lunes, 19 de febrero de 2018

EL "AUTOMATOM" HUMANO Y LA POESÍA


Abundando sobre los aspectos retóricos en la poesía, traemos una nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, bajo el título: El "automaton" humano y la poesía.

 El "automaton" humano y la poesía.Francisco Acuyo





EL "AUTOMATOM" HUMANO Y LA POESÍA




 El "automaton" humano y la poesía.Francisco Acuyo



La poesía (la metáfora poética) nos ayuda a vislumbrar más allá de los sentimientos de inferioridad o represivos del psicoanálisis. Pero, sobre todo, y recordando las características integradoras de su discurso, pone distancia con la visión objetiva y mecanicista del analista clínico, cuya visión del paciente como máquina disfuncional sitúa, en tantos casos, en cuestión su método mismo de análisis, no digamos de terapia. Deudores sin duda del positivismo naturalista, estas formas de tratamiento y su atomismo psicológico amparado por la teoría de la energía física de entonces, choca frontalmente con la concepción metafórico poética de la propia conciencia, la cual no se estructura despiezada, sobre un mundo así mismo estructurado mecánicamente por otras piezas de muy distinta naturaleza. Este particular materialismo choca frontalmente con el orgánico (holístico) y creativo dinamismo de la metáfora en la poesía.
 El "automaton" humano y la poesía.Francisco AcuyoPara el poeta el automatom humano y natural no es sino un estigma que descarría la verdadera naturaleza de la conciencia y del ser del mundo,  es más, exalta y pone en evidencia el pulso trascendente (¿espiritual?) de lo creativo que está implícitamente integrado en el movimiento mismo de la vida, el cual será el que ponga en cuestión nuestros mismos comportamientos amparados acaso en una equívoca concepción de nuestra existencia. En la vida misma está nuestro sentido, ignorar este sentido es ignorar lo más profundo y esencial de nuestro ser en el mundo.

Decíamos que el acto creativo poético se caracteriza por ser acción, y a través de la poesía se toma conciencia de su necesidad para asumir la existencia partícipe de ese inconsciente (insistimos, ¿espiritual?) que se manifiesta en su necesario sentido creativo. Ignorar nuestra creatividad es inhibir lo más vivo de nosotros mismos. Esta inhibición no es extraño que desemboque en disfunciones de toda índole.
A través de la expresión metafórico poética se indaga en muchas ocasiones los dominios psicológicos más profundos (referidos a lo inconsciente, pero no solo como instinto, también como espíritu) donde se nos muestra que la existencia (consciente e inconsciente) es un fenómeno irreductible, y donde el análisis y el ejercicio forense son del todo imposibles. No obstante, quisiera hacer notar que la conciencia metafórico poética se mueve libremente en el terreno de lo profundo inconsciente, por lo que quiero que entiendan que el concepto de conciencia que en poesía barajamos abarca ambos dominios, en tanto que el poeta, en su ejercicio creativo, manifiesta su discurso poético a caballo en los dos ámbitos, manifestando una conciencia que indaga en lo inconsciente como dominio de lo irracional y de una lógica (¿prelógica?) –poética- uniabarcadora, integradora que se presenta como una función cognitiva altamente significativa, en tanto que el acto de conocimiento es imposible sin el acto de integración, y que muy bien puede emparentarse con lo que todos conocemos  con la idea del amor, aunque resulte extremadamente difícil de definir conceptualmente.



Francisco Acuyo





 El "automaton" humano y la poesía.Francisco Acuyo

martes, 13 de febrero de 2018

LOGOTERAPIA (POÉTICA): EL IMPULSO CREATIVO


Siguiendo con la temática del valor terapéutico de la poesía, para la sección, Pensamiento,  del blog Ancile, traemos el post titulado: Logoterapia (poética): el impulso creativo.



Logoterapia (poética): el impulso creativo. Francisco Acuyo




LOGOTERAPIA (POÉTICA): 

EL IMPULSO CREATIVO



Logoterapia (poética): el impulso creativo. Francisco Acuyo




La poesía supone en muchas ocasiones ver con el oído y oír con la mirada, exponiéndose a través de procesos cognitivo (filosóficos) que implican una percepción –no sensible- de lo sensible a través del pensamiento (poético), y para lo cual se utiliza la metapherein (la metáfora) entre otros instrumentos -retóricos- singulares. La transferencia de lo sensible a lo no sensible es la equivalente a la metafórica de lo propio y lo figurado.
La metáfora poética se sitúa lejos del ejercicio retórico impuesto por las taxonomías esclerotizadas y la intención persuasiva intencionada, si es que en verdad el poema está posicionado en pos de desenmascarar el lenguaje funcional y la conjunción de la filosofía que oculta una metafísica del disimulo, huyendo, claro está de la metáfora extenuada por el uso frívolo e interesado del lenguaje retórico.
En días en los que la filosofía (no digamos la metafísica) está profundamente cuestionada(os), no sería mal asunto reconocer a través del lenguaje poético y el uso poético de la metáfora, que dicho lenguaje, no es solo un gesto filosófico (como advertía Heidegger), si es que busca lo invisible a través de lo visible, también lo es hondamente psicológico, pues se revela como vía de transformación de la misma conciencia. Su potencia trascendente es incuestionable, es el paradigma de expresión creativa por excelencia, y cuya dinámica lingüística lleva las palabras y las cosas a las cuales se refiere como acciones más allá de los significados convencionales del lenguaje. Y si digo que las palabras y las cosas poéticas son acciones es porque son profundamente creativas, y por tanto susceptibles de cambiar el mundo y, desde luego, la propia conciencia.
Logoterapia (poética): el impulso creativo. Francisco AcuyoEl vasto dominio (aleixandriano) de la poesía es la expresión del inmenso ámbito de la voluntad de la conciencia creativa que no hace sino formar parte de lo esencial que expresa y comunica la naturaleza a través de los ciclos creativos de la vida. Tendremos que añadir, que la evasión, el olvido, la deserción de esta potencia que es acto y que llamamos poiesis, generará inevitablemente oscuridad, angustia, enfermedad, pues evita la contemplación del gesto constitutivo que mueve el mundo y, inevitablemente las conciencias que es el ser producto de la creatividad que anima el impulso poético. No será una vana presunción advertir que el lenguaje poético es una terapia fundamental de las conciencias divididas o artificialmente separadas de su genuino impulso creativo.
¿Podríamos hablar de la poesía (y su instrumento fundamental de la metáfora) como una singular (logo)terapia? El peculiar movimiento abstracto del lenguaje poético se caracteriza como ningún otro lenguaje porque no solo encuentra un correlato con la vida, sino que se manifiesta como parte integradora y creativa de la misma.
Mucho se ha debatido sobre los aspectos de la inhibición (claro está, no solo sexual) en el ámbito de la psicología y de la psiquiatría. Quisiera recordar que una de las represiones más nocivas y hoy en movimiento investigador para ser experimentalmente demostradas y reconocidas, es el de la inhibición de lo que yo llamo trascendente creativo (y que ha sido visto desde la perspectiva de la opresión e incluso el castigo de lo religioso por parte de los movimientos positivo racionalistas que encontraron su origen y florecimiento decimonónico, y que aún hoy muestra su férrea influencia). No debatiremos en este punto, y en relación a los aspectos metafórico creativos de la poesía, nada en pos de una identificación con la cuestión de Dios bajo los muy diferentes prismas religiosos y o teológicos, pero sí daremos fe de aquello que ya advertía Pascal cuando decía que le coeur a ses raisons que la raison en connâit point, y que nosotros también hemos advertido en el funcionamiento de la metáfora (viva) en el discurso poético verdadero, a saber: el impulso creativo.



Francisco Acuyo



Logoterapia (poética): el impulso creativo. Francisco Acuyo


viernes, 9 de febrero de 2018

RETÓRICA Y FILOSOFÍA: EL LENGUAJE POÉTICO COMO EXPRESIÓN ÍNTIMA (Y TERAPÉUTICA) DE LA CONCIENCIA


Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos un nuevo post bajo el título: Retórica y filosofía: El lenguaje poético como expresión íntima (y terapéutica) de la conciencia.



Retórica y filosofía: El lenguaje poético como expresión íntima (y terapéutica) de la conciencia. Francisco Acuyo
De Igor Morski





RETÓRICA Y FILOSOFÍA: EL LENGUAJE POÉTICO 

COMO EXPRESIÓN ÍNTIMA 

(Y TERAPÉUTICA)  DE LA CONCIENCIA




Retórica y filosofía: El lenguaje poético como expresión íntima (y terapéutica) de la conciencia. Francisco Acuyo
De Igor Morski

La poesía es entender que la conciencia se puede ver con el oído y oír con la mirada. A través de procesos cognitivo (¿filosóficos?) se pueden inferir las implicaciones de una posible percepción –de lo no sensible y- de lo sensible a través del pensamiento o entendimiento (poético),  para lo cual se utiliza la metapherein (la metáfora) entre otros instrumentos singulares. La transferencia de lo sensible a lo no sensible es equivalente a la transferencia metafórica de lo propio y lo figurado.
Podemos deducir que la metáfora poética se sitúa lejos del ejercicio retórico impuesto por las taxonomías esclerotizadas y la intención persuasiva intencionada, si es que en verdad el poema está posicionado en pos de desenmascarar el lenguaje funcional y la conjunción de la filosofía que oculta una metafísica del disimulo, huyendo, claro está de la metáfora extenuada por el uso frívolo e interesado del lenguaje retórico.
Retórica y filosofía: El lenguaje poético como expresión íntima (y terapéutica) de la conciencia. Francisco Acuyo
De Jamie Baldridge
En días en los que la filosofía (no digamos la metafísica) está profundamente cuestionada(os), no sería mal asunto reconocer a través del lenguaje poético y el uso poético de la metáfora, que dicho lenguaje, no es solo un gesto filosófico (como advertía Heidegger), si es que busca lo invisible a través de lo visible, también lo es hondamente psicológico, pues se revela como vía de transformación de la misma conciencia. Su potencia trascendente es incuestionable, si en verdad es el paradigma de expresión creativa por excelencia, cuya dinámica lingüística lleva las palabras y las cosas a las cuales se refiere a ser acciones más allá de los significados convencionales del lenguaje. Y si digo que las palabras y las cosas poéticas son acciones es porque son profundamente creativas, y por tanto susceptibles de cambiar el mundo y, desde luego, la propia conciencia.
El vasto dominio (aleixandrino) de la poesía es la expresión del inmenso ámbito de la voluntad de la conciencia creativa que no hace sino formar parte de lo esencial que expresa y comunica la naturaleza a través de los ciclos creativos de la vida. Tendremos que añadir, que la evasión, el olvido, la deserción de esta potencia que es acto y que llamamos poiesis, generará inevitablemente oscuridad, angustia, enfermedad, pues evita la contemplación del gesto constitutivo que mueve el mundo e, inevitablemente las conciencias, producto de la creatividad que anima el impulso poético. No será una vana presunción advertir que el lenguaje poético es una terapia fundamental de las conciencias divididas o artificialmente separadas de su genuino impulso creativo.


Francisco Acuyo


Retórica y filosofía: El lenguaje poético como expresión íntima (y terapéutica) de la conciencia. Francisco Acuyo
De Víctor Leblanc




martes, 6 de febrero de 2018

LENGUAJE TERAPÉUTICO: METÁFORA Y POESÍA

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la entrada que lleva por título: Lenguaje terapéutico: Metáfora y poesía.


Lenguaje terapéutico: Metáfora y poesía. Francisco Acuyo



LENGUAJE TERAPÉUTICO: 

METÁFORA Y POESÍA



Lenguaje terapéutico: Metáfora y poesía. Francisco Acuyo


La metáfora cuestiona uno de los fundamentos del lenguaje: su carácter referencial. Lo que sucede es algo extraordinario cuando la metáfora pasa por el tamiz insólito del discurso poético, el signo (lingüístico) no es ya un instrumento  para la representación o la referencia de la realidad, él mismo es ya una realidad con vida y dinamismos propios. El sentido y la imagen no son ya diferenciables pues posibilita al ser (metafórico) como un auténtico principio psíquico capaz de incrementar y modificar la conciencia.
La metáfora en el discurso poético trasciende los valores netamente semánticos por otros en verdad creativos (hermenéuticos), de suerte tal que la metáfora en el poema ya no es un signo, sino un genuino icono que da materia al lenguaje que lo conforma estableciéndose como el medio mediante el que la realidad se enfrenta a la otra realidad que denominamos poema, el sustrato sensible del poema es indiscutible, de esto puede dar cuenta, por un lado el sustrato fónico (sonido) del poema, y las imágenes que contiene su discurso a través de sus diversos recursos (metáforas, ritmo, gramática...) lo sensible se hace sustancial al verso que compone el poema, ejemplo claro de todo esto desde la óptica retórica puede ser la metáfora sinestésica.
Así las cosas, la realidad poética, de mano de la metáfora, tiene un sustrato innegable
Lenguaje terapéutico: Metáfora y poesía. Francisco Acuyo
filosófico, y desde luego, también psicológico.  Y es que la alegría o la pena en la poesía ya no es una emoción personal de quien la expresa en el poema, es una genuina cualidad del mundo, y es que el lengua (poético), en términos heideggerianos, es una manera de encontrarse entre las cosas[1].
La simbología extraída del lenguaje metafórico-poético es la muestra más palmaria, de que los sistemas que lo conforman hacen y rehacen el mundo, y es que las emociones estético poéticas son en verdad cognoscitivas. Decía Paul Ricoeur  en su Metáfora viva, que la metáfora es al lenguaje poético lo que el modelo al lenguaje científico en cuanto a la relación con lo real. [2] Pero la poesía, a través de la metáfora, no es sólo un rasgo de la lexis, sino también del mismo mythos.[3]
La poesía, en virtud de sus instrumentos singulares como la metáfora, se muestra como la potencia de conocimiento singular que no distingue el sujeto del objeto, lo interior de lo exterior y que pone, al fin, de manifiesto que la verdad metafórica, la verdad poética cuestiona el sentido mismo de la verdad, y en la que el impulso creativo es siempre revelador, por lo que la realidad no es nada sino es creación, y la poiesis como una actitud ante la vida sin la cual la realidad no tiene ningún sentido. La máxima singularidad de la metáfora y del discurso poético es sin duda su carácter profundamente paradójico[4], en tanto que su vigor creativo y expresivo se fundamenta en la disolución del mismo. En cierto modo ofrece la perspectiva del mundo donde lo personal y lo universal forman parte de una misma dinámica y organicidad y que nuestra descripción de su funcionamiento a través de los elementos que la componen, trópicos, métricos, gramaticales…no son sino la descripción topográfica del mismo.






[1] Heidegger, M.: El ser y el tiempo, FCE, México 1980.
[2] Ricoeur, P.: La metáfora viva, Trotta, Madrid, 2001, p.316
[3] Ibidem. P. 322.
[4] Acuyo, F.: Fisiología de un espejismo, Artecitta, Granada 2013.




Lenguaje terapéutico: Metáfora y poesía. Francisco Acuyo

lunes, 5 de febrero de 2018

FRANÇOIS POULLAIN DE LA BARRE: LAS MUJERES RECUPERAN SU ALMA/INTELECTO

Cerramos estas últimas entregas del profesor y filósofo Tomás Moreno sobre la Misoginia, para la sección; Microensayos, del blog Ancile, esta vez bajo el título; François Poullain de la Barre: las mujeres recuperan su alma/intelecto.

François Poullain de la Barre: las mujeres recuperan su alma/intelecto. Tomás Moreno





FRANÇOIS POULLAIN DE LA BARRE: 

LAS MUJERES RECUPERAN SU ALMA/INTELECTO




François Poullain de la Barre: las mujeres recuperan su alma/intelecto. Tomás Moreno


.En el siglo XVII, en Francia, de nuevo surgirá la pregunta sobre el alma de las mujeres, esta vez formulada en comparación con la del hombre: ¿es igual que la del hombre? Pero si se les otorgaba alma a los animales aunque fuese un alma inferior, como hacía torpemente el jesuita Bougeant (1673)[1], también había que otorgársela a las mujeres, a los indígenas y a los negros. Además, se argumentaba, en el caso de la mujer que si se la negásemos no se las podría castigar o pegar, y Eva no podría haber pecado si hubiera carecido de ella. Cuando finalmente a las mujeres se les concedió un alma (lo que no cambia nada el hecho de que se las siguiera definiendo sobre todo por sus cuerpos), la cuestión resurgió aunque expresada en otros términos: Concedamos que las mujeres tienen alma. Pero ¿tienen espíritu? O, lo que es lo mismo, ¿tienen las mujeres un intelecto equivalente o semejante al del hombre?
            Los filósofos de la época trataron de responder a la misma. En la Inglaterra anglicana, por ejemplo, se llegaría a cuestionar precisamente que el espíritu o intelecto  de la mujer y del varón
François Poullain de la Barre: las mujeres recuperan su alma/intelecto. Tomás Moreno
fuesen idénticos o similares[2]. Muchos tratadistas reformados, negaban esa semejanza, postulando una “imbecilidad natural” para la mujer y  atribuyendo incluso la (supuesta) tendencia femenina hacia el mal a una específica característica de las mujeres, según la cual la pasión dominaba en ellas sobre la razón, como sostenía, por ejemplo, Richard Baxer en su A Christian Directory de 1673 y como poco más de medio siglo antes, en 1618, habría denunciado Helkiah Croque en su Microcosmographia: “El hecho de que las mujeres sean más desvergonzadas e irascibles que los hombres, pensamos que se debe a la impotencia de sus mentes: ya que la imaginación de las mujeres lujuriosas es como la de las bestias salvajes, que carecen del freno de una razón a la que le repugne o se le oponga y las contenga”[3].
            En Francia, por el contrario, algunos filósofos cartesianos intentaron con éxito, salvaguardar la igualdad intelectual y racional de ambos sexos sin excepción alguna, como es el caso de François Poullain de la Barre (1647-1725). Pensador francés autor de De  la igualdad de los sexos, discurso físico y moral donde se ve la importancia de deshacerse de prejuicios  editado en París en 1673, Poullain de la Barre, siguiendo los pasos de su maestro Descartes, será  uno de los primeros en afirmar, en pleno siglo XVII, la igualdad de los sexos y la identidad de las aptitudes de ambos, ya que, si bien hay separación entre espíritu o mente y cuerpo, “el espíritu no tiene sexo [4]. En su opinión, Dios une la mente y el cuerpo de la mujer del mismo modo que al hombre, y los une por las mismas leyes. Los sentimientos, las pasiones y las voluntades realizan y mantienen esta unión y como la mente no opera de modo distinto en un sexo que en el otro, es igualmente capaz de las mismas cosas, argumenta en la Introducción (31) de su tratado. Su postura, sin embargo, no lograría demasiado eco entre sus colegas filósofos. Otros cartesianos, como Malebranche (1638-1715) –seguidor ocasionalista del racionalismo cartesiano- no serán tan justos con la mujer, ni  coherentes con Descartes, como el anterior. Según el sacerdote del Oratorio la mujer no está dotada con el mismo entendimiento que el varón: todas las especulaciones elevadas, como la ciencia y la filosofía, le son ajenas. Ni siquiera los filósofos ilustrados del siguiente siglo quisieron o pudieron avanzar en la defensa de la racionalidad femenina iniciada por Poullain de la Barre, el aventajado discípulo de René Descartes. (Cont.)

TOMÁS MORENO







[1] El replanteamiento de esta  cuestión en el Renacimiento estaba justificada: en una época en la que todavía eran frecuentes los procesos de animales, se trataba de saber si los animales tenían alma y, en consecuencia, si eran responsables.
[2] A pesar de intentos como el de William Austin en 1637, quien afirmaba que “en lo que respecta al alma no hay ni ellos ni ellas”, o el de Richard Allestree en 1673, quien señalaba que “Dios le dio a la mujer más débil un alma tan grande capaz como la del héroe más grande”, muchos, efectivamente, seguían creyendo que, espiritualmente, como en otros muchos aspectos, la mujer era inferior al hombre”. Cit. en Marta Cerezo, “El canon literario y sus efectos sobre la construcción cultural de la violencia de género: los casos Chaucer y Shakespeare, en Ángeles Cardona, El sustrato cultual de la violencia de género. Literatura, arte, cine y videojuegos, Editorial Síntesis, Madrid, 2010, pp. 20 y ss.  
[3] Citado en Marta Cerezo, op. cit., p. 20.
[4] Nada tan irrelevante para el ejercicio intelectual como el ser de uno u otro sexo, venía a constatar Poullain de la Barre, recordando tal vez la opinión de su maestro René Descartes. El largo título de su obra (De l’égalité deux sexes, discours physique et moral où voit l’importance de se défaire des préjugez) nos revela las intenciones y objetivos del filósofo, sacerdote católico converso al calvinismo en 1688 y cartesiano, de reivindicar los derechos de las mujeres y su igualdad con respecto a los hombres, a partir de las consecuencias epistemológicas, cognitivas y éticas que  se derivan de la crítica cartesiana del prejuicio, la tradición y el argumento de autoridad, así como del dualismo mente-cuerpo.



François Poullain de la Barre: las mujeres recuperan su alma/intelecto. Tomás Moreno

viernes, 2 de febrero de 2018

SOBRE EL DESVÍO TRÓPICO EN LA METÁFORA

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos un nuevo post que lleva por título: Sobre el desvío trópico y la metáfora.


Sobre el desvío trópico y la metáfora. Francisco Acuyo




SOBRE EL DESVÍO TRÓPICO EN LA METÁFORA



Sobre el desvío trópico y la metáfora. Francisco Acuyo


La noción de desvío no es absoluta, ya que si partimos de la lengua supuestamente más neutra (científica) y como paradigma más cierto en referencia a esa neutralidad, es evidente que el propio estilo científico es ya una desviación, y es que la neutralidad lingüística solo podrá quedar reducida a semas esenciales.[1]
El discurso poético y su proverbial desvío espacial deducible de sus características rítmicas, fónicas, las reiteraciones de rima… invisten de corporeidad sensible al poema donde el sentido y el sonido convergen, para ir después de la mano, por lo que se se puede inferir que la función poética trasciende la referencial en pos de instaurar su propia realidad incuestionable. El uso de la figura (de la metáfora) es de por sí una prueba más y muy manifiesta del uso desviado de la lengua y, sobre todo, cuando se pone en cuestión el código del mismo lenguaje. En este sentido el desvío está imbricado en el centro mismo de la creatividad del ejercicio poético, si lo que pretende es ofrecer una nueva congruencia (lógica poética) mediante la que acceder a la realidad para construir otra nueva.
Pero veamos un instante las definiciones de metáfora y su situación en el ámbito de las taxonomías retóricas hasta nuestros días. La metáfora: Es un procedimiento lingüístico y literario
Sobre el desvío trópico y la metáfora.
consistente en designar una realidad con el nombre de otra con la que mantiene alguna relación de semejanza.[2]   Está integrada dentro de las licencias semánticas o Metasememas.[3] Se enmarca el ámbito del tropo, unas veces dirigido al exclusivo dominio de la palabra y otros aplicado al campo de la oración o del discurso, estableciéndose una síntesis que finalmente se acabarán diferenciando en tropos de palabra y de pensamiento[4].   
Siguiendo los criterios más actuales se ha acabado por seguir la dirección ambivalente de los tropos en dos grandes divisiones (anunciadas por Jakobson) en la que se distingue entre las que observan relaciones de semejanza o bien de contigüidad, distinguiendo tropos metafóricos y metonímicos.[5]
Herrera establecía la infinitud de posibilidades que ofrece (sus posibilidades  son ilimitadas, y acaban estableciéndose una taxonomía que distingue varios tipos de metáforas (nominales, verbales, adjetivales… y sus relaciones semántico-referenciales: relación animado-inanimado, inanimado-inanimado, animado-animado…), amén de las distinciones como las de metáfora pura (cuando el término real es sustituido por la imagen), o impura (cuando el término real es conservado junto a la imagen).
Es interesante apuntar para nuestros propósitos expositivos, que la metáfora distingue (para algunos estudiosos, Jakobson) dos fenómenos distintos, a saber:  un aspecto denotativo (estrictamente semántico) y otro denotativo, este último exterior a la lógica del enunciado y que se apoya en una connotación psicológica (asociada), y es la que afectará al lector emocional y mentalmente y que pone en evidencia el carácter dinámico de esta figura y que pone en evidencia la organicidad de la misma que se asienta fundamentalmente en la imaginación y que a diferencia de la metonimia, que sigue el orden de las cosas y es analítica, la metáfora es sintética e intuitiva, y por tanto tiene la capacidad de cambiar la comprensión del mismo discurso donde es utilizada, manifestando una evidente impertinencia semántica, sobre todo en poesía.


Francisco Acuyo





[1] Ricoeur. P.: Ob. cit. p. 193.
[2] Estébanez Calderón, D.: Diccionario de términos literarios, Alianza Editorial, Madrid, 1996, p. 661.
[3] Plett, H.F.: Rhétorique et Stylstique, Kibédi Varga, Théorie de la literatura, Paris, Picard, 1981, p. 164.
[4] Lausberg, H.: Manual de retórica literaria, 3 vols. Gredos, Madrid, 1967, pgs. 552-598 y 893-910.
[5] Mayoral, J.A.: Figuras retóricas, Síntesis, Madrid, 1994, p. 227.



Sobre el desvío trópico y la metáfora. Francisco Acuyo

jueves, 1 de febrero de 2018

DE LA IMBECILLITAS FEMENINA A SU (PARADÓJICO Y PELIGROSO) DESEO DE SABER

Prosiguiendo con la temática sobre la misoginia, publicamos el post titulado: De la "imbecillitas" femenina a su (paradójico y peligrosos) deseo de saber, del profesor Tomás Moreno, para la sección del blog Ancile, Microensayos


De la "imbecillitas" femenina a su (paradójico y peligrosos) deseo de saber, Tomás Moreno



DE LA IMBECILLITAS FEMENINA 

A SU (PARADÓJICO Y PELIGROSO) DESEO DE SABER



De la "imbecillitas" femenina a su (paradójico y peligrosos) deseo de saber, Tomás Moreno


Más allá de esta polémica sobre el alma femenina, con santo Tomás las tesis aristotélicas de la inferioridad física e intelectual de la mujer reaparecen. Para el Aquinate al referirnos a la mujer deberían tenerse presentes su feminidad y la debilidad e imbecilidad propia de su sexo (Santo Tomás, In Metaphysicam Aristotelis Comentario, liber X, lectio XI)[1]. Esta instrucción, renovada muchas veces, tenía una base teórica puesta de manifiesto en la obra del Aquinate. Aunque considere que la diferencia entre el hombre y la mujer no es específica sino accidental y que esa diferencia -comparable a la que separa el hombre blanco del hombre negro- se da dentro de una misma especie, la humana, y sostenga asimismo que, desde la perspectiva cristiana, la mujer tiene tanto derecho como el hombre al bautismo y a la salvación, el doctor Angélico se esfuerza en establecer su inferioridad corporal, biológica y mental por todos los medios posibles, “científicos” o teológicos.
De la "imbecillitas" femenina a su (paradójico y peligrosos) deseo de saber, Tomás Moreno            Es inferior en cuanto al alma, esto es, en el nivel espiritual, o intelectual, y por ello ha de obedecer al varón “porque naturalmente en el hombre abundan más el discernimiento y la razón” (Sum.Theo., I, q. 92, art. I, ad. 2; q. 93, art. 4, ad I, y In II sent., dist. 21, 2, 1, ad. 2). El varón tiene “una razón más perfecta” (las percepciones sensibles de la mujer “son menos vivas; en consecuencia, su actividad intelectual -que depende en el aristotelismo de la calidad de las sensaciones- es inferior a la de su compañero”) y una fuerza o “virtud más robusta” que la mujer (Sum. contra Gentes, III, 123)[2]. La imbecillitas de la naturaleza femenina exige que se la mantenga bajo tutela. Uno de sus más conspicuos seguidores, también aristotélico, Gil de Roma vuelve a las andadas al  sustraer de nuevo a la mujer su alma y afirmar que la mujer es deficitaria o carente de alma: “el alma sigue la complexión del cuerpo”. Y “las mujeres tienen un cuerpo blando e inestable”[3].
De la "imbecillitas" femenina a su (paradójico y peligrosos) deseo de saber, Tomás Moreno            Sin embargo, a pesar de todos esos infundios relativos a la deficiente inteligencia de las mujeres, éstas no cejaban en querer saber, en su deseo de acopiar conocimientos. Silvia Federici, en su ya clásico ensayo Caliban y la bruja[4], ha probado cómo a finales del siglo XV, en Europa, las mujeres poseían todo un corpus de conocimientos que resultaban sospechosos y peligrosos en extremo para los varones. ¿Qué perseguían las mujeres, en realidad, cuando perseguían la sabiduría? Podemos preguntarnos, con García Estébanez. Los expertos tratadistas de la época se apresuraban a desvirtuar ese natural y legítimo deseo de saber de las mujeres, alegando que los conocimientos que pretendían eran ilícitos, pues se referían a la magia y otras artes de este tipo de las que quería servirse para cumplir sus ambiciones y adivinar el futuro, por eso se las entendió con el diablo para que le proporcionara esos saberes. El conocimiento que recogían las artes mágicas de la mujer en sus pócimas y conjuros, etc., era, en su opinión, esencialmente el conocimiento de plantas y otros recursos de naturaleza medicinal, al que las mujeres recurrían para aliviar y curar enfermedades específicas, y que al transmitírselo unas a otras a lo largo de los siglos y acumularse, llegó a constituir un recetario de probada eficacia. Los autores del
De la "imbecillitas" femenina a su (paradójico y peligrosos) deseo de saber, Tomás Moreno
Martillo de brujas (1486) nos ponen sobre la pista de por qué estas curanderas y parteras se erigían con su saber en adversarias del plan divino de la creación y suponían un peligro auténtico para la vida: conocían propiedades  específicas de las plantas de índole afrodisíaco, venenoso o abortivo, lo que se prestaba a descalificar globalmente esos conocimientos. “Va más gente”, se quejan con amargura  Sprenger y Kramer, “a la casa de estas brujas a pedir la salud que a los santuarios de la Virgen”[5].
            Persistió sin embargo el prejuicio antifemenino. En 1595, a finales del Renacimiento, se publicaba en Alemania, y de manera anónima, con el título de Nueva disputa contra las mujeres, en la que se prueba que no son seres humanos un tratado, en el que como su título indica, se negaba la humanidad de las mujeres, y contra el que inmediatamente reaccionó Simon Gedicke publicando otro En defensa de las mujeres, de 1595, en el que se le restituía[6]. Ello no afectaba para nada al hecho de seguir manteniendo su inferioridad intelectual como consecuencia directa de su evidente deficiencia físico-corporal. Para Jean Bodin, por ejemplo, también en el siglo XVI, “las cabezas de los hombres son mucho más gruesas y en consecuencia tienen más cerebro y prudencia que las mujeres” (De la démonomanie des sorcieres, París, 1594). (Cont.)

TOMÁS MORENO




[1] “Memores esse debent foemina infirmitatis suae et sexos imbecillitatis”). Citado en Catherine Capelle  Thomas d’Aquin féministe?, París, Vrin, 1982, p. 43.
[2] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, 2 vols., BAC (2ª Edición), Madrid, 1968. Por eso cabe la posibilidad de verter el término latino “virtus” (de “vir”= varón) con los vocablos virtud, fuerza o, sencillamente, virilidad, pues ya en tiempo de los romanos la virtud tenía su origen conceptual en la fortaleza viril. Existen buenas razones para pensar que la primera nobleza que emergió entre los hombres, que reservó un privilegio a unos sobre otros, a los varones sobre las mujeres, y a los varones de Iglesia sobre las mujeres de Iglesia, fue aquella con la que los más fuertes se asentaron como señores de los más débiles, granjeándose así fuerza y honor. De ese modo, la fuerza y la valentía (virtus) masculinas en la guerra se convirtieron en sinónimo de virtud.
[3] M. Le Bras-Chopard, El zoo de los filósofos, op. cit., pp. 238-240.
[4] Silvia Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Traficantes de sueños, Madrid, 2010.
[5] Citado en E. García Estébanez, Contra Eva, pp.47-51 y 22 y 31 passim. 
[6] Concha Roldán, “Mujer y Razón práctica en la Ilustración Alemana, en A. H. Puleo (Ed.) El reto de la igualdad. Nuevas perspectivas en ética y filosofía política, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008, pp. 228 y ss.




De la "imbecillitas" femenina a su (paradójico y peligrosos) deseo de saber, Tomás Moreno