Un mundo feliz, desde la perspectiva de nuestras sociedades tecnológicas, nos parece más sutil y estimulante. Resulta fácil apreciar cuál es el mal en el mundo de 1984: el protagonista, Winston Smith, tiene fama de odiar las ratas más que ninguna otra cosa, de modo que el Gran Hermano diseña una jaula en cuyo interior las ratas pueden morder la cara de Smith, con el fin de que éste traicione a su amante. Es el mundo de la tiranía clásica, tecnológicamente capacitada, pero no tan distinta de la que, por desgracia, hemos visto y conocido en la historia humana del último siglo.
            En Un mundo feliz, por el contrario, el mal no es tan palmario porque nadie sufre daño. Como señala uno de los personajes: los controladores comprendieron que la fuerza no servía de nada y que había que seducir a la gente en lugar de forzarla a vivir en una sociedad disciplinada. En este mundo se han abolido la enfermedad y el conflicto social; no existen la depresión, la locura, la soledad o el stress emocional; el sexo es satisfactorio y se encuentra con facilidad. Hay  incluso un ministerio del gobierno dedicado a garantizar que el lapso de tiempo entre la aparición de un deseo y su satisfacción sea mínimo. Ya nadie se toma la religión en serio, nadie es introvertido ni alberga anhelos no correspondidos. La familia ha sido abolida, nadie lee a Shakespeare. De todos modos nadie (a excepción de John “el salvaje”, el protagonista del libro) hecha de menos tales cosas, puesto que todos están sanos y satisfechos.


            La crítica fundamental que Fukuyama hace de la obra de Huxley es que los personajes de Un mundo feliz puede que estén sanos y satisfechos, pero han dejado de ser humanos[6]: en efecto, ya no se esfuerzan ni tienen aspiraciones, no aman, no experimentan dolor, no afrontan difíciles elecciones morales, no tienen familia ni hacen nada de lo que, tradicionalmente, se asocia con el ser humano. Ya no poseen las características que nos otorga la dignidad humana. En realidad ya no existe el género humano, dado que la gente ha sido engendrada por los Controladores en castas individuales de alfas, betas, epsilones y gammas, tan distantes entre sí como los humanos de los animales. Su mundo se ha tornado antinatural en el sentido más profundo que pueda concebirse, porque la “naturaleza humana” ha sido alterada”.
El legado de la nueva atlántida, Tomás Moreno
Francis Fukuyama
            Francis Fukuyama concluye su reflexión -que hasta aquí hemos resumido[7]- afirmando que las dos grandes distopías del siglo XX, la de Orwell y la de Huxley, trataron de denunciar el  intento de cambiar la naturaleza humana por parte de las dos grandes utopías del siglo XX: el nazismo y el comunismo. En ambos casos, la utilización política de la ciencia para justificar sus atrocidades será puesta en cuestión.    La crítica de ambas novelas va directamente dirigida, pues, contra el uso totalitario tanto de la Tecnología de la Información, como de la Biotecnología y de las Técnicas psicológicas de Modificación de la conducta por parte del Poder establecido. La telepantalla del vigilante omnipresente Gran Hermano de “1984”, los procedimientos subliminales de condicionamiento, la implantación de electrodos (sensoramas), la administración de hormonas artificiales de la felicidad (el soma) e incluso la estabulación humana (alfas, betas, epsilones, gammas) del mundo feliz huxleyano, fueron las consecuencias perversas de ese intento faústico de acomodar la naturaleza humana a macroproyectos de ingeniería social.
            Su propósito final es que no debemos olvidar que esos dos macroproyectos utópicos -fundados en una supuesta política científica, basados en la existencia de una supuesta raza superior o en la pertenencia a una  clase social determinada y justificados desde una pseudociencia  biológica o desde presuntas leyes económicas inexorables de la historia- habrían de producir millones de muertos a lo largo de todo el siglo XX[8].
            De esta manera,  los hombres de la segunda mitad del siglo XX despertarán
-provisionalmente al menos- de la pesadilla utópica, relegando paródicamente esos grandes relatos utópicos sociopolíticos y tecnocientíficos al ámbito de lo indeseable, lo terrorífico y lo siniestro. Certificándose así la muerte de todas las utopías. Lo que en definitiva Fukuyama trata de mostrar es “que Huxley tenía razón, que la amenaza más significativa planteada por la biotecnología contemporánea estriba en la posibilidad de que altere la naturaleza humana y, por consiguiente, nos conduzca a un estadio ‘posthumano’ de la historia”[9].

                                                                                              Tomás Moreno




[1] Aldous Huxley, Un mundo feliz, biblioteca El Mundo, Madrid, 1999. 
[2] Georg Orwell, 1984, Salvat, Navarra, 1970.
[3] Rafael Argullol, Visiones en el siglo, El País, jueves, 2 de diciembre de 1990. Además de las citadas de Huxley y de Orwell, entre las obras literarias y cimematográficas concebidas con voluntad profética a lo largo del siglo XX hay que destacar además The island of Dr. Moreau (1896), de H. G. Wells, “Metrópolis” (1927) de Fritz Lang, Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury, en donde se fantasea con un mundo en el que los libros son pasto de la llamas porque crean infelicidad y, sobre todo, 2001, a space odissey  (1968) de Arthur Clarke, llevada al cine por Stanley Kubrick, cuya matriz visionaria es también evidente.
[4] El fin del hombre. Consecuencias de la Revolución Biotecnológica, Edic. B., Madrid, 2002, pp. 17-20.
[5] Pero, sugiere Fukuyama, podría suceder, no obstante, “que a la larga descubramos que las consecuencias de la biotecnología son completa y asombrosamente benignos, y que hacíamos mal al preocuparnos. Es posible que al final la tecnología resulte mucho menos poderosa de lo que aparece hoy en día, o que los responsables sean moderados y cautos a la hora de aplicarla”, Ibíd, op. cit.
[6] En palabras del bioético Leon Kass: “A diferencia del hombre postrado por la enfermedad o la esclavitud, los individuos deshumanizados al estilo de Un mundo feliz no son desgraciados, no son conscientes de su deshumanización y, peor todavía, aunque lo fuesen no les importaría. Son, de hecho, esclavos satisfechos con una felicidad servil”, cit. por Fukuyama, op.cit. Esta es la misma situación de los ciudadanos de Walden Two  (1948), que el psicólogo conductista B. F. Skinner postula como “deseable”, una vez que los hombres se hayan convencido, por fin, de que eso de la dignidad y la libertad humanas eran conceptos tradicionales, obsoletos, cuya vindicación sólo han producido infelicidad y sufrimiento. Su modelo social combina el cientifismo, el ambientalismo, el cooperativismo, el control y modificación técnica de la conducta y la arreligiosidad. Cfr., B. F. Skinner, Walden Dos, Fontanella, Barcelona, 1974 y B.F. Skinner, Mas allá de la dignidad y de la libertad, Biblioteca científica Salvat, Barcelona 1989. Véase también: José Luis Prieto, La utopía skinneriana, Mondadori, Madrid, 1989.
[7] El fin del hombre. Consecuencias de la Revolución Biotecnológica, op. cit., pp. 17-24.
[8] Como ha probado fehacientemente Daniel Jonah Goldhagen (Peor que la guerra. Genocidio, eliminacionismo y la continua agresión contra la humanidad, Taurus, Madrid, 2010) los cinco grandes sistemas políticos eliminacionistas y genocidas del siglo XX inspirados por sendas macroutopías: la Unión Soviética, La China comunista, La Alemania nazi, el Japón imperial y los Jemeres rojos de Pol Pot (Camboya), produjeron del orden de 96 millones de muertos (tanto en acciones bélicas como en campos de concentración) que se distribuyeron así: los soviéticos mataron unas veinte millones de personas durante los treinta y cinco años de asesinatos de masas, con una media anual de 600.000 personas; los comunistas chinos maoístas asesinaron del orden de cincuenta millones, durante veintiséis años, dos millones al año; los jemeres rojos asesinaron al porcentaje más alto de la población de su (pequeño) país, aproximadamente el 20 por ciento, unas cuatrocientas mil personas al año; los japoneses aniquilaron del orden de seis millones de personas durante sus ocho años de asesinatos masivos, una cifra anual de 750.000; los alemanes nazis mataron del orden de veinte millones de personas durante sus cuatro años de asesinatos de masas sistemáticos, lo que hace de ellos los asesinos de masas más intensivos por un amplio margen, casi cinco millones de personas al año (Ibid., pp. 405-406).
[9] Ibid., p 23. Pese al intento de cuestionarla, desde diversos frentes, en opinión de Fukuyama, la naturaleza humana existe, es un concepto válido y ha aportado una continuidad estable a nuestra experiencia como especie. Es, junto con la religión, lo que define nuestros valores más básicos. La naturaleza humana determina y limita los posibles modelos de regímenes políticos, de manera que una tecnología lo bastante poderosa para transformar aquello que somos, tendrá, posiblemente, consecuencias nocivas para la democracia liberal y para la naturaleza de la propia política (Cfr. El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica, op. cit., pp. 31-38).


El legado de la nueva atlántida, Tomás Moreno

martes, 20 de diciembre de 2011

POEMAS NAVIDEÑOS (II)

He aquí, como prometimos, una nueva selección de poemas navideños. Esta vez de poetas que construyen su obra en la actualidad y que siguen, a pesar de los enormes cambios sociales, la rica tradición lírica que gira entorno a tan entrañable temática. Algunos, digo, enmarcados claramente en dicha tradición (véanse los preciosos poemas de nuestros amigos y colaboradores Rosaura Álvarez y Francisco Basallote), otros, sin ser ajenos a la misma, estableciendo una vertiente personal pero con el fondo siempre blanco de estas fiestas tan singulares, véase el caso del diseño y poema aportado por el poeta e impresor exquisito Francisco Martínez Vela o el caso de quien les habla a través de esta entrada flamante que versará sobre la Navidad nuevamente.








POEMAS NAVIDEÑOS (II)




ERA NIEVE LA CAL



Era nieve la cal
en aquel belén
                        que era pueblo
sobre verdes colinas
y era río
                        de cristal quieto
que corría en los ojos
sorprendidos de un niño
que empezaba a soñar.

Era nieve la luz
de la ilusión
de un niño que esperaba
entre sus sueños
la más cumplida magia.

Y eran tres luces
sobre la nieve de cal
que aún en la memoria brillan.





TIENE UNA SOMBRA LA ESTRELLA



Tiene una sombra
el  brillo de la estrella :
las lágrimas del niño
que llora mientras mece
a sus hermanos.

¡Ay!, que los Reyes no vienen.
¡Ay!,  que sí vendrán.
¡Ay!, que ya suben la cuesta.

Cómo brillan las lágrimas
de las estrellas.   



Francisco Basallote


Incluyo, además, un felicitación personal del poeta recibida recientemente con una preciosa acuarela para la ocasión.

                                                   


                                                                     





























































                                                                  GRATIA PLENA






Te perdías, quedabas en tu aliento
suspendida, mudabas, en ternura,
vaivenes del quehacer en don de pura
plegaria. Tu latir, en ardimiento

de Dios ¡Qué alzar del alma por contento
süave, qué perderte en la locura
de amor más inefable que criatura
viviera. Y puso Dios el gran momento             

en labios de ángel : “Tú, de gracia llena.
Entre toda mujer eres bendita
y bendito es el fruto de tu seno.”

Con El Que Sólo Es la sacra cita
temor no te infundió. Y diste, serena,
tu ser, en el más bello abrazo pleno. 



MIRANDO AL PESEBRE
EN ESPERA DEL NACIMIENTO




Y pusiste tu mano sobre el vientre,
aquel mismo que en gozo cumplido tú entregaras:
Tu carne para otra carne.
ya Dios, la tuya.

¡Qué grandeza de abrazo, que a Cristo nace!



Rosaura Álvarez


Otro poema de Rosaura acompañado con una ilustración bellísima y muy apropósito de Ricardo García.


































































De Francisco Martínez Vela el diseño exquisito anunciado y la maravillosa impresión sobre muy nobles materiales que, lamentablemente, no podrán disfrutar en esta muestra.







































Y ahora (el extemporáneo, mas non troppo, si se fijan bien) titulado La azucena de la nieve, con un foto montaje del mismo autor de los versos y que porta el mismo título.



LA AZUCENA DE LA NIEVE





 EN el silencio templa
el eco de la nieve
eterno una instantánea:
música de la luz
soledad reverbera
sobre el flash infinito
que en la distancia suena.

   Entre fuentes perpetua
del silencio se escucha
la nieve en la azucena.
Un copo sobre el agua
suspenso vibra apenas
perseguido de luces
cristalina libélula.

   No yelo una presencia,
si fuego hizo después
alma de la materia,
ligera en el paisaje
nívea llama refleja:
a su imagen la roca
de sí toma conciencia.

   Tenue por su silueta
un mundo se dibuja
de inasible materia:
lívido enamorado
entre la brisa apenas,
cuando escucha el amor
el silencio contempla.

   La nieve en la arboleda
no dice del amor
que, como espectro, hubiera
de otro tiempo lejano
traído una azucena,
pues el hielo de invierno
alma alado fundiera.

   Del sueño centinela,
sobre la nieve el paso
marca etéreo su huella;
a los ojos me mira,
y los suyos refleja
inabarcable el signo
que un mundo contuviera.

 No sin pudor expresa
entre el hielo y la llama
el silencio elocuencia,
y el turbado gesto
hiciera del instante
eternidad, y del
infinito frontera.




                        Francisco Acuyo


 





LAUS DEO







lunes, 19 de diciembre de 2011

EL PROYECTO BACONIANO Y SUS IMPERATIVOS (II)

Segunda entrega del profesor Tomás Moreno en relación a las nuevas tecnologías, la cual está auspiciada bajo el título de El proyecto baconiano y sus imperativos. Sigue creciendo pues, esta sección de microensayo del blog que, como anunciaba anteriormente, cada vez tiene más numerosos y avisados seguidores. Ilústrense, debatan o reflexionen sobre temas de ciencia, pensamiento y tecnología en este departamento ya imprescindible de Ancile.




EL PROYECTO BACONIANO Y SUS IMPERATIVOS (II)



El proyecto Baconiano y sus imperativos, Francis Bacon
Francis Bacon

Como se apreciará fácilmente, el proyecto baconiano no era muy distinto del proyecto científico moderno; era el germen de lo que, con el transcurrir del tiempo, dará lugar a nuestra civilización científico-técnica. Sus principios y finalidades son las mismas que inspiran nuestras sociedades industriales y presiden su apuesta por el desarrollo y el progreso indefinido y que podríamos recapitular en una serie de imperativos y prescripciones organizativas muy precisas, a saber:
            1º) El Imperativo técnico: que prescribe que todo lo que puede hacerse, se hará y cuyos lemas programáticos -poder implica deber y saber es poder- siguen vigentes casi cuatro siglos después de ser formulados. Imperativo que hoy se encarna en el habermasiano interés de dominación científico-técnica[1], característico de las ciencias experimentales modernas, y que preside las grandes revoluciones científicas de nuestro tiempo, tanto en el plano de la física (energía nuclear) y de la genética (proyecto Genoma humano), como en el plano de las TIC y de las biotecnologías.
El proyecto baconiano y sus imperativos. Tomás MorenoEn la Casa de Salomón bensalemiana este interés de dominación fructificará en una serie de ingenios y descubrimientos sorprendentes para su tiempo (y que anticipan toda una serie de inventos posteriores), como son: dispositivos y técnicas para la producción de nuevos metales artificiales, la creación de nuevas formas de vida vegetal y animal (Hallamos medios para mezclar y  hacer copular a especies diferentes, lo que ha producido especies nuevas, y no estériles, como es opinión general[2]), el establecimiento de todo tipo de industrias alimenticias, además  de numerosos procedimientos (disecciones, trasplantes etc.) y fármacos para la preservación de la salud, la curación de enfermedades y la prolongación de la vida humana.
En sus estancias, se posibilitó la invención de una serie de lentes para ver pequeños y diminutos cuerpos (microscopios) y para ver lo que está demasiado lejos como cercano (telescopios) y de dispositivos desaladores del agua marina, cámaras de salud para la purificación del aire; la creación artificial de huertos y jardines en los que “los árboles y flores vengan antes o después de su estación y que crezcan y den fruto más rápidamente que según su curso natural”, así como de milagrosas técnicas transgénicas; la producción de mecanismos para multiplicar y reforzar los vientos, y hasta el diseño y construcción de unas enigmáticas habitaciones de vistas, como la legendaria tabla o mesa de Salomón, desde las que podían verse cualesquiera partes del mundo y que nos recuerda la televisión e incluso Internet.
Sus múltiples hallazgos técnicos les permitieron, en fin, edificar casas-sonido, casas-perfume, casas-confitura, casas-máquina, casas de matemáticas, casas de engaño de los sentidos: esto es, todo tipo de laboratorios experimentales. Además de la fabricación de todo tipo de armamentos, máquinas voladoras y submarinos y otros cientos de artefactos, artilugios, autómatas e ingenios mecánicos, cuya enumeración resultaría prolija en exceso[3]:
“Imitamos también los vuelos de los pájaros; tenemos algunos acondicionamientos para volar en el aire; tenemos barcos y botes para ir bajo el agua y corrientes de los mares (…). Tenemos diversos relojes curiosos, y mociones [movimientos] oscilatorias semejantes y algunas mociones continuas. Imitamos también mociones de criaturas vivientes mediante estatuas [reproducciones] de hombres, bestias, pájaros, peces y serpientes”[4].
El proyecto baconiano y sus imperativos. Tomás Moreno
Thomas More
            2º) La Organización colectiva de la investigación científica: La ciencia no debe ser, para los bensalemianos, un pasatiempo espiritual o un medio de promoción individual. Bajo la forma de la división especializada del trabajo y la cooperación entre los distintos investigadores (equipos de investigación, proyectos o líneas de investigación, como en las universidades e instituciones científicas actuales) la ciencia debe cumplir un papel social dirigido a un mejoramiento y bienestar de la sociedad y de la vida humana.
Existe, en este sentido, entre los sabios de la Casa de Salomón, una precisa división del trabajo: unos, llamados mercaderes de la Luz, viajan al extranjero con misiones de investigación científica, otros, los depredadores o venatores, entrevistan a artesanos para recoger sus secretos y trucos de oficio; los analistas (hombres del Misterio), estudian libros y manuscritos de todos los tiempos. Después vienen los experimentadores o exploradores, los clasificadores de experimentos o compiladores y, por último, los científicos, o teóricos sintetizadores, a los que denomina los Bienhechores, encargados de realizar síntesis y de sacar leyes; periódicamente se reúnen para puntualizar los experimentos decisivos y los programas de investigación[5].
Todos los científicos-investigadores de la Casa de Salomón se comprometen bajo juramento -como si de una nueva secta pitagórica se tratase- a guardar secreto acerca de sus descubrimientos; éstos sólo pueden ser conocidos, en algunos casos, por el rey o por el Senado, afirmándose así como una privilegiada aristocracia del saber:
“Tenemos consultas sobre qué invenciones y experiencias de las que hemos descubierto deben publicarse y cuáles no; y hacemos todos un juramento de guardar secreto a fin de ocultar lo que creamos conveniente que permanezca secreto, si bien algunas cosas las revelamos algunas veces al estado, otras no”[6].
            3ª) Carácter progresivo, acumulativo y universal del conocimiento científico y del dominio técnico: La ciencia debe organizarse como una empresa metódica e ininterrumpida, encaminando la investigación y sus resultados prácticos al dominio y sometimiento técnico de la naturaleza y a su manipulación al servicio del hombre y de la sociedad. Saber científico y técnico aunados, porque en Bacon el interés especulativo se une al interés pragmático técnico: recordemos que “saber es poder”. Este proverbio o apotegma baconiano preside el “matrimonio de la mente y el universo” que profetizó nuestro pensador en La Gran Instauración. De este matrimonio, en efecto, habría de surgir “una línea y calidad de invenciones que, hasta cierto punto, puede vencer y superar las necesidades y miserias de la humanidad”. Pocos negarían hoy que la visión de Bacon se ha cumplido con creces en los países industriales avanzados y que, como tantas veces postulase nuestro filósofo, la relación de la ciencia humana con la naturaleza está basada en un manifiesto vínculo de dominación[7].
El proyecto baconiano y sus imperativos. Tomás Moreno
            4º) Carácter estatal y político de la ciencia: El Estado (representado en la ficción literaria por la Casa de Salomón) tiene por objeto primordial asegurar las condiciones óptimas para el desarrollo de la investigación científica y su eficaz funcionamiento. Hasta tal punto la Ciencia es una cuestión de Estado que, como antes señalábamos, las autoridades de Bensalem envían clandestinamente agentes o espías científicos a los países extranjeros para que se informen sobre sus adelantos e inventos científicos para beneficio propio. Si para Thomas More la educación era una empresa social dirigida a enriquecer la personalidad de cada ciudadano para el bien de la comunidad, para Bacon es tarea de un puñado de especialistas, pagados por el Estado, pero totalmente separados del pueblo[8].
Con este relato utópico se va a inaugurar el segundo modelo de utopía(s) de la modernidad: el modelo tecnópolis o de las utopías técnicas (científico-técnicas). Frente a las utopías sociopolíticas o sociales -representadas por el modelo eutópico moreano- que pretendían la realización terrena del paraíso mediante una nueva redistribución de la riqueza social y la transformación revolucionaria de las estructuras económicas y de la propiedad existentes, estas nuevas utopías técnicas -encarnadas por el modelo utópico baconiano- confían en que serán las innovaciones y adelantos científico-técnicos los promotores e impulsores del progreso material y económico y, en consecuencia, del cambio político y social.
El proyecto baconiano y sus imperativos. Tomás Moreno
Si el modelo eutópico moreano ha presidido el diseño de la mayoría de las utopías políticas y sociales posteriores (hasta los proyectos ensayados de los socialistas utópicos del XIX: falansterios de Fourier, Nuevas Armonías de Owen, Icarias de Cabet[9]), el modelo tecnopolita o tecno-utópico baconiano (y, en parte, también de la Civitas Solis de Tommaso Campanella) ha jugado idéntico papel paradigmático o arquetípico para las utopías científico-técnicas y para las anticipaciones de la ciencia ficción (por eso Jean Servier dirá que la Atlántida “tiene un carácter de Ciencia ficción más que de utopía moral”[10]).
Las utopías sociales experimentales, nacidas de Thomas More, fracasaron por no haber tenido en cuenta la verdadera condición humana, por no haber contemplado las debilidades, las motivaciones y conflictos más obvios que afectan a la naturaleza humana desde que el hombre es hombre: el egoísmo, el orgullo, la envidia, la ambición etc., y, en definitiva, por no haber incluido en sus planes la ciencia y la tecnología como motores del progreso material y económico. Sus proyectos sociales eran, efectivamente, pre-técnicos, pre-industriales, agrícolas. Sólo pensaron la técnica como simple “alivio del trabajo”. Eran sociedades igualitarias pero sobrias, austeras, de escasez más que de abundancia.
El proyecto baconiano y sus imperativos. Tomás Moreno
Las utopías tecnológicas, por el contrario, comprendieron mejor la revolución Industrial que se avecinaba, y el progreso material, económico y de bienes de consumo que ella traería: en lugar de la “frugalidad igualitaria” se proponían la “abundancia para muchos” y apelando, precisamente, a esa codicia y ambición humanas que las utopías sociales o eutopías (“idealizadoras” de la naturaleza humana) habían pretendido ignorar. Con Bacon “la nueva religión de la ciencia trajo la promesa de un paraíso en la tierra”, en palabras de Karl Popper.
Confiado en que la vida del hombre puede transformarse por medio de la ciencia, Bacon imagina una utopía que, aunque formalmente siga la línea de las utopías sociopolíticas clásicas -la ficción de un Estado ideal en el cual los ciudadanos son felices en virtud de una perfecta organización social- se diferencia de ellas en que la causa eficiente que ha de lograr ese Estado deseado no será una constitución política o una organización socioeconómica determinadas, sino la Ciencia. Sólo mediante un control de la naturaleza, que facilite los medios precisos para la vida, podrá alcanzarse la armonía entre los hombres. En este sentido, Benjamín Farrington escribirá con toda razón que:
“Bacon imaginó una utopía, como tantos otros, pero hay algo en ella que la hace diferente. No se trata simplemente de una sociedad ideal que quizá existió en el pasado, sino de una sociedad que el nuevo tipo de saber va a originar[11].
            El mensaje es claro: la ciudad ideal debe realizarse en el futuro y gracias a la nueva ciencia. El proyecto utópico, o mejor ucrónico, de F. Bacon apela explícitamente a las generaciones futuras: son ellas las que perseguirán la gran empresa de transformación de la condición humana gracias al nuevo “Organon”, al nuevo método científico que él  enseña y propugna.

                                                                                                                           Tomás Moreno


[1] Jürgen Habermas, Conocimiento e interés, Taurus, Madrid, 1982.
[2] Francis Bacon, Nueva Atlántida, Traducción del inglés, introducción y notas de Emilio G. Estébanez, Mondadori, Madrid, 1988, p. 184.
[3] Ibídem, pp. 181-190.
[4] Ibídem,, op. cit., p. 189.
[5] Ibídem, pp. 190-191.
[6] Ibídem, p. 191. Todo lo cual indica la férrea división del trabajo científico entre especialistas que difícilmente pueden comunicarse con un saber vecino, y también que el saber científico está en manos de una clase dada, de una minoría privilegiada, y que los que están fuera de ella no tienen acceso a esos secretos. Y sobre todo: que el Saber depende del Poder establecido, está a su servicio e interés.
[7] Por ello, cuatrocientos años después de Bacon, el filósofo germano Hans Jonas todavía ha podido decir, confirmando las tesis del filósofo británico, que: “No sólo la relación del hombre con la naturaleza es una relación de poder, sino que la naturaleza misma es concebida en términos de poder. Así pues, es una cuestión de gobernar o de ser regido; y ser dominado por una naturaleza innoble, afín o sabia, significa esclavitud y por ende, miseria. El ejercicio del inherente derecho del hombre es también, por consiguiente, la respuesta a una básica y continua emergencia o necesidad urgente de una lucha decretada por la condición humana” (Cfr. El Principio de Responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica, Herder, Barcelona, 1995. Sobre esta temática véase también: Jean-Claude Guillebaud, El Principio de Humanidad, Espasa, Madrid, 2002).
[8] Esto es, precisamente, lo que Michel Serres (Hermes III, La traduction, Editions de Minuit, París, 1974, capítulo Trahison: la thanatocratie  pp. 73-104) ha denunciado sobre las relaciones vigentes en nuestra sociedad entre la tecnociencia, el poder y el militarismo: salvando las distancias, lo que Bacon postulaba para su comunidad ideal (Bensalem) es algo parecido a lo que ocurre en nuestras Comunidades científicas y/o Universidades -configuradas como celdas de especialistas y con una celosa separación de saberes-, lo que muchas veces conduce a la incomunicación o al esoterismo más elitista, y cuyos programas y líneas de investigación dependen por lo general de los intereses del Sistema Industrial y/o Militar. Es el mismo modelo que rige -al menos desde la Segunda Guerra Mundial- en nuestras Sociedades Industriales avanzadas, con sistemas de codificación del conocimiento cada vez más complejos y en menos manos.  
[9] Sobre las utopías de los socialistas utópicos véanse: Isabel de Cabo, Los socialistas utópicos, Ariel, Barcelona, 1995; Dominique Desanti, Los socialistas utópicos, Editorial Anagrama, Barcelona, 1973;  A.L. Morton, Las utopías socialistas, Ediciones Martinez Roca, Barcelona, 1970. A través de la biografía novelada de Flora Tristán y de Paul Gauguin, Mario Vargas Llosa en El paraíso en la otra esquina (Alfaguara, Madrid, 2003), analiza e ilustra magistralmente el mundo de las utopías socialistas del siglo XIX para mostrarnos su carácter de espejismo, de ilusión engañosa, la mayoría de las veces con trágicas consecuencias.
[10]  Citado en Yuli Kagarlitski, ¿Qué es la ciencia-ficción?, Labor, 1977, pp. 64 y ss.
[11] B. Farrington, Francis Bacon. Filósofo de la Revolución Industrial, op. cit., p. 146.


El proyecto baconiano y sus imperativos. Tomás Moreno