martes, 22 de mayo de 2018

EL CULTO A LA MUJER EN AUGUSTO COMTE: PRÊTESSE SPONTANÉE DE L’HUMANITÉ


Bajo el título, El culto a la mujer en Augusto Comte: Prëtesse Spontanée de l´humanité, del filósofo Tomás Moreno para la sección, Microensayos, del blog Ancile. 



El culto a la mujer en Augusto Comte: Prëtesse Spontanée de l´humanité,  Tomás Moreno





EL CULTO A LA MUJER EN AUGUSTO COMTE: 

PRÊTESSE SPONTANÉE DE L’HUMANITÉ





El culto a la mujer en Augusto Comte: Prëtesse Spontanée de l´humanité,  Tomás Moreno


Desde la Francia de la Segunda República Augusto Comte (1789-1857), fundador del Positivismo y secretario durante siete años del Conde de  Saint-Simon -uno de los pioneros del socialismo utópico-, llegará a rendir culto a la mujer en la figura de su amante Clotilde de Vaux, ocultando bajo esa supuesta veneración, adoración y divinización de lo femenino[1], una concepción mixtificante para mantener a la mujer en su exclusivo rol subordinado de “madre” y “esposa”, siguiendo fielmente el estereotipo de la sumisión y domesticidad de la mujer, troquelado por Rousseau en el siglo anterior.          En la lección 50  de su Cours de philosophie positive[2] Augusto Comte afirma que un análisis biológico demuestra fehacientemente que la mujer permanece en un estado infantil perpetuo y que, de manera similar a aquella observada en los animales inferiores, ella posee una preponderancia de sus facultades afectivas. En efecto, para Comte, como señala Jorge Riezu, “el concepto y la función de la mujer en el orden social y moral, evoluciona en armonía con sus vivencias sentimentales y con su evolución afectiva. La mujer gana valor y prestigio conforme se acentúa en él el predominio del sentimiento y se hace más profundo el amor y veneración a Mme. Clotilde de Vaux”[3].
El culto a la mujer en Augusto Comte: Prëtesse Spontanée de l´humanité,  Tomás Moreno            En un principio reconoce que en la mujer hay una inferioridad humana en los terrenos de la razón y del entendimiento; pero al final hace de la mujer la realización más perfecta y la simbolización más eficaz de la Humanidad. La mujer tiene, según él, una inferioridad intelectual y racional, pero una clara superioridad afectiva, con predominio de los “sentimientos de simpatía”. De ahí que la mujer tenga una función especial en el orden social. Representa el predominio del sentimiento y de la sociabilidad y en ella se realiza el tipo perfecto humano. La sociabilidad de la mujer es superior a la del hombre porque en ella se da el predominio de los sentimientos afectivos y de los instintos simpáticos[4].
            La mujer debe ser, pues, utilizada como soporte moral y sentimental por el grupo masculino en sus valiosas empresas en aras del progreso de la Humanidad. Partiendo del ancestral concepto de la mujer como complemento  del hombre, Comte sostiene que ella es.        En su Système Auguste Comte no sólo destaca la obligación de la clase intelectual masculina de proveer sustento económico a la “clase afectiva” femenina sino que también señala que el progreso de la condición social de la mujer debe seguir la siguiente dirección: hacer su vida cada vez más doméstica, disminuir al máximo el trabajo fuera de casa y capacitarla, de manera cada vez más completa en su rol de moldeadora moral de los hijos o de educadora de la naturaleza moral de los hombres. El perfeccionamiento moral  en el cual consiste la felicidad del hombre, se obtiene, pues, por medio de la influencia de la mujer.
            En su Cours llegará a divinizarla para neutralizar su emergente ascenso y poder en la sociedad burguesa de su tiempo –la que va desde la publicación de la obra de Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer (1792), hasta la aparición de, La sujeción de la mujer (1869) de John Stuart Mill-  y confinarla, venerativamente si se quiere, en el altar del hogar familiar, “en el sagrado retiro de sus hogares”:

“Nacidas para amar y ser amadas, exentas de los deberes de la vida práctica, libres en el sagrado retiro de sus hogares, las mujeres de occidente recibirán de los positivistas el tributo de la profunda y sincera admiración que sus vidas nos inspiran. Ellas no sentirán escrúpulos en aceptar su posición de sacerdotisas espontáneas de la Humanidad, ellas ya nunca más temerán a una deidad vengativa. Desde la niñez, cada uno de nosotros aprenderá a verlas como la principal fuente de felicidad humana y progreso tanto en la vida pública como privada. Ya no existirá la influencia enervante de creencias quiméricas, y los hombres en todo el vigor de sus energías, sintiéndose los amos de un mundo conocido, se sentirán inmensamente felices de demostrar su gratitud al poder benéfico del afecto femenino. En una palabra, el hombre en estos días del futuro se arrodillará a los pies de la mujer y solo la mujer”[5].

            Dentro de este contexto socio-histórico el nuevo culto a la mujer propuesto por Comte, en textos como el citado, además de una justa recompensa por sus servicios, no deja de ser un intento de perpetuación de la familia burguesa y de su posición subordinada al servicio del varón, de la reproducción de la especie y de la crianza y cuidado de los hijos.



[1] La mujer debe ser objeto de un culto particular como representante especial de la Humanidad. A la mujer, como “Prêtresse spontanée de l’Humanité”, le asigna una misión transformadora y educadora del hombre. Cada mujer es, concretamente para el hombre, la personificación de la Humanidad. El culto femenino nos prepara para el verdadero culto a la Humanidad. Para toda esta temática véase Etienne Gilson, La unidad de la  experiencia filosófica, Ediciones Rialp, Madrid, 1960,  pp.307-314.
[2]A. Comte, Cours de philosophie positive, col. “Les intégrales de philo”, presentación de P. Dupouey, Natham, París, 1989. Hay traducción española en Magisterio Español, traducción de J. Sanguinetti, 1987.
[3] Jorge Riezu, La Concepción moral en el sistema de Augusto Comte,  Colección monográfica de la Universidad de Granada, 1981, p. 134.
[4] Système de politique positive ou traité de Sociologie instituant la religión positive de l’Humanité , (1851-1854)  tomo I., París, 1912, p. 235 ss.). Citado en Jorge Riezu, La Concepción moral en el sistema de Augusto Comte, op. cit.
[5] A. Comte, Cours de philosophie positive,op. cit., p. 136.





El culto a la mujer en Augusto Comte: Prëtesse Spontanée de l´humanité,  Tomás Moreno

jueves, 17 de mayo de 2018

LA POESÍA Y EL SÍMBOLO: LA VIDA INVISIBLE (A LA SAZÓN DE LOS VERSOS DE D. MIGUEL DE UNAMUNO)


 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), es el título de el nuevo post para la sección, Lecturas y conferencias del blog Ancile, con motivo de la exposición sobre la poesía de D. Miguel de Unamuno en el Centro Artístico, Científico y literario de Granada, en el ciclo sobre la Generación del 98 que se celebra en dicha institución.

 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo


LA POESÍA Y EL SÍMBOLO: LA VIDA INVISIBLE

(A LA SAZÓN DE LOS VERSOS 

DE D. MIGUEL DE UNAMUNO)


 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo






Con razón, sin razón y contra ella

Miguel de Unamuno


Haría yo, sin duda, manifiesto agravio a los dictados, propiedades y muy justa y no menos rara y viva naturaleza de la poesía de don Miguel de Unamuno, si no aclarase muy convenientemente algunas consideraciones que atañen a heterogéneos cuando no inmerecidos dictámenes sobre la muy variada producción poética del insigne autor de  Vida de Don Quijote y Sancho. Vagas e imprecisas exégesis de propias  declaraciones sobre la poesía, que hicieron vacilar incluso a mentes no poco atentas, cuando no muy más que advertidas, sobre lo que el discurso literario en general sea y el poético de manera muy singular, tuvieron indubitablemente mucho que ver. Aquello de que, Algo que no es música es poesía […] diera mucho argumento para, en verdad, divagar sobre la concepción misma de la poesía que albergaba en lo más hondo de sí mismo D. Miguel.
 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo                Se le atribuye de manera discrecional, y sin demasiada diligencia y miramiento, una monotemática coincidente con el resto de sus obras de relato reflexión, así como  las proverbiales influencias y no muy esmeradas apreciaciones sobre las que serían  sus grandes influencias, por cierto, que serán siempre decimonónicas. Ni que decir tiene la habitual referencia  a su inclinación devota hacia el quehacer poético del gran Francisco de Quevedo. No menos característica es la alusión a la irregularidad (muy singular, por otra parte) de su cancionero. Tópicos también (muy generación del 27) son las habituales menciones a su poesía de ideas, siempre con ceñudo carácter reflexivo, donde todo diríase quedar recluido y concluso en estas o aquellas ponderaciones más o menos meditabundas e incluso metafísicas, versos iluminados excepcionalmente con alguna composición harto sencilla, austera y de romanticismo algo frailuno.[1] Incongruencias y contradicciones notables pueblan los juicios sobre la poesía de Unamuno: desde su fobia al juego músico retórico del verso, pasando por el monotemático poeta al variopinto fluir de asuntos de su cancionero; de la sencillez de sus mejores versos, al reconocimiento e interés por autores excepcionalmente musicales en su producción poética (Lorca o Alberti).
                De la unidad indestructible de la obra[2] de Unamuno se ha hablado desde luego con mucha razón, sobre todo si se atiende a esa visión vitalista tan particular suya que vendría a traducirse en ese ansia por no morir, desvelada siempre por una preocupación (metafísica) que pide conEl sentimiento trágico de la vida expreso de consuno en su obra general y, de manera muy singular en la poesía, ofrece una no menos peculiar dialéctica entre la razón (lógica y científica) y aquel afán, casi zozobra, en desazón con entenderse a sí mismo y el mundo, así como  su inevitable inclinación hacia lo trascendente, expresa en una fe cuyo impulso irracional habría de alimentar lo más granado de la obra poética de Unamuno. En base a esto podemos afirmar que, pese a todos los evidentes prejuicios críticos sobre el conjunto monumental de su producción literaria e intelectual, habría de primar (junto a los prejuicios críticos) su amor sobre la poesía en relación al resto de su producción literaria, cosa que no afirmamos nosotros, sino que el propio Unamuno habría de señalar puntualmente, no en vano su expresión vital encontraría en ella, al pasar de los años, la manera dilecta de revelación y testimonio vital de nuestro autor.
                Si constatamos de la lectura atenta de sus versos el impulso tan suyo (creativo), traducido por Dámaso Alonso como aliento[3] que empuja su labor poética, quizá encontremos la plataforma ideal para imbuirse tanto de los contenidos como de las formas de expresar dicho contenidos que, a pesar de la insistencia en los tópicos atribuidos, pasará esta sucedánea y falsa obstinación a un cuestionamiento radical de buena parte de ellos, sobre todo a tenor del prejuicio asumido (decía párrafos atrás, muy generación del 27) de una obra poética plétora de ideas y acaso no demasiado expuesta al lirismo exigido por los propósitos éticos y estéticos del verdadero poeta. En realidad, si atendemos detenidamente a lo que acontece en lo más selecto de su creación poética, sucede precisamente lo contrario, superando los juegos malabares en bastantes de sus composiciones, algunas veces sorprendentes, en el uso y abuso de terminologías y palabras, todos ellos en singular desfile y curiosa logomaquia. La energía, la fuerza, el impulso, decíamos, creativo de sus versos más selectos cabe, no obstante, inferirse la palabra poética como el antígeno más radical de lo superficial, ideológico y reiterativo y falso musical del verso. El concepto poético unamoniano no es fruto baladí e imprudente literario, si es que en él viven y perviven las semillas más íntimas (etimológicas)  y profundas del lenguaje. Precisamente por ello, y a pesar de los convencionales escrúpulos de la crítica de hace años, a nuestro juicio insostenibles hoy, si basada entonces en la supuesta sobriedad y sencillez de lo mejor de su poesía, entendemos que las cuestiones estéticas, métricas y retóricas del verso, sin embargo, habrían de preocuparle sin duda, pudiendo extraerse una didáctica muy sui generis que se vería especialmente bien reflejada de su Cancionero, desde donde se ha extraído únicamente su afición al juego filológico[4] (atribuible por muchos tanto en verso como en prosa).
                Que abominase del vacuo agasajo musicalmente obsequioso (y le llevara a entender y expresar, en referencia a la actividad del poeta, que su labor sería: De escultor, no de sastre), y esto no iba a impedir cuidar el verso con grandes dosis de paciencia y mimo, y a reconocer en la función poética aquel irracional impulso que conlleva a su vez el empuje hacia lo trascendente, todo lo cual no hace sino poner en evidencia que toda la instrumentalidad disponible del poeta estará al servicio de aquella fuerza honda, crucial e inevitablemente subida que le empuja.
                La indagación y la búsqueda de lo esencial pensado y sentido por parte del poeta, y la huida de la quincallería y hojarasca verbal e ideológica, serían presupuestos capitales en su producción poética, haciendo de su retórica algo en verdad singular y transparente, y cuya sencillez pudiere llevar a interpretaciones equívocas en la concepción y desarrollo de su realización creativa en el ámbito del verso. La áspera y a veces fatigosa construcción de algunos de sus poemas, en su severidad y porfiada energumenizante- en ocasiones, llevada a término tantas veces por el poeta bilbaíno, todo lo cual tiene la virtud de la ofrenda inequívoca de una voz poética tan original como inimitable, yendo, no obstante, dirigida a los más trascendentales temas del espíritu y del sentimiento.[5]
 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo
                Que D. Miguel fuese incluido entre los histéricos geniales[6], por su rasgos contradictorios, egocéntricos, histriónicos y muchas veces, por su personalidad incesantemente inconstante y aun harto variable (de algunos de estos rasgos daremos cuenta más adelante en relación con su concepción y visión sobre la poesía), no debe resultar extraño verlos traducidos y francamente expuestos a la luz de su trayectoria literaria y poética y, sobre todo, vital. Los antagonismos y contrariedades varias (ciencia y religión, música exterior e interior del verso….), al margen de los trazos y dramatizaciones literarias que pudieren conllevar, son manifestación evidente de peculiaridades de su condición personal e idiosincrasia de su genio , que incidirán, insistimos, también de manera inevitable en su poesía, estemos o no de acuerdo con aquel carácter unitario y orgánico de su obra y del que avisara Pedro Salinas, aun cuando provenga su inspiración (admoniciones al respecto que ya hicieran Alvar[7] e Yndurain[8]) de vivencias familiares, religiosas, de la vida doméstica, del vivir cotidiano,… que se  retroalimentarían en virtud del culto a su personalidad, pues de todo pueden colegirse no pocos rasgos identificadores genuinos de la concepción poética de Unamuno.
                Cernuda avisaba, según juicio propio –discutible, a mi parecer- la dureza de oído y la tosquedad de expresión, serán característica peculiar e idiosincrática de su poesía, cuya concepción rítmica y musical del verso nos muestra, no obstante, una enorme previsión y cuidado por el lenguaje y la palabra poética, todo lo cual no hace sino mostrar su obsesiva prevención por las frivolidades (¿modernistas?) de la musicalidad externa, prevaliendo siempre para Unamuno el ritmo interior manifiesto en esa especial manera de expresión sin concesiones, acaso opuesta a la concepción dulzona musical modernista, hacia la que tanto rechazo mostraba, manifiesta en el uso y abuso de recurso y licencias del verso; y no digamos en su relación odio, y admiración posterior, hacia el uso de la rima, de la que también haremos alguna referencia posterior.
                El carácter de praeceptor y excitator Hispaniae[9] de Unamuno ha conllevado, inevitablemente, junto a determinadas controversias en relación a sus posturas ideológicas y políticas, irremisiblemente también poco objetivas valoraciones en relación a su obra lírica. Además diversos juicios sobre su obra y personalidad (apologista de la contradicción y de la paradoja)[10] le delegaba lejos de cualquier intento de sistematización de pensamiento, así como cierto tufillo romántico que le habría de situar, como adelantábamos anteriormente, lejos de la estética del siglo XX, añadiendo que buena parte de su producción escrita vería la luz en artículos periodísticos, todo lo cual ha contribuido a que su obra poética (acaso la totalidad de producción literaria) no se haya estudiado con el rigor preciso para una contemplación objetiva de la misma. Si a todo esto venimos a sumar el ya proverbial antiprogresismo unamoniano, nutrido,  cuando no explotado, de manera excesiva por el 27, tendremos un panorama bastante difícil para encontrar, con excepciones de algunos grandes romanistas e hispanistas, un apoyo crítico literario fidedigno para acercarnos a la obra poética del bilbaíno sin el lastre de no pocos prejuicios, amén del proverbial de la dureza -ya advertida- de las estructuras de su discurso poético.
 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco AcuyoSería muy conveniente al menos mencionar ese aspecto supuestamente antiprogresista[11] de la personalidad de Unamuno, que muy bien pudo haber relegado a cierto ostracismo por buena parte de la crítica de su siglo su producción lírica. No obstante de su supuesta enemistad de fondo hacia la razón y la ciencia[12] (cuestión esta que pudiese haber servido, por su irracionalismo, como argumento de adelantado a su tiempo en el ámbito poético) tuvo siempre muy clara su inclinación a la poesía, en una suerte muy original de intuición reflexiva expresa en lo más granado de sus versos. En cualquier caso siempre se tuvo su posición intelectual por muy reaccionaria frente a los intentos del ser humano por mejorar, si es que consideraba que la verdad no era posible mediante la materia sino por la dinámica aupada por el espíritu. Toda la (infernal) parafernalia tecnológica y mecanicista era ocasión y motivo para la despersonalización y alienación del individuo (véase su artículo de 1913 Mecanópolis). Todo esto fue terreno perfecto de cultivo para que generaciones coetáneas e inmediatas  posteriores llevasen a cabo sus críticas o su distancia con nuestro poeta. La atribuida falta de realismo o mejor de permeabilidad de Unamuno en relación al progreso científico y tecnológico, puede estimarse hoy día como muy propio del escepticismo moderno en relación a los avances en este mismo ámbito. Su desidia por la obtención del fruto perecedero de lo material puede emparentarlo también con ciertas corrientes de pensamiento actuales a su vez influidas por las filosofías de oriente. Pero lo que nos parece más inaudito es la miope visión del poeta contemporáneo y del 27, para reconocer esa vena de irracionalismo (y simbolismo), por otra parte tan moderna.
                Acaso será en aquella propuesta poética intimista (lejos del agonismo privativo unamoniano) en la que muchas veces se deleita, dónde podemos detectar con mayor claridad el valor simbólico de su poesía. Se manifestarán elementos de esta índole de capital importancia y que serán susceptibles de una interpretación de labor como poeta más original y significativa, así: el agua, el sueño, la madre, el niño…. en el que el mundo de los símbolos sirve para desnacer a la verdad revelada: en el claustro maternal me pierdo // en él desnazco perdido.[13] Todo lo cual casa con aquella visión rebelde y antisistemática de su personalidad vitalista y de su discurso intelectual heterodoxo, si es que en verdad el sistema destruye la esencia del sueño y con ello la esencia de la vida.[14]
                De todo lo anteriormente referido cabe inferirse el influjo, cuando no el reflejo fiel, en la misma concepción y desarrollo material (lingüístico y de estilo) de su producción poemática. Especialmente curiosa será la ya aducida alergia a la musicalidad (excrecencias ripiosas de algunos modernistas) que, no obstante, acabará con una defensa enfervorizada de la rima, que previamente rechazaría con repudio no poco contundente. Del bárbaro artificio nacido de la decadencia romana[15] y de la rima que gusta el modernismo (ricas y variadas) y que él rechaza, declara su admiración por  Wordsworth  o Coleridge, los versos libres de José Martí y el verso de Withman ( y Teresa[16]. La cuestión es que, conforme va evolucionando como poeta, el recurso de la rima es cada vez más insistente, llegando a sorprender cuando afirmaba en referencia al soneto: Qué intensidad de emoción alcanza un sentimiento cuando se logra encerrarlo en un cuadro rígido, en una forma fija, cuando se consigue hacer un diamante de palabras con sus catorces facetas lisas y brillantes y sus cortantes aristas.[17]  Veremos en el Cancionero[18] la siguiente confirmación de la rima cuando dice: Arrima palabras, rima; // ve soldando retraedros; // ya vendrá el soplo que anima; // de cristales hará cedros.
 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo
                Sobre la musicalidad del verso veremos igualmente notables contradicciones en relación a la musicalidad genuina del mismo: ¿Qué os importa el sentido de las cosas // si su música oís y entre los labios // os brotan las palabras como flores // limpias de fruto?[19] Musicalidad, no obstante, que rememora la armonía pitagórica de las esferas y que puede tenerse por verdadera, si es la que se pone en conexión y concordancia con la armonía del universo y la del espíritu, como generatriz fecunda que lo emparenta íntimamente con la esencia de la poiesis como impulso creador genuino que tanto nos puede recordar a Baudelaire.
                El singular, por no decir proverbial, carácter contradictorio de D. Miguel es fiel reflejo de su pensamiento y segura refracción de su producción poética. En cualquier caso, no extraña que la crítica en ocasiones se vea sorprendida y que, en virtud de esta, nos veamos sorprendidos nosotros con algunas valoraciones poco acertadas (sin atender a las evaluaciones –ideológicas- llevadas a cabo sobre su supuesto antiprogresismo), y que acabará por afectar inevitablemente a la consideración de su producción lírica. No obstante, las insignes excepciones de Rubén Darío, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, serían más que suficientes para una replanteación de la tendenciosa valoración de su obra poética. En cualquier caso, y para mi gusto y modesto entender, Ricardo Gullón y Oreste Macrí, en sus alegatos en defensa de su estimable influencia modernista la que, junto a otras iniciativas recientes,[20] establecerán una óptica más adecuada a la realidad de su valor poético. Me centraré en este punto sobre algunos motivos recurrentes de su poesía que muy bien pudieren hacernos reflexionar sobre el carácter simbolista[21] de su obra y que, a su vez, pudiese darnos otras perspectivas que pueden resultarnos de grande interés para una mejor comprensión de la labor poética de nuestro peculiar poeta.
                Volviendo en este punto a la cuestión de la musicalidad, hemos de reconocer que esta, para Unamuno, es un reflejo fiel de la música íntima del alma, que aspira a una retórica total en la que: El universo visible es (sea) una metáfora de lo invisible, del alma[22] y que, como ya se ha reconocido,[23] está muy vinculada a los presupuestos del más ortodoxo de los simbolismos. Rubén Darío será quien diese una de las claves para el mejor entendimiento de la poesía de Unamuno cuando aclaraba que: si poeta es asomarse a las puertas del misterio y volver de él, (será siempre), con una vislumbre de lo desconocido en los ojos[24]. Este ansia de trascendencia es precisamente la que lo revela como poeta verdadero, si es que este debe aspirar a trascender la realidad atrapada en el caos de  las sensaciones, y si es que el creador debe siempre aspirar (a través de un particular irracionalismo) hacia la liberación del tiempo y el espacio, anclados fuertemente al pensamiento lógico racional. Desde aquí diríase vislumbrarse nuevos signos de parentesco con lo más granado de las corrientes de lo simbólico, en tanto que el creador ha de apurar su esfuerzo en revelar la luz última de lo verdadero. He aquí el valor generatriz, importantísimo de los procesos imaginativos, serán movidos por la intuición y por el mismo sueño, adquiriendo este último un valor simbólico capital del que daremos cumplida cuenta más adelante.
 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo                El lenguaje desviado de la poesía, gracias al recurso retórico simbólico, es el verbo que se niega a sí mismo en el reconocimiento de que la palabra es del todo incompetente para la expresión de la realidad última, y será el símbolo el cauce y el reducto desde el cual, como decíamos anteriormente, el poeta se asome a lo indescifrable y genuino para volver con el vislumbre de lodesconocido en los ojos. El vitalismo[25] dinámico y complejo (semiológico) propio de lo simbólico identificado con las razones y sin razones íntimas que encierra, nos parece ideal para acercarnos a una interpretación cercana y clarividente del sentido poético de los versos de Unamuno, y que nos parece de aplicación fundamental en la poesía en general, si como decíamos anteriormente, la especialidad del discurso poético aspira a superar el mismo pensamiento verbal que, a su vez, desde lo individual, íntimo, aspira a alcanzar lo universal. En los poemas del autor de Niebla (Nívola), podremos constatar que, desde la experiencia personal se aspira a superarse a sí mismo (superando en este punto el símbolo al emblema y la alegoría[26]).

                Si para Salustio, el mundo es un objeto simbólico, para Unamuno será la manifestación de los contenidos espirituales del pensamiento en relación a las cosas y el origen y sentido del mundo. A nuestro juicio, el manejo del símbolo en nuestro poeta es una muestra muy peculiar, en la que la base mítica del mismo en modo alguno se queda en la primigenia noción o signo del concepto y de la abstracción lógica, sino que la trasciende ampliamente, en virtud de que la misma palabra es trascendida, pero en poesía lo será paradójicamente,[27] por la misma especialidad de su palabra, mediante la cual el símbolo que la exterioriza hace expresa realidades que van más allá del uso ordinario del lenguaje. La instrumentalidad espiritual del símbolo en la poesía (y singularmente en la de Unamuno) conforma la carta primordial de naturaleza de cualquier ejercicio artístico (y místico) sintético creativo, si es que el symbolon es el signo, la imagen, unificador(es) de aquella realidad invisible a la que inexplicable (e inevitablemente) aspira el alma humana.
                Creemos que, atendiendo con prontitud al ámbito simbólico de determinados poetas (como es el caso de D. Miguel), el símbolo se manifiesta como algo mucho más complejo y profundo que una manera de expresión primordial del espíritu humano como depósito de lejanas creencias y de los más antiguos fundamentos de la ciencia[28], sino como la forma de expresión de la legítima necesidad de trascenderse el ser humano, en virtud de la intuición y reconocimiento a través de esta(s), de la realidad de la vida y el mundo invisible que anima el espíritu humano. El discurso simbólico poético hace de las aclaraciones del lenguaje una puerta abierta a nuevas conjeturas[29] que son posibles a tenor de su no lenguaje.
                De aquella necesidad de Unamuno por superar la estricta (absoluta y racional) realidad espacio temporal es de donde se puede colegir este sentido del símbolo del que venimos hablando y que precisa de un ir más allá de lo rigurosamente sensible y que lo sitúa en el umbral del No ser.[30] El valor simbólico del sueño en nuestro poeta casa perfectamente con la cualidad simbólica del sueño como prefiguración del olvido y actualización de la muerte, pues en verdad, en poesía y su ámbito simbólico, se sueña para morir. El símbolo poético trasciende el dominio lingüístico del significado, ya que el objeto y el sujeto (el significante y el significado) quedan ajenos en poesía del uno con el otro y se traduce en la multiplicidad de sentidos del mismo. Por eso cuando Unamuno desconfiaba de lo racional (abstracto), lo hacía también del signo tradicional lingüístico, a tenor de la enorme carga de afectividad y dinamismo que exige el entendimiento (poético), acaso para movilizar alguna suerte de totalidad del psiquismo.[31]
                En poesía es donde puede constarse más clara y vívidamente la activa vitalidad del símbolo y su vocación de conciencia total, y que aspira al contacto con las categorías de lo invisible que tanto fascinaban a D. Miguel y que pueden situarlo en el ámbito de la poesía plenamente simbolista, cuya epifanía simbólica manifiesta en sus poemas no está exenta de la implicación existencial del poeta.
 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo                El irracionalismo militante que tantas veces hace de Unamuno un poeta moderno, acusador de la falsedad de la lógica racionalista, es partícipe, no obstante,  de la singularísima lógica poética que en el símbolo encuentra su manera más sublime de expresión. Su coherencia es funcional, si se entiende que es el mundo quien habla mediante el símbolo. No es la lógica del concepto la que aquí impera, sino la de las emociones, la de los instintos, dada la incompetencia de la razón para satisfacer su ansia de trascendencia.
                Pero veamos un ejemplo significativo expreso en alguna de sus composiciones poéticas más representativas de este simbolismo unamoniano. Lo haremos a través de uno de los poemas en los que toca una de sus temáticas dilectas, y en la que podremos constatar el funcionamiento de este peculiar simbolismo del que hablamos, se trata del poema intitulado, Al sueño, en el que iremosEl Cristo de Velázquez, estrechamente vinculados al sueño los símbolos del agua (fuente, mar, río, lago…), de la madre, del niño (hijo), del alma, del sol, la noche,… en tan singular desfile simbólico que nos parece de muy digna e interesante consideración.
Sueño, alegórica divinidad que es hijo de la Noche y hermano de la Muerte[32], ocupará dentro de los mitos lugar señalado, el cual habría de instalarse singularmente en la literatura (de ficción, histórica, religiosa…) universal, desde la Biblia a Homero, Ovidio… hasta nuestros días, cuya interpretación (mitológica, premonitoria, psicoanalítica, mística…) ha ocupado y ocupa un lugar en el ámbito del símbolo extraordinariamente destacado, pero sobre todo porque el sueño es una fuente de creación de símbolos.[33] Uno de los valores más significativos y más valorados por nuestro poeta será que, el sueño, no sólo escapa a la voluntad y responsabilidad del soñador, sino que está no sujeta a la producción lógico racional de nuestros procesos psicológicos (inconscientes), así como su profundo arraigo a los más hondo de nuestra realidad psíquica. Además está íntimamente ligado al proceso de producción de símbolos vivos, pues estos están estrechamente sujetos a nuestro devenir existencial, por eso el sueño: […] nos mete al alma // cuando luchando por vivir padece, // la dulce y santa calma // que a la par que la aquieta la enardece.[34]
                La función totalizadora y de integración del sueño queda manifiesta, así como su valor y cometido terapéutico; léase: […] tú nos das la verdad eterna y viva // que nos sostiene el alma, // la alta verdad augusta, // la fuente de la calma // que nos consuela de la adversa suerte, // la fe viva y robusta // de que la vida vive de la muerte[35]. Es interesante, y de ello hablaremos seguidamente, que el sueño vivo es símbolo a su vez vinculado a otros mundos simbólicos en articulación singular que hace del proceso onírico una fuente eidológica que manifiesta sentidos que superan lo meramente causal, respondiendo a su naturaleza viva imbricada en los más íntimo de nuestro ser que aspira a un fin trascendente; por eso el sueño, al fin,  será:

¡Dueño amoroso y fuerte

en los reveses de la ciega suerte,
y en los combates del amor abrigo,
del albedrío dueño,
del alma enferma cariñoso amigo,
fiel y discreto sueño!
Acójenos con paz entre tus brazos,
rompe con puño fuerte
del sentido los lazos,
¡apóstol de la muerte!
¡Pon tu mano intangible y redentora
sobre el pecho que llora,
y danos a beber en tu bebida
remedio contra el sueño de la vida![36]


                Será recurrente en este mismo poema la figura simbólica del niño (del hijo, unido al no menos recurrente de la madre) y muy relacionado con el sueño como proceso simbólico especial, así, leemos:

[…] Tú con tierno cariño

nos meces en tu seno
como la madre al niño,
cantándonos canciones
con suave ritmo de caricias lleno; […][37]


                El niño será uno de esos elementos simbólicos que serán de frecuente aparición en la producción poética de Unamuno, y que adquiere un valor añadido a los significados habituales de la potencialidad, la inocencia, la simplicidad, algunas veces aliñado con representaciones simbólicas típicamente cristianas (como la del niño amantado por la madre simbolizando la caridad,[38] y que recoge la enseñanza evangélica: Si no llegáis a ser como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos[39]), y que el poeta refiere en relación al sueño :Tú con tierno cariño // nos meces en tu seno // como la madre al niño,  […], prosiguiendo: […] como una madre tierna // da en su pecho tranquilo // al hijo dulce leche nutritiva[40], […]. Además, será el reflejo del estado previo a la obtención del conocimiento que en el sueño adquiere singular carta de naturaleza: En tu divina escuela, // neta y desnuda y sin extraño adorno, // la verdad se revela, // paz derramando en torno[41]; […] representación que refleja la victoria sobre la complejidad de todo producto de conocimiento racional.
                El agua será otro de los símbolos capitales de la obra poética de D. Miguel, expreso como tal en la naturaleza y en forma de fuente, río, mar, lago, lluvia…. Y sujeta al olvido que nos inspira su corriente: […]  en el rincón oculto // en que la fuente de la calma brota[42].[…] A la paz interior en consonancia con la de la propia naturaleza: […] Cual se lanzan ruidosos los torrentes // de escarpadas montañas // por abruptas vertientes // a descansar del lago en las entrañas,[…];[43] el líquido (platónico) de la verificación entera es a su vez símbolo de la Gran Madre… asociada al nacimiento, al principio femenino…la prima materia… y fuente de vida.[44] Así, el agua (con el sueño): […] Eres el lago silencioso y hondo // de reposada orilla, // el lago en cuyo fondo // descansa del desgate el sedimento[45], […]; por esto también se emparenta el material onírico con el flujo que lleva a la inconsciencia y al olvido. No es casualidad que encontremos en la poesía de Unamuno las referencias acuáticas emparentadas a la tradición bíblica, siguiendo la línea tradicional cristiana abierta a la instauración de nuevos mundos, así, el sueño se emparenta con el agua:  // ¡oh, sueño!, ¡mar sin fondo y sin orilla!, // mundos sin cuento surgen de tu seno […]; siendo,  además, vinculada [46] Este poema resuelve las tres significaciones simbólicas del agua ejemplarmente: Fuente de vida, medio de purificación y centro de regeneración[47], y donde la tradición cristiana es patente en su simbología como origen de  toda creación, temática simbólica que en nuestro autor requeriría ya una prolija y única exposición que excede el propósito de esta que ahora ofrecemos.
 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo.
                Las relaciones entre el sueño, el agua, el niño y la figura de la madre son también evidentes y no menos interesantes. Así, en relación a esta última, los versos: […]  // como la madre al niño, //cantándonos canciones // con suave ritmo de caricias lleno; // y cuando llega tu hora, // jadeantes se tienden las pasiones //  a dormir a tu sombra bienhechora.[…]; la madre, única manifestación existente de todos los dioses cuyo asentimiento gobierna las brillantes alturas de  los cielos, las saludables brisas marinas y los silencios lamentables del mundo subterráneo[48]; origen de vida, arquetipo femenino y, nuevamente, enlazando con la tradición cristiana, símbolo de purificación y bautismo del hombre.[49] También símbolo del inconsciente (colectivo, según Jung), del lado izquierdo y  nocturno de la existencia[50] (nuevo parentesco con la noche y el sueño) y que ocupa, como principio femenino,[51] una fase fundamental del ser humano. A su amparo, que es el del sueño (y del agua), dirá nuestro poeta:  […] De tu apartado hogar en el asilo,// como una madre tierna // da en su pecho tranquilo // al hijo dulce leche nutritiva[52], […] La madre (mer – mére, en francés) está muy relacionado con el agua (el mar) y que podíamos enlazar con la visón cristiana del símbolo de sublimación más perfecta del instinto y la armonía más profunda del amor[53] (La Madre de Dios, que concibió a Jesús del Espíritu Santo, véase especialmente esta reminiscencia simbólica en El Cristo de Velázquez[54]).
                El alma será el último de los símbolos al que atenderemos en este breve y apresurado estudio, dejando otros muchos para ocasión más propicia y en lugar donde contemos con más espacio para llevar a término una escrupulosa descripción analítico-simbólica del poema.

¡Dueño amoroso y fuerte,
en los reveses de la ciega suerte
y en los combates del amor abrigo,
del albedrío dueño,
del alma enferma cariñoso amigo,
fiel y discreto sueño!


La idea del alma como la psique o la mente (de clara tradición cristiana), también se hace constatable en este mismo poema, pero sin perder sus raíces con lo inconsciente de este principio vital. Véase, ya a punto de cerrar el poema aquello de:

[…] y en los combates del amor abrigo,
del albedrío dueño,
del alma enferma cariñoso amigo,
fiel y discreto sueño![55]


                Todo lo cual quiere poner de manifiesto que el alma (en el ámbito ideal del sueño) expone que esta es mucho más que el mero enlace con la materia con el soplo sublime del espíritu, si en realidad es el vínculo que constituye integralmente al sujeto soñador y al poeta, que restituye de forma total a su ser en el seno terapéutico y gratificante del sueño, reconstituyente de su ser completo. Será precisamente el sueño el que acabe con las ilusas y falsas cogniciones y representaciones de la vida racional y su lógica consciente, por eso el sueño nos alerta con su mano intangible de la realidad redentora:


¡Pon tu mano intangible y redentora

sobre el pecho que llora,
y danos a beber en tu bebida
remedio contra el sueño de la vida[56]!




Francisco Acuyo













[1] Trapiello, A.: Asfódelo, flor de Unamuno, Prólogo, Miguel de Unamuno, Cancionero, Akal, Madrid, 1984, pág.XVII.
[2] Cossío, J.M: Antología poética, Prólogo, Espasa Calpe, C. Austral, Madrid, 1975, pág. 9.
[3] Decía Dámaso que de su obra poética queda más constancia por su labor de conjunto que por alguna de sus excelentes composiciones.
[4] Cossío, J.M: ob. cit. págs. 12- 13.
[5] Cossío, J.M: ob. cit. pág. 16.
[6] Vallejo Nágera, J.A.: Locos egregios, Salvat, Barcelona, 1946, págs. 42 y ss.
[7] Alvar, M.: Unidad y evolución en la lírica de Unamuno, Gredos, Madrid, 1971.
[8] Yndurain, F.: Unamuno en su poética y como poeta, Gredos, Madrid, 1969.
[9] Así era denominado por el gran Ernst R. Curtius, por su implicación activa en el problema de España.
[10] Véase: Mainer, J.C. Modernismo y 98 en Historia y crítica de la literatura española, Barcelona 1980, pág. 241.
[11] Díaz, E.: El antiprogresismo Unamoniano, Modernismo y 98, Historia y crítica de la literatura española, Crítica, Barcelona, 1980, pág. 248.
[12] Ibidem.
[13] Unamuno, M. de: Teresa, Cátedra, Madrid, 2018.
[14] Unamuno, M. de: 1927, recogido por Francisco Ayala en Historia y crítica de la literatura española, Modernismo y 98, Novela y Filosofía, Crítica, Barcelona, 1980, pág.265.
[15] Yndurain, F.: La rima en la poética unamoniana, en Historia y crítica de la literatura española, Modernismo y 98, Crítica, Madrid, 1980, pág. 282.
[16] Unamuno, M. de: Ob. cit. nota 13.
[17] Unamuno, M. de: De Fuenteventura a París, Destino, Bilbao, 1981.
[18] Unamuno, M. de: Cancionero, Diario poético, edición de Federico de Onís, Losada, 1953.
[19] Unamuno, M. de: Poesía completa, Alianza, Madrid , vol. I, Madrid, 1987, pág.186.
[20] Blasco, J.;  Celma, M. P.; y González, J.R.: Miguel de Unamuno, poeta. Universidad de Valladolid, 2002.
[21] Celma Valero, M. P.: Miguel de Unamuno, poeta simbolista, Anales de Literatura Española, nº 15, Alicante, 2002.
[22] Unamuno, M. de: Poesía completa, Escelicer, Madrid, 1966.
[23] Celma Valero, M. P.: ob. cit.  nota, 21.
[24] Unamuno, M. de: ob. cit. nota 19, vol II, pág. 107.
[25] Así lo interpreta también Cirlot, J. E.: Diccionario de símbolos, Siruela, 2005.
[26] Cooper, J. C.: Diccionario de Símbolos, Ediciones GF: Gili, Barcelona, 2000, pág. 5.
[27] Acuyo, F.: Fisiología de un espejismo, Artecittà, Granada, 2013.
[28] Pérez Rioja, J.A.: Diccionario de Símbolos y mitos, Tecnos, Madrid, 1971, pág. 10.
[29] Bachofen, J.J.: Der Mythos von Orient un Occident., Beck, Munchen, 1956.
[30] Olives, Puig, J.: en el prólogo de: Chevalier, J. y Gheerbrant, A.: Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona, 1988, pág.10.
[31] Chevalier, J. y Gheerbrant, A.: Ob. cit. pág.19.
[32] Pérez Rioja, J.A.: ob. cit. nota 28, pág. 390.
[33] Chevalier, J. y Gheerbrant, A: ob. cit. pág. 959.
[34] Unamuno, M. de: Al sueño. ob. cit. nota 19.
[35] Ibidem.
[36] Ibidem.
[37] Ibidem.
[38] Cooper, J. C.: ob. cit. pág. 123.
[39] La Biblia, NuevoTestamento, Mateo 18, 3. LABAC, Madrid, 1987.
[40] Unamuno, M. de: Al sueño. ob. cit. nota 19,
[41] Ibidem.
[42] Ibidem.
[43] Ibidem.
[44] Cooper, J. C.: ob. cit. pág. 11.
[45] Unamuno, M. de: Al sueño. ob. cit. nota 19.
[46] San Crisóstomo: Hmol. In Joh. XXV, 2., en Cirlot, J. E.: Diccionario de símbolos, Siruela, 2005, pág. 69.
[47] Chevalier, J. y Gheerbrant, A: ob. cit. pág. 52.
[48] Cooper, J. C.: ob. cit. pág. 112.
[49] Pérez Rioja, J.A.: ob. cit. pág. 282.
[50] Jung, C. G.: Transformaciones y símbolos de la libido, Buenos Aires, 1952, y Psichologia e Alchimia, Roma, 1952.
[51] Cirlot, J. E.: ob. cit. pág. 298-299.
[52] Unamuno, M. de: Al sueño. ob. cit. nota 19,
[53] Chevalier, J. y Gheerbrant, A: ob. cit. pág. 674.
[54] Unamuno, M. de: El cristo de Velázquez, Espasa Calpe, Madrid, 1976.
[55] Ibidem.

[56] Ibidem. 


 La poesía y el símbolo: La vida invisible (a la sazón de los versos de D. Miguel de Unamuno), Francisco Acuyo