miércoles, 2 de marzo de 2011

LOS DIOSES DE STEPHEN HAWKING (II)

Los dioses de Stephen Hawking 2, Francisco Acuyo


LOS DIOSES DE STEPHEN HAWKING (II)




 Kant deducía en su Crítica de la razón pura, que la prueba y la refutación (de Dios o lo trascendente) no será posible mediante la razón. Sin embargo, será precisamente mediante aquella por la que podremos establecer nuevas premisas para llevar a término una potencial explicación y su consecuente aprehensión de lo mucho inefable e inexplicable que rodea e inunda nuestras  vidas, pero, ¿también lo será la razón –pura-  aplicada al rigor más duro y materialista del método científico? Darwin, tras la observación de los procesos evolutivos no termina de negar una potencial trascendencia, no digamos Alfred Russel Wallace, que la defiende abiertamente, ambos padres de la hipótesis que más duramente carga contra cualquier presupuesto de su existencia, entre cuyos  eminentes representantes se encuentra Richard Dawkin [1].
Es preciso redundar en que la razón es el fundamento incluso para el entendimiento de lo supuestamente inaprehensible por aquella; de la duda misma de lo que pudiera ser razonable cabe deducirse, a saber, que aún lo irracional o suprarracional encuentra fundamento  en ella, porque, en virtud de la razón reconocemos lo que está fuera de ella misma. En este sentido la razón nos hace libres porque a través suya se aspira a conocer, o
mejor, a saber de  la verdad, y será mediante esta aspiración que, el que razona actuará indefectiblemente de manera razonable; esta acción que es causa, conforma al hombre razonable y le hace libre en tanto que aquella (la razón) prevalece fuera de cualquier determinación al margen de la misma.[2]
Creo que nos encontramos, al margen de los intereses de marketing editorial, en este libro con un caso evidente de sacralización del pensamiento inductivo empirista que, acaso emparenta con aquel otro prejuzgado  religioso que alimenta la idea de un Dios utilitario y, por tanto, profundamente materialista, poniendo en duda no tanto la realidad religiosa (mística) de Dios, como su supersticiosa concepción.[3] Entiéndanse los dioses de Hawking, curiosa y estrechamente emparentados, en este caso, con los de la aspiración dolosa del creyente interesado y la impostura del finalismo positivo sacado del fiel de su contexto.

Pero veamos cómo será precisamente de la duda razonable de la realidad de Dios que se puede deducir su existencia: Si Dios fuera fácil, estaría al alcance de la mano. No sería trascendente y no sería Dios.[…] Me gustaría deducir su existencia a partir de mí. Comprendo que es imposible. En este sentido me duele. Pero si creyese así, no creería en Él, y al Dios que me adheriría no sería Dios. Así, pues, no creer de esa manera me ayuda a creer.[4] Entiéndase esta conclusión como verdadera apoteosis del racionalismo: Dubito, ergo, Deus est.

¿Se deduce del planteamiento de Hawking, con su negación en la intervención divina de la creación del universo, la pregunta correcta para la determinación de la existencia o inexistencia de lo trascendente? Me parece que en modo alguno. Pero dejemos esta cuestión para la entrada siguiente de nuestro blog.


[1] «La teoría darwinista […] no sólo no se opone a la fe en la naturaleza espiritual del hombre, sino que la respalda de forma decidida. Demuestra cómo, regido por la ley de la selección natural, ha podido desarrollarse el organismo humano a partir del organismo propio de un animal inferior; pero también nos enseña que poseemos facultades intelectuales y morales que no han podido desarrollarse de esa manera, sino que debieron tener otro origen, y para este origen sólo podemos encontrar una buena causa en el desconocido universo del Espíritu». Wallace, A. R.:  en Marchant, 1916, pp. 111-112.
[2] «Ser libre es dudar que la razón nos determine. No queremos que nada exterior a la razón tenga el poder de determinarnos, por tanto, queda el ser determinado por la idea misma de la racionalidad: la no contradicción y la legalidad universal. Seremos libres, pues, cuando actuemos únicamente a partir de estas reglas universales no contradictorias». Guitton, Jean, Mi testamento filosófico,
[3] Ibidem.
[4] Ibidem.






Los dioses de Stephen Hawking 2, Francisco Acuyo

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