miércoles, 29 de septiembre de 2010

ARISTÓTELES Y SU POÉTICA

Aristóteles y su poética, Francisco Acuyo
Ofrecemos una semblanza sobre el Ars poética de Aristóteles y de los aspectos aún permanentes de esta magna obra en el entendimiento del fenómeno poético en nuestros días.



SOBRE LA POÉTICA





NO ADMITE CONTROVERSIA LA PLAUSIBLE potestad y predicamento del Ars Poética(1) del influyente genio de Aristóteles, cuya autoridad incontestable vino a exceder su crédito, no solamente en la ciencia que engalanara con tan grande conocimiento y maestría, digo, del saber filosófico con el que habría de configurar también su particular doctrina literaria, ya aún la esencia misma de las artes; pues bajo el auspicio de idénticos y singulares postulados con los que habría de construir el extraordinario monumento de su física o ciencia natural, y articulados en la construcción de una impecable (lógica) casuística (autónoma y verosímil), querrá alzarse, igualmente, tan compacta y colosal la Poética, y aun la misma Retórica(2).
Es así que, una vez asumido el parentesco del arte (como tecné) con la ciencia, y ya dispuesto en su jerarquía lógico-científica cual ciencia teorética, veremos traslucir excelentemente su sistemática, mas, con acorde perfección respecto de los principios de su Metafísica (que estudia lo que es en cuanto que es,(3) la cual, como se verá se enfrenta sin ambages al sugestivo mundo de lo ideal platónico.
Veremos discurrir entre sus aquilatadas páginas las esencias y sustancias (si sustitutos de la idea) en equilibrado y sobrio desfile, perfectamente apercibidas para explicar el accidente de sus cambios posibles, sostenido todo su complejo en una complexión vigorosa, cuya sólida estructura muestra los pilares del principio de causalidad como el fundamental cimiento desde donde construir seguro su extraordinario aparato lógico.
Aristóteles y su poética, Francisco Acuyo
El esencial movimiento aristotélico es perfectamente perceptible, no sólo como concepto, acaso también como naturaleza indiscutible de lo que es en cuanto es,(4) pero totalmente asumible en lo que interesa para su teoría poética. Los elementos fundamentales que explican y sostienen la poética (la mímesis, la verosimilitud y la fábula) se estructuran, sabiamente gobernados, en torno al arte verbal, y desde cuyas firmes plantas habrían de buscar seguro asiento las raíces consistentes que extendieron tan luengamente su extraordinario vigor nutricio en forma de mímesis del cambio y que, durante tanto tiempo ha sustentado la dinámica poética de tantas como significativas corrientes y tendencias literarias, estéticas y artísticas en la historia de la humanidad.
Véase, si no, qué actualidad mantienen sus gustosas apreciaciones sobre lo que sea verso y lo que fuese poesía; ésta última no lo será, desde luego, porque esté manifiestamente expresada en el discurrir rítmico del verso, pues la condición ineludible para que la poesis sea, a todas luces será la mímesis, y es que, al amparo de su dinámica singular, inferimos nosotros que la poesía será posible como episteme. Mas será, al fin, con la verosimilitud mimética que la poesía alcance el rasgo de universalidad a que aspira el saber científico, pero trascendiendo incluso el prestigioso conocimiento histórico pues, si lo verosímil es lo que puede suceder, será precisamente aquello que es o que puede ser (lo verosímil probable), lo que construye la estructura de la realidad y se vierte como el rasgo universal adelantado, mas siempre en conexión directa con el espíritu imprescindible de la lógica causal; estructurándose el corpus y la dinámica de la literatura en virtud de las mismas leyes (de causa y efecto) que rigen la naturaleza.
Así, dará lugar también a nuevas vertientes de lo poético reconocidas en periodos más o menos inmediatos a la redacción de la poética (y otras, entonces, potenciales, que afectarán a más modernas concepciones), y todo esto en razón de su reconocimiento de lo irracional en poesía. A través de su importante concepción de la metáfora y del talento innato, tendrán lugar conceptos, posteriormente, tan sugestivos como modernos: así el de sublimidad. (5) Mas, ahora, sin conmover la elegante y firme estructura que se eleva en el excelso y equilibrado ámbito de la fábula. Desde aquella y la mímesis se deduce el ser orgánico que define y constituye en su particular andamiaje (principio, medio y fin) la obra literaria, la cual alcanzará, mesura, claridad, carácter y elegancia extremos de seguir lo establecido en la poética.
La aprehensión y acercamiento al lenguaje en el sistema aristótelico es, a mi juicio, una de las partes más influyentes e interesantes de su arte poética en tanto que puede reconocerse en ella al auténtico y primer nuncio o iniciador de la lingüística moderna, pues parte para la estructuración, estudio y análisis del lenguaje de un esquema de semejanzas y diferencias muy similar al que describen los actuales estudios en la materia.
Habíamos hecho una brevísima referencia a su visión y concepción de la metáfora, la cual, aún defendiendo la mesura (elevación y claridad) para su buen uso, no deja de abrir posibilidades nuevas cuando reconoce su posible irracionalidad (o carácter enigmático) aunque sea en su abuso, y desde cuyo reconocimiento pensar en una presunta superación del estilo y la didáctica para su manejo, no se nos antoja ningún dislate para situarse después más allá del nivel lingüístico. Acaso comenzar a poner en duda la metáfora difícil y el enigma, como transgresores de lo racional es ya el primer atisbo de una lógica metafórica con la que sustentar la verdadera poesía; dar una posibilidad de entendimiento de la metáfora y la poesía que, después, iría más allá del nombre para vislumbrar el discurso (el enunciado) y todo para superar el concepto tradicional de lenguaje, y acaso anunciar la moderna concepción del mismo como ente figurado.(7)
Lo racional, equilibrado e inteligible se describe y se aspira en la mesura de la poética y así, con lo didáctico, se ofrece como uno de los fines del arte o de la creación en la belleza, es decir: como estética. Mas, De lo sublime,(6) trazaría aquí también algún bosquejo; de cualquier forma dejará esbozados los ecos todos donde la poesía, acaso de manera incipiente para la primera crítica, aspira a lo excelso y metafísico, y donde observar, también anticipadamente, que lo augusto de cualquier arte reside en la labor de lo que, posteriormente, se reconocería como genio (la capacidad o disposición innata para crear, que diría Aristóteles) doctamente conducida.
Mas, hoy, ¿qué vemos, o, mejor, qué no vemos de su maestría y ciencia filosófica en la poética? En propiedad, lo que, acaso, no pueda verse y, apenas soslayarse de la verdadera poesía, pues, además de lo perceptible de su ejercicio tan sabiamente señalado en la poética, es decir: todo lo expreso y cuajado de razones, de equilibrio, de lógica y belleza, mas parecen además intuírse las necesarias (y propincuas) voces del silencio que anuncian lo que esconde (lo secreto y misterioso) y que, sin embargo, es, y que supone otra vida latente pero sublime y vitalmente necesaria de pasiones extáticas con las que exaltar para siempre el ser en la poesía.(8)



                                                                                                          Francisco Acuyo



(1) Arte Poética: «Aristóteles: Ars Poética», Gredos, Edición de Valentín García Yebra, Madrid, 1974.
(2) Retórica: Aristóteles: «Arte Retórica», Gredos, Madrid, 2000.
(3) Metafísica Aristóteles: «Metafísica»: Gredos, Madrid, 2000.
(4) Metafísica: idem
(6) Longino: «Sobre lo sublime», Gredos, Madrid, 1998.
(7) Véase Ortega y Gasset o Paul Ricoeur.
(8) Estimo como punto necesario la poética de Aristóteles para la consecución de tantas concepciones modernas de la poesía en la actualidad.




Aristóteles y su poética, Francisco Acuyo



lunes, 27 de septiembre de 2010

LUCIEN GOLDMANN: ENTRE EL SUJETO SOCIOLÓGICO Y EL OBJETO LITERARIO

Algunas reflexiones sobre narrativa siguiendo conceptos sociológicos del Lucien Goldmann siguiendo las relaciones funcionales entre la literatura y los procesos económicos-sociales. Son estos apuntes una invitación a la lectura de este autor y un impulso a la reflexión sociológica de la literatura.







Lucien Goldman: entre el sujeto sociológico y el objeto literario, Francisco Acuyo



LUCIEN GOLDMANN:

ENTRE EL SUJETO SOCIOLÓGICO

Y EL OBJETO LITERARIO


Lucien Goldman: entre el sujeto sociológico y el objeto literario, Francisco Acuyo



CUANDO CUALQUIER INTÉRPRETE que se precie expone con el rigor asaz necesario en la consecución de propósitos de razón o de ciencia, reconoce la facultad de conocer no sólo en su aptitud intelectiva, también en la copiosa y rica prosapia de los textos, y en el linaje del autor o autores a los cuales consulta.
He pues, aquí, una entretenida y nada desdeñable, a mi modesto juicio, mudanza para quien tuviere penetración bastante para así reconocerlo. Bien puede deducirse todo esto cuando Lucien Goldmann prefiere, para regalo de tan lúcido pensamiento como el suyo y expuesto en obras tan diversas como la que nos ocupa Para una sociología de la novela, hacer más sólidas estructuras sobre seguros pilares, mas todos ellos de seguro bien asentados sobre tan avisados como sutiles conocimientos.
Lucien Goldman: entre el sujeto sociológico y el objeto literario, Francisco Acuyo
Así, desde Lukács, quien a su vez habría de sustentarse sobre los férreos cimientos de la Estética hegeliana, defiende que el indudable centro de la novela es y será la educación de los hombres para la realidad. Siguiendo el criterio de Hegel marcha y marca su pensamiento precisamente cuando decía que, justamente en este aspecto novelístico, aquella, la novela, digo, podría aparecer como el regreso de lo serio hacia las novelas de caballerías convertidas en auténtico y esencial contenido; pues la ordenación de la estructura de la sociedad burguesa toma cuerpo en una policía, en un sistema judicial, en una administración de gobierno, en un estado, que acaso ocupan el lugar de aquellos fines quiméricos del héroe de aquellas novelas.
De esta manera Goldmann y Lukács analizarían las relaciones funcionales entre la literatura y los procesos económico-sociales dentro de su singular marco de interpretación. Parece pues, indiscutible que las obras literarias encierran a veces descripciones ineludibles de la realidad social que le es contemporánea. Y es que la literatura no pasará solamente por ser un instrumento documental para la disciplina sociológica, pues acaba transformándose en la misma sociología en tanto en cuanto es o puede ser una reflexión sobre la sociedad.
Del fragmento escogido de Para una sociología de la novela, pueden detectarse los influjos lukasianos: aquellos por los que el escritor debiera tener una actitud militante y que, en Goldmann acaso sean elementos discutibles; no obstante, su estructuralismo genético como referencia para la Sociología de la Literatura, sigue manteniendo no pocos elementos que le identifican plenamente con Lukács, veremos así que parte de la hipótesis de que todo comportamiento humano pretende dar respuestas satisfactoria y significativa a situaciones particulares aparece, tendiendo por ello a crear un equilibrio en el sujeto de la acción y el objeto aquel sobre el que viene a recaer el mundo circundante.
Debe inferirse necesariamente de lo ya dicho que cualquier producción literaria contará de elementos para la reflexión lo suficientemente importantes para aproximarse desde diversas perspectivas al conocimiento de una época y de toda manifestación artística. No debemos dejar de tener en en cuenta que quienes llevan a cabo estas realizaciones artísticas habitan y viven entre otras personas, y que son entre todas ellas, testigos de excepción.
Es interesante en este punto mirar hacia atrás en la obra e influjos de Lucien Goldmann para ver las tradiciones que atraviesan su producción, para su mejor entendimiento y que afectarán sin duda a este texto motivo de comentario Así vemos las influencias desde la revista Anales, el Marxismo, el Existencialismo, el Humanismo Marxista, etcétera; observándose también una inclinación hacia la historia económica de ambición humanista, apareciendo en este momento la figura de Fernand Braudel como clara referencia.
Durante los años sesenta aparece la Nueva Historia y junto a ella también un aguerrido grupo de historiadores profesionales creyentes en las bondades analíticas del marxismo. Hace también su aparición desde otras ciencias sociales una nueva tendencia desde la cual reaparecen los ataques a la historia. Pero debemos retrotraernos al Congreso Internacional de Ciencias Históricas, en Roma, en el año 1955, con Labrouse a la cabeza, donde sí veremos ya una incidencia importante. Desde aquí nace una historia social cuantitativa que exige la superación de la fase descriptiva y el necesario recurso a la medida y a lo cuantitativo; debate éste interesante en sus inicios, para ser considerado posteriormente como estéril.
Aparece un cambio en la actitud de los jóvenes que producen un regreso a los temas de investigación más diversos. Lucien será discípulo de Braudel, y deudor del existencialismo, a pesar de no estar de acuerdo con él, así la relación con Lukács y el Humanismo Marxista sería, como dijimos, fundamental, sin olvidar los dos arquetipos fundamentales: Hegel y Marx.
Lucien Goldman: entre el sujeto sociológico y el objeto literario, Francisco Acuyo
Veremos pues, que nos encontramos ante un historiador-filósofo que, a partir de un fenómeno empírico abstracto, pretende alcanzar la esencia de conceptos, y se adscribe al pensamiento dialéctico donde no aparecen puntos de partida ni problemas definidos o resueltos, y donde sólo puede conocerse mediante verdades parciales, y que concibe la ciencia como constructiva en oposición a la filosofía analítica.
Pretende desarrollar, y se deduce de nuestro fragmento claramente de Para una sociología de la novela, un método positivo en el estudio de las obras literarias y filosóficas, y así contribuir a la composición de un conjunto delimitado de escritos que, a pesar de las diferencias, parecen emparentados.
Epistemológicamente, nos dirá Goldmann: El conocimiento de los hechos empíricos continuará siendo abstracto y superficial mientras no se haya concertado por su integración al conjunto único que permite superar el fenómeno parcial y abstracto, para llegar a ser esencia concreta a su significado. A lo cual añade: En las ciencias humanas, la separación entre lo esencial y lo accidental solamente puede realizarse por integración de los elementos al conjunto, de las partes al todo. Para lo cual ha de utilizar, como decíamos el método dialéctico, el cual preconiza ir no sólo del texto al individuo, sino también de éste a los grupos sociales de los que indudablemente forma parte. El concepto de estructura significativa de Goldmann proviene de Lukács para posteriormente llevarlo a su visión trágica, cuya concepción ha sido del todo fundamental para la comprensión de los escritos de Pascal y de Racine. Este concepto lleva a establecer que la concepción del mundo no es una realidad metafísica, sino que se trata del aspecto principal y concreto de la conciencia colectiva.
De aquí se colige, finalmente, que el hombre trágico tiene conciencia de dos graves insuficiencias: La insuficiencia del hombre, que se debate en la dualidad (rey y esclavo, ángel o bestia...) y la insuficiencia manifiesta en un mundo ambiguo, donde probar sus fuerzas para no emplearlas jamás; todo lo cual exige la unión de los contrarios que, en definitiva, es la esencia de esta conciencia trágica.
Nos ofrece Goldmann, en fin, este fragmento de su para una sociología de la novela la idea que nos lleva a entender que la creación cultural compensa así la mezcla y los compromisos que la realidad impone a los sujetos y facilita su inserción en el mundo real, lo que puede ser el fundamento psicológico de la catarsis.





                                                                                                   Francisco Acuyo





Lucien Goldman: entre el sujeto sociológico y el objeto literario, Francisco Acuyo

domingo, 26 de septiembre de 2010

DEL ALMA Y SU POÉTICA:CONFUCIANISMO Y TAOÍSMO

Con motivo de la lectura de unos sugestivos versos establecemos reflexiones varias sobre las dos calas consideradas primordiales en el pensamiento chino, a saber: el Confucianismo y el Taoísmo, y su influjo en el arte.








EL ALMA Y SU POÉTICA :

(DOS CALAS EN LA INFINITUD Y SU DISTANCIA)



Del alma y su poética (dos calas en la infinitud y su distancia), Francisco Acuyo





I

CH’I FU

(MINISTRO DE LA GUERRA)




Del alma y su poética (dos calas en la infinitud y su distancia), Francisco Acuyo
RECUERDO TODAVÍA, CON MUY GRANDE FRUICIÓN por otra parte, la primera vez que las Analectas, en la sobria versión de Arthur Waley, sostuve entre mis manos. Parece deudora del Confucius Sinarum Philosophus, sive Scientia Sinensis, de 1687, que viese la luz en París, fruto de la encomiable y nunca suficientemente ponderada labor de cuatro monjes misioneros jesuitas. Desde luego no pretendo aquí hacer memoria de lo ya memorable, pero tampoco puedo disfrazar con eruditos rasgos la emoción que aún me embarga cuando, tras la lectura de estos versos, traigo a la memoria el recuerdo de su hallazgo y, en su primicia, me parece verme aún entregado en la lectura de la que fuese por entonces tan sugerente primicia.
No me ha sido del todo posible evitar este acopio en heterogénea mezcla de sentimientos (de seguro bien ostensibles) y criterios de rigor (en momentos quizá no tan manifiestos), pero no creo que, en este punto, deba reprimir en absoluto mi entusiasmo.
De toda la suerte de impresiones que aún me sobrecogen, estimuladas, como digo, por el poema objeto de nuestro estudio, serán sin duda vigor enfebrecido, si no para dar total y fidedigna noticia y análisis de la componenda de sus versos, sí al menos, con el que contagiar mi interés, pues todo él se ofrece lleno de un sincero alborozo. Y es que, acaso, no pueda tampoco en este instante y ante estos versos, dejar de rememorar gozosamente el Libro de la Poesía, y con éste deducir con tanta lógica como emoción el fragmento que rezaba: La mente se despierta con la poesía (A.8 VII).
Que el verso introductorio del primer poema siga la interrogante del segundo en los términos siguientes: Ministro de la guerra, somos las garras y dientes del emperador. // ¿Por qué nos habéis reducido a esta miseria?, nos parece del todo coherente con la larga prosapia del rito en el pensamiento confucionista y, ahora, probablemente violado, y sobre todo por haber sido objeto de ruptura con aquella proverbial suavidad en el arte de gobierno que, muy bien parece haber olvidado nuestro insensato ministro de la guerra, sordo quizá, a las quejas de sus (guerreros) subordinados.
Confucio dijo: El que pueda gobernar un estado mediante la suavidad que dan los ritos no tendrá dificultades. El que no pueda gobernar un estado con esta suavidad, ¿para qué quiere los ritos? (A. 4 XIII). Todo en estos versos hace inclinar mi modesto o torpe espíritu crítico hacia la concepción de lo humanitario como fundamento del autodominio y la insistencia en los mencionados ritos. O, ¿es que no es un manifiesto signo de falta de humanitarismo dejar a los que dependen del que gobierna en situación tan precaria que no tengan lugar dónde reposar o dónde acogerse? Parecen obviarse aquellos rasgos de reverencia y sensibilidad, de sentido de mutuo beneficio que yacen siempre en el corazón de dicho humanitarismo.
Qué lejos queda el ideal político en el que hubiese un imperio presidido por un Hijo del Cielo, quien, habiendo recibido el Mandato del Empíreo gobernara como un verdadero rey. Y es que si todos los hombres nacen con la misma capacidad de desarrollo moral es porque aquellos conforman con el universo una unidad en armonía. Mas, también, qué distante está nuestro Ministro de los gentilhombres que se cultivan a sí mismos para infundir respeto... que se autoperfeccionan para dar la paz a todos.







II

TIANWEN 


(PREGUNTAS AL CIELO) 




TANTAS VECES ESTIMAMOS NECESARIO proceder a toda prisa: cuando, un tanto nos vemos enérgicos, sobrios, seguros y, sin embargo, barruntamos la precariedad de nuestro equilibrio emocional; cuando creemos que el transcurso (siempre ficticio y) veloz de nuestro tiempo consume nuestras vidas y, nos afanamos por trascender lo que estimamos superfluo sobre ellas; cuando apuramos el aliento último de nuestras conciencias fatigadas por el trasiego cotidiano y se anhela en el trasmundo las ausencias de lo que no supimos ver en lo que vivimos; cuando, en fin, no encontramos respuesta a tanta inquietud en la incertidumbre de la existencia que nos fatiga y, ante la constante frustración, buscamos con presura el juego, el esparcimiento, la evasión o la dispersa entrega al mundo de lo fantástico y de su ya secular ideología.
Pero, cuando por cualquier circunstancia, ya agotados por tan banal esfuerzo, pensamos lo trascendente, parece indudable que andamos con menos urgencia por hallar satisfactorias respuestas a lo trajinado de nuestras vidas. No deja de parecer a los ojos occidentales el pensamiento de extremo oriente (en no pocas ocasiones ignaros de la profundidad con la que se les presenta) casi siempre disfrazado con la presunta veste que hace de la suya una suerte de extravagante concepción del mundo; pensamiento, digo que, tácitamente, la mayoría de las veces, en otras incomprensiblemente, se manifiesta con el petulante silencio de quien estima su cultura como la cuna indiscutible del
Del alma y su poética (dos calas en la infinitud y su distancia), Francisco Acuyo
verdadero, único e irreductible pensamiento filosófico, origen a su vez de los todos los principios que distinguen al científico.
Cuando en la lectura de este poema mecía mi entendimiento con tan subido y peculiar concepto metafísico, caí en la cuenta que la dignidad del razonamiento lógico occidental, en su genuino desprecio hacia la cosmovisión de oriente, era una de las muestras más evidentes de una presunción que iría en contra de sus propios y mesurados principios, ahora exaltados por no sabría decir qué especie de presuntuoso irracionalismo. La metafísica de estos versos, sí, es ciertamente singular, distinta e incluso distante de la que tuviera origen en nuestra admirada y tan querida Grecia Clásica, aunque, eso también se muestra claro, parecen inferirse las mismas dudas o interrogantes que revisten un carácter universal, además de un grado notable de parentesco en sus planteamientos metafísicos: ¿Desde el principio de los tiempos, // ¿quién nos legó las causas?
El origen de lo que percibimos, el conocimiento de lo que aprehendemos, la mecánica de lo que acontece, el movimiento de lo que sucede, las causas de los ciclos celestes y vitales: ¿Cómo coordina el Cielo sus movimientos?... ¿Cuál es la virtud de la luna, luz de la noche, // que le permite volver a crecer una vez que ha muerto? Hasta aquí, no se nos antoja del todo distinto el discurso lógico y las interrogantes metafísicas, más diría: son del todo familiares a nuestra concepción analítica del mundo, de aquello que creemos ser capaces de interpretar racionalmente en virtud de unas leyes sometidas al principio de la causa y del efecto.
Pero, he aquí que concluye el discurso reflexivo y poemático de forma totalmente inusitada a nuestros atónitos sentidos y entendimiento : Cuando Yi abatió a los soles, // ¿por qué los cuervos perdieron sus alas?
Si les digo que una de las mejores nociones para aprehender la insólita razón que aduce, no ya este poema, acaso otros tantos, numerosísimos por cierto, que nos enseñan que la idoneidad para la comprensión del mundo ( y del poema) es posible sólo partir del olvido de todo lo asimilado con tanto esfuerzo en nuestras vidas. Esta proposición no es mía, acaso sea la condición básica para apercibirse de la vida, del poema y de la totalidad que lo compone. No equivoquen el sentido de mis palabras: suspendan el juicio preconcebido de las formas y de lo que acontece. Sólo mantengan la atención primigenia, común a todos y anterior incluso al propio lenguaje; será la que, más allá del análisis intelectual nos lleve a ese estado donde veamos con claridad que no hay nada que hacer. Cuando Lao Tse dice: El erudito aprende algo nuevo cada día; el hombre del «Tao» desaprende algo cada día, hasta que acaba regresando a la no acción, no hace sino invitarnos a la realidad donde ni siquiera podemos afirmar que algo sucede.
El «Tao» emana de sí mismo, actúa siempre de forma espontánea, pero para apreciar su naturaleza es preciso una docta ignorancia que nos libere de las incongruencias de nuestra mente, manifiestas en la ilusión de que lo que acontece nos sucede a nosotros: pues, si partimos de esa ignorancia primera no existe diferencia con lo que ocurre, y es que no es posible escindir ciertos rasgos que le son propios al universo sin destruir su conjunto y convertirlos en algo inexistente. También es necesario salvarse de la quimera que nos engaña cuando experimentamos nuestra propia existencia, y también la del universo; esta acción ocurre de manera simultánea: lo que sucede en este instante, no es necesariamente consecuencia de lo que aconteció en el pasado. Debemos situarnos un paso más allá de la necesarias leyes de causa y de efecto: el pasado no es más que la consecuencia de lo que en este instante ahora está sucediendo: Cuando Yi abatió a los soles, // ¿por qué los cuervos perdieron sus plumas?.
El shock producido por el cierre poemático, aparentemente irracional, hace de los dos últimos versos la clave de la naturaleza sui generis del Tao y del poema. Con el fin de buscar el nivel más bajo de situación para apercibirse de aquella naturaleza única, lleva a cabo un movimiento wu wei, de no forzamiento, indispensable para dicha sabiduría. Quiere presentarnos el poema como una realidad que fluye de forma constante en un proceso unitario; cuando realmente comprendamos la cuestión que atañe a la naturaleza del Tao, dejaremos de hacer preguntas, pues esa dinámica de respuestas y preguntas obedecen a una fatua tautología.
De esta manera el poema se va haciendo un juego de interrogantes y posibles respuestas con el fin de ir disolviendo dichas preguntas, porque la respuesta verdadera radica en su total disolución; lo que ocurre no puede ser descrito, porque el Tao es indescriptible.


                                                                                                                Francisco Acuyo








Del alma y su poética (dos calas en la infinitud y su distancia), Francisco Acuyo







martes, 21 de septiembre de 2010

FRAGMENTALIDAD Y POESÍA: UN APUNTE SOBRE D. RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL. EL ROMANCE DE ABENÁMAR

Completando el artículo anteriormente ofrecido en relación al romance presentamos este otro con la figura del excelso hispanista Ramón Menéndez Pidal como eje vertebrador de uno de los aspectos más singulares de esta forma métrica y poética en nuestras letras, y todo en relación al celebérrimo romance de Abenámar.



Fragmentalidad y poesía: un apunte sobre D. Ramón Menéndez Pidal. El romance de Abenamar, Francisco Acuyo






FRAGMENTALIDAD Y POESÍA: UN APUNTE 
SOBRE D. RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL. 
EL ROMANCE DE ABENÁMAR





Fragmentalidad y poesía: un apunte sobre D. Ramón Menéndez Pidal. El romance de Abenamar, Francisco Acuyo



"¡Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!

Estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida:
Moro que en tal signo nace
no debe decir mentira."

Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía:
"Yo te lo diré, señor,
aunque me cueste la vida,

porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho,
mi madre me lo decía:

que mentira no dijese,
que era grande villanía:
por tanto, pregunta, rey,
que la verdad te diría."

"Yo te agradezco, Abenámar
aquesa tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucían!

"El Alhambra era, señor,
Fragmentalidad y poesía: un apunte sobre D. Ramón Menéndez Pidal. El romance de Abenamar, Francisco Acuyo
y la otra la Mezquita;
los otros los Alixares,
labrados a maravilla.

El moro que los labraba
cien doblas cobraba al día,
y el día que no los labra,
otras tantas se perdía.

El otro es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía."

Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:
"Si tú quisieses, Granada,
contigo me casaría;

daréte en arras y dote
a Córdoba y Sevilla."
"Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;

el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería."

Anónimo del siglo XV





FRAGMENTALIDAD Y POESÍA




CUANDO D. RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL, en aquella deliciosa Flor Nueva de Romances Viejos suya contaba, con grande amenidad por otra parte, que los romances son poemas épico líricos breves que se cantan al son de un instrumento, no hacía sino introducir y poner en antecedentes al lector interesado para avisar que, si cada país tiene sus genuinas formas de expresión lírica (la narración épico lírica francesa, o la balada inglesa, o las viser suecas o danesas, o los cantos narrativos del norte de Italia, de Alemania, Grecia, Finlandia, etc...), España será sin duda el país del Romancero.

El Romance de El Rey Don Juan ante Granada, pertenece a aquella tradición tan memorablemente estudiada por el avisado filólogo y maestro, cuyos orígenes heroicos parecen a todas luces evidentes, aunque la antigua epopeya española se distingue por tener un campo de inspiración más moderno y, a la vez siendo más tradicionalista. Así, algunos romances viejos no serán otra cosa que un fragmento de un poema de la vieja tradición heroica que, conservado en la memoria popular, tiende a tomar vida independiente.

Fragmentalidad y poesía: un apunte sobre D. Ramón Menéndez Pidal. El romance de Abenamar, Francisco AcuyoLas largas tandas de versos y escenas de las grandes epopeyas tienden a desaparecer para dejar solamente aquel exquisito aroma lírico del que gustaba tanto saborear D. Ramón. En este poema que nos ocupa, al igual que en otros tantos del momento, observamos cómo los elementos objetivos tienden a ir disolviéndose para ir dando paso a aquellos subjetivos de naturaleza sentimental, y donde el estilo épico narrativo va a dar paso a un estilo épico lírico, donde predominan los elementos de carácter dialogístico (así se abre nuestro poema Abenamar, Abenamar...), gracias a lo cual pudieron perdurar personajes y héroes de nuestra epopeya nacional.

Es de destacar en las tiradas de versos octosílabos, rimadas en los versos alternos en asonante i-a, aunque en su origen sean realmente tiradas de dieciséis sílabas con asonancia monorrima, metro tan característico de este momento que le entroncan con los temas de la epopeya medieval, resaltando el espíritu (de nación) que gustaba poner énfasis, parafraseando a Menéndez Pidal, por mediación de Federico Schlegel, como exaltación primera en el mundo.

Que digamos que nuestro célebre poema está dentro de aquella tradición que intentaba informar al pueblo de los diversos sucesos que acontecían y preocupaban a la nación, tales como así nos lo muestran los romances fronterizos y moriscos, no debe resultarnos en absoluto cosa inaudita, distinguiendo a esta composición su singular nobleza histórica, rasgo este que en verdad hacen diferentes estos poemas en el trato de sus personajes que, a diferencia de tradiciones tales como la inglesa o francesa, siempre tienen un fondo histórico.

Debemos incidir también, aunque no cabe ante la observación de nuestro poema, en que la temática del romance en otros muchos casos, adopta los temas líricos, como la serranilla o la pastourelle francesa, o el de la malcasada.

Creo oportuno volver a insistir en el carácter fragmentario de los romances, y que a mi juicio es verdaderamente fácil de detectar en nuestro poema, y que se manifiesta en el propio estilo que se muestra sencillo y de simples recursos, en la sobriedad de los versos expresa en la parca ornamentalidad de los mismos y con una austeridad que gustaba a D. Ramón de denominar realista, en virtud de todo lo cual habrían de alcanzar una gran agilidad y un gran aliento lírico. Mas, como decía, también resaltar ese rasgo de fragmentalidad que es tan característico de esta poesía. Presentar el poema como algo inacabado, como un callar a tiempo que parece decir: tiende a tomar vida independiente y que reviste en esta brusquedad sin fin carácter verdaderamente creativo y poético.

Fragmentalidad y poesía: un apunte sobre D. Ramón Menéndez Pidal. El romance de Abenamar, Francisco Acuyo
Ya Montaigne hacía loa de esta poesía de naturaleza popular, o Sidney o Ben Jhonson, que ante composiciones de esta naturaleza sentían una profunda emoción. Lo mismo cabe decir de composiciones como esta, que aún el inexorable paso del tiempo no ha hecho sino asentar sobre ellas un aire todavía más sutil por sobrio y fragmentario.

Corría el año 1431 cuando el rey Juan II de Castilla, con el infante Abebalmao que según cuentan las crónicas históricas del momento, llegan a la ciudad nazarí de Granada, la cual había ofrecido para ser rey. La inspiración morisca es del clara, así resalta Menéndez Pidal que los poetas árabes llamasen con frecuencia esposo al señor de una región determinada, por lo que la ciudad de Granada se observa como una novia, imagen que, como también resalta el insigne filólogo, es del todo peculiar de nuestra literatura, y que, posteriormente, los soldados españoles llevarían consigo a través del Romancero, fuera de España y denominarían novia a la ciudad sitiada.

No es del todo baladí hacer notar el hecho del poderoso influjo de nuestro Romancero más allá de su tiempo y fronteras espaciales, así lo veremos florecer de forma excelsa en poetas posteriores como Lope de Vega o Góngora, o contemporáneos como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Federico García Lorca, entre otros muchos, y cuya marca puede ser considerada como realmente indeleble en el alma sublime del poema auténtico y que, como signo inequívoco, descollará cual manifestación singular de verdadera poesía.





                                                                                                               Francisco Acuyo




Fragmentalidad y poesía: un apunte sobre D. Ramón Menéndez Pidal. El romance de Abenamar, Francisco Acuyo



lunes, 20 de septiembre de 2010

EL RECURSO DEL MÉTODO: APUNTES VARIOS SOBRE EL MÉTODO DE GIAMBATTISTA VICO

Presentamos unos apuntes sobre el gran Giambattista Vico (23 de junio de 1668, 23 de enero de 1744), abogado, filósofo de la historia y protosociólogo napolitano. Célebre por su concepto de verdad como resultado del hacer (verum ipsum factum), y que tanto ha influido, por su clarividencia metodológica y razonamiento de la verdad, en quien modestamente les comunica sus inquietudes en esta bitácora.










El recurso del método: apuntes varios sobre el método de Giambatista Vico, Francisco Acuyo



RECURSO DEL MÉTODO
(APUNTES VARIOS SOBRE EL MÉTODO DE
GIAMBATTISTA VICO)





El recurso del método: apuntes varios sobre el método de Giambatista Vico, Francisco Acuyo






«...estos deben ser los confines de la razón

humana. Y quien quiera salir de ellos cuide

no salga de la misma humanidad».





G. VICO
«Principios de una ciencia nueva

sobre la naturaleza común de las naciones»









DEL MÉTODO DE GIAMBATTISTA VICO (perteneciente a su magna obra Principios de una ciencia nueva) cabe inferirse, iniciada apenas su lectura, unos principios que, acaso se nutrieran del mítico conocimiento del que a su vez ya partiesen aquellos balbucientes pasos primigenios con los que el hombre anduviera los caminos iniciales de su discernimiento; principios así mismo con los que, desde luego, fuesen de frenar capaces los hombres su cruel ferocidad y libertad salvaje.

Desde De nostri temporis studiorum rationae, su primera obra publicada en 1709, hasta Principi di Sciencia, que ahora nos ocupa y que viera la luz en 1725 en primera edición, hasta la publicación segunda, corregida y completada en 1730, se verán discurrir en desigual desfile, acontecimientos personales (que parece que incidieron tanto en la vida como en la obra de nuestro autor ilustre ) y hallazgos intelectuales para, finalmente, canalizar o sintetizarse en su obra regia que, en su interesantísima vertiente metódica, en estos fragmentos pasamos a analizar para deleite de quien guste del sabroso yantar intelectivo y aunque nuestra incursión sea, por otra parte tan urgente como breve.

No obstante, me parece muy oportuno exponer a su consideración un aspecto del pensamiento viciano como cosa del todo muy conveniente señalar, aunque sea con la prisa febril que exige tanta parquedad en estas apresuradas ponencias, esto es, que el ímpetu de Vico en la consecución de una nueva ciencia, participa de la que ya es considerada en la disciplina filosófica, célebre paradoja, o contradicción viciana, pues marcará ésta el signo de buena parte de sus reflexiones y que, después, también afectaría a la singularidad de la disciplina en la que indaga con denodado tesón e insistente
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energía.

De aquellos principios que adelantábamos, su método participa de forma afirmativa y además en lo que considera como un hecho, a saber: que los hombres hacen su historia. Es por todo esto que pueden hacerse partícipes de ella y de su conocimiento esencial; mas veremos este criterio enfrentado dialécticamente con aquel por el cual Vico establece que será la Providencia Divina la que intervendrá en las historias civiles, creando el concepto que habría de denominar como Historia Eterna.

Puede deducirse fácilmente que tal contradicción parte de un hecho básico cual es la participación de nuestro autor de la visión del cristiano platónico, y que a la postrer debería enfrentarle con el pensamiento cartesiano, y que, a pesar de todo, no podrá dejar de verse influido por el memorable y poderoso método del filósofo francés.

Una vez hecha esta cala y consideración sobre la aparente dicotomía del pensamiento viciano, veremos discurrir en esta modesta exégesis de aquellas páginas, entre otras cosas dignas de mención, la observación que nos lleva a resaltar el intento de justificación y clarificación de los principios y leyes de la nueva ciencia, capaz de ofrecernos la mencionada historia ideal eterna de acuerdo con aquel transcurrir de las historias particulares y, así mismo, explicitar la naturaleza que es y será común a todas las naciones.

Considero también, en este punto, y a la luz de estas páginas y este método, muy necesario incidir en la única vía para llegar a conocer la naturaleza humana: mas no será de otra forma que a través de la única ciencia nueva, cual es la historia y, además, desarrollando un singularísimo concepto de Providencia no tanto de origen divino como natural. Podemos colegir de aquí el carácter cíclico y en constante fluir de la historia, estableciendo la metáfora del río que, en sus desbordamientos manifiesta las crisis, y en los diferentes recodos los cambios que darán lugar a épocas nuevas. Mas, todo parece, por la propia naturaleza corrompida de los hombres, influir en el caos que acompaña en la vida de aquellos como algo absolutamente necesario, mas también como la posibilidad (y necesidad) de imponer orden. Se trasluce pues, en este método la idea de la historia como inexorable y perpetuo renacimiento, mas dependiendo la suerte de nuestra especie de la propia voluntad humana.

Se deduce de este método también el influjo de su teoría de los avances y retornos, en virtud de la cual los hombres habrían de tomar conciencia de una ley que, según Vico, presenta la historia describiendo una curvatura, la cual obliga de forma reiterada y constante a volver sobre sí misma. Mas la ambición gnoseológica de Giambattista Vico no se contenta con esta visión unívoca de la historia, y pretende que las pruebas filosóficas que usará esta ciencia puedan ser aplicadas a un campo de operaciones mucho más vasto, pues pretende en realidad que abarque los fenómenos anejos a la vida, de la cual, la historia forma indubitablemente parte. Es así como comienza a vislumbrarse una protosociología, la cual pasará a formar parte de los pilares y fundamentos que habrán de sustentar la moderna ciencia de la sociología. Reconoceremos en este instante que la senda abierta por Vico vendrá a actuar como el ya sobradamente reconocido pivote entre el Renacimiento y la Ilustración.

Podemos ver la historia a la luz de las páginas leídas, como el resultado de la conjunción de tres elementos: Religión, Matrimonio y Sepultura de los muertos, las cuales darán cuenta: de las relaciones de parentesco, el culto a la memoria y el sentimiento de la finalidad del hombre.

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Observemos también que nos encontramos, además, ante el auténtico inaugurador de la Filosofía de la Historia y que, desde luego, anticipa con grande autoridad un elenco importantísimo de ideas atribuibles a disciplinas tan dispares como la filosofía, la política, la psicología, las ciencias sociales... anunciando el pensamiento de figuras de la relevancia de Sorel, Marx, Max Weber, etcétera, que lo van a señalar, como decía, en el insigne protosociólogo que marcaría un hito básico en esta y otras disciplina del pensamiento moderno.

Se anticipa prodigiosamente a la distinción entre intención y resultado, propias de la filosofía, pensamiento y ciencias modernas, y cuya lista de nombres que se verían bajo el influjo de Vico pensamos que sería en verdad innumerable. De especial relevancia será la distinción entre el plano mundano que para Vico será la metafísica vulgar como una socialidad originaria, de donde posteriormente deduce la naturaleza de la sociedad con una peculiaridad objetiva, perfectamente distinguible de la física natural; por lo que la ciencia nueva en este punto puede ser considerada como descubrimiento de primera magnitud.

En un principio hace referencia a la tradición que hablaba de sabiduría esotérica (como conocimiento mítico del mundo), la cual va a ser muy considerada por Vico, pues será a través de su lenguaje fantástico de donde cabrá deducirse los elementos interpretativos para descubrir las historias ciertas. Así, infiere de la lógica poética que las fábulas son ciertas en tanto que nos cuentan la fundación de las acciones de los gentiles con las fábulas de los dioses. De esta manera puede conocerse el estrato y dinámica sociales, a través de una exégesis particular, o de una vía interpretativa perfectamente característica: de donde deduciremos que su método se basa en la observación externa y objetiva de los fenómenos, concepción que no podemos evitar ver pariente de Wilhem Dilthey.

Posteriormente observaremos que el criterio de verdad a seguir será el de verum factum. Por esta conceptualización se estima que, si Dios, como hacedor, es el que conoce la verdad prístina del mundo natural, pues en Él se cumple integralmente el verum factum, o lo que es lo mismo: donde conocer y hacer son la misma cosa, así también el hombre deberá ser partícipe de este conocimiento en la medida que también crea y su afán cognoscitivo se dirige hacia lo creado por él mismo. Si el mundo civil es creación humana, dicho mundo puede conocerse con verdad y verosimilitud, dado que común de aquel sentido socialmente compartido el que garantice precisamente su comprensión.
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el objeto de conocimiento es totalmente real y no ficticio, es decir: el objeto real no es otro que todo aquello referente a lo social. Será el carácter

El punto de vista filológico aporta la perspectiva fundamental para establecer lo que el hombre y la sociedad humana sea, sin engaño alguno, ya que dicho elemento filológico se atiene a lo dado (pueden ser mitos, leyendas, fábulas...). No nos parece en absoluto extraño que prefiera atenerse a la metafísica vulgar, esto es, a lo social, sin menospreciar lo metafísico de lo justo y lo verdadero pertenecientes a la filosofía en tanto que esta atiende al sentido último, es decir tal y como son los designios de la Providencia; muy distinto de aquello otro que atiende a los significados de los pueblos en su decurso histórico.

Hace, finalmente, Vico, referencia al concepto de fábula ideal (que nos recuerda, anticipa y traslada a los tipos ideales de Max Weber ¿y los arquetipos junguianos?), como constructos mentales cotidianos que actúan como prejuicios que van a orientar nuestra acción respecto de los otros sujetos en sociedad, y de los cuales no tenemos del todo presentes en la conciencia (serían inconscientes) y que ayudan a simplificar la vida común adjudicando emociones, roles, procesos, etcétera. Mas será a partir de aquí cuando se establezcan las categorizaciones necesarias para hacer una descripción e interpretación adecuadas para estudiar la realidad social. Así elaborará conceptos en una lógica de primer grado para poder comprender todas las operaciones mentales que se ponen en juego, para después elaborar también conceptos nuevos de segundo grado con los que, al fin, realizar una categorización con la que construir los instrumentos útiles para el análisis y la comparación.

Veremos pues, definitivamente, que todos aquellos (y otros) elementos que habrán de establecer los tipos ideales que se manifiestan como universales fantásticos y caracteres poéticos de su método, los cuales serán dirigidos para que la nueva ciencia sea en verdad no sólo una ontología, también una epistemología para el mundo de lo social sin el que, en la actualidad, no podría concebirse, entre otras, la ciencia de la sociología.



                                                                                                    Francisco Acuyo






El recurso del método: apuntes varios sobre el método de Giambatista Vico, Francisco Acuyo


sábado, 18 de septiembre de 2010

EN LOS LÍMITES DE LO POSIBLE: EL ESPEJO POSMODERNO

Esta (muy irónica) reflexión sobre Los principios del tigre (1997) surgió con motivo de algunas consideraciones que se hicieron en su momento (equívocas, a mi modesto entender) sobre su situación en el panorama poético actual, y de cómo se trataba de incorporarlo a las directrices del postmodernismo literario.










En los límites de lo posible: el espejo posmoderno, Francisco Acuyo





EN LOS LÍMITES DE LO POSIBLE:
EL ESPEJO POSTMODERNO



En los límites de lo posible: el espejo posmoderno, Francisco Acuyo



CUANDO SE LE OFRECE AL AUTOR MISMO DE una obra de creación la posibilidad de ejercer una labor interpretativa capaz, debe si no de establecer claves de lectura, sí, al menos, dilucidar por aproximación algunas de las señas de identidad significativas de la misma; pues sucede que todos aquellos signos vertidos para propiciar una guía de perplejos en su lectura pueden convertirse en una suerte de martirio o de tortura exegética ciertamente insufribles.

Así aconteció cuando me propusieron, abierta y desenfadadamente por otra parte, al autor de las valoraciones que nos ocupa, es decir a mí mismo, dar claves de lectura de este libro en virtud de sus influjos (si los hubiere) con supuestos rasgos posmodernos. Tengo que confesar que cuando se me hizo esta indecente proposición, lo que más me preocupaba era caer en el uso -inevitable- de la convencional práctica de los principios que abundan en la teoría que alimenta la crítica de la posmodernidad. Cuando le dije que no le garantizaba encontrar señas identitarias que fuesen de su satisfacción, noté demudar la color de sus facciones, normalmente bien aderezadas, y la expresión habitual de amable complacencia hubo de tornarse en visaje algo mohíno, e hizo gestos intraducibles a mi negativa demanda, los cuales quise interpretar para la ocasión, como de curiosidad o expectación, aunque, en confianza, creo que era más patente la suspicacia y la perplejidad, a la vista de los posteriores y enigmáticos comentarios al respecto del por qué un examen tan riguroso (el suyo,  aun siendo del todo favorable), a una obra (la mía),  no mereciese un grado tal de austera introspección y rechazo por mi parte. Dicho lo cual, con la benevolencia que caracteriza a las almas candorosas, también quiero creer que por la amistad con la que tiene a bien en regalarme de forma inmerecida en tantas ocasiones, y a pesar de mi proceder impertinente y tantas veces inoportuno, me pidió que defendiese mi rechazo por escrito. Quise acceder -a regañadientes- a su inusitada demanda por la devoción a la excelencia de su persona, y empecé a relatar de esta atropellada y muy breve pero no menos amable manera:

«Querido amigo: No sé si acertaré a dar satisfacción completa a tu exigente requerimiento, de cualquier modo, de la obra que creo más atinada para establecer características que muestren inclinación a aquellos principios, aun siendo mi naturaleza muy reacia a tales circunscripciones y posterior catalogamiento, será la que muy a propósito se intitula: «Los Principios del Tigre».

Diría que en la totalidad de su conjunto tuve siempre muy claro que la tradición, el pasado, como designabas en la relación que me ofrecías como caracteres propios de la posmodernidad, iba a transcurrir muy naturalmente, con una aceptación muy acorde del que sabe certeramente que dicha tradición no puede (acaso no debe) ser destruida, y esto porque no es ninguna cosa vanal colegir que con ella se recurre a un saber universal. Tal es así que me permití, entre otros collages con valor de intertextualidad  el del poema titulado La soledad y el tiempo: [...] de estos días azules[...] del verso tercero, o [...] de ese sol de la infancia, retrato en verdad ostensible de los célebres versos de Antonio Machado.

En los límites de lo posible: el espejo posmoderno, Francisco Acuyo
En cuanto a la ironía, que también se encontrará, y en cantidad notable en no pocos versos, acaso vea su marca más reconocible en las líneas que conforman este particularísimo comentario, que no pierde mantenerse sino con grado importante de fe en el disparate más sincero, pues es producto del más profundo escepticismo; no obstante quede aquí la estrofa cuarta del fragmento cuarto del poema que da título al libro: Los principios del Tigre, que de por sí bien puede tenerse como auténtico sarcasmo: Sabe el tigre que mirar // no es un arte cultivado, // no cuentan tanto los siglos // como el saber instantáneo. Presta atención, y observa que subyace en estos versos (idea también perfectamente deducible en otros momentos del libro) quizá no la debilitación de la historia, acaso la nulidad de la misma.

En este instante no puedo menos que hacer una reflexión sobre la concepción espacio temporal que discurre a lo largo del poemario, y hacer notar que los modos espacio temporales que se muestran, no son en absoluto los que priman al sentido común de los mortales sensatos. Mira si no cuando dicen los versos del mismo poema: Entre el discurso del tiempo // la eternidad sensitiva, concepto non grato a cualquier entendimiento medianamente enjuiciado; o estos otros de A la sombra del álamo blanco cuando dicen: Puedo tocar el pasado, // puedo escuchar si crepita // el ascua desde el futuro// que regresa a su ceniza».

También se me antoja como bastante claro y pertinente al caso: el manifiesto declive de cualquier mito de modernidad y progreso y su consecuente rango de superioridad en poemas como el que da título al libro, por su contenido evidente, por otra parte ya fácilmente deducible del sentido ambiguo o ambivalente del mismo: ¿cabe acaso la sofisticación intelectual expresa en esos principios para una fiera que, además, se supone tan irreverente como iletrada?

La alegoría es cosa de veras digna de reseñar a estas alturas de este apresurado análisis, no sólo en el poema último, pues incluso puede verse cierto sentido alegórico en la totalidad del poemario.

Que hay una fuerte propensión ecléctica, me parece de bulto, las fuentes que hacen aparición a cada paso de los poemas, es del todo compleja por abundante, señalaba a Antonio Machado, mas también cabe detectarse a Rubén Darío, a Vicente Aleixandre, a Góngora, a Juan Ramón Jiménez, a Lorca, y un larguísimo etcétera, y todo ello vertido en una, creo que digna hibridación que da fe de un importante sincretismo de estilos, pero también de pensamiento, veremos circular desde Platón a N.A.Witthead, pasando por Epicuro y Kant... De esto puede lógicamente deducirse el posicionamiento antitotalitario radical, el cual marcharía desde la visión estética hasta cualquier posicionamiento moral y filosófico, deducible por el singular desfile de ideas, filosofías y poses estéticas del todo muy variadas.

La congruencia, en esa curiosa acepción postmoderna, es también un rasgo perfectamente constatable: hacen desigual desfile en estas páginas poetas, filósofos o científicos, certificando una clara afinidad entre poesía, literatura, filosofía, ciencia, ética, estética... De todo lo cual cabrá deducirse el auténtico desafío para la habilidad interpretativa del lector potencial en el manejo coordinado o parataxis de todo este material.

Tengo también que reconocer de seguro, no sin cierto pudor, que este tipo de confesiones llevarán a malinterpretaciones tanto literarias como personales, aunque me es grato referirlo, no sé si hasta el punto de haber manifestado celebración alguna, sin ser tampoco demasiado consciente de haber mantenido algún grado de befa hacia alguno de los valores establecidos, nunca quise herir la sensibilidad de nadie en modo y momento alguno...».

De esta guisa fui despachándome respecto a las convenciones postmodernas vistas por el crítico, autor y amigo de mi libro. Ahora con más seriedad, atención, circunspección y desde luego menos vehemencia, me siento en notable confusión, sabiéndome menos discreto, reservado, reflexivo, cómo menos dueño de mí mismo; más exento de pudor y con más responsabilidad por apuntar presuntos despropósitos, aunque también más señor de un aire de desafío, porque tal vez le hiciera parecer por momentos más ajeno, despegado a su amistad, por lo que encarecidamente ruego su disculpa, mas acaso más libre con aquello que en un principio me hiciera mostrarme, por mor de la amistad y de las buenas costumbres, del todo tan pusilánime.






                                                                                                                       Francisco Acuyo






En los límites de lo posible: el espejo posmoderno, Francisco Acuyo

viernes, 17 de septiembre de 2010

CARPE DIEM: AL ALBUR DE ALGUNOS VERSOS DE D. LUIS DE GÓNGORA.

He aquí unas reflexiones expresas brevemente sobre la temática proverbial del Carpe diem horaciano, por ejemplo, en la poesía del gran D. Luis de Góngora, y de buena parte de la tradición renancentista y del barroco, a modo de introducción a la concepción de lo que en posteriores apuntes y entregas mostraré sobre el tiempo poético.

Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo






CARPE DIEM: AL ALBUR DE ALGUNOS
 VERSOS DE D. LUIS DE GÓNGORA.




Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo


Mientras por competir con tu cabello


Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.





De la brevedad engañosa de la vida


Menos solicitó veloz saeta,
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.



CARPE DIEM

O LA NATURALEZA DEL TIEMPO


DE LA INTERPRETACIÓN, COMENTARIO Y SINOPSIS de la primera y, sobre todo, de la undécima oda (y de algún epodo), deducimos, al margen de la exposición de motivos de índole poética y encomiástica al benefactor (Mecenas), una suerte de descriptio del presumible transcurrir del tiempo. El hecho de que su dedicatoria sea explícitamente abierta y en pos de Leucónoe (me refiero a la Oda XI que comentamos) fémina de su época, nos hace conjeturar sobre la naturaleza del tiempo qu desde Horacio, habría de mantenerse durante siglos casi imperturbable como uno de los temas dilectos en la poesía, sobre todo renacentista - española e italiana- y del Siglo de Oro.
Como decía, la dedicatoria ya nos parece rasgo de delación importante en la configuración y carácter del tiempo para nuestro poeta ( y como digo para tantos otros después), que me atrevería a decir que marca más que una pauta para describir la naturaleza del tiempo en poesía. Así, la cuestión de que sea una mujer a quien va dirigido el poema me parece reveladora en tanto que, según la creencia de nuestro autor (vigente también en el momento de su dedicatoria), ésta, Leucónoe, digo, tiene, como mujer, una mayor propensión a estrechar vínculos con supersticiones de muy variada índole.
El Carpe diem, quam minimum credula postero con que cierra la Oda no sólo es una invitación sibarita al vivir gozoso del instante; a mi juicio, y sobre todo, es una transcripción exacta de lo que el tiempo supone para el poeta en la vida y en su traducción inevitable en la poesía.
Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo
Es así que, se reproduce como una de las claves no sólo temática del poema, acaso también de lo que el tiempo fenomenológicamente sea. Y desde luego de esa dudosa fugacidad del mismo, entendemos que transcurre, pero ilusoriamente.
Nos ofrece la quimera secularmente aceptada del transcurrir del tiempo en su dimensión en extremo más embaucadora: Dum loquimur, fugerit invidia // aetas: pues éste ha huido sigilosamente. Pero, ¿realmente el tiempo ha transcurrido? La cuestión es que no podemos fiarlo al mañana, tan sólo a lo que ahora aprehendemos y vivimos.
Del Collige, virgo, rosas... al De rosis nascentibus», del excelso Ausonio, cabe añadir a lo ya dicho del gran Horacio, que lo efímero de la belleza en la rosa no sólo Magistral de la poesía, también de la vida tiene igual carácter y naturaleza, pero su misterio no está tanto en su decadencia anunciada como en el hecho de que será con su muerte como de hecho viva: Aunque inexorablemente deba la rosa morir, // ella misma prolonga su vida con los nuevos brotes.

Mas ¿qué es ésto, sino poner de nuevo en duda la realidad del transcurrir del tiempo y de lo que éste sea en cuanto que se mueve hacia la aniquilación de lo que le rodea? Nos parece un nuevo dato a tener muy en cuenta para inferir la naturaleza intrínseca del tiempo en poesía, y en la vida acaso.

Ché fugaci son l´hore, e’ l tempo lieve // e voloce a la fin corre ogni cosa, del influyente Bernado Tasso, insiste sobre la fugacidad, matiza en este extremo con cierto detalle conceptual, pues son las horas, al fin y al cabo de lo que se compone el tiempo, ¿también la vida? Y ellas son las que sin duda transcurren y son veloces para infortunio nuestro. Así insiste nuestro poeta en la duración del tiempo dando la sensación de movimiento con el Mentre che... reiterado en el soneto a través de los cuartetos en forma de eficaz anáfora.

Esto es un hecho: una estación sucede a otra inexorablemente mientras el poeta, y ahora nosotros como lectores, contemplamos (¿inmóviles?) el singular transcurso estacional. Será este soneto de Bernardo Tasso modelo indiscutible para otros poetas posteriores en su tratamiento del carpe diem, lo veremos en D. Luis, quien no tiene reparo en transcribir versos y recursos, no sólo ideas y modelos aproximados. Pero también tendremos ocasión de observar cuán magistralmente asume la tradición para mayor gloria de nuestras letras y de la poesía.

Detendremos nuestro discurso ahora, para detenernos en el inspirado e insuperable Garcilaso de la Vega, concretamente en su soneto XXIII. Que abrir un soneto es todo un arte, lo sabe como pocos nuestro carísimo Garcilaso: En tanto que de rosa y azucena // se muestra la color en vuestro gesto[...] es una de tantas muestras de aquella maestría, mas, ¿qué tiene de infrecuente esta con aquellas otras no menos celebradas?

Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo
Nos parece, sobre todo, que su espléndido arranque se asienta en la sensación ilusoria de movimiento: En tanto que [...] De nuevo surge la expectante visión del espectador, casi inmutable, que comienza a visionar el transcurso de la juventud toda de rosa y azucena con el que se viste el gesto ¿amado?, o de cómo en tanto que el cabello es de oro volando prestamente por el cuello inmaculadamente blanco, todo se traslada por obra y gracia del tiempo enigmático hacia la nieve y el viento helado que, indefectiblemente, transformaran lo que ahora es bello para mañana estar marchito.

Si nos parecía extraordinario el arranque, con no menos maestría cierra en sus tercetos el soneto nuestro amado poeta: todo lo mudará la edad ligera» // por no hacer mudanza en su costumbre. El tiempo es hijo de la mudanza, lo contingente y lo mudable, pero, paradójicamente, ese movimiento transcurriendo toma un carácter diferente en su tratamiento en los poetas anteriores: Esto porque nos muestra la naturaleza real del tiempo: No hace «mudanza en su costumbre». ¿Nos plantea el carácter ilusorio del transcurso del tiempo con este juego conceptual; la costumbre se asienta y se hace fija, inamovible, mas no hace mudanza en su costumbre de parecernos continuamente en movimiento.

He aquí que el poeta, al fin, nos enfrenta con la realidad del tiempo que aparentemente todo lo cambia: a saber su ilusoria imagen dinámica. Este espléndido juego en paradoja con el que concluye el soneto sería cota suficiente para encaramar a nuestro poeta a lo más alto del empíreo parnasiano, mas, a mi modesto entender, no contento con tal hazaña, nos deja un sabor en sus conceptos, con el que paladeamos muy al gusto de nuestra época, la sensación insana del fluir temporal, la cual invita a una reflexión, por otra parte, no sujeta a ningún tiempo.

Decía, que el tema del carpe diem parece que fue muy del gusto renancentista, ya lo vimos en Bernardo Tasso y después en Garcilaso y su soneto XXIII, introducido a su vez por Ausonio en su Collige virgo rosas, dum flos novus, et nova pubes, y también tratado, como vimos, por Horacio en su Oda XI, para verlo al fin, en D. Luis de Góngora, por cierto, con un tratamiento bien distinto al gusto renacentista.

Mientras por competir con tu cabello // oro bruñido al sol relumbra[...] de este soneto ciento cuarenta y nueve en la edición de la ilustre Birute Ciplijauskaite, encuadrado dentro de los sonetos de temática moral, sacros, varios, y fechado en 1582, nos muestra, también como adelantaba, sin ningún pudor las reminiscencias del Mentre che l’aureo crin v’ondeggia intorno» de Tasso, y siguiendo el juego de anáforas «mientras[...] como un calco ostensible, nos va a dar un poema, sin embargo, de carácter muy muy diferente.

El juego extraordinario de correlaciones, estudiado magistralmente por Dámaso Alonso en sus «Estudios y ensayos gongorinos», nos hace ver y sentir como en muy pocos otros poemas que tratan la misma temática, el fluir inexorable del tiempo. Este sentencioso soneto, a través de las ya mencionadas correlaciones de los dos cuartetos, viene a cristalizar conceptualmente con una precisión matemática en los tercetos que concluyen el soneto y el poema: el desfile de elementos dinamizados por el tiempo hacen desigual desfile en esta espléndida enumeración: Goza cuello, cabello, labio y frente,.... //.... oro, lilio, clavel, cristal luciente....//... en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada[...]

Pero la espléndida y contundente gradación del ultimo verso, se encuentra bastante lejos de la distinción, gusto y gozo renacentistas, pues representa la angustia de la desaparición total desde lo apenas consistente (tierra, humo, polvo, sombra, nada) hasta la disolución total.

El carácter metafísico del poema no va a la zaga del sentir propio del espíritu barroco, mas pienso que también engarza con la visión moderna nihilista de nos pocos creadores contemporáneos.

De signo muy distinto se nos antoja el soneto que inicia diciendo: Ilustre y hermosísima María[...], con el número cientocincuenta de la edición de Biruté, y con fecha de 1580. Desde luego llama la atención el préstamo del verso inicial, de la Égloga III de Garcilaso, que aún habría de repetir en el soneto 114 de la citada edición de los sonetos de Góngora. También vemos los ecos del soneto XXIII de Garcilaso que dice: y en tanto que el cabello, que en la vena // se escogió con vuelo presto, cuando dice Góngora: y mientras con gentil descortesía // mueve el viento la hebra voladora; todo lo cual demuestra (amén del repertorio de imágenes amorosas renacentistas) su gusto por el tratamiento del asunto poético que nos ocupa a la forma tradicional renacentista.

Siguiendo la mencionada estela del gusto tradicional del renacimiento, concluye con la invitación al gozo: goza, goza el color, la luz, el oro, mostrándonos la quimérica realidad de un tiempo que en su transcurso demuda la vida y la juventud, dejando, no obstante, la alternativa de la vida presente, todo lo cual parece emparentarse perfectamente con la tradición clásica del «carpe diem»

Cabe hacerse un planteamiento, por otra parte muy legítimo, sobre todo si atendemos a que hemos visto «transcurrir» en nuestro apresurado análisis, casi dos milenios en una temática que parece desbordar ideologías, presupuestos estéticos, concepciones religiosas o metafísicas, y este planteamiento será sin duda, y en virtud de la urgencia de nuestro análisis, no más de una semblanza, semblanza que tratará de vincular, a modo de epílogo, esta tradición con la modernidad.

¿Es pues, detectable en nuestros días el carpe diem? Ciertamente se me ocurren innumerables ejemplos, desde el romanticismo hasta la coetaneidad, con los que ilustrar dicha tradición, eso sí, más o menos fiel a sus presupuestos y planteamientos originarios. No obstante, si conectamos el carpe diem con el transcurso del tiempo, los ejemplos seguirán siendo numerosos, pero observaremos que la concepción temporal, sobre todo en poesía, que puede ser bien distinta, al menos en su argumentación y acaso también en su mismo espíritu, pues diríase que si bien mantiene el mismo pulso, lo expresa de manera bien distinta. Se me ocurre el ejemplo de Antonio Machado, que eleva el concepto de tiempo a esencia de todas las cosas. O como decía un poeta con menos enjundia por recientísimo:

Pero, dentro y fuera de la poesía ¿qué es en realidad aquello que denominamos tiempo y que idealizamos siempre en actividad, en marcha, trascurriendo siempre? Cuando un instante reparamos en esa situación tan grata a la memoria, o, ya en aquella sensitiva elevación del alma en la distancia que son días, semanas, meses e incluso años, se diría que se tiende y extiende en horizonte nebuloso la vida muy lejano, y en cuya superficie de sucesos acaso hiciera remembranza el más íntimo y particular de los recuerdos; como si anduviera en un paisaje movible y en derredor de una conciencia que, firmemente, pisa y, no obstante, con inmutable paso.

¿Es posible encontrar algún grado de afinidad, por ejemplo en esta visión moderna de tiempo, y aquella que con Horacio, Ausonio, Bernardo Tasso, Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora la vinculan a la vieja tradición del carpe diem?

A todas luces nos pueden parecer bien distintas en lo que a la concepción del «vivir ahora» en el tiempo se refiere, sobre todo marcado por la idea temporal de la que se parta, conllevando esto una discusión filosófica puede que interminable. Pero creo que a la luz del concepto de tiempo poético no sea del todo lo mismo.

El nexo común del carpe diem en culturas tan distantes se algo más claro, cuando vemos que su naturaleza en poesía no es tan distinto. Es tenida como cosa común a cualquiera en este aspecto, tener la sensación de que el tiempo pasa, pero diríase que en poesía se manifiesta como una alevosa ilusión que tiene como consecuencia el tratamiento del carpe diem.

Parece como si la noción de tiempo en poesía tuviese una percepción más acorde con lo que el tiempo en realidad sea. Es como si el poeta fuese consciente de una cualidad física del tiempo que está perfectamente armonizada con el ejercicio, no tanto de hacer versos como el de sentirlos en su realidad temporal, por lo que el tiempo no corre, no vuela: el tiempo es. De esa manera se manifiesta como el presente vívido que goza y apercibe en el carpe diem y se despliega de forma análoga a la dimensión espacial, excepto en aquello que hace que lo temporal nos muestre donde acontecen los sucesos, y no tanto como una abstracción, sino como un estado-instante por el que deben regirse sensatamente nuestras vidas.




                                        

                                       Francisco Acuyo



Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo